La inteligencia y el dinero

Con el dinero no se ofrece favor ni desprecio. En una transacción no se humilla al otro ni se le rinde pleitesía, sino que se le tiene por un igual y se actúa con él libremente. Se le hace justicia además, pues justicia es dar a cada uno lo suyo. El hombre no es un mulo que haya de cargar con el fardo de otros, sino un ser que puede ofrecer inteligencia a cambio de inteligencia, haciendo dueño de sí al otro y a sí mismo. La estupidez y la maldad convierten a los hombres en malvados si se intercambian. Dan lugar a la tiranía y al robo.

Los tiranos y malhechores son los que procuran apoderarse de los productos de la inteligencia transformados en bienes. Creen conseguir lo que desean y ser por ese medio dueños de sí y de otros cuando en realidad carecen de deseos que puedan llamarse tales. Ellos tratan de invertir el orden de las cosas, que va de la inteligencia a los productos y no al revés. Se comportan como carroñeros.

El que no revierte el orden de las cosas, el que va de la inteligencia a sus asuntos, de la mente a las cosas producidas por ella, el que ve que para ser hombre digno no hay otro camino que actuar en la transformación de lo natural externo e interno, no necesita apoderarse del dinero de otro, pues sabe que si lo hace irá en contra de sí mismo. Sabe también que la felicidad no se compra con dinero y que éste no le proveerá de un código moral ni dará nunca a un hombre los deseos de que carece. El dinero es para él algo que aparece al final de su acción, no al principio de la misma.

El dinero no otorga valentía al cobarde, inteligencia al imbécil, principios morales al malvado, rectitud al inmoral. Quien pretende alcanzar algo de esto apoderándose de las mentes de quienes lo tienen por medio de la exacción de su dinero está tratando de cambiar su razón por monedas. Los hombres valiosos lo abandonarán, pero los demagogos de toda laya irán en pos de él y lo convencerán de que él es el valiente, el inteligente, el bueno, el hombre recto. Él los creerá antes que aceptar su inanidad.

El que hereda una gran hacienda no puede decir ciertamente que es producto suyo. Puede hacer entonces dos cosas: estar a la altura de su dinero y tomarlo como origen de su actividad o estar por debajo de él y mostrarse indigno del mismo.

En el segundo caso será un individuo corrompido por su dinero, de paso que habrá corrompido también su dinero. Un heredero así no es dueño de su riqueza, sino su riqueza dueña de él. Es un parásito. Pero decir entonces que la solución consiste en repartirla entre mil es lo mismo que desear que haya mil parásitos más.

En el primer caso estará a la altura de sí mismo y con seguridad incrementará su hacienda. Este individuo no será un parásito, sino un creador de riqueza para sí y para otros.


 

Share
Esta entrada fue publicada en Filosofía práctica, Economía y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.