La tía Tula

Unamuno, Miguel de
La tía Tula

 

Gertrudis, Tula, esa mujer con «ojazos de luto», poseedora de «un tesoro de ternuras y delicias secretas, decide hacer de su vida, a los veintidós años, una misión, una entrega devastadora en la que se autoinmola. Celestina perentoria de los amores de su hermana Rosa con el Joven Ramiro, a los que casa poco menos que a la fuerza, Tula opta, con irrebatible contundencia, por volearse en cuerpo y alma en sus sobrinos, que serán tres. Primero lo hará como tía omnipresente, casi usurpadora del papel de la madre de los pequeños y, muy pronto, muerta ésta, y siempre desde su irrenunciable soltería, Tula se constituirá hasta el fin de sus días en madre titular -madrastra, jamás- de las tres criaturas y de las que vendrán de la oprobiosa seducción del servicio. Un sentido categórico del deber, fundado en una estricta religiosidad heredada de la familia, hace de Tula una virgen madre o una madre virgen que, con el mismo denuedo, defiende los dos extremos de tan flagrante contradicción. De esa acerada e inmisericorde defensa simultánea de dos términos opuestos nace su drama, apabullante versión del habitual conflicto interior, de la pelea agónica característica de los personajes unamunianos, que ni tienen un momento de paz ni nos la procuran a nosotros, los lectores de sus historias. Pero la tragedia de Tula se sustenta en las sacudidas del puente que une las dos orillas -maternidad y virginidad- del curso torrencial de su vida: el deseo sexual. Sin paliativos y con numerosa prodigalidad, Unamuno describe a Tula como un volcán a punto de erupción, una olla a presión de sexualidad insatisfecha y urgente que se alivia con los escapes de vapor de una espiritualidad cierta, sí, pero también evidente mutación sublimada de los apetecibles apetitos carnales. (M. Hidalgo)

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