Baltasar Gracián

La actitud de los hombres de la Contrarreforma en el mundo es expresada por las obras del jesuita español Baltasar Gracián (6 de enero de 1601, 6 de diciembre de 1658), autor de varios escritos (El héroe, El político Don Fernando el Católico, El discreto), el más famoso de los cuales es el Oráculo manual y el arte de la prudencia, publicado en 1657. Las máximas de Gracián están inspiradas en un realismo lúcido y crudo que recuerda el de Maquiavelo y más aún el de Guicciardini. Gracián cree en la perfectibilidad del hombre individual, en su progresiva formación. “No se nace hecho: vase de cada día perfeccionando en la persona, en el empleo, hasta llegar al punto de consumado ser, al complemento de prendas, de eminencias; conocerse ha en lo realzado del gusto, purificado del ingenio; en lo maduro del juicio, en lo defecado de la voluntad.” (Or., 6). Pero esta formación no es sólo un hecho espiritual e íntimo: es también la capacidad de triunfar en la vida, arte del éxito. Gracián insiste igualmente sobre las dotes esenciales de la personalidad humana, como el saber, la firmeza, el valor, la astucia práctica que permite adiestrarse en la vida y prevalecer sobre los demás. Exalta al hombre entero que “juzga por especie de traición al disimulo, préciase más de la tenacidad que de la sagacidad; hállase donde la verdad se halla” (Ibid., 29). Pero al mismo tiempo enseña el arte de gobernar las voluntades ajenas conociendo de cada uno las debilidades o la pasión dominante: “La maña está en conocer estos ídolos para el motivar, conociéndole a cada uno su eficaz impulso; es como tener la llave del querer ajeno. Hase de ir al primer móvil, que no siempre es el supremo; las más de las veces ínfimo, porque son más en el mundo los desordenados que los subordinados” (Ibid., 26). Aquí es el “arte de la prudencia” el que avalora el trabajo humano según el aprecio que hacen de él los hombres y concede mucha atención a la apariencia, porque “las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Valer y saberlo mostrar es valer dos veces” (Ibid., 130).

Las obras de Gracián tuvieron mucho éxito en Europa en las últimas décadas del siglo XVII: quizá porque ofrecían a los espíritus de la época un cuadro sin prejuicios de los medios para lograr el éxito y se insertaba en aquella concesión aristocrática de la autoridad que era compartida por muchos entre ellos. Arturo Schopenhauer vio en Gracián un antecesor de su pesimismo y tradujo el Oráculo al alemán. En realidad, no se trata de pesimismo, sino de una observación realista y cruda de la naturaleza humana, que se hace valer como premisa de toda acción entre los hombres que quieren asegurarse el éxito. Las máximas de este jesuita son otra indicación de la mundanización del espíritu religioso que la Contrarreforma tiene de común con la Reforma. (Abbagnano, N., Historia de la filosofía, II, trad. de J. Estelrich y J. P. Ballestar, Montaner y Simón, Barcelona, 1978, páginas 105-106)


Gracián, B.
El Comulgatorio

 

Si con “El discreto” y “El héroe” había indicado Gracián cómo se triunfa en el mundo y con “El criticón” había ofrecido una crítica del mismo, con “El Comulgatorio” trata el tema del trasmundo. Este es, pues, el tema religioso de que se ocupa Gracián. Los otros son, o bien la utilidad de la moral para el trato con los hombres o bien la moral en sí misma considerada.

