Cisneros. Reforma de las órdenes religiosas

Confesores y consejeros de la reina Isabel.—Virtudes y carácter del obispo don Fr. Fernando de Talavera.—Ídem del Gran Cardenal don Pedro González de Mendoza: su muerte.—Fr. Francisco Jiménez de Cisneros.—Su nacimiento, estudios y carrera.—Cómo y por qué fue preso por el arzobispo de Toledo: su carácter independiente.—Cisneros en Sigüenza.—Toma el hábito en la orden de San Francisco.—Su vida penitente y austera: sus virtudes.—Cisneros en los conventos del Castañar y de Salceda.—Eligenle guardián de su convento.—Cómo fue nombrado confesor de la reina.—Su virtuosa abnegación.—Medita la reforma de las órdenes religiosas: dificultades que encuentra.—Es nombrado arzobispo de Toledo: tenacidad con que se resiste a aceptar la mitra: obliganle la reina y el papa: notable ejemplo de independencia y de justificación.—Vida ascética, frugal y penitente de Cisneros.—Prosiguen la reina y el arzobispo la obra de la reforma.—Dulzura de Isabel y severidad de Cisneros.—Medios que emplean sus enemigos para desacreditarle con la reina: sigue Isabel protegiéndole.—Obstáculos para la reforma: oposición del cabildo de Toledo: resistencia de los franciscanos: breves del papa.—Perseverancia de la reina y del arzobispo.—Superan las dificultados, y reforman las órdenes religiosas.—Reforma del clero secular.

downloadNo basta a los príncipes y a los soberanos y jefes de las naciones para regir con acierto un grande estado guiarse por sus propias luces y talento. Por grande y privilegiado que sea éste, y por luminosas que se supongan aquellas, necesitan rodearse de varones doctos y de consejeros prudentes, que, o los ayuden con su consejo, o les inspiren ideas saludables, o sepan ejecutar y dar cumplida cima a sus pensamientos. De la elección acertada o inconveniente de las personas depende la buena o mala dirección de los asuntos públicos y el éxito feliz y desgraciado de los más graves negocios. Ésta fue precisamente una de las dotes en que sobresalió más la reina Isabel, y en que más se mostró la discreción y buen juicio de aquella gran señora. No sólamente tuvo un admirable tino, resultado de la penetración de su ingenio, para conocer y elevar los sujetos de más valer por sus virtudes y su talento y llevarlos cerca del trono, sino también para darles aquel grado de autoridad, y dispensarles aquella honra y consideración a que su saber y sus prendas los hacían acreedores.

Limitándonos ahora a los que escogió para directores de su conciencia, cargo de la primera importancia en aquel tiempo, y al que era como inherente un influjo grande en los negocios del Estado, aparte de una lamentable excepción, en la que precisamente tuvo menos participación su voluntad, siempre se pronunciarán con veneración y respeto los nombres de don Fr. Fernando de Talavera y de don Pedro González de Mendoza. Nada más merecido y justificado, y nada más honroso para la reina Isabel que la elevación del virtuoso, del prudente, del humanitario Talavera al confesonario regio, al obispado de Ávila y al arzobispado de Granada. Nada tampoco más noble y más sublime que la conducta de la reina y de su confesor la primera vez que éste ejerció tan delicado ministerio. «Éste es el confesor que yo buscaba», dijo la reina de Castilla; y estas palabras las pronunció con ocasión de haberle dicho el religioso: «Señora, yo he de estar sentado, y V. A. de rodillas, porque éste es el tribunal de Dios, y hago aquí sus veces.» Grande se mostró en este acto la reina Isabel, y bien merecía tan digno sacerdote sentarse el primero en la silla arzobispal de la última ciudad que se ganó a los moros.

