Platón. El primer Alcibíades o de la naturaleza humana

Platón nació en Atenas en el 427 a. C. De familia noble, es seguro que vio en el ejercicio de la política su propio ideal de vida, pero, según dice él mismo, la convivencia con Sócrates y la injusta condena a muerte de éste le hicieron desistir de sus ambiciones. No obstante, emprendió algunos viajes con propósitos políticos. En el año 399 fue a Megara, y de allí viajó a Creta, Egipto y Cirene, retornando a Atenas hacia el 396. En el 388 emprendió su segundo viaje, esta vez a Tarento y Sicilia, donde hizo amistad con la familia del tirano de Siracusa, Dionisio I el viejo, que acabó por venderle como esclavo. Comprado y puesto en libertad por su amigo Amníceris, regresó a Atenas, donde, con el dinero del rescate que su amigo se negó a aceptar, fundó la Academia, en honor del héroe Academos, y en ella se dedicó a la filosofía, a la ciencia y a la educación de los jóvenes el año 387. La Academia platónica, pues, fue fundada con el precio de un esclavo. Volvió nuevamente a Siracusa, con el fin de poner en práctica sus ideas políticas. Dionisio el Joven, que entonces reinaba allí, lo había llamado. Era el año 366. Fue nuevamente desterrado, sin poder hacer lo que pretendía. Todavía habría de volver una vez más, en el 361, hasta que por fin se retiró definitivamente a Atenas, el 360, donde permaneció hasta su muerte en el 347 a.C.


Platón
El primer Alcibíades o de la naturaleza humana

Estudiar su alma, tal es el fin que debe proponerse todo hombre que quiera conocerse a sí mismo. ¿Pero cómo se la estudia? Aplicando la reflexión a esta parte excelente del alma, donde reside toda su virtud, como el ojo se ve en esta parte del ojo, donde reside la vista. Este santuario de la ciencia y de la sabiduría es lo que hay de divino en el alma, y allí es preciso penetrar para conocerse en su fondo. Allí está la ciencia de los verdaderos bienes y de los verdaderos males, no sólo de aquel que se estudia, sino tambiémoral y del remordimiento, el vicio y la desgracia, la virtud y la felicidad marchan respectivamente juntos. Por consiguiente, la virtud es moral y políticamente la primera necesidad de un pueblo y la causa misma de su prosperidad. He aquí lo que debe tener en cuenta el que quiera conducir y manejar los negocios públicos. ¿Y enseñará al pueblo a ser virtuoso, si no lo es él mismo? Le conviene más que a nadie tener el espíritu fijo en esta [116] parte de sí mismo, reflejo de la sabiduría y de la justicia divinas, donde aprenderá, que el esfuerzo supremo de su naturaleza libre, el secreto de su fuerza, consiste en aproximarse, por medio de la virtud que perfecciona, a la esencia del Dios que se refleja en él. Lejos de esta luz, no puede menos de caminar a ciegas y perder a los que sigan sus pasos. Vicioso y servil, sólo es capaz de obedecer, como sirve el cuerpo al alma. La virtud, libre como el alma misma, de la que es su perfección útil y justa, como Dios de donde ella emana, es la única capaz de crear los verdaderos hombres de Estado y de labrar la felicidad del pueblo. (P. de Azcárate en “Argumento”)

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