Modesto Lafuente. Historia general de España

Modesto Lafuente
Historia general de España. I: Desde los orígenes hasta el siglo XI

En esta marcha majestuosa, los individuos mueren y se renuevan como las plantas; las familias desaparecen para renovarse también; las sociedades se trasforman, y de las ruinas de una sociedad que ha perecido nace y se levanta otra sociedad nueva. Pasan esos eslabones de la cadena del tiempo que llamamos siglos: y al través de estas desapariciones, de estas muertes, y de estas mudanzas, una sola cosa permanece en pie, que marchando por encima de todas las generaciones y de todas las edades, camina constantemente hacia su perfección.
Esta es la gran familia humana. “Todos los hombres, dijo ya Pascal, durante el curso de tantos siglos pueden ser considerados como un mismo hombre que subsiste siempre, y que siempre está aprendiendo.” Gigante inmortal que camina dejando tras sí las huellas de lo pasado, con un pie en lo presente, y levantando el otro hacia lo futuro. Esta es la humanidad, y la vida de la humanidad es su historia.

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Modesto Lafuente
Historia general de España. II: Desde el siglo XI hasta el siglo XV

Castilla, esta nación cuya miserable decadencia en el siglo XV acabamos de lamentar, este pueblo que hemos visto caminar visible y precipitadamente hacia su ruina, ocultaba todavía bajo un mentido brillo y bajo un exterior aparente el cáncer que le roía y la miseria que le devoraba. Era un árbol viejo y podrido por de dentro, que ya no daba fruto, pero que aún conservaba la corteza y se engalanaba con la última hoja. En medio de la universal pobreza, ostentábase el mayor lujo en todas las clases; lujo en el vestir, lujo en las mesas, lujo en el menaje, lujo en los espectáculos. La abundancia de otro tiempo, la cultura que fue viniendo después, y en que se distinguió esta época, como luego diremos, había producido gusto y afición a los goces y comodidades de la vida, la pasional boato, al brillo y a las galas. Aficiones son estas a que es difícil renunciar, una vez adquiridas, ya por su natural atractivo, ya porque la vanidad las fomenta y las sostiene, y Castilla semejaba a un hidalgo que después de descender de la opulencia a la escasez por el desarreglo de su hacienda y los desórdenes de su casa, antes consentirá en ver consumada su ruina que en renunciar a los hábitos contraídos en tiempo de prosperidad.
Tan funesta y calamitosa como fue esta época para Castilla bajo el aspecto moral y político, fue propicia y favorable a la cultura y al desarrollo y movimiento intelectual. “Fue esta época, dice Prescott, para la literatura castellana lo que la de Francisco I para la francesa.” Pero Aragón había ido también delante de Castilla en las bellas letras y en los estudios cultos, como se le había anticipado en la organización política, todo el tiempo que se adelantó el reinado de don Juan I de Aragón al de don Juan II de Castilla, dos príncipes casi tan semejantes como en los nombres en las buenas y malas cualidades, tan parecidos en su debilidad, en su aversión a los negocios graves de gobierno, en su inhabilidad para manejar el timón del Estado, como en su afición a la música, al canto, a la danza, y a la poesía, a los suaves goces y a los placeres intelectuales, al cultivo y al fomento de la bella literatura.

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Modesto Lafuente
Historia general de España. III: Los reyes católicos

