Cervantes. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Cervantes Saavedra, Miguel de
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. I

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, escrito por Miguel de Cervantes Saavedra, fue el primer libro que leí tras haber alcanzado una edad juvenil razonable y dominar de alguna forma los rudimentos de la lectura. Aún recuerdo como si fuera hoy aquella edad temprana, cuando una buena mañana me escapé furtivamente de la casa y me fui corriendo al parque del palacio, para poder leer allí el Don Quijote sin ser molestado. Era un hermoso día de verano; en la incipiente y serena luz de la madrugada yacía la primavera floreciente, y escuchaba las alabanzas del ruiseñor y sus dulces zalamerías, y éste entonaba sus cánticos halagadores con tan cadenciosa ternura, con tanto entusiasmo embriagador, que hasta los retoños más escuálidos se abrían, los hierbajos voluptuosos y los escasos rayos de sol se besaban ardientemente, y árboles y flores se estremecían de placer. Pero yo me senté en un banco de piedra musgoso, en la llamada Avenida de los Suspiros, no lejos de la cascada, regocijando mi corazón de niño con las aventuras portentosas del intrépido caballero. En mi simplicidad infantil, todo lo tomé por cierto; y por muy en ridículo que le dejasen los acontecimientos al pobre caballero, pensaba yo que esto tendría que ser así, que el ser escarnecido era algo tan propio de la heroicidad como las heridas del cuerpo, las que tanto me acongojaban, que en mi alma las sentía. Era un niño, y no sabía de la ironía que Dios había creado en el mundo y que el gran poeta había imitado en su pequeño mundo impreso, así que derramé las lágrimas más amargas cuando el noble caballero sólo recibía ingratitud y palos por su hidalguía.

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Cervantes Saavedra, Miguel de
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. I

¿Qué pensamiento fundamental movía al gran Cervantes al escribir su gran obra? ¿Pretendía la ruina de las novelas de caballería, cuya lectura ejercía una influencia tan grande en la España de Cervantes, que tanto las ordenanzas divinas como las terrenas eran impotentes ante ella? ¿O quería poner en ridículo todas las manifestaciones del entusiasmo humano, en general, y la heroicidad de los caudillos de espada, en particular? Es evidente que deseaba hacer una sátira de las mencionadas novelas, a las que condenaba, mediante el esclarecimiento de sus absurdidades, al hazmerreír general y, por lo tanto, al ocaso. Esto lo logró de la manera más brillante, pues lo que no logran ni las advertencias del canciller ni las amenazas de la cancillería, lo realiza un pobre escritor con su pluma: acaba con ellos de manera tan definitiva, que poco después de la aparición del Quijote se pierde el gusto en toda España por aquellos libros, no volviéndose a imprimir ni uno solo de ellos. Pero la pluma del genio siempre es más grande que él mismo, y sin ser completamente consciente de ello, escribió Cervantes la mayor de las sátiras contra el entusiasmo humano. Nunca él mismo intuyó esto, ese héroe que había pasado la mayor parte de su vida en luchas caballerescas, y que todavía se alegra, en los últimos años de su vida, de haber combatido en la batalla de Lepanto, aun cuando esta gloria le hubiese costado la pérdida de la mano izquierda.

Sobre la persona y las condiciones de vida del poeta que escribió el Don Quijote poco saben contar los biógrafos. No perdemos gran cosa con tal falta de noticias, las que suelen ser recogidas, por lo común, entre las comadres de la vecindad; y éstas tan sólo ven la envoltura, mientras que nosotros, sin embargo, vemos al hombre mismo, su figura auténtica, fiel e incalumniada.

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