El año 711 (II)

Algunos historiadores españoles son algo más que historiadores. Son filósofos de la historia. Recogen los hechos y reconstruyen las situaciones del pasado con celo y objetividad. Con capaces, por ejemplo, de describir la vida cotidiana en el siglo X como no podría hacerlo un hombre del siglo X. Saben captar lo particular y, tratándose de la historia de España, que es una nación política y también mucho más que una nación política, elevarlo al nivel universal que es el suyo.

Uno de ellos es Don Claudio Sánchez-Albornoz y Menduiña, quien, además de cultivar la ciencia de la historia, fue rector de la Universidad Central de Madrid entre 1932 y 1934, Consejero de Instrucción Pública entre el 31 y el 33, diputado entre el 31 y el 36, Ministro de Estado en el 33, vicepresidente de la Cortes el 36 y presidente del Gobierno de la República española en el exilio desde el 62 hasta el 71. Hoy yace enterrado en el claustro de la catedral de Ávila.

He frecuentado su obra para extraer de ella algunas gotas de saber y exponerlas aquí, en “la nube”, como ha dado en  llamarse a este medio de propagación de ideas en que reina la libertad y el buen o mal hacer de cada cual.

Es el caso que, como ha debido quedar insinuado en el escrito del día 3 de los corrientes, en los años inmediatamente anteriores al 711 había en Hispania tres poderes en liza, uno en la lejanía y dos que acabaron midiendo sus fuerzas en una lucha a muerte. Uno de esos poderes era el bizantino, que por obra de Justiniano había recobrado la antigua Mauritania Tingitana el año 523, pero quedó reducido a unas pocas plazas  tras el avance de Uqba ben Nafi y su conquista de Sus al-Aksa, o Sus la Lejana. Entonces cobraron especial importancia esas plazas. Una era Ceuta, donde comandaba una flota poderosa un tal Olbán, o Ulián, o Alyán, o Julián, a quien los romances de la pérdida de España llamaron conde Don Julián, que tal vez era un noble godo a las órdenes de Bizancio o tal vez un jerife bereber católico aliado del rey godo. Lo que sí parece cierto es que había estado unido a Vitiza por vínculos de fidelitas.

El segundo poder era el de la monarquía visigoda, que seguía padeciendo el morbo gótico. Vitiza había muerto el año 710 y los nobles que constituían su círculo de fideles pretendieron repartir el reino entre los hijos del rey.

Pero no podía ser así. Desde el VIII Concilio Toledano el rey era elegido por el Senatus, un nombre tomado de Bizancio para designar la asamblea palatinos y prelados, y era confirmado por la unción solemne impuesta por la Iglesia. El Senatus se negó a legalizar el hecho extraño de que varios infantes menores de edad accedieran al trono tutelados por los fieles de Vitiza, y decidió elegir un nuevo rey. El nombramiento recayó sobre Roderico, el duque de la Bética, llamado Don Rodrigo por la tradición. Pero mientras tanto los vitizanos habían ocupado el poder y el nuevo rey hubo de desalojarlos de él por la fuerza, como el Senatus le había pedido que hiciera.

La elección de Don Rodrigo fue legal, pero es fácil adivinar que los partidarios de Vitiza tendrían bastante razón al sospechar que el Senatus estaba compuesto en su mayor parte por los que antes habían sufrido las brutales represalias del padre de Vitiza, habían sido rehabilitados luego por éste y habían así tenido ocasión de volver a conspirar, como era usual entre los godos. De ahí que los partidarios de Vitiza abrigaran ahora el temor de ser perseguidos por el nuevo rey. La guerra civil volvió a enzarzar una vez más a los clanes en discordia, pero el triunfo de Don Rodrigo, hombre avezados a las armas y las batallas, fue rápido. Los vencidos, sin embargo, no se resignaron.

El tercer poder era el del islam, que ya asomaba su faz al otro lado del Estrecho. En Ceuta les hacía frente el conde Don Julián, que en vida de Vitiza había recibido armas y provisiones de éste para ese fin, pero que capituló ante Tariq ben Ziyad, un liberto de Muza ben Nusair, gobernador del África musulmana. Tariq había llegado con sus huestes hasta la punta oeste de África y había tomado la ciudad de Tánger el año 708.

Los romances cuentan que la traición del 711 se debió a la violación de Florinda, llamada la Cava, hija de Don Julián, a manos de Don Rodrigo. Pero es seguro que esa violación sucedió solo en los romances.

Lo que sí parece cierto es algo que cuenta la crónica árabe de Isa ben Muhammad Abu al Nuhayir: “Tariq, que gobernaba Tánger en nombre de Muza, vio un día llegar unos navíos que echaron anclas en el puerto. El jefe de los que desembarcaron declaró: ‘Mi padre ha muerto. Un patricio llamado Rodrigo ha combatido a nuestro rey y nuestro reino y me ha humillado. He oído hablar de vos. Vengo para llamaros a España, donde os serviré de guía’”[1].