Y todavía no se contentó con esto (la reina Isabel). Entre su testamento y su muerte trascurrió aún mes y medio, y en este período, que puede llamarse de agonía, su espíritu admirablemente entero y firme recordó otros asuntos de gobierno que quiso dejar ordenados, y tres días antes de morir otorgó un codicilo (23 de noviembre), dictando diversas disposiciones y providencias. Entre ellas las más notables e importantes son la de dejar encargado al rey y a los príncipes sus sucesores que nombraran una junta de letrados y personas doctas, sabias y experimentadas, para que hiciesen una recopilación de todas las leyes y pragmáticas del reino y las redujeran a un solo cuerpo, donde estuvieran más breve y compendiosamente compiladas, “ordenadamente por sus títulos, por manera que con menos trabajo se puedan ordenar e saber”; pensamiento que había tenido siempre, y que por muchas causas no había podido realizar. Otra de ellas se refería a la reforma de los monasterios, y mandaba se viesen los poderes de los reformadores y conforme a ellos se les diese favor y ayuda, y no más. Otra de las providencias que más honran a la reina Isabel, y que es de lamentar no se cumpliese, siquiera por haber sido dictada en el artículo de la muerte, fue la relativa al trato que se había de dar a los naturales del Nuevo Mundo. Sobre esto encargaba y ordenaba al rey y a los príncipes sus sucesores, que pusieran toda diligencia para no consentir ni dar lugar a que los naturales moradores de las Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar, recibiesen agravio alguno en sus personas y bienes, sino que fuesen bien y justamente tratados, y si algún agravio hubiesen ya recibido, que lo remediasen y proveyesen. ¡Admirable mujer que al tiempo de rendir su espíritu se acuerda de los habitantes de otro hemisferio, y no se despide de la tierra sin dejar consignado que es una obligación de humanidad y de justicia tratar benignamente a los infelices indios! ¡Cuán mal se habían de cumplir con aquellas razas desventuradas las benéficas intenciones y mandatos de la piadosa Isabel!

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Modesto Lafuente
Historia general de España. IV: Dominio de la Casa de Austria. Carlos I y Felipe II

La unidad del globo ha comenzado a realizarse; la humanidad entera ha empezado a entrar en comunicación. Ya se comprendió por qué habían sido inventadas la brújula y la imprenta; por que era menester hallar caminos seguros por entre las inmensidades del Océano para poner en relación a los moradores de remotísimas tierras, porque era necesario un medio rápido y fácil para trasmitir y difundir los conocimientos humanos del mundo antiguo a los pobladores de las apartadísimas regiones del nuevo universo. Si más adelante el vapor acorta estas inmensas distancias; si andando el tiempo la electricidad las hace casi desaparecer, progresos serán del entendimiento humano, y en ello no hará sino cumplirse la ley providencial de la unidad, la ley del progresivo mejoramiento social. Mas no se olvide que a España se debió el que se pusieran por primera vez en contacto las razas humanas de los que entonces se llamaron dos mundos y no era sino uno solo. Si con el trascurso de los tiempos aquellas razas, entonces groseras e inciviles, se convierten en naciones cultas, y se emancipan, y progresan, y trasmiten a su vez al viejo mundo nuevos gérmenes de civilización, no hará sino cumplirse la ley providencial que destina al género humano de todos los países a comunicarse recíprocamente sus adelantos, síntoma consolador y anuncio lisonjero de la fraternidad universal. Más no por eso España pierde su derecho a que no se olvide que le pertenece la primicia de haber llevado el principio civilizador al Nuevo Mundo.

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Modesto Lafuente
Historia general de España. V: Felipe III, Felipe IV y Carlos II

