Tirso de Molina

El que más de cerca siguió a éste (a Lope de Vega) y más le imitó, como que fue uno de sus más adeptos discípulos y a la vez competidor suyo, es el Maestro Tirso de Molina, nombre que adoptó en sus obras para ocultar el suyo verdadero de Fray Gabriel Téllez. Escasísimas son las noticias biográficas que tenemos de este poeta, a pesar de ser uno de los que más honor y gloria dieron a la escena española en el siglo XVII. Supónese que su nacimiento debió tener lugar en Madrid por los años de 1570, es decir, siete u ocho después de Lope de Vega y no se sabe más de él sino que estudio en Alcalá, que era filósofo, teólogo y poeta, y que el año de 1613 residía en Toledo y era ya religioso de la Merced Calzada, en cuya orden desempeñó los cargos de presentado, maestro en teología, predicador, definidor y cronista, hasta que en 29 de Setiembre de 1645 fue elegido Comendador del convento de Soria, donde parece que falleció el año de 1648 cuando contaba 78 de edad. De lamentar es que no hayan llegado hasta nosotros más noticias acerca de un autor tan afamado y que lugar tan distinguido ocupa hoy en la historia de nuestra literatura dramática .

Lo único, pues, que sabemos del Maestro Tirso es lo que nos dicen las obras de diferentes clases que escribió . Dejando aparte las que produjo con otros fines que el teatro, consignaremos que, según él mismo dice, escribió 300 comedias en 14 años , de las cuales sólo 77 han llegado hasta nosotros.

A poco que se estudien estas obras, la crítica descubre que el maestro Tirso de Molina reunía dotes excelentes para el teatro y muy grandes cualidades como poeta dramático. Lo primero que patentiza el estudio en conjunto de las obras a que nos referimos, es que quien pudo componerlas era igualmente apto para lo cómico y para lo trágico, por cuya razón no le juzgan bien los que sólo le consideran como un gran escritor cómico, siendo así que tiene dramas trágicos, como El condenado por desconfiado, que pueden competir con los mejores de su clase, y muchos rasgos dignos de la tragedia en sus principales producciones. Es necesario, por lo tanto, considerar unidos en Tirso ambos elementos (lo cómico y lo trágico) que tienen una gran importancia y son naturales en quien, como este poeta, se distingue por la variedad de su fértil ingenio. Cierto que su carácter distintivo lo constituyen, en primer término, la vis cómica que con tanto desenfado campea en sus comedias, y las sales picantes y epigramáticas de que, si supo usar con singular destreza y maestría, abusó bastante; más no por esto hemos de negarle su aptitud para lo trágico.

Se distingue también Tirso por su gran fecundidad, pues exceptuando a Lope, ningún poeta de su tiempo le aventaja en esto, como habrá podido notarse cuando hemos hecho la enumeración de sus obras. La libertad con que manejó la lengua es otra de las primeras cualidades de Téllez: en este punto admira ver que no halle dificultad que no venza, casi siempre por medios tan oportunos como inesperados; no parece sino que es el rey de nuestro idioma, del que dispone a su antojo. No es extraño, por lo tanto, que su expresión sea suelta, graciosa y amena y su estilo gallardo, sabroso sencillo y variado a la vez, que su versificación sea armoniosa y abundante y el diálogo rápido y animadísimo. La facilidad que además campea en sus diálogos, juntamente con la destreza en el manejo de la lengua, abre campo a esas contraposiciones de lo trágico y lo cómico, que tanto interés dan a sus obras. Y a esta animación del diálogo acompaña la riqueza de metros que usa indistintamente, no acomodando éstos, como algunos pretenden, a los diversos sentimientos, sino expresando con igual facilidad lo trágico, valiéndose de las quintillas o el romance, que lo cómico, haciendo uso de la octava o el soneto. Únase a lo dicho magníficas descripciones de costumbres, particularmente villanescas, y se tendrá una idea bastante aproximada de las dotes de las bellezas que en general caracterizan al teatro del Maestro Tirso de Molina.

 

