Laercio. Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres

Laercio, Diógenes
Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres

Soy de dictamen que para cimentar una instrucción sólida es indispensable la lección de los libros antiguos, especialmente griegos, verdadero manantial de casi todo cuanto se ha sabido en los siglos posteriores. Siguiendo este parecer he traducido a nuestro idioma los diez libros que Diógenes Laercio escribió en griego “De las vidas, dogmas, apotegmas, etc., de los más ilustres filósofos griegos”, no dudando de que su lectura sea útil y grata a toda clase de personas. Apenas hay otro libro antiguo que tantas noticias nos haya conservado de la antigüedad y es al mismo tiempo su lección tan amena y sabrosa, que quien empieza a leerlo no sabe dejarlo de la mano hasta concluirlo. Vemos en esta obra hasta dónde puede llegar el hombre gobernado por sola la razón natural, y con cuánta facilidad se desliza si no va guiado de la revelación. Nos compadeceremos de ver envueltos en tinieblas hombres tan aprovechados en materias humanas, y veneraremos los eternos e inescrutables juicios que así lo ordenaron, reservando para nosotros los raudales de luz que la bondad divina nos ha comunicado graciosamente, sin que tuviésemos más derecho que ellos. Veremos el inmenso número de libros que estos filósofos escribieron, aumentando tal vez en nosotros el sentimiento de la pérdida de casi todos, los títulos desnudos que Laercio nos ha conservado. Pero digamos algo ya de la traducción presente. He sido muy escrupuloso en expresar la mente del autor, no tanto en la materialidad de las síntesis, que en Laercio no son elegantes, cuanto en lo formal que contienen. Más cuidado he puesto en disfrazar muchas palabras y expresiones menos decentes que el autor usa sin reserva como gentil; si bien es creíble por varias circunstancias lo ejecutase así por no defraudar a la verdad de lo que escribía tomado de otros escritores. Antes quiero se me note de poco ajustado al original, que de inducir algún daño en las buenas costumbres. Me ha parecido ésta una de las primeras obligaciones de quien pone en manos del pueblo piadoso un libro gentílico, aunque de ciencias humanas. (José Ortiz y Sanz)

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