Sobre el dinero

El dinero es pretexto para mostrarse superior, espiritual, pese a que no es un bien material, lo que no obliga al hombre superior, espiritual, a rebajarse para examinarlo.

Ahora bien, si el vil metal es fuente de supervivencia, despreciarlo es despreciar lo que te sostiene. Si la fuente es corrupta, porque te has servido de ella con fraude o inclinándote ante la estupidez y el vicio, a ti mismo te desprecias con razón. El dinero quema entonces tus dedos porque es memoria contante y sonante de tu vergüenza. Aborrécete con toda tu alma y aborrécelo a él, que así lo has obtenido. Ese dinero eres tú y por mucho que hayas ganado no acrecentará un ápice el respeto que debería darte tu persona. Pero no será por culpa suya, que él siempre es efecto y nunca causa de tu desvarío. No te confundas.

Cuanto el botín del ladrón atrae a otros ladrones que quieren arrebatárselo a él como él lo arrebató a otro, cuando el que más riqueza tiene no es el más hábil en la producción y el comercio ejercidos con limpieza y libertad, sino el que más artimañas o fuerza bruta es capaz de desplegar, cuando hasta el que hace la ley la hace mal con tal de adquirir riqueza o, si la hace bien, la burla con el mismo fin, es que la sociedad ha llegado a su ruina moral y quizá esté viviendo bajo la tiranía.

¿Cómo saberlo? Observando el dinero. Si no se adquiere por consentimiento libre entre las partes, sino por coerción, si los improductivos mandan sobre los productores de mil maneras, imponiéndoles “fines bellos, sublimes y espirituales” –también “culturales”-, si no se trafica con mercancías, sino con favores, si el soborno está a la orden del día, si la ley castiga a quien gana el dinero con su esfuerzo honrado arrebatándoselo y premiando con él al haragán, entonces la sociedad ha caído tan bajo que difícilmente podrá ya levantarse.

El dinero es una de las más elevadas invenciones de la civilización. Quien le aplica el insulto de “fenicio” no sabe lo que dice. Culpa a sus inventores con su mejor timbre de gloria, por un hecho que les hace merecedores de una efigie en su memoria en cada plaza de cada pueblo. No comprende que el dinero no convive con la brutalidad y que ésta lo destruye. Lo convierte en cheques, en billetes, en pagarés… en papel. En promesas que luego decidirán si cumplen o no, poniendo así a todos a merced de sus garras. Todos en manos de los impresores de papel-moneda, de papel-promesa, de los que se han adueñado de la riqueza de la población y disponen de ella según su criterio.


 

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