Lucrecio. De la naturaleza de las cosas

Tito Lucrecio Caro
De la naturaleza de las cosas: Poema en seis cantos

De_la_naturaleza_de__Cover_for_KindleLucrecio en los años de la terrible agonía de la república; desde el principio de las luchas entre Mario y Sila hasta la muerte del sedicioso Clodio, período de grandes calamidades para Roma, en que las guerras civiles desatan todas las ambiciones, todas las codicias, saciadas con la sangre o el destierro de millares de ciudadanos de los más ilustres; período de corrupción política y moral, de desdichas públicas y privadas, del que fue testigo y acaso víctima el autor del poema “La Naturaleza”.

Si en éste, consagrado a explicar grandes problemas de física, no tiene ocasiones frecuentes Lucrecio para expresar sus personales sentimientos, tampoco faltan frases y conceptos que permiten formar idea de ellos.

Objeto principal de sus enérgicos ataques son la ambición, el amor mundano y las creencias religiosas. Los desastres de la época en que vivió le aleccionaban bien para condenar la ambición, cuyos terribles estragos a la vista tenía. La pintura que hace de los peligros y daños del amor acaso la inspiren sus propios desengaños; quién sabe si la noticia del filtro dado por la mujer celosa, de que antes hablamos, fue errónea explicación de alguna otra calamidad que el amor ocasionó a Lucrecio. Sus invectivas contra esta pasión no son propias de un discípulo del apacible Epicuro, que aconseja dulcemente huir del amor para evitar peligros a la tranquilidad del espíritu, sino de quien ha sufrido acerbas penas y está dolorosamente arrepentido.

Otro sentimiento que palpita en todo el poema es el odio a las supersticiones religiosas, como si después de vencidas en su ánimo, se acordara, rencoroso, del tiempo que le habían estado mortificando. No es en este punto la serena razón del filósofo quien habla; la airada elocuencia de sus afirmaciones prueban un espíritu convencido, pero no un ánimo tranquilo.

Sin ambición y sin amor, que detestaba, sin creencias religiosas, que aborrecía, no podía encontrar Lucrecio, dentro de aquella sociedad descreída otro aliciente a la vida que el ofrecido por la filosofía del deleite, llamada así la de Epicuro, y no con verdadera propiedad, porque si se encaminaba a encontrar el reposo, la quietud del alma y del cuerpo por una especie de muerte prematura, por el alejamiento de cuanto pudiera causar malestar en el cuerpo y el alma, no faltó quien la interpretase en el sentido de sistema, que permitía y aun ordenaba la satisfacción de los placeres mundanos.

Este equívoco en la interpretación de la filosofía de Epicuro fue sin duda causa ocasional del descrédito que adquirió entre los que no la conocían bien. Lucrecio la sabía, y expuso en su poema con todo el vigor y toda la osadía de un romano, en época en que las perturbaciones sociales y políticas permitían hablar con completa franqueza, la doctrina de Epicuro.

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