Modesto Lafuente. Historia general de España

Modesto Lafuente
Historia general de España. I: Desde los orígenes hasta el siglo XI

Si en todas las historias son esenciales requisitos el método y la claridad, necesítase particular estudio para evitar la confusión en la de España, acaso la más complicada de cuantas se conocen, señaladamente en las épocas en que estuvo fraccionada en tantos reinos o estados independientes, regido cada cual por leyes propias y distintas, y en que eran tan frecuentes las guerras, las alianzas, los tratados, los enlaces de dinastías, que hacen sobremanera difícil la división sin faltar a la unidad, y la unidad sin caer en la confusión. Procuro, pues, referir con la separación posible las cosas de Aragón y las de Castilla, las de Navarra, Portugal o Cataluña, y las que tenían lugar en los países dominados por los árabes; aparte de los casos en que los sucesos de unos y otros estados corrían tan unidos que hacen indispensable la simultaneidad en la narración. En cuanto a la claridad, siempre he preferido a la vanidad que se disfraza bajo la brillantez de las formas, la sencillez que Horacio recomienda tanto, aconsejando a los autores que escriban no sólo de manera que puedan hacerse entender, sino que no puedan menos de ser entendidos. La historia no es tampoco un discurso académico.
Siento haber de advertir que una historia general no puede comprender todos los hechos que constituyen las glorias de cada determinada población, ni todos los descubrimientos que la arqueología hace en cada comarca especial. No haría esta advertencia, que podría ofender al buen sentido de unos y parecer excusada a otros, si no tuviera algunos antecedentes para creerla necesaria.
Como español, y amante de las glorias de mi patria, permítaseme, cuando pueda sin faltar a la austera verdad histórica, hablar con complacencia en las ocasiones que encuentre virtudes o grandezas españolas que elogiar. La imparcialidad no prohíbe los sentimientos del corazón; y excusable será este justo desahogo en quien tantas veces ha pasado por la amargura de ver su patria por extranjeras plumas vulnerada. ¿Quién podrá negarme esta compensación? (M. Lafuente)

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Modesto Lafuente
Historia general de España. II: Desde el siglo XI hasta el siglo XV

“Jamás pueblo alguno, dijimos en nuestro discurso preliminar, mostró una moderación, una sensatez y una cordura comparables a la de aquel reino (Aragón) cuando vacó sin sucesión cierta la corona… El compromiso de Caspe es una de las páginas más honrosas de aquel magnánimo pueblo.” (1002)
Proclamamos entonces una gran verdad, y nos complacemos en repetirla ahora. La vacante de un trono, cuando ni queda designado sucesor, ni hay quien tenga un derecho incuestionable y claro a la corona, es siempre uno de los más graves conflictos en que puede verse una sociedad regida por instituciones monárquicas. Era mayor para el reino aragonés, por las circunstancias especiales en que se hallaba a la muerte sin sucesión del humano don Martín. Agregación sucesiva de reinos y provincias que hablaban diversos idiomas y se regían por diversas constituciones, costumbres y leyes; separadas unas de otras por los mares; agitadas y conmovidas así las provincias insulares como las del continente por disensiones intestinas y por enconados e implacables bandos; con cinco pretendientes ya conocidos, aragoneses unos, extranjeros otros, belicosos algunos, algunos poderosos, ambiciosos todos; sin pastor universal la iglesia, que solía ser el mediador en las grandes contiendas de las naciones; dividida la cristiandad entre tres pontífices que se disputaban la tiara de San Pedro, y se lanzaban mutuamente anatemas; ¿quién no auguraba a este reino turbaciones, guerras, desórdenes, calamidades sin fin, y tal vez por remate de todo una disolución social? (Lafuente)

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Modesto Lafuente
Historia general de España. III: Los reyes católicos