Los personajes de los dramas de éste dan motivo con frecuencia para elogiarle y a veces para censurarle, y proporcionan materia muy digna de estudio. Solía Tirso descuidar la pintura de caracteres, cosa que era muy común entre los poetas de su época; pero los tiene de primer orden, como puede verse en El Burlador de Sevilla y Convidado de piedra, El Condenado por desconfiado, Marta la piadosa y otras obras que produjo su genio; lo cual muestra que a descuido, y no a incapacidad, se debe este defecto. Aunque mostró ser gran conocedor del corazón humano, no es fácil decir bajo qué aspecto consideraba a los hombres y las mujeres, aunque respecto de estas últimas ya sospechamos desde donde las miraría, como más adelante diremos. Lo que sí debe asegurarse desde luego es que los personajes de Tirso son siempre como el público exigía y como convenía a un autor nacional, es decir, verdaderamente españoles, aunque llevasen nombres extranjeros y figurasen como tales: esto constituye una circunstancia que caracteriza y embellece a los personajes de Tirso, los cuales pertenecen con frecuencia a las más altas categorías sociales, o son aldeanos y campesinos recelosos y decidores, de cuya oposición de clase y condiciones resulta un contraste o juego que produce siempre situaciones y efectos muy bellos y divertidos, como lo son también los graciosos, los cuales, a pesar de estar comúnmente personificados en individuos rústicos, casi nunca son groseros, y continuamente producen situaciones y escenas sumamente cómicas, que eran motivo de gran regocijo para el público que las presenciaba y que hacen reír aún al hombre de carácter más serio. En cuanto a los galanes los pinta casi siempre tímidos, irresolutos, débiles y juguete de las damas, a las cuales presenta por punto general resueltas, intrigantes, desenvueltas y fogosas en demasía: en este contraste que resulta del carácter de los hombres y de las mujeres, estriban principalmente las invenciones del poeta que nos ocupa, como veremos cuando tratemos de los argumentos. Mas antes detengámonos algo a considerar el carácter de la mujer tal cual aparece en las comedias de Tirso.

Como hemos indicado, las damas que figuran en el teatro del Maestro Téllez no son, en su mayoría, ni tiernas y apasionadas como las de Lope, ni nobles y dignas, como las de Montalván, sino traviesas, ingeniosas y desenvueltas, desconociendo, por lo general, el sentimiento del honor y la idea de moralidad. Algunos opinan que al presentar Tirso de este modo el carácter de la mujer y las escenas poco decentes y pudorosas a que él mismo se presta, no describía con exactitud la sociedad en que vivía, pues si bien en los reinados de Felipe III y Felipe IV no brillaron por su pureza las costumbres, la verdad es que la altivez de las mujeres de entonces no consentía que éstas fuesen tan descaradas y sistemáticamente livianas como Téllez las presenta. Otros opinan que semejante concepción de la mujer se funda en la realidad, por lo que respecto de este particular, Tirso está en lo exacto. Nosotros creemos que en la pintura que de las mujeres resulta en el teatro de Tirso hay exageración, debida, quizá, a que siendo el poeta eclesiástico miraba el mundo desde aquel sitio en que más se ven y conocen las flaquezas humanas, es decir, a través de la rejilla del confesonario; y juzgando a las mujeres por lo que les oía decir en aquel lugar, las calificaba de una manera harto desfavorable, llevando al terreno de la poesía lo más deforme y escondido que su posición le hacía ver en el mundo de la realidad y de los pensamientos más mundanales. Sea de ello lo que quiera, repetimos que hay exageración en la pintura poco simpática que Tirso hace, por lo general, de la mujer, la cual es lo principal en las comedias de este poeta, pues ella es la que todo lo dirige y gobierna con su astucia y travesura, mientras que el hombre es sólo su instrumento, lo que no es exacto de ninguna manera .

En este sentido con que el Maestro Tirso consideraba a los hombres y a las mujeres, estriban sus fábulas, cuyo enredo se reduce muchas veces a los obstáculos que varias damas oponen a los deseos de la principal, la cual sale vencedora mediante su astucia, resultando de esto que las mujeres traspasan siempre los límites del pudor y de la decencia, que muchas veces llegan a consumarse los matrimonios antes de haberse celebrado, y que los sentimientos más puros y delicados se convierten en un comercio poco edificante.

De la intención y condiciones con que siempre presenta Tirso a los hombres y las mujeres de su teatro, resulta otro defecto de éste, cual es la monotonía de los caracteres y de las fábulas, pues unos y otras son muchas veces semejantes, de lo que proviene también semejanza en la situación en que coloca a sus personajes. Hay particularmente dos clases de fábulas que parece que se complace en reproducir. Véase como las expone Mesonero Romanos:  «La primera, dice, es una princesa o encumbrada dama que se enamora perdidamente de un galán, aunque pobre, caballero, y que le lleva a su lado, le hace su secretario, maestre-sala o cosa semejante, y despreciando por él tres o cuatro príncipes que andan en pretensiones de su mano, gusta de vencer con sus favores la timidez natural del caballero, nacida de la desigualdad de sus condiciones, hasta que concluye por entregarle su mano o darle sencillamente una cita nocturna en el jardín. El otro argumento de Tirso de Molina suele consistir en una villana, ya verdadera, ya disfrazada con este ropaje, que persigue denodada e ingeniosamente al falso caballero robador de su honestidad, y a fuerza de intriga, de talento y amor, logra desviarle de otros devaneos y hacerle reconocer su falta casándose con ella ». Claro es que en las comedias que estén cortadas por este patrón, los personajes han de parecerse y muchas situaciones tienen que reproducirse, por lo que no es infundado el cargo de monotonía que se hace al teatro de Tirso.

