El socialismo bismarkiano

El Estado de Bienestar, de cuya creación se muestra tan orgullosa la izquierda socialista, comunista y sindicalista, no fue obra suya, sino de un enemigo jurado de sus ideas, de Otto von Bismark. Él puso la primera piedra de este edificio que hoy no muestra más que grietas y que nuestros gobernantes dicen que se esfuerzan en remozar. Nadie como Bismark supo fabricar enemigos contra los que dirigir las tensiones que pudieran interponerse en su camino hacia la Gran Prusia o hacia el Gran Imperio Alemán (II Reich).

Ideó el Kulturkampf, la guerra por la cultura, para someter a sus planes a los católicos que se le oponían. Ya se sabe: la defensa de lo nuestro, de lo genuinamente alemán –como si el catolicismo no fuera alemán-, que está siendo deteriorado, atacado, destruido, etc., por gentes de fuera, por el Vaticano. Cultura contra catolicismo. ¿No resulta conocido? Donde sube el culto "a lo nuestro" baja el culto católico. El hedor del rebaño en la dehesa sofoca la fragancia del buen perfume.

El éxito de Bismarck no fue pequeño. El recurso a la cultura, "a lo nuestro", siempre ha sido una palanca muy eficaz para poner en pie de guerra a la multitud. Bismark debe ser incluido solo por esto entre los fundadores de los fantasmas actuales. Hitler, la encarnación del pueblo alemán y su cultura, según palabras de su mismo lugarteniente en el Congreso del Partido Nacionalsocialista de Núremberg, fue un digno sucesor suyo. Solo que fue mucho más allá que él, pues intentó destruir físicamente todo lo ajeno. Su antecesor no llegó a tanto. Esos fantasmas seguirán siendo útiles por mucho tiempo para mentir a todo aquel que necesite ser engañado.

Lo del Estado del Bienestar también fue exitoso. Se le ocurrió para batir a otros enemigos: los socialistas. Logró que el Parlamento dictara una buena batería de leyes contra ellos, incluyendo en ellas como complemento la obligación de construir un fondo por medio de las contribuciones obligatorias de patronos y obreros para defender a estos últimos de la enfermedad, los accidentes y la vejez.

Nunca se había dado ese paternalismo estatal. Antes se habían ocupado de ello las órdenes religiosas, luego los ayuntamientos, etc. La idea de Bismarck presentaba la beneficencia como un contrato de seguro, pero no lo era, pues carecía de una relación directa entre las primas pagadas y la asistencia recibida.

No fueron, pues, los socialistas los que instauraron las medidas públicas de socorro a las clases desfavorecidas, sino sus enemigos, los conservadores y los liberales. Bismarck fue solo el comienzo. El paternalismo estatal que él inauguró tuvo su réplica en España con el gobierno del conservador Francisco Silvela, que creó en 1902 el Instituto de Reformas Sociales, seguramente influido por el ideario de la Rerum Novarum de León XIII, promulgada el año 1891. En quien sí tuvo una gran influencia esta encíclica fue en Eduardo Dato, que luchó por la "justicia social", un concepto introducido por él en la ideología política española. El liberal Santiago Alba dio cuerpo a estas ideas en su plan de desarrollo, etc.

En Estados Unidos habría de ser Roosevelt el que introdujera estas reformas, que recibieron el nombre de New Deal.

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