Los reinados de Carlos I y Felipe II habían absorbido casi todo el siglo XVI. Los de los tres últimos soberanos de la casa de Austria llenaron todo el siglo XVII. Una dominación de cerca de dos siglos no puede ser un paréntesis de la historia de España, como la llamó, con más ingenio que propiedad, un célebre orador de nuestros días que ya no existe.
El primer período fue el de la mayor grandeza material que la España alcanzó jamás; el segundo fue el de su mayor decadencia. Aquel sol que en los tiempos del primer Carlos y del segundo Felipe nacía y no se ocultaba nunca en los dominios españoles, pareció como arrepentido de la desigualdad con que había derramado su luz por las naciones del globo, y nos fue retirando sus resplandores hasta amenazar dejarnos sumidos en oscuras sombras, como si todo se necesitara para la compensación de lo mucho que en otro tiempo nos había privilegiado.
“No conocemos, dijimos ya en otra parte, una raza de príncipes en que se diferenciaran más los hijos de los padres que la dinastía austríaco-española.” Ya lo hemos visto. De Carlos I a Carlos II se ha pasado de la robustez más vigorosa a la mayor flaqueza y extenuación, como si hubieran trascurrido muchos siglos y muchas generaciones; y sin embargo el que estuvo a punto de hacer desaparecer la monarquía española no era más que el tercer nieto del que hizo a España señora de medio mundo. Mas no fue la culpa solamente del segundo Carlos. Su abuelo y su padre le habían dejado la herencia harto menguada.
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“Hallabanse, dice un escritor contemporáneo, los reales erarios, sobre consumidos, empeñados; la real hacienda vendida; los hombres de caudal unos apurados y no satisfechos, y otros que de muy satisfechos lo traían todo apurado; los mantenimientos al precio de quien vendía las necesidades; los vestuarios falsos como exóticos; los puertos marítimos con el muelle para España y las mercadurías para afuera, sacando los extranjeros los géneros para volverlos a vender beneficiados; galera y flotas pagados a costa de España, pero alquilados para los tratos de Francia, Holanda e Inglaterra; el Mediterráneo sin galeras ni bajeles; las ciudades y lugares sin riquezas ni habitadores; los castillos fronterizos sin más defensa que su planta, ni más soldados que su buen terreno; los campos sin labradores; la labor pública olvidada; la moneda tan incurable, que era ruina si se bajaba, y era perdición si se conservaba; los tribunales achacosos; la justicia con pasiones; los jueces sin temor a la fama; los puestos como de quien los posee habiéndolos comprado; las dignidades hechas herencias o compras; los honores tan vendidos en pública almoneda, que sólo faltaba la voz del pregonero; letras y armas sin mérito y con desprecio; sin máscara los pecados y con honor los delitos; el real patrimonio sangrado a mercedes y desperdicios; los espíritus apegados a la vil tolerancia, o a la violenta impaciencia; las campañas sin soldados, ni medios para tenerlos; los cabos procurando vivir más que merecer; los soldados con la precisa tolerancia que pide traerlos desnudos y mal pagados; el francés, como victorioso, atrevido; el emperador defendiendo con nuestros tesoros sus dominios; y finalmente sin reputación nuestras armas; sin crédito nuestros consejos; con desprecio los ejércitos, y con desconfianza todos.”

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Modesto Lafuente
Historia general de España. VI: Felipe V, Luis I, Fernando VI y Carlos III

Carlos III no encontró la España en la abyección deplorable en que la halló Isabel I de Castilla, ni en el lastimoso abatimiento en que yacía cuando vino a ocupar el trono su padre Felipe V. Prendas y dotes tenía Carlos III para haber sacado la nación de aquella situación miserable, si tal hubiera sido; pero tuvo la fortuna de encontrarla ya en la vía de la regeneración y del engrandecimiento, en que su padre y su hermano la habían colocado, según al final del libro VII tuvimos cuidado de advertir. Cuando Carlos heredó el trono español no era tampoco un joven inexperto como Isabel la Católica o como el nieto de Luis XIV, sino un príncipe de edad madura, hecho a llevar corona y acostumbrado a manejar el cetro por espacio de muchos años en Parma y en las Dos Sicilias: No había quien le disputara la herencia, ni tenía que temer guerra de sucesión, como después de la muerte de Enrique IV de Castilla y de Carlos II de Austria. Circunstancias eran todas éstas que colocaban a Carlos III en favorable aptitud y ventajosa posición para consagrarse desde el principio a labrar la prosperidad de sus reinos. No es esto rebajar el merecimiento de sus actos, es definir una situación, para eslabonarla con la que le sucedió, y poder valorar convenientemente la una por la otra.
En éste como en todos los períodos históricos la condición de un pueblo depende del sistema político de los que rigen el Estado, así en lo exterior como en lo interior, cuyas dos políticas a veces marchan en acorde consonancia, a las veces puede ser tan acertada y provechosa la una como errada y funesta la otra, a las veces también prevalece en ambas un laudable acierto sin estar exentas de errores. El reinado de Carlos III es uno de aquellos en que cabe bien considerar separadamente las dos políticas, no obstante la natural cohesión que tienen siempre entre sí. Primeramente nos haremos cargo de la situación en que colocó a España relativamente a las demás potencias su sistema de política exterior, con lo cual podremos después juzgar más desembarazadamente- del estado interior de la monarquía, parte principal y la más gloriosa de este reinado.