Otro de los cargos, en fin, que se le dirigen, consiste en el desarreglo, irregularidad o inverosimilitud de las fábulas, en lo cual no hizo más que seguir las huellas de su maestro, como puede verse en D. Gil de las calzas verdes, El pretendiente al revés, La república al revés, y otras varias: es también censurable el modo de desatinar que tenía en algunas otras, hasta el punto de dejar atrás a los más desatinados de su época, como sucede en Escarmientos para el cuerdo, La Condesa bandolera, Los lagos de San Vicente y El mayor desengaño.

Indicadas las bellezas y los defectos que, en general, descubre la crítica en el teatro de Tirso de Molina, digamos algo en particular de cada uno de los géneros que éste cultivó, que son tres: dramas, tragedias y comedias, siendo estas generalmente de costumbres y en especial de las llamadas de intriga o enredo (de capa y espada), y aquellos históricos, legendarios, novelescos y religiosos.

A las comedias a que acabamos de referirnos son aplicables en su mayor extensión las observaciones que hemos hecho hablando del teatro de Tirso en general: en ellas es en las que con más viveza manifiesta el poeta su genio y derrama las sales cómicas que en tan alto grado poseía, haciendo a la vez gala del enredo, complicación y muchedumbre de incidentes que tanto caracterizan a su teatro. Como uno de los tipos mejor trazados de estas comedias de enredo, debe citarse la muy popular titulada D. Gilde las calzas verdes, que se distingue, no sólo por lo ingenioso y complicado del enredo, sino también por la belleza y propiedad de sus descripciones cómicas. No menos populares que esta comedia son las tituladas La villana de Vallecas, La gallega Mari-Hernández, El vergonzoso en palacio y Marta la piadosa, que aún se ponen en escena con gran aplauso, y son prototipos de la comedia de enredo y de caracteres de nuestro antiguo teatro, en la que tanto sobresalió el maestro Tirso de Molina.

En los dramas históricos y legendarios no se reflejan menos que en la clase de comedias a que antes nos hemos referido, los caracteres que hemos señalado como predominantes en el teatro de Tirso, con más la aptitud de éste para el género trágico. Para que se vea como comprendía Tirso el drama histórico, basta leer el titulado La prudencia en la mujer, que a su mérito literario reúne un hermoso fondo de moral y de enseñanza que así puede aprovechar a los príncipes como los súbditos. La acción del drama comprende la época de la minoría de Fernando IV, rey de Castilla, durante la cual su madre doña María de Molina gobernó el reino y conservó la corona de su hijo contra los embates de sus tíos D. Enrique y D. Juan. Durante el trascurso del drama, en el que tan altas aparecen las cualidades de doña María de Molina, presenta el poeta las diferentes coaliciones y conspiraciones de los príncipes e infantes contra el trono de Fernando IV, coaliciones que vence la reina, ya colmando a unos de mercedes, ya venciendo el amor que la inspira D. Diego López de Haro, Señor de Vizcaya (que desempeña en el drama un interesantísimo papel), por obedecer a sus deberes de reina y de madre, ya frustrando la odiosa tentativa de envenenamiento que contra el rey intenta el infante D. Juan, al fin de todo lo cual consigue, ayudada de las corporaciones populares y del estado llano, vencer a sus enemigos y coronar a su hijo. Los caracteres de los personajes están muy bien trazados y las situaciones perfectamente escogidas, circunstancias que hacen a este drama superior a cuantos se han escrito sobre el mismo asunto.

Otros dramas históricos de menos mérito e importancia que éste, tiene Tirso, tales como La elección por la virtud, El rey D. Pedro en Madrid, Las Quinas de Portugal, los tres dramas titulados Hazañas de los Pizarros, y otros varios. En algunos de ellos hay rasgos dramáticos verdaderamente notables.

De legendarios pueden calificarse, entre otros, El caballero de Gracia y La Condesa bandolera, y entre los novelescos (de argumento inventado) puede citarse como el mejor, El amor y el amistad, que es notable por la alteza moral de su concepción.

Entro las tragedias de Tirso merecen citarse Los amantes de Teruel, La venganza de Tamar y El burlador de Sevilla y convidado de piedra .

En esta última obra presentó Tirso en escena por vez primera el tradicional y popular tipo de D. Juan Tenorio, creación feliz de la fantasía española, que ha sido llevada en diversas formas a las literaturas de todos los países, reproduciéndose asimismo en el nuestro bajo variados aspectos. D. Juan Tenorio es el único tipo dramático original que la literatura española ha logrado difundir por el mundo, y en tal sentido, la gloria que cabe al que primeramente lo sacó a la escena, no puede ser mayor. Si otro título no tuviera Tirso para gozar de la fama de que disfruta, bastábale con éste para merecerla cumplidamente.