Dice el autor de la crónica que era Don Julián, pero si lo presenta como hijo de Vitiza no podía ser el conde. Otros cronistas árabes y cristianos confirman el dato, entre ellos el Silense, que atribuye a los hijos de Vitiza el viaje a la provincia Tingitana. Sea de ello lo que fuere, queda de cierto que la lucha entre los nobles condujo a los vencidos a la traición. Tal vez pensaran que el riesgo que hacían correr a su reino no era tan grande como resultó después. Atanagildo había llamado en su auxilio a los bizantinos y Sisenando a los francos, pero unos y otros se contentaron con el botín adquirido y volvieron a su tierra. Lo mismo pensarían los vitizanos en esta ocasión, pero no tuvieron en cuenta que los francos y los bizantinos carecían de la fuerza necesaria para ocupar un territorio como el español, en tanto que el islam estaba construyendo en muy poco tiempo un imperio que llegaba hasta la India por Oriente y hasta la Tingitana por Occidente y que pocas empresas podían resultarle más atractivas que la conquista de España y la entrada en Europa por los Pirineos.

Si las fuerzas de Hispania hubieran permanecido unidas, la empresa islámica ni siquiera habría podido tener comienzo. Si lo tuvo fue por la desunión. Ahí radica la enorme magnitud de la traición de los vitizanos, aun contando con que ellos no fueran conscientes de lo que estaban haciendo.

El caso fue que Tariq consultó a Muza y éste al Califa, quien ordenó que se enviara un pequeño destacamento a la península para averiguar cuánto había de cierto en los informes de los de Vitiza. En julio del 710 Tarif abu Zara desembarcó con quinientos soldados en la costa más cercana al África, en la ciudad que ahora lleva su nombre. Como la expedición no tuvo ningún problema y trajo noticias alentadoras, Tariq empezó a preparar sus fuerzas para la invasión.

Otro hecho de aquel momento fue que los vascones, que siempre habían aprovechado los momentos de discordia y debilidad de la monarquía para sublevarse contra ella, habían vuelto a hacerlo al mismo tiempo que en África se estaba preparando un ejército de bereberes para cruzar el Estrecho. Leovigildo había luchado contra ellos porque habían aprovechado la llegada de los bizantinos, Recaredo porque aprovecharon la revuelta arriana, Sisebuto porque aprovecharon la crisis que siguió a la muerte del primer rey católico… Y Chindasvinto, y Recesvinto, y Vamba… También se rebelaron contra Don Rodrigo, seguramente por la guerra civil que siguió a su coronación. Caro lo hubieron de pagar. Nadie conoce el mañana, pero es indudable que es siempre resultado del ahora. Durante unos trescientos años sufrieron sucesivas razzias devastadoras por parte de los sarracenos y tuvieron que soportar en muchas ocasiones que éstos se llevaban a sus hijas y mujeres a los harenes de Córdoba. Si alguna vez creyeron que su lugar no estaba al lado de las restantes comarcas de Hispania pagaron caro su error.

Combatiéndolos estaba Don Rodrigo cuando le llegaron noticias de que Tariq había puesto su pie en la roca de Calpe, llamada luego Gibraltar, cosa que había sucedido la noche del 27 de abril del 711. Había logrado transportar a unos 7.000 hombres y se apoderó con rapidez de Carteya, en la bahía de Algeciras, tras vencer a un pequeño destacamento de vigilancia. Pidió refuerzos a Muza, que le envió unos 5.000 hombres más, y se dirigió hacia la vía romana que llevaba a Sevilla.

Don Rodrigo bajó hacia el Sur tan rápido como le fue posible. En su camino debió reunir a todo su ejército, del que también formaban parte los clanes vitizanos. El 19 de julio se enfrentó a Tariq en las orillas del río Guadalete.

Tariq sabía que la derrota significaba el exterminio para él y los suyos, por hallarse separados de su tierra por las aguas del Estrecho. El potencial de combate de la caballería visigoda era legendario. Se acogería a la esperanza de que los de Vitiza cumplieran su palabra.

Don Rodrigo  sospechaba quizá que una parte de su ejército preparaba la traición, pero aun así no podía rehuir el combate. Los spatarios formaban su guardia más cercana y aguerrido. Combatirían formando un círculo cerrado alrededor de él. Los duque y condes estaban al mando de sectores regulares del ejército, compuestos de ciudadanos obligados a prestar servicio de armas. Habría también gardingos. Los patrocinados y los siervos que formaban el séquito de los poderosos estaban obligados a seguir las órdenes de éstos.

Los jefes vitizanos mascullaban su traición: “Ese hijo de puta ha privado del reino a los hijos de nuestro señor Vitiza y a nosotros del poder. Podemos vengarnos pasándonos al enemigo. Esas gentes de enfrente no aspiran sino a hacer gran botín”[2]. Así lo ha recogido más de un cronista árabe.

Los dos ejércitos entraron en combate. El de Don Rodrigo luchó con valor, pero los vitizanos, seguidos de sus siervos y patrocinados, se pasaron al enemigo, dejando desguarnecidas las alas. El centro resistió por poco tiempo. Corrió la sangre en abundancia, incluida la del propio rey. Solo una pequeña parte se salvó, que volvió a lucha contra el sarraceno en Écija ya sin traidores, pero volvió a ser derrotada.

Éste fue el final del reino visigodo.


[1] Recogido en Sánchez-Albornoz, op. cit., pág. 82

[2] Sánchez-Albornoz, C., ibid., pág. 83


 

 

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