Pedro Antonio de Alarcón. El sombrero de tres picos

Alarcón, Pedro Antonio de
El sombrero de tres picos

Pedro Antonio de Alarcón, nacido en Guadix el año 1833 y fallecido en Madrid el 1891, dedicó su vida a la política y la escritura. Fue diputado de la nación española, alistándose en la guerra de Marruecos, que narró en una obra de gran valor por su descripción de la vida militar. Muchas obras suyas son de carácter religioso. Entre ellas destaca “El escándalo”, una defensa de la orden de los jesuitas que en su tiempo levantó una densa polvareda. Son notables además sus relatos sobre la vida del campo español, como “El sombrero de tres picos”.

En tiempos de Carlos IV viven felizmente un molinero y su mujer. Ella es una hermosa dama por la que beben los vientos muchos varones del contorno, entre los que destaca el Corregidor, que está casado. Él es un hombre honrado, trabajador y feo, pero avispado e inteligente. El Corregidor prepara una artimaña para poseer a la molinera: enviar al marido fuera de su molino con una excusa para lograr su deseo en su ausencia. Su mala fortuna le hace caer al agua y no encuentra más solución que poner sus ropas a secar y meterse entretanto en la cama del matrimonio. La molinera, dándose cuenta de las intenciones del Corregidor, decide visitar a la esposa de éste. Por el camino se cruza con su marido, el cual, enterado del engaño, vuelve a casa. Los esposos no se reconocen en la oscuridad de la noche. No así las burras que lleva él, que rebuznan ante la presencia de ella. Luego serán testigos de su fidelidad, etc.


D. Juan Hurtado y Jiménez de la Serna y D. Ángel González Palencia dicen en su monumental Historia de la literatura española, Tipografía de la “Revista de Archivos, Bibliotecas y museos, Madrid, 1921, páginas 1009-1010, lo siguiente:

El sombrero de tres picos, “el rey de los cuentos españoles, no tanto por sus dimensiones cuanto por su índole y procedencia” (Señora Pardo Bazán.)

Se deriva, en efecto, de una historia popular, referida en el romance “El molinero de Alarcos, que fue, más o menos alterado, el que un zafio pastor de cabras refirió en cierta fiesta de cortijo ante Alarcón, niño entonces. Su asunto es éste. A principios del siglo XIX y cerca de una ciudad importante (Guadix) había cierto molino, donde acudían de paseo personas de calidad atraídas por la belleza y gracia de la molinera, mujer correctísima. El Corregidor, viejo libertino, se prendó de ésta, la señá Frasquita, y para conseguirla trama cierta intriga (detención eventual del tío Lucas el molinero, llegada de él, el Corregidor, al molino, a media noche, en ausencia del esposo, etc.); pero el tío Lucas, prototipo de la malignidad y de la astucia, se escapa de los satélites del Corregidor, sospechando las andanzas del viejo; se presenta inopinadamente en el molino, se viste el traje del vetusto galán, que estaba secándose en la chimenea (pues su excelencia se había dado un remojón involuntario en el caz), y disfrazado de Corregidor penetra a las altas horas de la noche en casa del arriscado viejo, y aplicando la pena del talión, devuelve, a su rival afrenta por afrenta.

Esta es la versión popular, que fue refundida oportunamente por Alarcón, haciendo que no consigan su propósito ni el Corregidor ni el tío Lucas, y que se demuestre de modo tan natural como espontáneo y oportuno la virtud de la molinera y de la Corregidora, quedando todo en el lugar que le corresponde.

El sabor castizamente popular de esta obra maestra; su malignidad y desenfado, que no traspasa límites razonables; la gracia, naturalidad y vida del relato; la riqueza del conjunto, la rapidez de la acción; lo típico de los personajes, nobles o plebeyos. elevados o ruines; lo característico del diálogo, la riqueza de color, dan tal vida a esta obra, que ninguna otra de su clase, en las letras españolas modernas, puede compararse a este cuadro, que hace pensar en Goya y en don Ramón de la Cruz; y prueba del acierto del novelista es el recuerdo imborrable que dejan en el ánimo del lector no sólo las principales figuras (El Corregidor y el tío Lucas, doña Mercedes y la Molinera) sino hasta las más accesorias (Garduña, Toñuelo, los Canónigos) y aun el molino y el corregimiento; nadie ha tenido, como Alarcón, la gloria de renovar la tradición del genuino, pintoresco y rico realismo de la novela española del siglo XVII. (de la Serna y Palencia)

 

 

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