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Modesto Lafuente
Historia general de España. VII: Reinado de Carlos IV

Levantamiento general de España en 1808:
Al modo que tras largos días de tempestades y borrascas consuela y anima ver la luz del sol, siquiera salga todavía por entre celajes, y alienta la esperanza de que brillará en todo esplendor acabando de disipar las negras nubes que le encapotaban, así tras una larga serie de miserias, de flaquezas y de humillaciones, tras tantas y tan deplorables escenas de falsía, de perfidia y de traición por una parte, de torpeza, de inercia y de abyección por otra, consuela y anima al historiador español ver a su nación levantarse enérgica, vigorosa y altiva, despertar del letargo en que parecía haberse adormecido, sacudir su aparente indolencia, mostrar su antiguo brío, y como herida de una percusión eléctrica, rebosando de ira y de coraje, contra la alevosía y la opresión de unos, contra la miserable prosternación de otros, alzarse toda entera, unánime y casi simultáneamente, ella sola, sin jefes ni caudillos, sin preparativos ni recursos, sin previa inteligencia ni acuerdo, y llena de santa indignación, soltando los diques a su comprimido enojo, y sin medir ni comparar sus fuerzas, sin oír otra voz ni escuchar otro sentimiento que el del amor patrio, vivificada por este fuego sacro, desafiar al coloso de Europa, removerse imponente y tremenda, y arrojarse con ímpetu formidable a defender su independencia amenazada, a vengar ultrajes recibidos, a volver por su dignidad escarnecida. ¡Grandioso y sublime espectáculo, cual rara vez le ofrecen las naciones, cual rara vez le presencian los siglos!

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Modesto Lafuente
Historia general de España. VIII: Guerra de la Independencia de España

Si la historia dijera, sin revelar ni la época ni el nombre: “Hubo un conquistador, que después de dominar casi todo el continente europeo, teniendo por única aliada la España y por únicos y constantes amigos sus reyes, siguiendo llamándose amigo de la nación y de sus monarcas; que recibiendo incesantes pruebas de adhesión de los soberanos, y de los príncipes y de los ministros españoles, plagó la España de innumerables legiones como aliadas y amigas, con propósito de destronar y derribar^reyes, príncipes y ministros, y hacerlos a todos esclavos y subyugar el reino; que negaba las cartas de sumisión recibidas del monarca reinante y del príncipe heredero; que resistía publicarlos tratados solemnes en que había estampado su firma y comprometido su nombre; que instruía a sus generales sobre el modo de ocupar las plazas fuertes españolas, siempre con protestas de íntima amistad; que llevó sus huestes a la capital de la monarquía, siempre como aliadas y amigas, y como tales benévolamente recibidas y cordialmente agasajadas; y todo cuando los ejércitos españoles peleaban como aliados y auxiliares suyos, los unos en las heladas regiones del norte de Europa, los otros en el vecino reino lusitana,” ¿quién habría podido adivinar por este proceder el nombre de Napoleón el Grande? Y sin embargo, aunque parezca fábula, esta fue la historia.

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Modesto Lafuente
Historia general de España. IX: Reinado de Fernando VII

No pudo cumplirse el deseo de la reina viuda de que no se tocase al cadáver de su esposo (el rey Fernando VII) hasta trascurridas cuarenta y ocho horas, atendiendo a lo repentino de su muerte, porque en la madrugada del 30 despedía ya un hedor insoportable. Fue, pues, necesario colocarle cuanto antes en el féretro con las ceremonias de estilo, entregándole al mayordomo mayor conde de Torrejón. Tres días estuvo expuesto al público en el salón de Embajadores, custodiado por los monteros de Espinosa, y rodeado por siete altares portátiles, donde se celebraban misas sin interrupción. El 3 de octubre (1833) se dispuso y verificó su traslación al regio Panteón del monasterio del Escorial, con todo el aparato, pompa y ceremonial de costumbre. Cerró el mayordomo mayor la caja, y puso las llaves en manos del prior del Escorial, que se dio por entregado de los restos mortales del rey Fernando VII de Borbón.
Hemos terminado la narración de los sucesos de este reinado, fecundo en acontecimientos importantes, gloriosos algunos, lamentables y funestos los más. El lugar que este periodo histórico deberá ocupar en los anales de nuestra patria; la influencia que los hechos durante él ocurridos hayan ejercido y aun ejerzan todavía en la suerte de la nación española; el juicio que nos hayan merecido el carácter del monarca y su conducta como jefe del Estado, no lo anticiparemos ahora, aunque algo haya podido traslucirse. Objeto y asunto serán de reflexiones, que separadamente expondremos, si no acertadas, hijas por lo menos de no ligero estudio, y fruto de detenida meditación, siguiendo también en esto el sistema que desde el principio nos propusimos y hemos seguido constantemente, de someter al de nuestros lectores nuestro humilde juicio crítico después de cada período de los que forman época en nuestra historia.

