Polibio de Megalópolis

Nació entre el 210 y el 200 a. C. Murió el 127. Entre el 190 y el 180 tomó parte en la defensa de Pérgamo, en la batalla de Magnesia y en la guerra contra los gálatas. Debió estar presente en la marcha de los jóvenes aqueos, bajo la guía de Licortas, pretor de la Liga, contra los mesenios, obligándoles a reconocer la supremacía de los aqueos.

Polibio era oriundo de Megalópolis, una ciudad de la Arcadia. Parece irónico que la mítica región de los poetas haya visto nacer en Polibio, un historiador y filósofo de la historia, a su hombre más sobresaliente. Era hijo de Licortas, que siempre mantuvo una política de neutralidad hacia Roma. Su escuela política fue de primera mano. Pero no solo sabía de política. Según consta por los escritos antiguos que hacen referencia a su persona, había estudiado música, el arte de la guerra, la medicina, la cirugía, la astronomía, la geometría, la geografía, además de conocer bien a Homero, Píndaro, Eurípides, Hesiodo, Herodoto, Tucídides, Jenofonte, etc.

¿Tuvo alguna formación filosófica concreta que le hiciera seguir alguna de las escuelas del momento? No es seguro. El estoicismo, entonces en boga, no se muestra apenas en sus obras. Tal vez siguió a los peripatéticos a través de Prítanis, Eidelo, Demófanes y otros que habían seguido las enseñanzas del Liceo. Menciona en bastantes ocasiones a Aristóteles, Dicearco, Estratón de Lámpsaco, etc. Sin embargo, su conocimiento del sistema aristotélico no era profundo ni extenso, lo que quizá fue en él más una virtud que un defecto, pues, entre los no muy abundantes conceptos filosóficos que hubiera aprendido, los que él mismo elaboró a partir de su experiencia propia y esta misma experiencia, que por ser extraordinario le brindó un gran conocimiento de las cosas reales, construyó una original concepción estructural de la historia. En su pensamiento fue importante la distinción peripatética entre principio informante y realidad informada, una dicotomía que se palpa en su idea de que Roma, con sus costumbres y sus leyes habría de dar forma a un mundo que carecía de ella.

Por lo demás, no perteneció a ninguna escuela. No es, por tanto, un pensador profundo que proyecta sobre la realidad histórica grandes pensamientos filosóficos. Es más bien un hombre al que la realidad vivida fue despertando y, al pensar en ella, se fue formando intelectualmente. De esa interacción entre vida y pensamiento brota su concepción sobre la historia. Por eso se entiende, por ejemplo, que denomine como a-filósofos a otros historiadores, como Timeo, que no eran capaces de integrar lo vivido en una concepción sistemática.

En lo que sigue se expondrá primero lo vivido por Polibio y luego lo pensado a partir de ahí.

a) Lo vivido

Aunque su participación directa en la política no fue larga, sin embargo fue intensa. El año 181 a. C. fue embajador en la corte de Ptolomeo y en el 170 hiparco de la Liga Aquea. El 181 se nombró a Hipérbato y el 180 o el 179 a Calícrates, ambos enemigos de Licortas, estrategos de la Liga. El 175-174 a Jenarco, del partido de Polibio. Con este último nombramiento cambiaron las cosas para él.

Entre el 170 y el 168 está en primer plano de la diplomacia aquea. Es un momento decisivo. El 172 había estallado la guerra macedónica contra Roma, que parecía invencible. El partido de Polibio mantenía una postura neutral, pero Roma apretaba cada vez más. Hace saber que conoce quiénes son en cada ciudad favorables o contrarios al Senado. Como resultado de ellos, Arcón, del partido de Polibio, convoca la asamblea y decide enviar una embajada al cónsul Q. Marcio Filipo para poner a su disposición al ejército. Polibio formó parte de esa embajada. Pero el hiparco de la Liga Aquea esperó demasiado y llegó tarde ante el cónsul, que ya había atravesado Tesalia y acampaba en Macedonia, desde donde le hizo saber que no tenía ya necesidad de los aliados, pese a lo cual agradeció la deferencia que se le hacía llegar.