La unidad política, ese inapreciable don que va a traer a España el dichoso enlace de Fernando de Aragón y de Isabel de Castilla, trasciende a la unidad histórica. Cesará la confusión política, hija del fraccionamiento de los pueblos, y cesará también en gran parte la confusión histórica, hija de la subdivisión. Lectores e historiadores teníamos ya buena necesidad de descansar de la agitación y molestia que produce la atención siempre dividida y en muchas partes casi simultáneamente empleada.
No diremos nosotros, como muchos extranjeros y algunos escritores nacionales, que la historia de España comienza en rigor con los reyes Católicos. Si tal pensáramos, nos hubiéramos ahorrado tantos años y tantas vigilias, consumidos aquellos y empleadas éstas en investigar cuanto hemos podido acerca de la vida política y social de nuestra patria anterior a la época en que nos encontramos. No es posible comprender el nuevo período de la vida de un pueblo sin conocer el que le precedió, porque de él nace, y él es el que le ha engendrado. Por eso dijimos en nuestro Discurso preliminar que adoptábamos la sabia máxima de Leibnitz: “Lo presente, producto de lo pasado, engendra a su vez lo futuro”; y que creíamos en el enlace y sucesión hereditaria de las edades y de las formas que engendran los acontecimientos, todos coherentes, ninguno aislado, aún en las ocasiones que parece ocultarse su conexión. (M. Lafuente)

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Modesto Lafuente
Historia general de España. IV: Dominio de la Casa de Austria. Carlos I y Felipe II

¡Cosa maravillosa! Apenas España ve coronada la obra de sus constantes afanes de ocho siglos, apenas logra expulsar de su territorio los últimos restos de los dominadores de Oriente y de Mediodía, apenas ha lanzado de su suelo a los tenaces enemigos de su libertad y de su fe, cuando la Providencia por medio de un hombre le depara, como en galardón de tanta perseverancia y de tanto heroísmo, ¡la posesión de un mundo entero! Este acontecimiento, el mayor que han presenciado los siglos, merece algunas observaciones que en nuestra narración no hemos podido hacer.
Una inmensa porción de la gran familia humana vivía separada de otra gran porción del género humano. La una no sabía la existencia de la otra, se ignoraban y desconocían mutuamente, y sin embargo estaban destinadas a conocerse, a comunicarse, a formar una asociación general de familia, porque una y otra eran la obra de Dios, y Dios es la unidad, porque la unidad es la perfección, y la humanidad tenía que ser una, porque uno es también el fin de, la creación. Pues bien, el siglo XV fue el destinado por Dios para dar esta unidad a hombres que vivían en apartados hemisferios del globo, no imaginándose unos y otros que hubiera más mundo que el que cada porción habitaba espontáneamente. ¿Por qué estuvieron en esta ignorancia y en esta incomunicación tantos y tantos siglos? Misterio es este que se esconde a los humanos entendimientos; y no es extraño; porque menos difícil parecía averiguar cómo teniendo todos los hombres un mismo origen se habían segregado, y en qué época, y de qué manera las razas pobladoras de los dos mundos, y sin embargo a pesar de tantas y tan exquisitas investigaciones geológicas, históricas y filosóficas, aún no se ha logrado sacar este punto de la esfera de las verdades desconocidas, aún no se cuenta en el número de los hechos incuestionables. Es cierto que el siglo XV fue destinado para que se hiciera en él el descubrimiento de ese mundo que impropiamente se llamó nuevo, sólo porque hasta entonces no se había conocido. Los hombres de aquel siglo se hallaban preparados para este grande acontecimiento sin saberlo ellos mismos. Sentíase una general tendencia a descubrir nuevas regiones; un instinto secreto inclinaba a los hombres a inventar y extender las relaciones y los medios de comunicación; el espíritu público parecía como empujado por una fuerza misteriosa hacia los adelantos industriales y mercantiles; había hecho grandes progresos la náutica: se habían descubierto la brújula y la imprenta. ¿Para qué eran estos dos poderosos elementos, capaces por si solos de trasmitir los conocimientos humanos y derramarlos por los pueblos más apartados del globo? Los hombres de aquel tiempo no lo sabían. Lo sabía solamente el que prepara secreta e insensiblemente la humanidad cuando quiere obrar una gran trasformación en el mundo por medio de los hombres mismos. (Lafuente).