El Gran Cardenal de España y arzobispo de Toledo don Pedro González de Mendoza, a quien tantas veces hemos tenido ya que mencionar, alcanzó tanto influjo, tanto poder y autoridad en el gobierno por espacio de más de veinte años, que uno de los más ilustrados escritores de su tiempo le llamaba por donaire el tercer rey de España. Mas no sin justicia había elevado Isabel a tan alta dignidad, y no sin razón dispensaba tanto favor e influjo al «gran varón, y muy experimentado y prudente en negocios», según la calificación de otro de sus sabios contemporáneos, al hombre de tan grandes y elevadas miras y que tanto ayudó a sus reyes en todas sus más generosas empresas, al que gastaba las inmensas rentas de su silla en fomentar la instrucción pública, en proteger a los hombres instruidos y en crear escuelas y establecimientos piadosos, al fundador del colegio mayor de Santa Cruz de Valladolid y del hospital de expósitos del mismo nombre en Toledo, al que si en la edad juvenil pagó como hombre su tributo a la flaqueza humana y a las costumbres de su época, supo en la edad madura borrar aquellas faltas con grandes y gloriosas acciones, con sabios y prudentes consejos, y con importantes y eminentes servicios. La reina se los pagó con honras y mercedes. En la última enfermedad del cardenal, Isabel fue en persona a visitarle acompañada del rey su marido, le prodigó todo género de consuelos, y admitió el cargo de albacea suyo. «Viose a una reina rodeada de poder y de gloria, dice su ilustrado panegirista, objeto de la admiración de toda Europa, tomar por sí misma las cuentas a los criados de su amigo, y entender menudamente en el arreglo de sus intereses y en la ejecución de sus últimas disposiciones.» Así elevaba y honraba la reina Isabel a los hombres que por su talento y sus prendas descollaban entre sus súbditos.

Con la muerte del ilustre Cardenal Mendoza en Guadalajara (11 de enero, 1495) quedaba vacante la silla primada de Toledo, la más alta y la más pingüe dignidad de la iglesia española, y tal vez en aquel tiempo de toda la cristiandad, a excepción del pontificado. La reina, a quien por el arreglo pactado con el rey correspondía la provisión de todos los beneficios, piezas y dignidades eclesiásticas de Castilla, había consultado con el cardenal Mendoza acerca de la persona que podría sucederle en aquella silla. El gran Cardenal, después de aconsejarle que no elevase a tan alto puesto a ningún individuo de la grandeza, por el temor de que unidos el poder de dignidad y el poder de familia en algún sujeto ambicioso, pudiera dar disgustos o intentar ataques a la autoridad real (prevención notable de parte de quien pertenecía a una de las casas más poderosas e ilustres de Castilla), procedió a indicar como el más apto y más digno, y como el más conveniente al bien de la iglesia y del reino, a un hombre de discreción, de saber, de virtud acrisolada, pero de más humilde que elevada cuna, y que vestía el tosco sayal de la orden de San Francisco: sujeto a quien en otras ocasiones había ya recomendado y favorecido, y aún puesto al lado de la reina. Hablábale de su mismo confesor. Pronunció, pues, el cardenal el nombre de Fr. Francisco Jiménez de Cisneros. El nombre sonó bien en los oídos de la piadosa Isabel, y resolvió aceptarle.

El gran papel que este hombre extraordinario ha representado con mucha justicia en la historia de España, y el influjo poderoso que desde entonces ejerció como confesor, como prelado, como ministro, como gobernador y regente en la suerte de esta nación, hace necesario dar cuenta de los antecedentes que motivaron su elevación y encumbramiento, para poder apreciar después mejor sus hechos en las importantes situaciones en que sus merecimientos le colocaron.

Jiménez de Cisneros, hijo de un hidalgo pobre de Torrelaguna (hoy provincia de Madrid), donde nació en 1436, comenzó sus estudios en Alcalá de Henares, continuó su carrera en la universidad de Salamanca, donde se graduó de bachiller en ambos derechos, canónico y civil, y pasó después a Roma, como otros muchos de los que deseaban ampliar su instrucción en aquel tiempo, prometiéndose también hacer allí más adelantos en su carrera eclesiástica. Había, no obstante, progresado más en ciencia que en fortuna, cuando al cabo de seis años tuvo que regresar a su patria con motivo del fallecimiento de su padre y del mal estado en que éste había dejado los intereses y negocios de su casa, obteniendo antes una bula y gracia apostólica, por la que se le confería el primer beneficio de cierta congrua que vacara en el arzobispado de Toledo. En su virtud se posesionó Cisneros del arciprestazgo de Uceda que vacó algunos años después, mas con tan poca ventura, que teniendo anticipadamente destinada el arzobispo don Alfonso Carrillo aquella prebenda para uno de sus familiares, quiso obligar a Cisneros a que cediese su derecho en favor de aquel. Pero en esta ocasión comenzó a mostrar Jiménez su carácter firme, digno e independiente; y como no se dejase vencer ni de persuasiones, ni de halagos, ni de amenazas, irritóse el irascible prelado, y procedió a encerrarle en el castillo de Uceda, de donde le trasladó a la torre de Santorcaz, como si fuese un eclesiástico díscolo o rebelde, que para éstos estaba destinada aquella prisión. Sufrióla con imperturbable entereza el digno sacerdote, sin doblegarse a las exigencias de su injusto perseguidor, hasta que, o mejor aconsejado éste, o convencido de la invencible inflexibilidad del preso, determinó después de seis años ponerle en libertad, y Cisneros se posesionó de su arciprestazgo.

