Platón. Crátilo o de la propiedad de los nombres

Platón
Crátilo o de la propiedad de los nombres

No se nombrarán verdaderamente las cosas, si no se tiene en cuenta su naturaleza, y si no se emplea el instrumento conveniente. Este instrumento es el nombre. Y como el nombre está hecho para enseñar, es decir, para representar las cosas, es preciso que el legislador, que es el artífice, forme, con los sonidos y las sílabas, nombres que convengan a las cosas; no precisamente que esté precisado a valerse de tales sonidos y de tales sílabas, sino que debe reproducir con los sonidos y sílabas de las que se sirve, el modelo, es decir, el objeto. Es preciso además, que realice este trabajo bajo la vigilancia del dialéctico, único juez competente para juzgar de la calidad de los nombres, porque él es el que los usa. Por donde se ve que la formación de los nombres no es absolutamente obra del azar; y que, lejos de no tener relación con las cosas, tienen, por el contrario, con ellas una real y necesaria analogía. Luego los nombres tienen una propiedad natural. ¿Cuál es esta propiedad natural? Aparece visiblemente en el nombre de Astiánax, que significa el que manda en la ciudad; y en el de Héctor, que significa el que es jefe. Estos dos nombres nos prueban, como nos demostrarán otros mil, que el nombre es el signo de la cosa nombrada, porque representa su esencia; que los seres semejantes llevan nombres semejantes; semejantes, no por las sílabas y las letras, sino por su virtud expresiva. Por el contrario; los seres diferentes, aun cuando fuesen el uno el padre y el otro el hijo, deben ser llamados con nombres diferentes; y si son opuestos, con nombres opuestos.

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