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Modesto Lafuente
Historia general de España. V: Felipe III, Felipe IV y Carlos II

Los reinados de Carlos I y Felipe II habían absorbido casi todo el siglo XVI. Los de los tres últimos soberanos de la casa de Austria llenaron todo el siglo XVII. Una dominación de cerca de dos siglos no puede ser un paréntesis de la historia de España, como la llamó, con más ingenio que propiedad, un célebre orador de nuestros días que ya no existe.
El primer período fue el de la mayor grandeza material que la España alcanzó jamás; el segundo fue el de su mayor decadencia. Aquel sol que en los tiempos del primer Carlos y del segundo Felipe nacía y no se ocultaba nunca en los dominios españoles, pareció como arrepentido de la desigualdad con que había derramado su luz por las naciones del globo, y nos fue retirando sus resplandores hasta amenazar dejarnos sumidos en oscuras sombras, como si todo se necesitara para la compensación de lo mucho que en otro tiempo nos había privilegiado.
«No conocemos, dijimos ya en otra parte, una raza de príncipes en que se diferenciaran más los hijos de los padres que la dinastía austríaco-española.» Ya lo hemos visto. De Carlos I a Carlos II se ha pasado de la robustez más vigorosa a la mayor flaqueza y extenuación, como si hubieran trascurrido muchos siglos y muchas generaciones; y sin embargo el que estuvo a punto de hacer desaparecer la monarquía española no era más que el tercer nieto del que hizo a España señora de medio mundo. Mas no fue la culpa solamente del segundo Carlos. Su abuelo y su padre le habían dejado la herencia harto menguada. Pasemos una rápida revista a cada uno de estos tres últimos infelices reinados. (Lafuente)

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Modesto Lafuente
Historia general de España. VI: Felipe V, Luis I, Fernando VI y Carlos III

Trece años llevaba España reposando digna, majestuosa y tranquilamente de sus pasadas luchas seculares, respetada y considerada fuera, reponiéndose y prosperando dentro, manteniendo noblemente su independencia, sin mezclarse en contiendas extrañas, merced al juicioso y discreto sistema de neutralidad, tan hábil y constantemente seguido por Fernando VI, cuando vino el tercer Carlos de Borbón a regir la nación española, tal como se la trasmitieron su padre y su hermano. Al año y medio de su venida la nación que descansaba como una matrona de todos acariciada y hasta envidiada, vuelve a armarse de casco y escudo como la diosa de la guerra, y trueca las dulzuras de la tranquilidad por la amarga agitación de las luchas armadas, y los hombres, y las naves, y la sangre y las riquezas de España son sacrificadas otra vez en el antiguo y en el nuevo mundo a un sentimiento de corazón, a un afecto de familia, a un arranque de inveterado enojo, y a un error de cálculo. Las primeras consecuencias de esta belicosa resolución no debieron ciertamente ni lisonjear a Carlos III ni envanecer al ministro que negoció el Pacto de Familia, origen y causa de la guerra. ¿Qué significaban, ni cómo podían halagar el orgullo de una nación grande, la invasión de Portugal, los fáciles triunfos de las armas españolas en el pequeño reino lusitano, la toma de Almeida, el espanto de Lisboa, y aún la conquista de la colonia portuguesa del Sacramento, si entretanto los ingleses nos arrebataban las dos joyas de nuestras posesiones de allende los mares, los dos inapreciables emporios de las Antillas y de las Filipinas? Y si a los dos años, por la paz de París, nos fueron restituidas La Habana y Manila, como nosotros tuvimos que restituir la colonia del Sacramento, ya no pudo remediarse la pérdida de muchos hombres, de no pocos navíos y riquísimas fragatas, el gasto de doce millones de duros, la cesión de la Florida, los daños de nuestro comercio, la importancia marítima que cobró Inglaterra, y los compromisos ulteriores en que, no obstante la paz de París, nos dejaba envueltos aquel pacto. (Lafuente)

