Gabriel Miró. Dentro del cercado

Gabriel Miró Ferrer (1879 – 1930) cultiva la prosa impresionista. No hace uso de los sonidos para lo que quiere sugerir, como sus iguales de Francia, sino de las estampas pictóricas. Se solaza en los paisajes, abunda en epítetos, utiliza palabras llenas de color local. Su realismo se evapora en un idealismo de campos, veredas, montes, sol y luna. Pertenece a una escuela, si es que él mismo no es su propia escuela, que gusta de adornar sus argumentos con ribetes de misterio, sin importar lo que pierda de descripción de lo real. Su prosa es delicada, a veces rebuscada, y siempre exquisita, demasiado exquisita. No pronuncia frases. Las cincela. Las inunda de musicalidad. Lo suyo es lírica en prosa que busca dirigirse al alma del lector desde el alma propia.


Gabriel Miró
Dentro del cercado

Dentro del cercado es la historia de un anómalo ménage a trois, que hasta sería ménage a quatre si la vulgaridad y nulo sex appeal de la pueblerina Agueda Suárez no la sustrajeran sin esperanza a la atención erótica del arquitecto de Alcera, Luis Menéndez Herrero. Es éste objeto de la adoración de su esposa Librada y de su prima Laura, cuya madre muere al comienzo del relato. El tema de ambas mujeres ha sido brillantemente resuelto por Miró. Librada encarna la ternura conyugal en su mayor plenitud y en la absoluta entrega a que alude su nombre (que en el designio del autor no tiene que ver con Liberata, virgen y fundadora, sino con el insigne galicismo de livrée). Laura, criatura más elevada, lleva un nombre alusivo a su naturaleza poética y al duro sino que en la obra la condena a permanecer inaccesible. El conflicto no ha de venir aquí por el camino de un choque pasional o de dilemas desgarradores, sino que nace, paradójicamente, de la preestablecida armonía erótica que las dos juntas representan para Luis y que continúa capeando la triple aliteración onomástica. Es precisamente al verlas juntas y amigas cuando éste descansa de emociones violentas, «acaso porque se repartía, como un río herido, encre las dos hermosuras». Como respectivas «cumbre» y «llanura» integran entre las dos su más perfecto ideal erótico:

Y callaba; y verdaderamente las adoraba mirándolas. Ellas cifraban para él la cabal emoción del eterno femenino. Laura era el amor excelso, afincado, costoso, y cuyo presentimiento hería y desgajaba por lo intenso de su goce hasta las más hondas raíces de su vida. En Librada hallaba una belleza y una felicidad resignadas, mansas y quiececitas como claros remansos. Cumbre y llanura deleitosas y amadas eran estas mujeres (p. 22).

Desde el principio Luis desea «confesar» a la «vedada» Laura «cómo sin menoscabo ni ofensa del amor a la esposa creía amarla a ella por esposa ideálica». Aborrece, sobre todo, la mezquindad del clandestino tapujo al uso en los triángulos clásicos y de vaudeville:

Luis creía que amar a Laura y aun codiciarla con la alteza que imaginaba, delante de su mujer era menos culpable que decirle sus anhelos caminando solos y lejos de ella. La misma Laura habría de repudiarle como galán que enamora y amartela, prevaliéndose de sombras y fuerza (p. 26). (F. M. Villanueva)

Libro impreso: US UK DE FR ES IT JP

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