Doña Berta

Leopoldo Alas “Clarín”
Doña Berta

El narrador introduce al lector en ese «lugar en el Norte de España», encerrado en sí mismo e incontaminado, y lo presenta estrechamente vinculado a la personalidad de la protagonista, que va caracterizándose como una mujer ya anciana, sorda, «pobre, pero limpia» que «mezcla y confunde en sus adentros la idea de limpieza y la de soledad, de aislamiento» (ed. Ezama 1997: 167-8), vive una vida rutinaria rodeada por unas pocas personas y contempla con cariño al paisaje circundante, como si fuera un ser animado3. Los detalles toponímicos (en contraste con los elementos arquetípicos, sin nombre, como el río y el gato) evocan un espacio concreto del mundo real, un rincón asturiano, donde doña Berta representa una aristocracia en decadencia, hostil a la invasión de la plebe, «la chusma» que deja cicatrices y manchas infames en la hierba del Aren, cuando «los Rondaliegos de antaño […] no se dejaban manchar el linaje ni los prados». Miembro de un mundo que está desapareciendo, doña Berta, que ignora la historia y «tiene caprichosas nociones geográficas», considera todo lo de fuera como un enemigo, simbolizado por la idea de «romanos y moros» que no «pisaron jamás la hierba del Aren» (Maria Rosso Gallo)

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