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Modesto Lafuente
Historia general de España. VII: Reinado de Carlos IV

Nos acercamos a uno de esos momentos críticos, supremos y solemnes de las naciones, en que el exceso del mal inspira y aconseja el remedio, en que la indignación por la perfidia que se observa en unos, el dolor de las humillaciones y de la degradación que se advierte en otros, producen en un pueblo una reacción viva y saludable hacia el sentimiento de su dignidad ultrajada, le hacen volver en sí mismo, le sugieren ideas grandes y nobles, le dan el valor de la ira y de la desesperación, le hacen prorrumpir en impetuosos y heroicos arranques que admiran y asombran, y recobra al fin su honra mancillada, y recupera su empañado brillo. Pero no anticipemos más reflexiones.
Más prevenido esta vez y más avisado que gobernantes y consejeros el instinto popular, tan receloso y desconfiado ya de los franceses como había sido inocente y cándido al principio, veía con pena y con enojo el tortuoso giro que los negocios públicos llevaban. Mortificaba especialmente a la población de Madrid el viaje y ausencia que con engaños y artificios se había obligado a hacer a su querido Fernando, la libertad que por influjo del emperador y de sus agentes en España se había dado al aborrecido Godoy, y el empeño de Murat por que se volviera a reconocer como rey a Carlos IV. Dos franceses que fueron cogidos en una imprenta, tratando de imprimir aquella proclama del destronado monarca cuya publicación había suspendido Murat a ruego de la Junta, sólo se salvaron del furor popular por la maña de un alcalde de casa y corte, apresurándose también la Junta a cortar aquel incidente, aunque de un modo que satisfizo menos al pueblo que al gran duque de Berg. Fuera también de Madrid, en Toledo y en Burgos, hubo motines y alborotos, en que se cometieron algunos excesos, que aunque provocados por la imprudencia y por la audacia de los franceses, servían a Murat para quejarse imperiosa y altivamente a la Junta, ponderando agravios, y tomando pie para importunarla con exigencias y peticiones. (Lafuente)

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Modesto Lafuente
Historia general de España. VIII: Guerra de la Independencia de España

Dado el grito de independencia y propagada la insurrección contra los franceses en todas las provincias de España, de la manera que hemos visto en el Capítulo XXIV del libro precedente; rebosando de ira la nación contra sus invasores; sacudiendo el pueblo su letargo con tanta mayor furia, cuanta era mayor la felonía con que se le había adormecido y abusado de su buena fe; lleno de amor a su rey, a su independencia y a su religión; lanzados con igual entusiasmo y ardor en tan general sacudimiento clero y milicia, nobleza y pueblo, magistrados y menestrales, doctos y rústicos, mujeres y hombres, jóvenes, niños y ancianos; organizadas en todas partes juntas populares; y en todas improvisándose ejércitos de paisanos; pero plagadas también las provincias de España de tropas francesas que el emperador había tenido cuidado de introducir y distribuir convenientemente para dominar el reino y sofocar todo conato de resistencia y de insurrección, no podía hacerse esperar mucho tiempo el choque y ruido de las armas entre las disciplinadas huestes imperiales y las inexpertas masas de los insurrectos españoles, ayudadas de los escasos cuerpos de tropas regulares con que a la sazón contaba para su defensa la monarquía, distraída y alejada en extraños países por arte del mismo Napoleón la flor de los guerreros españoles. Pronto, pues, comenzó aquella noble lucha en que tanta sangre derramaron y tanta gloria recogieron nuestros padres. Y ya cuando José Bonaparte pisó el suelo español, por más feliz que fuese su marcha protegida por numerosas fuerzas francesas escalonadas desde las fronteras hasta la capital del reino, por más que en la corte, también dominada y oprimida por sus legiones, fuera solemnemente proclamado rey de España, en muchas comarcas de la península ardía ya entonces la guerra, habían ocurrido ya sangrientos reencuentros entre españoles y franceses, habíanse dado acciones más o menos reñidas, y empeñádose algunos combates serios, en que, si bien las armas francesas habían obtenido, como era de esperar de tan aguerridas huestes, fáciles triunfos sobre las bisoñas tropas y allegadizas masas de mal armados paisanos españoles, húbolos también en que se vio cuánto podía esperarse del arrojo y decisión de los que peleaban por la independencia y por la libertad de su patria, y en el momento de sentarse el intruso monarca en el trono español pudo comprender o augurar lo inseguro y vacilante del solio a que la sorpresa y la perfidia le habían elevado. (Lafuente)

