Ganivet

Ganivet, Ángel
Idearium español

Siempre recuerdo con profunda emoción a Ángel Ganivet (1862-98), mi discípulo en Granada, aun llevándole pocos años. Hube de hablarle la última vez al pie de la Cuesta de los Muertos. No pude sospechar que aquel joven tan desdichado en vida cuanto venturoso después de su muerte, se despedía inconscientemente de mí para la eternidad. No puede el pobre suicida considerarse filósofo en el exacto sentido de la denominación, pues el Idearium español es, como dice un crítico, «un ensayo de recio y fogoso meollo sobre la filosofía de la historia de España», es decir, un trabajo de aplicación cuyo criterio fundamental se desconoce. Su filosofía, no concretada en ningún libro, brota de sus obras literarias, mezclada con ideas ajenas, rebelde al yugo de la sistematización. (Bejarano)

No se engañaba Ganivet al afirmar que en la constitución ideal de España, tal como en la historia se revela, hay una fuerza madre, un eje diamantino, algo poderoso, si no indestructible, que imprime carácter a todo español. En vano nos diremos que la vida es sueño. En labios españoles significa esta frase lo contrario de lo que significaría en los de un oriental. Al decirla, cierra los ojos el budista a la vida circundante, para sentarse en cuclillas y consolarse de la opresión de los deseos con el sueño del Nirvana. El español, por el contrario desearía que la vida tuviera la eternidad que en estos siglos se solía atribuir a la materia. Y hasta cuando dice, con Calderón:

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
Una sombra, una ficción,
Que el mayor bien es pequeño
Y toda la vida es sueño,
Y los sueños, sueños son…

no está haciendo teorías ni definiendo la esencia de la vida, sino condoliéndose desesperadamente de que la vida y sus glorias no sean fuertes y perennes, lo mismo que una roca. Y en este anhelo inagotable de eternidad y de poder, hemos de encontrar una de las categorías de esa fuerza madre de que nos habla Ganivet, pero no como un tesoro que guardáramos avaramente dentro de nuestras arcas, sino como un imán que desde fuera nos atrae (Maeztu)

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