Nicolás de Condorcet

Condorcet, Nicolás
Compendio de la riqueza de las naciones

Este principio no se ha desmentido nunca: los hombres son como los pájaros; su número crece, y se multiplica cuando encuentra con abundancia los alimentos. Los salvajes, que tienen en la caza y pesca una subsistencia incierta y penosa, están muy lejos de llegar a aquel punto de población en que vemos a las naciones civilizadas, que poseen las cosas necesarias. Como al paso que se han aumentado la población y la riqueza, han crecido también las necesidades y los deseos, ha llegado a ser embarazoso en las grandes sociedades, por la diversidad de ramos que las componen, establecer aquella circulación de fondos, y de medios que las conservan y fortifican: en esta situación la economía política es la brújula que puede dirigir a quien tenga en su mano las riendas del gobierno para el desempeño de tan grande empresa. Esto hace ver la importancia de una ciencia que influye tanto en la pública felicidad: su buena aplicación es la que, para decirlo así, arrastra el arado, y fertiliza las campiñas; la que mueve las industriosas máquinas de las fábricas, y la que despliega las velas, que para nuestra comodidad traen de los países más remotos las diversas producciones que la naturaleza ha sembrado por toda la superficie del globo: sin un profundo conocimiento de ella los esfuerzos que se hagan para aumentar en un país la población y la riqueza, serán tentativas inciertas, que jamás producirán el efecto deseado. Esto es lo que actualmente se observa en toda la Europa: apenas hay nación que no esté en el día con el entusiasmo de fomentar la agricultura, promover la industria, y proteger el comercio; en todas partes se habla de empresas, y de establecimientos; todos están de acuerdo en sus miras, ¿pero cuántos tienen el gusto de verlas realizadas? Desengañémonos, no basta querer hacer un Palacio, y tener amontonados los materiales, es necesario que la arquitectura trace el plan, aplique los medios, y forme el edificio. La economía política es la mano arquitectónica que ha de dirigir la obra grande de la pública prosperidad. Háganse familiares sus conocimientos; cundan, y espárzanse las buenas ideas, y destierre al fin la verdad al error de un imperio que por nuestra desgracia ha tenido muchos años.

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