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Modesto Lafuente
Historia general de España. IX: Reinado de Fernando VII

No pudo cumplirse el deseo de la reina viuda de que no se tocase al cadáver de su esposo (el rey Fernando VII) hasta trascurridas cuarenta y ocho horas, atendiendo a lo repentino de su muerte, porque en la madrugada del 30 despedía ya un hedor insoportable. Fue, pues, necesario colocarle cuanto antes en el féretro con las ceremonias de estilo, entregándole al mayordomo mayor conde de Torrejón. Tres días estuvo expuesto al público en el salón de Embajadores, custodiado por los monteros de Espinosa, y rodeado por siete altares portátiles, donde se celebraban misas sin interrupción. El 3 de octubre (1833) se dispuso y verificó su traslación al regio Panteón del monasterio del Escorial, con todo el aparato, pompa y ceremonial de costumbre. Cerró el mayordomo mayor la caja, y puso las llaves en manos del prior del Escorial, que se dio por entregado de los restos mortales del rey Fernando VII de Borbón.
Hemos terminado la narración de los sucesos de este reinado, fecundo en acontecimientos importantes, gloriosos algunos, lamentables y funestos los más. El lugar que este periodo histórico deberá ocupar en los anales de nuestra patria; la influencia que los hechos durante él ocurridos hayan ejercido y aun ejerzan todavía en la suerte de la nación española; el juicio que nos hayan merecido el carácter del monarca y su conducta como jefe del Estado, no lo anticiparemos ahora, aunque algo haya podido traslucirse. Objeto y asunto serán de reflexiones, que separadamente expondremos, si no acertadas, hijas por lo menos de no ligero estudio, y fruto de detenida meditación, siguiendo también en esto el sistema que desde el principio nos propusimos y hemos seguido constantemente, de someter al de nuestros lectores nuestro humilde juicio crítico después de cada período de los que forman época en nuestra historia.

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Juan Valera
Historia general de España. X: Regencia de María Cristina y Primera Guerra Carlista

Después de la promulgación de la pragmática sanción que abolía el principio de la ley sálica, introducido por Felipe V en la tradicional legislación del reino, las dos grandes parcialidades cuyo choque no podía menos de estallar el día en que se viesen en conflicto las aspiraciones de los partidarios de don Carlos y los de la sucesión directa, se encontraron frente a frente y hallaron campo en que iniciar los preludios de la guerra civil, que no debía tardar en dirimir la contienda entre los gastados elementos de la vieja monarquía y el orden de cosas destinado a crear la tácita alianza que entre el principio reformador y la situación oficial, representada por los derechos de la descendencia directa de Fernando VII, existía como consecuencia de la promulgación de la pragmática. Todo cambió desde aquel momento. Los realistas templados que se habían adherido a la causa de la sucesión directa, lo más escogido de la sociedad de Madrid y la mayoría del partido liberal que aprovechaba gozoso la oportunidad de venir en ayuda a los enemigos de su constante enemiga la implacable reacción personificada en los partidarios de don Carlos, alzaron estrepitosa bandera y formaron la numerosa colectividad que tomó el nombre de partido cristino en contraposición del de carlista, adoptado por los secuaces del infante. Desde aquel día vino a confundirse la causa de las reformas y del porvenir con la de la dinastía representada por doña Isabel. Apoderadas del ánimo del rey cuya mejoría progresaba, la reina y su hermana obtuvieron la exoneración de Calomarde y del conde de Alcudia, medida acompañada de un cambio total de gabinete en el que hubo precisión de incluir al ministro de Hacienda Ballesteros, no obstante sus incontestables buenos servicios y el excelente espíritu que lo animaba. (Valera)