A poco tiempo se le proporcionó permutar su beneficio por la capellanía mayor de la catedral de Sigüenza, en lo cual no vaciló, a trueque de salir de la jurisdicción inmediata de un prelado de quien había recibido tan mal tratamiento. La resolución no pudo ser más acertada. Ocupaba la silla episcopal de Sigüenza otro prelado, cuyos sentimientos y carácter no se asemejaban en nada a los del primado de Toledo. Era el ilustre don Pedro González de Mendoza, de quien hablamos poco ha. Cuando la casualidad o las circunstancias ponen en contacto dos genios extraordinarios, pronto se comprenden. Mendoza supo apreciar las altas dotes de saber y de virtud de Cisneros, que se consagraba allí con nuevo ardor a los estudios sagrados, y al de las lenguas hebrea y caldea, que tanto habían de servirle para la famosa edición de la Biblia de que después habremos de hablar, y le nombró vicario general de su diócesis, empleo en que desplegó Cisneros su gran capacidad y sus relevantes dotes de gobernador.

Pero otra era la carrera, otro el género de vida a que le inclinaba su genio austero y contemplativo. Enemigo del ruido mundanal, deseaba consagrarse al servicio de Dios en el retiro y silencio de un claustro, y empapado su espíritu religioso en esta idea, dispuesto a abrazar la institución monástica que se distinguiese más por la severidad de su regla, se resolvió a abandonar la ventajosa posición que ocupaba, y sin moverle las razones de los amigos que intentaban disuadirle, tomó el hábito en el convento de franciscanos observantes de San Juan de los Reyes en Toledo. Señalóse allí entre los mismos conventuales por las mortificaciones de todo género con que se preparaba a la profesión, y por una rigidez en la observancia de la regla, en que tal vez el mismo santo fundador no le habría excedido. Cuando profesó, era ya tal la fama de su santidad y de su doctrina, que apenas entró en el ejercicio del púlpito y del confesonario, sus sermones atraían un inmenso concurso, y las gentes más ilustradas le buscaban por director de sus conciencias. Todavía era poca soledad y poca penitencia aquella para el recogimiento y la austeridad que anhelaba el espíritu ya un tanto tétrico de Cisneros, y en su virtud pidió y le fue permitido trasladarse al convento del Castañar, así llamado por un bosque de castaños que rodeaba aquella solitaria casa. Allí se entregó a su gusto a la contemplación, a la oración, al estudio, a la abstinencia y a las maceraciones, en una estrecha cabaña que fabricó por su mano junto al convento, donde pasaba los días y las noches, alimentándose con yerbas y agua como el anacoreta más austero de los primitivos tiempos del cristianismo. Destinado tres años más adelante de orden de sus superiores al convento de Salceda en la provincia de Guadalajara, continuaba allí en los mismos devotos y severos ejercicios, hasta que la reputación de sus virtudes hizo que fuera elevado al cargo de guardián del mismo convento. Entonces tuvo que renunciar en mucha parte a la vida individual y contemplativa para atender al cuidado de otros y al gobierno de la comunidad. Tal era la situación de Fr. Francisco Jiménez de Cisneros, cuando, impensadamente para él, y ya a los cincuenta y cinco años de su edad, se le abrió una nueva y vastísima carrera, a que ni había sentido nunca inclinación, ni siquiera se le había pasado jamás por el pensamiento.

Conquistada Granada de los moros (1492), y nombrado para la dignidad del arzobispo de la nueva diócesis el confesor de la reina Isabel don Fr. Fernando de Talavera, consultó la reina a su íntimo consejero el cardenal de España don Pedro González de Mendoza, que ya era arzobispo de Toledo por muerte de don Alfonso Carrillo, sobre la persona a quien le convendría encomendar su dirección espiritual en el confesonario. El Gran Cardenal no se había olvidado nunca del hombre virtuoso a quien había conocido en Sigüenza y que con tanto tino y sabiduría había desempeñado el cargo de vicario general que le confió. El ilustrado Mendoza sentía que un hombre tan docto y de tan sólida virtud y extraordinarias dotes se hallara como sepultado en la lóbrega soledad de un claustro, y aprovechó aquella ocasión para encomiar y recomendar a la reina de Castilla el guardián de San Francisco de Salceda. Isabel, deferente siempre a las insinuaciones y consejos del cardenal, quiso ver y hablar al virtuoso franciscano, y Cisneros fue llamado a la corte, que se hallaba en Valladolid, sin que supiese el verdadero objeto de su llamamiento. Acudido que hubo el religioso, condujole un día el cardenal como por acaso y le presentó en la cámara de la reina. El anacoreta del Castañar no se turbó por verse tan inopinadamente a la presencia de la reina de Castilla, antes con noble continente y con respetuoso desembarazo contestó a las preguntas de su reina, la cual con su singular penetración comprendió que el recomendado era muy merecedor de las alabanzas que de él había hecho el cardenal. A los pocos días el franciscano Jiménez de Cisneros estaba nombrado confesor de la reina. Era demasiado elevado el espíritu de Cisneros para que le fascinara el brillo de tan envidiada posición, y así, lejos de mostrarse envanecido por favor tan señalado, no le aceptó sin violencia, y pasó por condición para admitirle que todo el tiempo que no necesitara para el cumplimiento de sus nuevos y sagrados deberes, se le habría de permitir observar las reglas de su instituto y consagrarse a sus ejercicios de devoción y de piedad.