Polibio despachó a sus compañeros y permaneció con el cónsul. Supo que Apio Claudio Centón, que estaba en Epiro, había pedido 5.000 hombres a los aqueos. Q. Marcio le ordenó ir al Peloponeso con el encargo de negar la ayuda. “Si el cónsul hizo esto por interés para con los aqueos o si por querer restar actividad a Apio es cosa difícil de saber”, dice el mismo Polibio en Historias, XXVIII, 13, 8. Cuando llegó ya se había presentado la petición de Apio, pero sin la ratificación del Senado, lo que daba pie a negar la ayuda.

Polibio sabía que lo que importaba a Roma era si los aliados eran tibios o no.

Poco más duró su actividad política, pues a raíz de aquel suceso se precipitaron las cosas de una manera que no pudo prever. El año 168 se libró la batalla de Pidna, por la que Lucio Emilio Paulo Macedónico, el conquistador de la Hispania Ulterior, venció al rey Perseo.

Desde todas partes se enviaron felicitaciones al cónsul. Los del partido contrario a Polibio y sus amigos denunciaron la tibieza de éstos y presentaron a los romanos una lista de 1.000 nombres. La asamblea de los aqueos decidió mandarlos a Roma en calidad de rehenes. Entre ellos iba Polibio.

Los 1.000 llegaron a Roma el 167. Grecia había sido vencida en Pidna, pero helenizó a Roma Polibio sería el portavoz de la hazaña. Paulo Emilio, el vencedor se presentó como un griego: hizo sacrificios en Delfos a Apolo, en Atenas a Atenea, visitó Corinto, Sición, argos, Epidauro, Olimpia, Esparta, Megalópolis, etc. Se llevó consigo incluso la rica biblioteca de Perseo.

El 150, después de 17 años, recuperó Polibio la libertad. Pero se quedó en Roma a petición Quinto Fabio Máximo Emiliano y Publio Cornelio Escipión Emiliano, hijos de Paulo Emilio, lo que indica que desde el primer momento había ingresado en el círculo culto y poderoso de los Escipiones. Había sido incluso preceptor y maestro de Escipión Emiliano.

En Roma comprendió en qué se apoyaba la fortaleza de aquel Estado. Comprendió su virtus: grandeza de ánimo, audacia, emulación, etc. Allí tuvo ocasión de examinar a fondo la constitución política y militar de Roma, como se muestra en el libro XI de sus Historias.

Con Escipión Emiliano estuvo en España, donde visitó Cartagena, Cádiz y, ascendiendo por el río Betis, llegó hasta Córdoba. De España pasó a África. Es casi seguro que volvió a Roma por Córcega y Cerdeña.

Su información, en suma, fue muy detallada y completa.

Durante todo el tiempo que estuvo en Roma se debió mover con libertad. Únicamente se le impedía volver a Grecia. A los trescientos griegos que sobrevivieron después del 150 se les permitió volver gracias a los buenos oficios de Escipión y Catón. Polibio se quedó todavía unos años más, uniendo en su ánimo el amor a Roma y el amor a la tierra que lo había visto nacer. Este último fue un amor racional, algo que solo a unos pocos es concedido.

Asistió al asedio y destrucción de Cartago el 146. En esa acción ayudó a Roma, lo que no le impidió reconocer las grandes virtudes de Aníbal y expresarlo públicamente. Su propia patria iba entretanto directa a su ruina y destrucción y él lo sabía. Con todo, no se cegó. Asistió, por ejemplo, a la quema y saqueo de Corinto el año 146, algo que no aprobó, aunque no por ello dejó de censurar la conducta de los griegos. Los habitantes de Corinto aprendieron la amarga lección y hubieron de reconocer la prudencia de su compatriota Polibio: “Grecia, de haber seguido los consejos de Polibio desde el principio, no habría decaído y cuando Grecia erró sólo él pudo ayudarla algo”, rezaba la inscripción al pie de una estatua levantada en su honor en Megalópolis.

Después de lo cual se quedó en Grecia. El Senado le encargó todavía que hiciera lo posible por conciliar los derechos de los vencedores y los vencidos. Desde entonces se pierde su rastro en el tiempo.

(De la introducción a Polibio, Historias, revis. y trad. de Tejera, A. D., vol. I, CSIC, Madrid-Barcelona, MCMLXXII. En próximos artículos se continuará esta temática)

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