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Juan Valera
Historia general de España. XI: Regencia de Espartero y reinado de Isabel II

Empeorando cada día, cada hora, la situación de la monarquía, falta de acertado consejo y de feliz ingenio, que no lucía seguramente en los que la rodeaban; pensándose ya en la abdicación de la reina para encomendar la defensa de su hijo a Espartero, se supo en la mañana del 29 el resultado de la batalla de Alcolea y se consideró perdida toda esperanza. Pero no se tomaba resolución alguna; y a las indicaciones de Concha sobre la marcha de la reina a Francia, se contestó negativamente. En la real familia todo era irresolución; en los cortesanos aturdimiento; todos estaban abrumados por el peso de la desgracia. Llegó el telegrama anunciando el pronunciamiento de Madrid, y después otro más expresivo de la definitiva caída de los Borbones y de la constitución de una junta revolucionaria; recibieron partes de nuevos pronunciamientos inmediatos; pasóse la noche en la mayor ansiedad, e informada la reina de todo, dispuso su marcha, que se efectuó al mediodía siguiente, dando el rey el brazo a la reina que no podía ocultar las lágrimas que corrían por sus mejillas. Al bajar lentamente la escalera del alojamiento real, se veía detenida en cada escalón por la gente que la despedía: abrazaba a las señoras, volvía a abrazarlas, costábale trabajo avanzar un paso, como si temiera dejar el suelo que pisaba por última vez como soberana, y la sinceridad de tan profundo sentimiento le infundió en cuantos presenciaron aquella conmovedora escena, anegándose en llanto los ojos de todos; lloraban basta los soldados de la guardia ordinaria de palacio. No quiso la reina se cubriera la carrera ni hiciera salvas la artillería del castillo. La multitud que se apiñó al tránsito hasta la estación, la vio marchar en medio del más edificante silencio. Las autoridades y corporaciones la acompañaron hasta Irún: al despedirse dijo la reina: “Creía tener más raíces en este país”. (Valera)

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Juan Valera
Historia general de España. XII: Sexenio revolucionario y reinado de Alfonso XII

-¡El rey se muere! En efecto, auxiliado por el cardenal y rodeado de su familia y de los ministros, exhaló don Alfonso el postrer aliento a las ocho y cuarenta y cinco minutos de la mañana del miércoles 25 de noviembre de 1885. Contaba entonces 27 años, 11 meses y 26 días, habiendo reinado 10 años, diez meses y 26 días. Al día siguiente hacía constar La Época que cumplían once años que don Alfonso había firmado el Manifiesto de Sandurhst150. Aquí debemos hacer punto, considerando terminada la modestísima tarea que nos habíamos impuesto. No cumple a nuestro cometido trazar un retrato completo, en el punto de vista político, de este monarca, anticipando el fallo de las generaciones venideras. Hemos procurado relatar la parte que tomó en los sucesos políticos y en los acontecimientos más trascendentales de su tiempo procurando hacer caso omiso de toda idea preconcebida y de toda tendencia y afición personal, y no llevando otra mira que la de apuntar a vuela pluma, a manera de crónica sucinta, los hechos de más bulto acaecidos en su breve y reciente reinado. Si hemos conseguido este propósito sin que se nos pueda tildar de parciales ni de apasionados, nuestra única ambición quedará completamente satisfecha. (Valera)

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