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Gracián, B.
El discreto

“El Discreto” (Huesca, 1645) es como el manual del hombre para vivir en sociedad, o sea para hacerse grato a sus semejantes y conseguir de su cooperación cuanto le convenga, así como para preservarse de las insidias de los demás. No todos podemos ser héroes; pero todos debemos ser discretos. “Fué el Gran Capitán, dice, idea grande de discretos; portábase en el palacio como si nunca hubiese cursado las campañas, y en campaña como si nunca hubiera cortejado. No así aquel otro, no gran soldado, sino gran necio, que, convidándole una gentil dama a danzar en su ocasión, excusó su ignorancia y descubrió su tontería diciendo: Que él no se entendía de mover los pies en el palacio, sino de menear las manos en la campaña. Acudió ella… Pues señor, paréceme que sería bueno en tiempo de paz, metido en una funda, colgaros como arnés para su tiempo”. Esta y otras muchas enseñanzas de El Discreto descubren que Gracián había meditado hondamente sobre la vida social, no sólo con los datos de sus libros, sino con los de la observación directa. Enlaza también su filosofía práctica o mundana con la más elevada de la moral cristiana. Por ejemplo: “En el Cielo todo es contento. En el Infierno todo es pesar. En el mundo, como en medio, uno y otro. Estamos entre dos extremos, y así se participa de entrambos. Altérnanse las suertes: ni todo ha de ser felicidad, ni todo adversidad. Este mundo es un cero: a solas vale nada; juntándolo con el Cielo, mucho; la indiferencia a su variedad es cordura, ni es de sabios la novedad. Vase empeñando nuestra vida como en comedia; al fin viene a desenredarse: atención, pues, al acabar bien”. (Salcedo)

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Gracián, B.
El Héroe

El Héroe (Madrid, 1630), en que ven algunos la semblanza del super- homo trazada por Nietzsce; es decir, del hombre superior que no recibe ni acata la ley social, sino que la impone, haciendo de su propia voluntad la regla suprema de moral y de derecho. Gracián, si bien reconoce la fuerza social de los grandes hombres, de los hombres poderosos en obras y en palabras, que dice la Sagrada Escritura — ¿cómo no reconocer esto si es evidente? — da a su concepto del héroe un sentido enteramente cristiano. Son notables a este propósito las palabras con que termina El Héroe: “No puede la grandeza fundarse en el pecado, que es nada, sino en Dios, que lo es todo. Ser héroe del mundo, poco o nada es; serlo del Cielo, es mucho, a cuyo gran monarca sea la alabanza, sea la honra, sea la gloria”. (Salcedo)

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Gracián, B.
Oráculo manual y arte de prudencia

Ni al justo leyes, ni al sabio consejos; pero ninguno supo bastantemente para sí. Una cosa me has de perdonar y otra agradecer: el llamar “Oráculo” a este epítome de aciertos del vivir, pues lo es en lo sentencioso y lo conciso; el ofrecerte de un rasgo todos los doze Gracianes, tan estimado cada uno, que “El Discreto” apenas se vio en España quando se logró en Francia, traduzido en su lengua y impresso en su Corte. Sirva éste de memorial a la razón en el banquete de sus sabios, en que registre los platos prudenciales que se le irán sirviendo en las demás obras para distribuir el gusto genialmente. (Gracián, “Al lector”)

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Gracián, B.
El político don Fernando el Católico

El Político es un ejemplo de la prosa didáctica de Gracián. En ella defiende al rey Fernando el Católico como el mejor rey de España, describiendo sus dotes políticas como modelo a imitar por los gobernantes y humanas como ejemplo para todo hombre.
El libro continúa El Héroe, del mismo autor, y se enmarca en el género de alabanzas biográficas que con tanto esmero se cultivaron durante el Renacimiento y el Barroco:
“Opongo un rey a todos los pasados; propongo un rey a todos los venideros: don Fernando el católico, aquel gran maestro del arte de reinar, el oráculo mayor de la Razón de Estado”.

Gracián fue un moralista crítico cuyas ideas giran en torno al papel de los hombres en el teatro del mundo. Hay en ellas un cierto optimismo renacentista junto a una cierta amargura. Se aparta de los hombres al tiempo que se interesa vivamente por ellos. Pero es difícil sistematizarlas. Él mismo lo dejó dicho: “siempre hablar atento causa enfado; siempre chancear, desprecio; siempre filosofar, entristece y siempre satirizar desazona”.

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