Ajustando Tirso su inspiración a la tradición popular, presentó la leyenda de D. Juan Tenorio en toda su sombría grandeza, pintando a su héroe corno prototipo del desenfreno y del libertinaje, pero no exento de hermosas cualidades, y entregándole al cabo a la vengadora mano del terribleConvidado de piedra, encargado por la justicia divina de castigar sus desafueros; en lo cual se diferencia la obra de Tirso de la moderna producción de Zorrilla, toda vez que en ésta D. Juan se salva, gracias a la intervención de su adorada Inés .

A pesar del desdén con que Ticknor habla de los dramas religiosos de Tirso (cuyas obras estudia con notable ligereza y falta de acierto), fuerza es reconocer que en este género tiene el inspirado poeta que examinamos, una producción de tan extraordinario mérito, que sólo puede compararse con las mejores que en el género religioso compuso Calderón de la Barca. Tal es el grandioso, profundo e inspirado drama, que lleva por titulo: El condenado por desconfiado, concepción filosófica, teológica y moral a la vez, de gran fuerza dramática e inspiración portentosa. Su asunto se reduce a que un ermitaño, llamado Paulo, desconfía de su salvación y de la justicia de Dios y recibe un aviso del demonio que le dice que su suerte será la de un tal Enrico. Va Paulo a conocer a este hombre, y al ver que es un bandolero lleno de vicios, se persuade de que se verá condenado y se lanza desesperado por la senda del crimen. Pero el resultado no es el que se imaginaba, pues Enrico, que había sido condenado a muerte, se arrepiente y se salva, mientras que él se condena en castigo de su desconfianza. Como puede observarse, este drama es una profunda y original concepción religiosa, una parábola creada para hacer inteligible al pueblo el dogma de la gracia. En él ostenta Tirso un gran conocimiento de la moralidad de las acciones, y al exponer un pensamiento transcendental, luce todas las buenas dotes que oportunamente le hemos reconocido, pintando con maestría los caracteres y desarrollando situaciones de grande efecto; por lo que no se explica el silencio que respecto de él guardan el mencionado Ticknor y el mismo Sr. Gil de Zárate . Los demás dramas religiosos y devotos de Tirso no tienen esta importancia .

Con lo expuesto basta para dar una idea del teatro del Maestro Tirso de Molina, continuador y reformador del teatro de Lope de Vega y uno de los dramáticos de primer orden de la época más floreciente de la escena española, al cual no se ha hecho siempre la justicia que merece y a que le dan derecho sus grandes dotes poéticas y las magníficas creaciones con que ha enriquecido nuestro teatro .

Prepara Tirso la evolución que en éste se empieza a realizar y que da por resultado el período calderoniano, a que en la lección precedente hemos aludido. Del período espontáneo, que particularmente personifican Lope de Vega y Tirso de Molina, el teatro nacional pasa al período reflexivo, con lo que adquiere mayor discreción y toma una tendencia filosófico-moral, ya iniciada en algunas de las obras de Tirso, que revela un más alto y profundo sentido.

Revilla, M. de la, y Alcántara G., P., Historia de la literatura española, págs. 321 y siguientes.


Amar por razón de estado

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Amar por señas

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Amazonas en las Indias

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Amor y celos hacen discretos

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Amor no teme peligros

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El amor médico

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El Aquiles

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Averígüelo Vargas

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Los balcones de Madrid

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Bellaco sois, Gómez

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El celoso prudente

El cobarde más valiente

Cómo han de ser los amigos

El colmenero divino

El condenado por desconfiado

La dama del olivar

Del enemigo el primer consejo

Desde Toledo a Madrid

Don Gil de las Calzas Verdes

Doña Beatriz de Silva

La elección por la virtud

Escarmientos para el cuerdo

Esto sí que es negociar

La fingida Arcadia

La firmeza en la hermosura

La gallega Mari-Hernández

Habladme en entrando

Los hermanos parecidos

El honroso atrevimiento

La huerta de Juan Fernández

La joya de las montañas

El laberinto de Creta

Los lagos de San Vicente

La lealtad contra la envida

La madrina del cielo

Marta la piadosa

El mayor desengaño

La mejor espigadera

El melancólico

La mujer que manda en casa

La ninfa del cielo

Palabras y plumas

El pretendiente al revés

Quien calla otorga

Quien da luego da dos veces

Quien no cae no se levanta

Las quinas de Portugal

La república al revés

La romera de Santiago

La santa Juana

Santo y sastre

Tanto es lo de más como lo de menos

Todo es dar en una cosa

La venganza de Tamar

Ventura te dé Dios, hijo

El vergonzoso en palacio

La vida de Herodes

La villana de la Sagra

La villana de Vallecas.

 

 

 

 

 

 

 

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