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Juan Valera
Historia general de España. X: Regencia de María Cristina y Primera Guerra Carlista

La versión de nuestro predecesor el señor Lafuente, expositiva de la contrarrevolución que inició el célebre decreto fechado en Valencia el 4 de mayo de 1814, por el que Fernando VII abolió el código de Cádiz y proscribió a sus autores, da suficientemente a conocer la índole y pormenores de la feroz reacción que en un solo día de obcecación, de odio y de venganza, hizo descender a España de la consideración y del rango que en la estimación del mundo, y señaladamente en la de los gabinetes extranjeros, nos había colocado la gallardía del alzamiento nacional y el espectáculo de nuestra desesperada resistencia a las armas de Napoleón.
Aunque el principal objeto de nuestro estudio debe limitarse a narrar los hechos que constituyen la historia del reinado de aquella poco afortunada princesa (Isabel II), es tan íntima la conexión y enlace que existen entre la situación en que Fernando VII dejaba a España y la que para su viuda creaba la lucha abierta entre los partidarios de su hija y los de su cuñado, hechos que debían conducir a la elaboración y establecimiento del moderno derecho patrio, que no cabe abordar el reinado de la hija, sin darnos cuenta de qué manera el del padre había traído la nación al estado cuyas causas y efectos están todavía pesando sobre los destinos del nieto del monarca, cuyo fallecimiento acaecido en la tarde del 29 de septiembre de 1833 inaugura la época a cuya historia vamos a dar principio.

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Juan Valera
Historia general de España. XI: Regencia de Espartero y reinado de Isabel II

Desde la muerte de Fernando VII hasta nuestros días ha habido en España una grande y favorable transformación, de la cual podíanse ya advertir los efectos al terminar la regencia y al empezar la mayor edad de doña Isabel II. Esta transformación ocurrió, no sólo en las ideas, sino también en la exterior cultura y ser material del país, aunque con mayores dificultades y pausas; y a su vez y con el andar del tiempo podrá traer opimos frutos para el valer político y el florecimiento intelectual de nuestra patria, ya que, así la importancia de un Estado, como la excelencia de la civilización de un pueblo, casi siempre requieren, y en el día presuponen más que nunca, el desarrollo de los intereses materiales.
No se puede dudar de que en España se advierte hoy este desarrollo: de que en España, desde 1833 en adelante, el acervo común de la riqueza pública ha crecido y los españoles se han hecho más ricos y prósperos, o si se quiere menos desventurados y pobres de lo que eran.
¿Se han logrado estas ventajas por la revolución, independientemente de la revolución o a pesar de la revolución? Las tres soluciones tienen partidarios: en favor de las tres se aducen argumentos. Dentro del consorcio de las naciones europeas, que, si bien roto a menudo por guerras espantosas, sobrevive siempre y forma algo a modo de confederación para fines civilizadores, España, unida además por raza, por religión semejante o idéntica, y hasta por lengua muy parecida, a los pueblos que van al frente y abren la marcha en el camino del progreso, y ligada por último al continente de Europa por el Pirineo mismo, puede decirse que ha sido llevada como a remolque, independientemente de sus convulsiones políticas, y tal vez a pesar de ellas, a más alto grado de bienestar y de prosperidad. Pero, como esta misma unión o solidaridad con otras naciones, y hasta el cada día más frecuente trato con ellas, así como pueden haber importado las ventajas materiales, pueden haber importado también las teorías y doctrinas en cuya virtud han tenido lugar las mudanzas políticas, lo único dudoso será la originalidad o iniciativa nuestra, así en estas mudanzas como en aquellas mejoras, pero no puede dudarse de que todo ha venido a la vez y de que lo primero ha influido en lo segundo.
La revolución en España no ha sido meramente política. Los cambios más radicales, dentro de dicho orden, no hubieran bastado jamás a sostener el trono de la reina. La Constitución de tal o cual año, la libertad de imprenta, el parlamentarismo y las más liberales leyes orgánicas nos parece que no hubieran prestado suficiente entusiasmo al pueblo y suficientes recursos al tesoro para impedir que Carlos V o alguno de sus sucesores subiese al trono. Para impedirlo fue menester una revolución social, y revolución social ha habido. De aquí que la encarnación de ella, el hombre a quien más debe el trono de doña Isabel II y de sus sucesores fuese don Juan Álvarez Mendizábal. No era pueril y estrecho espíritu de partido el que incitó a los progresistas a erigir estatua en la plaza del Progreso a tan famoso revolucionario. Sin la venta de los bienes de clérigos, frailes y monjas, sin el poderoso empeño de los compradores en conservar lo adquirido, sin los recursos que suministraba la venta, sin el afán con que los acreedores del Estado anhelaban que fuese válida como una garantía de sus créditos, y sin la difusión y crecimiento de esa gran masa de riqueza en manos más codiciosas y activas, tal vez la inocente Isabel no hubiera tenido tan numerosos defensores, ni hubiera conseguido que se derramase tanta sangre para sostener la corona en sus sienes. Es evidente que en España, como ya había sucedido en otros países, hubo, a par de una revolución política, una revolución social de innegable eficacia para que la otra revolución se lograra.

