El género de los tontos

Me pregunta hoy un alumno qué es un tonto y si la filosofía tiene algo que decir sobre eso. Le respondo que mucho. Para empezar le cuento que Ortega y Gasset, en su Rebelión de las masas, dice que no hay diferencia esencial entre un tonto y un listo, porque eso de hacer tonterías, decirlas y, sobre todo, pensarlas, es la cosa más fácil y corriente del mundo. Nadie hay que se libre de esto.

Pero ocurre que el tonto no lo sabe y el listo sí. Eso es muy importante. El inteligente no es inteligente “esencial”, de nacimiento. Ni mucho menos. Lo que pasa es que él sabe lo que es estar a un paso de hacer o decir tonterías y por eso se cuida. Y, como se cuida, es listo casi a diario.

El otro no se cuida porque no lo sabe y por eso es tonto a tiempo completo y para siempre. Ortega dice que es vitalicio, como un funcionario. Es completamente cierto, pues es imposible sacarlo de su estado y darle una vuelta por los alrededores para que se airee. Se ve listo, prudente y perspicaz. ¿Cómo podría cambiar? Lo que le pasa es que no sabe mirarse en un espejo.

Lo peor del asunto es que esta “esta deficiencia cognoscitiva” arraiga en otra moral, porque el tonto es más peligroso que el malo, debido a que el malo descansa a veces de su maldad, pero el tonto no descansa nunca.

Mi alumno había fruncido el ceño hacía un rato y se mostraba muy pensativo. Pensé entonces que debía dar fin al asunto, pero no antes de advertirle de que lo que le había dicho era muy general y que así tenía que ser, pues el tonto es un género que comprende varias especies. Las notas antedichas valían solo para lo primero. En veces sucesivas habría que añadir las diferencias específicas.

Share
Esta entrada fue publicada en Filosofía práctica, Moral. Guarda el enlace permanente.