El dinero

Clamar contra el dinero es tal vez algo tan antiguo como la invención del mismo. El clamor ha logrado a veces alturas poéticas loables desde que Virgilio exclamara, en el libro III de la Eneida:

Quid non mortalia pectora coges, auri sacra fames? (“¡A qué no obligas a los mortales pechos, hambre execrable de oro!”?)

Magistral fue la glosa del Marqués de Santillana en Doctrinal de privados:

Dime: moneda de 10 céntimos de dólar

“¡Oh fambre de oro rabiosa!:
¿cuáles son los corazones
humanos que tú perdones
en esta vida engañosa?
Aunque farta, querellosa
eres en todos estados,
no menos a los pasados
que a los presentes dañosa.”

El estilo de Lenin, por el contrario, no aspiraba a lo poético y sí a la brutalidad y la amenaza en la promesa que hizo en el número 251 de Pravda (6 y 7 de noviembre de 1921):

“Cuando triunfemos a escala mundial, pondremos urinarios públicos de oro en las calles de algunas de las ciudades más importantes del mundo. Este sería el empleo más “justo”, gráfico e instructivo del oro para las generaciones que no han olvidado que a causa del oro fueron sacrificados diez millones de hombres y mutilados treinta millones en la “gran guerra liberadora” de 1914-1918”

El clamor contra el vil metal ha pasado en herencia a las masas de supuestos indignados que acampan en plazas de Nueva York, Houston, Bruselas, Madrid, etc. En Roma se le ha llamado “estiércol del diablo”.

Todos ellos ven en el dinero la causa de todos los males, pero yerran del todo. Deberían comprender que es una invención prodigiosa de la mente humana. Por su virtud pueden los hombres establecer relaciones pacíficas y dotar de estabilidad a las agrupaciones humanas modernas, a esas sociedades que han abandonado el orden de la selva y han entrado en el de la civilización.

Si un hombre extrae cereal de su tierra es porque sabe cómo ararla, sembrarla y cuidarla, porque sabe poner en su afán lo mejor de sí mismo. Si luego cambia una parte de su trigo por una capa que le abrigue durante el invierno, ¿no está dando a otro una parte de su tiempo y su persona y recibiendo lo mismo de él? ¿No es un intercambio único en la naturaleza, algo que supera las atenciones que tienen lugar en las familias y que por ello las trasciende y facilita que formen unidades mayores? ¿Cómo podría hacerse algo igual sin dinero?

¿Dónde reside el mal si el dinero es un medio para la relación entre humanos? ¿No sirve para formar una red tupida de vínculos entre personas, una trama que ayuda a constituir sociedades humanas, porque éstas han decidido abandonar las armas y sustituirlas por el comercio? ¿No deberían amarlo quienes dicen odiarlo? Haciéndolo reconocerían y respetarían lo que es: intercambio de vida humana, relación moral entre personas civilizadas.

Odiarlo, por el contrario, es odiar el trabajo y el esfuerzo de los hombres, apoderarse de él sin dar nada a cambio. El político que cobra comisiones y el directivo de la una caja de ahorros que se asegura una pensión vitalicia millonaria abusando de su posición de poder se adueñan de algo por lo que nada han ofrecido. Los dos aborrecen realmente el dinero, el esfuerzo humano y la relación moral entre personas. En el extremo opuesto destaca el que está dispuesto a trabajar por el dinero y a hacerse digno de merecerlo.

Luego no es que el dinero corrompa a la gente, sino que la gente corrompe al dinero. Lo hace por avaricia, porque ha olvidado la generosidad, que es su virtud opuesta.

(Archivo sonoro de lo leído en La piquera, de Cope-Jerez el 18/10/2011: El dinero)


 

 

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