Ideología en las aulas

Los profesores que imparten los programas oficiales de Filosofía suelen creer que es muy clara y evidente la distinción marxista entre valor de uso y valor de cambio y así la transmiten a sus alumnos. Se hacen eco de lo que dice Marx y explican que en el valor de uso está todo claro, debido a que es la utilidad de un bien para satisfacer necesidades. Como todo el mundo sabe cuáles son las necesidades humanas, nadie necesita pararse a pensar en ellas ni en su origen. Como mucho se dirá que se trata de cosas como comer, dormir, protegerse del frío, etc. Pero no se tratará de averiguar si es necesario comer pan, arroz o ternera, o vestirse con prendas de lino, lana, etc. ¿Para qué perder el tiempo en explicar algo conocido por todos cuando el programa es largo y el tiempo para darlo es demasiado corto? En el valor de uso no hay misterio alguno.

Robinson Crusoe sabe con exactitud el valor de cada cosa que produce. Calcula en tiempo que ha empleado y el esfuerzo que le ha costado. Lleva cuenta de todo. Todo está tan claro como la luz del día.

El misterio brota del valor de cambio. ¿Por qué un reloj de oro vale más que una barra de pan si el primero no satisface necesidad humana alguna y el segundo sí? La respuesta del marxismo, aceptada sin más por los profesores y comprendida de inmediato por los alumnos es que la medida del gasto de fuerza de trabajo en cuanto a duración es la magnitud de valor de la mercancía, es decir, que el valor mercantil del reloj procede del número de horas empleado en su producción, que se traducen en dinero y se trasladan al producto en forma de precio.

A continuación se explica la generación de plusvalía para el capitalista en el hecho de que éste se queda con unas cuantas horas del trabajo empleado en el producto y entrega al obrero el resto, lo que Marx llamó el “salario vitalmente necesario”. No le da lo que produce y es suyo, sino lo que necesita para seguir vivo. El resto se lo apropia él.

En estas circunstancias -continúa la lección- es fácil comprender qué ven y qué esperan los trabajadores bajo esta doble faz de su trabajo. El precio de las mercancías se ha fijado para ellos en una costumbre tan arraigada que piensan que emerge de la propia naturaleza del producto. El reloj de oro es caro porque es oro. El pan es barato porque es pan. No se dan cuenta de que en realidad emerge de la relación que el pan y el oro mantienen enre sí y con otros productos en el mercado, una relación que ha reemplazado a las relaciones entre hombres. Las transformaciones de la sociedad capitalista la han llevado a un punto tal que oculta el verdadero secreto del valor mercantil: el tiempo de trabajo. El marxismo, que está en el secreto, sabe que es inevitable una pauperización progresiva del proletariado, de la que él mismo es causante directo, y una acumulación proporcional del capital en manos del capitalista. Esto es ciencia, lo demás ideología.

Armado de estas nociones “científicas”, se cree capaz de predecir el futuro. Éste es inevitable: cada vez habrá un menor número de ricos, pero con mucha mayor riqueza, y, como contrapartida, cada vez un mayor número de pobres, pero con mucha mayor probreza. Y después, cuando la estructura social general se resquebraje por todas partes y el capitalismo sea insostenible, tendrá de llegar la sociedad socialista, donde, como es obvio, el valor mercantil de los bienes tendrá que traducir las necesidades humanas y nada más que las necesidades humanas. Entonces se tirarán a la basura los relojes de oro y se producirá pan para que todo el mundo coma. Lenin remachaba: el oro servirá para hacer urinarios públicos.

La teoría descansa sobre un presupuesto que Marx consideraba inatacable: que el valor de una mercancía depende del tiempo de trabajo empleado en ella. Lo aprendió en la economía clásica inglesa, sobre todo en Ricardo, y nunca pensó en ponerlo a prueba.

¿Nunca lo puso verdaderamente a prueba? ¿Nunca pensó que tal vez es al revés, que el reloj de oro no vale más porque hay más horas de trabajo introducidas en él, sino que mucha gente está dispuesta a empeñar muchas horas de su trabajo en producirlo porque vale más? ¿No tuvo ocasión de pensar que las cosas son en este asunto justamente al revés de lo que él había escrito en El capital?

Cabe pensar que sí. Jevons y Menger estaban abriendo una nueva etapa en la historia de la economía cuando él se estaba disponiendo a publicar El capital. De hecho, el primer volumen apareció en 1867. Tenía entonces 49 años. Los libros segundo y tercero los tenía redactados antes del segundo. Él murió en 1883. El resto de la obra hubo de esperar hasta que Engels la publicó en 1894. ¿A qué fue debida esta demora? ¿Por qué Marx, que se hallaba en su plenitud intelectual cuando empezó a publicar El capital, no siguió adelante con el resto? Él era un escritor prolífico, pero desde estonces parece que dejó de escribir. Pudo ser por causa de la aparición de la teoría subjetivista del valor de Jevons y Menger, que reducía a cenizas su idea de la plusvalía y del salario vitalmente necesario. Como ambas ideas eran pilares fundamentales del edificio teórico marxista, éste se derrumbaba como un castillo de naipes: la progresiva acumulación del capital en menos manos y la también progresiva pauparización del proletariado, lo que conduciría inevitablemente a la nueva sociedad socialista.

¿Comprendió Marx que su doctrina había perdido toda su base y fue por eso por lo que decidió no seguir adelante con la publicación de El capital? Tal vez nunca sepamos si fue ese el motivo, pero lo cierto es que la teoría subjetivista del valor echaba por tierra la suya propia, reduciendo su socialismo a utopismo e idelología, y que él no publicó ningún otro escrito a partir de 1867.

Como también es cierto que, al no hacer esta mínima crítica de la teoría, los profesores que imparten programas oficiales de filosofía suelen limitarse a transmitir ideología.

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