Protágoras

Amigo de Péneles y Eurípides, el florecer de Protágoras de Abdera se sitúa en el 444 ó 440 a. C. y se sabe que murió a los 70 años. Fue acusado de impiedad por causa de una obra titulada Acerca de los dioses y tuvo que huir a Siracusa, pereciendo en el camino. Fue el primero en llamarse maestro de virtud y sofista a sí mismo. Enseñó en casi todas las ciudades griegas y estuvo en Atenas en repetidas ocasiones.

No disponemos en la actualidad de ninguna obra suya, pero, según Diógenes Laercio[1], escribió El arte de la erística, Sobre la lucha, Sobre las matemáticas, Sobre el Estado, Sobre el Hades y otras obras. Conocemos algunos fragmentos sueltos por las referencias de Platón en varios diálogos suyos, como Protágoras, Crátilo, Gorgias, etc., y en escritos de Aristóteles, Sexto Empírico o Diógenes Laercio.

Salvatore Rosa: «Demócrito y Protágoras».

Protágoras compuso una teoría que explicaba el camino recorrido por el hombre desde su estado animal hasta el de pólis. La naturaleza, decía, ha dado a cada especie animal medios suficientes para sobrevivir. A unos ha dado garras, a otros velocidad, a otros astucia, etc. Ha dotado a los que comen hierba de una capacidad de reproducción superior a la de los que comen carne y así en otras cosas. El resultado final es un cierto equilibrio entre las especies, de manera que ningún ser vivo posee una posición excesivamente dominante sobre los demás. El animal humano ha recibido el lógos como don de la naturaleza. Se trata de una especial capacidad para el orden. Pero no es sobrenatural, sino lo más interno que la naturaleza posee. En esto sigue Protágoras a Heráclito.

El lógos está presente a todo lo largo y ancho del mundo natural, pero se desarrolla plenamente en el mundo del hombre, donde da lugar, entre otras cosas, al lenguaje articulado, las representaciones religiosas, la moralidad y el derecho. Luego el nómos, es decir, las normas de convivencia humana, no se opone a la physis, sino que la continua. El punto más alto de desarrollo del lógos es el Estado fundado sobre un ordenamiento ético-jurídico, que cada pueblo configura de una manera que le es propia. De ello se sigue que, lo mismo que no hay una lengua que sea universalmente válida, no hay tampoco una religión o un Estado que lo sean.

No hay, pues, oposición entre lo que dictan las normas humanas y lo que dicta la ley natural. Pero ello no implica que los hombres posean estos dones desde siempre. Al principio carecían de normas. Por eso vivían dispersos. Procuraron unirse para defenderse mejor de otros animales que les agredían, pero, desconociendo el arte del gobierno, batallaban unos contra otros. Solamente cuando su lógos les hizo sentir la moralidad y el derecho (aidós y díke) adquirieron la técnica política suficiente para organizar la vida en común. Por eso debe ser expulsado todavía hoy de la comunidad el hombre que no tiene estos sentimientos.

Esta es una teoría naturalista o biológica sobre el origen y fundamento del Estado. En ella se prima, aparte de la continuidad entre lo natural y lo humano, el relativismo de las instituciones particulares de los pueblos. Si son ordenamientos que en cada lugar y momento se dan los hombres a sí mismos para vivir, no puede proponerse uno solo de ellos como absoluto. Así sucede con la religión. Protágoras dice abiertamente que ni siquiera se puede investigar si hay algo fijo y único detrás de tantas religiones distintas en las que creen los hombres:

De los dioses no llego a saber ni si son, ni si no son, ni cuáles son, pues hay muchas cosas que impiden saberlo: no sólo la oscuridad del problema, sino la brevedad de la vida humana[2]

Tal vez lo divino existe verdaderamente. Protágoras al menos no lo niega, pero advierte que ninguna religión particular puede exhibir más derechos que las demás para representarlo. No parece sino que las creencias en los dioses son consecuencia de las costumbres humanas y no al revés. Dígase lo mismo de todos los demás elementos de la cultura y se entenderá con nitidez el relativismo de Protágoras:

El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son[3]

No es que el hombre sea la medida o criterio por el que existen cosas. Eso sería absurdo. Es criterio de la existencia de lo que nosotros llamamos cualidades y valores. De cosas tales como lo frío y lo caliente, lo dulce y lo amargo, lo justo y lo injusto, lo hermoso y lo feo, etc., pues son entidades que se pueden medir y valorar:

El hombre no es la medida de la existencia de la miel, sino de que ésta le sepa dulce, es decir, de que la miel provoque la impresión “dulce”; tampoco es el hombre la medida de la existencia de la poligamia o del matrimonio entre hermanos, sino de su valoración como honestos (kalón) o deshonestos (aischrón); y tampoco es la medida de la existencia de la igualdad política, sino de que sea sentida como justa o injusta, racional o irracional, útil o dañina[4].

Todas estas cualidades y valores son verdaderos en cuanto que lo son para alguien. El agua puede parecerle muy fría a quien padece fiebre y menos fría a quien está sano. Es indudable que para ellos es así. La tarea del médico no es negar esa evidencia, sino lograr que el que está enfermo pueda volver a sentir el agua como los demás. Así también la educación y la política. Misión de la primera es establecer buenas costumbres y de la segunda buenas medidas legales para alcanzarlas.

Así es el hombre medida de todas las cosas, pues él dicta las que son y las que no son. Pero Protágoras no se refiere al hombre universal de que hablan las constituciones y declaraciones de derechos desde el siglo XVIII. Baste un ejemplo: el artículo primero de la Declaración Universal de Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de Diciembre de 1948 dice:

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

El ser humano del que habla este artículo no es el francés o el español, sino el hombre en general, con independencia de que pertenezca a este o aquel pueblo. Pero para un griego el hombre no suele ser este ser universal del derecho contemporáneo. Tampoco todavía el individuo, que será pensado como plenamente real sólo con la religión cristiana y el liberalismo. Para Protágoras, como para sus contemporáneos, el hombre es el griego, o el persa, o el egipcio. Por eso no cabe atribuirle una teoría individualista que dijera que lo que para cada uno es bueno o verdadero así es para él y nadie tiene derecho a discutírselo. Protágoras se refiere más bien a las sociedades. Cada una tiene sus costumbres, sus valores, sus convicciones, su lengua, su religión, su organización política, etc. Ninguna puede existir sin estas cosas. Por eso cada sociedad crea las suyas. Pero no puede existir un criterio para decidir cuál es la mejor, por lo que debe admitirse que todas están igualmente justificadas.

La postura ética de Protágoras es congruente con estas ideas. La excelencia moral o areté, dice, no puede ser otra cosa que un prudente cálculo (toda la vida lo es) para hacer propias las costumbres dominantes y evitar entrar en conflicto con las leyes. Ésta es la virtud, que puede y debe enseñarse a los jóvenes, empezando muy pronto, para desarrollar en ellos los gérmenes que están sembrados en su interior por la naturaleza, como hace el labrador con el cereal. El lógos debe situarse por encima de toda otra consideración, de manera que la comprensión racional de lo real, incluyéndose a sí mismo, sirva al muchacho para vencer las inclinaciones y el placer de los sentidos. No en vano lógos es cálculo. Con ese fin debe utilizarse el castigo cuando sea preciso, pero no como la religión antigua creía, para restablecer el equilibrio roto por una mala conducta, sino para mejorar al joven.


[1] Diógenes Laercio, Vidas de los más ilustres filósofos griegos, trad., prólogo y notas de J. Ortiz y Sainz, Ed. Folio, Barcelona, 1999.

[2] Citado en Wiechers, J. W., Historia de las doctrinas filosóficas, Ed. Humanismo y Sentido, México, 1996, págs. 45-48. Según parece, su libro Sobre los dioses comenzaba con estas palabras.

[3] Sexto Empírico, Adversus mathematicos, II, 60.

[4] Nestle, W., Historia del espíritu griego. Desde Homero hasta Luciano, trad. de Manuel Sacristán, Ariel, Barcelona, 1987, pág. 217.

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