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Juan Valera
Historia general de España. XII: Sexenio revolucionario y reinado de Alfonso XII

Diferentes anónimos avisaban a Prim que se atentaba contra su vida, y se preparaba una insurrección ayudando a los republicanos algunos elementos monárquicos despechados. Despreció los avisos, desdeñó tomar precauciones para asegurar su persona, y con sólo dos ayudantes, como de costumbre, salió del Congreso a las siete de aquella noche de gran nevada, y al aproximarse la berlina que les conducía a desembocar a la calle de Alcalá por la del Turco, se acercaron tres hombres por cada lado al carruaje, rompió uno el cristal con la boca del trabuco, y diciendo a Prim prepárate que vas a morir, dispararon los seis trabucos Habíase interpuesto una berlina de plaza; bregó el cochero del general por salvar aquel obstáculo que obstruía el paso, dando latigazos a la vez sobre los grupos de asesinos, y al fin logró seguir rápidamente su carrera.
No desconoció Prim lo mortal de las heridas que recibió en el hombro y el pecho. Atendió lo primero a que Topete se encargara interinamente de la presidencia del Consejo de ministros y fuese en busca del rey a Cartagena y como no había sacrificio imposible en aquella situación. Topete, declarando que al ver herido al general Prim, sintió herida la revolución, la libertad y la honra nacional, creyó un sagrado deber, sin abdicar de sus creencias, ni retractarse de nada, sostener el voto legal de la Cámara, defender la revolución, la libertad y la sociedad e ir en busca del rey elegido por las Cortes, servir de escudo con su pecho, y responder con su vida de la del rey que se le confiaba.
Todos los partidos protestaron en la sesión del día siguiente de tan horrendo crimen, rechazando a sus infames autores; los monárquicos de todas procedencias se unieron, y los republicanos declararon que si hubieran lanzado sus huestes a la lucha en el instante de pisar el rey extranjero el suelo español, sin tener en cuenta el cambio violento operado en la situación con la inopinada desgracia del general Prim, las clases conservadoras y las indiferentes a la marcha de los acontecimientos se hubieran agrupado alrededor del trono, dando prestigio a don Amadeo.
Mortales las heridas de Prim, falleció en la noche del 30 de diciembre. ¡Levantó el trono para don Amadeo y se abrió el sepulcro para sí! Aquella misma noche se intentó por muy pocos perturbar el orden en Madrid, harto consternado por la desgracia que se acababa de experimentar, pero se restableció inmediatamente la tranquilidad, deteniéndose a algunos de los que hicieron disparos de fusil en la calle de Belén.
Del asesinato de Prim, culpa el señor García Ruiz en sus Historias, al joven Paul y Angulo. Nosotros, que quisiéramos borrar este hecho de la historia de nuestra patria, no podemos ser explícitos. No puede deducirse mucho de la voluminosa y embrollada causa que se formó; alguno de los que pudieran hacer luz fue muerto por la guardia civil, tiempo después; hasta ahora ha sido impotente la justicia para averiguarlo, y no podemos asegurar hasta qué punto será exacto el juicio de la conciencia pública.
Las Cortes honraron la memoria de Prim, pronunciando sentidos discursos los más elocuentes oradores de la Cámara.

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