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En el fondo de las conciencias hay una pantalla sobre la que proyectan sus apariencias de realidad los actuales titiriteros. Estos fabrican sombras chinescas que los chiquillos toman como auténticas entidades en un espectáculo cuya única finalidad es disfrazar u ocultar la realidad. El que quiera saber algo de las cosas no tiene más remedio que darse cuenta en primer lugar de este juego y, en segundo, entrar en la trastienda donde tendrá que distinguir qué cosas tienen bulto material y qué otras son sombras y nada más.

Lo que está pasando estos días con los profesores es un ejemplo de ese juego que se libra a tres bandas, la de los propios profesores, la de quienes dicen apoyarles y la de quienes quieren que se sometan al dictamen de la Junta madrileña.

Entre estos últimos se cuentan las autoridades de la región de Madrid y un formador de opinión, esRadio.

Doña Lucía Figar, consejera de educación de la mencionada región y responsable primera de las dos horas lectivas adicionales que se trata de imponer a los profesores, es portadora de la más extendida sombra chinesca de que hacen uso los detentadores del poder. Casi no es necesario detenerse en su análisis para que esta sombra se esfume. El gobernante siempre muestra como petición o ruego lo que no es otra cosa que orden o mandato. “Hemos pedido a los profesores…” decía una y otra vez Doña Lucía en la entrevista concedida por la emisora o acaso solicitada previamente por ella misma. También Zapatero presentó como petición de solidaridad lo que no fue más que una exacción cuando rebajó el sueldo a los funcionarios.

En su afán por defender la posición de Doña Esperanza Aguirre, el entrevistador y los tertulianos hicieron uso de argumentos toscos, de los que mencionaré solo tres.

El primero versó sobre las materias afines que muchos profesores tendrán que impartir para completar su horario de veinte clases lectivas. Se mencionaron como afines el latín y la cultura clásica o la filosofía y la ridícula “educación para la ciudadanía”, pero no la lengua española y el inglés, la filosofía y la historia, el francés y la ética, la historia y la música, etc.

El segundo fue expuesto por un asistente a la tertulia cuyo nombre no recuerdo. Varios profesores amigos suyos, dijo, se quejan hace mucho de no tener tiempo para acabar los programas de sus asignaturas, cosa que ahora podrán hacer por disponer de dos horas más.

Esto es ignorar el asunto de que se trata (ignoratio elenchi). Un profesor de filosofía, por ejemplo, debe impartir clase a seis grupos de alumnos, a tres horas semanales por cada uno, para tener dieciocho horas lectivas. Para llegar a veinte será necesario asignarle un grupo de ética, que tiene dos asignadas. Con ello habrá visto cómo ha aumentado en unos treinta el número de sus alumnos, más el tiempo necesario para preparar clases, poner y corregir exámenes, asistir a reuniones de evaluación, etc. Pero no dispondrá de una sola hora más para completar el programa de ninguna asignatura.

Y así se llega al tercero. Si cada profesor tiene que aumentar un grupo o algo menos –lo que importa es el promedio estadístico-, en un instituto de cien profesores habrá unos ochenta o noventa módulos para los que no será necesario contratar a nadie. Son ochenta o noventa horas que antes cubrían los interinos. Dividiendo por dieciocho arroja una cifra que se mueve entre el cuatro y el cinco. Ahí está el recorte, Doña Esperanza: un cuatro o un cinco por ciento.

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