Cadalso. Cartas marruecas

De la obra no muy amplia dejada por Cadalso, la más importante en el campo de las ideas son las Cartas marruecas, muy superiores, a mi juicio, a las famosas Lettres persannes de Montesquieu, tanto por su brillantez literaria como por su profundidad. La afirmación de Menéndez Pelayo, en su Historia de las ideas estéticas en España, de que la obra de Cadalso es una «pálida imitación de las Letrtres persannes de Montesquieu», carece de todo fundamento, como demostró hace más de sesenta años Emily Cotton con gran acopio de datos en su estudio Cadalso and its Foreign Sources. Publicadas siete años después de su muerte, son, a la vez, un tratado de Psicología Comparada, un cuadro de costumbres, una lección de Ética, una fuente de sabiduría, una guía pedagógica y una Filosofía de la Historia. Y todo ello con una claridad y sencillez expositiva exenta de toda pedantería y asequible por tanto al más modesto de los lectores. Y es una de las vergüenzas de nuestra industria de la cultura y de nuestra vanguardia intelectual que hayan dejado arrinconado a un hombre de su valía y de su perenne actualidad, como ocurre con la mayor parte de nuestros clásicos, mientras traducen, propagan y veneran como genios universales a todo lo que lleva un nombre extranjero, por muy mediocre, sobado y alambicado que sea.

Lejos de mitificar el Siglo de las Luces, Cadalso lo somete a una severa crítica. Su modelo es menos el enciclopedismo galo que la España anterior a los Austrias, especialmente la España de Cisneros y de los Reyes Católicos. A Carlos V le acusa de haber dilapidado «los tesoros, talentos y sangre de los españoles en cosas ajenas a España, y en conciliarla el odio de toda Europa por el exceso de ambición y poder a que llegó Carlos I». A la muerte de Carlos II —resume— «no era España sino el esqueleto de un gigante». Cadalso ama a España, pero sin idolatrarla. De ahí que hable del «patriotismo mal entendido», del que dice, con plena razón, que «en lugar de ser una virtud, viene a ser un defecto ridículo y muchas veces perjudicial a la misma patria». Y es ese amor verdadero que siente por España el que le mueve a pasar revista a nuestros defectos, debilidades y vicios, desde la tendencia a la envidia al desprecio de la Ciencia, la Técnica y la Industria. Pero de la misma manera que reconoce, sin paliativos, la dimensión negativa y hasta funesta de nuestra historia y de nuestra idiosincrasia, sale al paso de los «proyectistas» e «innovadores de profesión» partidarios de construir una España con materiales totalmente ajenos a nuestras raíces humanas y espirituales: «Bien sé que para igualar nuestra patria con otras naciones, es preciso cortar muchos ramos podridos de este venerable tronco, ingerir otros nuevos y darle un fomento continuo; pero no por eso le hemos de aserrar por medio, ni cortarle las raíces, ni menos me harás creer que para darle su antiguo vigor, es suficiente ponerle hojas postizas y frutos artificiales». Y «español por todos cuatro costados» —como se definía—, aboga por la independencia económica de España como condición previa de su independencia política y moral, un tema cuya actualidad no necesito subrayar. (H. Saña, Historia de la filosofía española)

Estas cartas tratan del carácter nacional, cual lo es en el día y cual lo ha sido. Para manejar esta crítica al gusto de unos, sería preciso ajar la nación, llenarla de improperios y no hallar en ella cosa alguna de mediano mérito. Para complacer a otros, sería igualmente necesario alabar todo lo que nos ofrece el examen de su genio, y ensalzar todo lo que en sí es reprensible. Cualquiera de estos dos sistemas que se siguiese en las Cartas marruecas tendría gran número de apasionados; y a costa de mal conceptuarse con unos, el autor se hubiera congraciado con otros. Pero en la imparcialidad que reina en ellas, es indispensable contraer el odio de ambas parcialidades. Es verdad que este justo medio es el que debe procurar seguir un hombre que quiera hacer algún uso de su razón; pero es también el de hacerse sospechoso a los preocupados de ambos extremos. Por ejemplo, un español de los que llaman rancios irá perdiendo parte de su gravedad, y casi casi llegará a sonreírse cuando lea alguna especie de sátira contra el amor a la novedad; pero cuando llegue al párrafo siguiente y vea que el autor de la carta alaba en la novedad alguna cosa útil, que no conocieron los antiguos, tirará el libro al brasero y exclamará: «¡Jesús, María y José, este hombre es traidor a su patria!». Por la contraria, cuando uno de estos que se avergüenzan de haber nacido de este lado de los Pirineos vaya leyendo un panegírico de muchas cosas buenas que podemos haber contraído de los extranjeros, dará sin duda mil besos a tan agradables páginas; pero si tiene la paciencia de leer pocos renglones más, y llega a alguna reflexión sobre lo sensible que es la pérdida de alguna parte apreciable de nuestro antiguo carácter, arrojará el libro a la chimenea y dirá a su ayuda de cámara: «Esto es absurdo, ridículo, impertinente, abominable y pitoyable».

En consecuencia de esto, si yo, pobre editor de esta crítica, me presento en cualquiera casa de una de estas dos órdenes, aunque me reciban con algún buen modo, no podrán quitarme que yo me diga, según las circunstancias: «En este instante están diciendo entre sí: ‘Este hombre es un mal español’; o bien: ‘Este hombre es un bárbaro’». Pero mi amor propio me consolará (como suele a otros en muchos casos), y me diré a mí mismo: «Yo no soy más que un hombre de bien, que he dado a luz un papel que me ha parecido muy imparcial, sobre el asunto más delicado que hay en el mundo, cual es la crítica de una nación». (Cartas marruecas. «Introducción»)

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