Drogas y aborto

Drogas

Se me pregunta si debe o no legalizarse la droga y respondo que antes de responder es preciso pararse a pensar sobre la libertad y sobre la ley.

  1. Sobre la libertad

Un hombre libre decide por sí mismo lo que ha de hacer, lo hace y luego se responsabiliza de lo que ha hecho, cargando sobre sus espaldas y no sobre las de otro las consecuencias de su acción. Un hombre libre se comporta con rectitud, pues traza un camino recto entre su voluntad y su objetivo y a continuación lo sigue sin salirse de él, a no ser que se lo impida una fuerza imprevista que no puede vencer. Un hombre libre es fuerte y decidido.

Un hombre pusilánime es lo contrario. No decide lo que ha de hacer. En su lugar lo hace alguien cercano a él o, con más frecuencia, un demagogo o un hacedor de opinión. Después tiene miedo de tener que responder de lo que ha hecho. Como un barco a la deriva, está a merced de los vientos. Un individuo así es un siervo del Estado.

  1. Sobre la ley

La ley no debe obligar a nadie a ser bueno, no debe impedir a nadie ser malo y solo debe intervenir cuando alguien perturbe la paz social. No debe, por ejemplo, prohibir la mentira ni la embriaguez, excepto cuando alguien quiera vender una propiedad que no es suya engañando a otro, interrumpir el tráfico tras haberse emborrachado y otras cosas semejantes. La ley debe impedir estas conductas y castigar a quienes las cometen. Pero la prohibición no debe hacerse en atención a quienes actúan así, sino en atención a quienes pueden padecer tales prácticas y sus consecuencias.

Tampoco debería entonces prohibirse la droga. En una sociedad de hombres libres sería una afrenta, pues cada uno sabría bien si debe drogarse o no y actuaría en consecuencia, sin ser una carga para los demás. En una sociedad de siervos será tal vez necesario prohibirla por el perjuicio que los sujetos se causen a sí mismos y el que ocasionen a otros. Pero entonces la ley debería castigarlos haciendo que respondieran por el daño causado. Ellos, con su demanda de estupefacientes, son los principales causantes del tráfico de drogas y de la delincuencia que le acompaña. La perturbación de la paz social es inmensa. Deberían ser obligados a reparar el daño causado en la medida de lo posible.

Aborto

Se me pregunta también si debe liberalizarse el aborto y si en esto debe pensarse lo mismo que sobre la droga. Contesto que es un problema idéntico al de ésta en un aspecto importante. Nuestra legislación se dirige en uno y otro caso a hacer irresponsables a las personas, pues les viene a decir que no tienen por qué hacer frente a las consecuencias de su conducta, lo cual es un grave y pernicioso engaño, pero un engaño aceptado por la mayoría, lo que hace cierto aquello de que quien quiera mentir siempre encontrará alguien que se deje engañar.

“No temas, ingiere drogas, que nosotras, las leyes, te cuidaremos en nuestros hospitales cuando seas un adicto”, es el consejo implícito que se da al drogadicto. “No temas, ten relaciones sexuales con quien quieras y cuantas veces quieras, que nosotras permitiremos que abortes gratuitamente si es preciso”, se viene a decir sin apenas tapujos a las adolescentes.

En los dos casos se trata de la misma perversión moral: evitar que el individuo tome por sí las decisiones que le conciernen y sea responsable de ellas. Permitiendo el consumo de drogas y permitiendo el aborto se consigue que disminuya el número de personas libres y que aumente el de los siervos del Estado.

Pero aquí se acaba el parecido entre los dos casos. La gran diferencia entre ellos es que, mientras que las drogas deberían liberalizarse en una sociedad de hombres libres, el aborto no debe permitirse. La razón es sencilla. La drogadicción no tiene por qué alterar en principio la paz social, pues es posible que afecte solo a quien consume drogas, pero el aborto afecta a otro ser humano vivo que es necesario proteger.


 

Share
Esta entrada fue publicada en Filosofía práctica, Moral, Política. Guarda el enlace permanente.