Gran sensación causó en los cortesanos la aparición en la escena de aquel nuevo Hilario sacado del desierto, pálido su rostro y macerado su cuerpo con las vigilias y los ayunos, a la edad de 55 años; censurabanle los envidiosos, y los más adictos a sus virtudes temían verlas sucumbir a la prueba de una transición tan repentina. A envidiosos y amigos fue tranquilizando el nuevo confesor, conduciéndose con la misma abnegación en la corte que en el claustro; y la reina Isabel, tan justa apreciadora del mérito, le halló tan digno de su confianza, que en los negocios más arduos y graves no dejaba nunca de consultar con su buen franciscano. La justa celebridad que había adquirido y la consideración de que gozaba para con la reina, influyeron sin duda en el nombramiento de provincial que al año siguiente hizo en Cisneros el capítulo de su orden. En cumplimiento de este nuevo cargo, se dio a visitar los conventos de Castilla, lo cual ejecutaba caminando a pie, pidiendo limosna, y guardando en todo muy escrupulosamente la regla como si fuese el último y el más humilde de todos los religiosos. En estas visitas fue cuando tuvo ocasión de observar por sí mismo la relajación de costumbres en que comúnmente vivían las comunidades y casas de regulares, y se propuso reformarlas restableciendo la observancia rigurosa de la antigua disciplina, a cuya obra halló muy dispuestos a los reyes.

La relajación de costumbres en las órdenes monásticas era por desgracia demasiado cierta, y ya en otro capítulo de nuestra historia lo dejamos demostrado. Tiempo hacía que Fernando e Isabel trabajaban por poner remedio a la licencia y a los escándalos de aquellas casas que en otro tiempo habían sido modelos de recogimiento, de pureza y de virtud. Pero el fruto de su celo y de sus diligencias había sido hasta entonces escaso, por las dificultades y obstáculos que para resistirla opusieron, especialmente algunos institutos, acostumbrados a la soltura, a la posesión de bienes y riquezas, a la profusión, al desorden y a la vagancia, y apoyados por sus mismos superiores, que se suponían autorizados por bulas pontificias para dispensar en las reglas y preceptos de sus santos fundadores. No eran en verdad los franciscanos los que menos se habían separado de las obligaciones de su instituto, en especial los llamados claustrales o conventuales, que vivían holgadamente y poseían en toda España magníficos conventos y pingües rentas, a diferencia de los observantes (a los cuales pertenecía Cisneros), que eran menos en número, más pobres, y observaban más estrictamente la regla del santo fundador. Los reyes acogieron con avidez el pensamiento y proyecto de reforma de Cisneros, y se propusieron ayudarle y favorecerle. Al efecto impetraron de la Santa Sede, y el papa Alejandro VI. les otorgó y expidió un breve pontificio (27 de marzo, 1493), autorizandolos para nombrar prelados y varones de integridad y conciencia que visitasen los convenios y casas de religión de su reino, con facultad para inquirir, informar y reformar in capite et in membris los dichos monasterios, corregir y castigar mediante justicia, y restablecer en ellos la vida santa y religiosa.

Ibase pues haciendo la reforma lenta y trabajosamente y al través de mil dificultades, cuando aconteció la muerte del gran cardenal Mendoza y la vacante de la mitra de Toledo. Ya hemos visto cómo aquel ilustre prelado dejó recomendado a la reina para sucesor suyo en aquella primera dignidad de la Iglesia española a su confesor Fr. Francisco Jiménez de Cisneros. La reina Isabel le prefirió a otros en quienes había pensado, y tuvo la suficiente firmeza para anteponerle al arzobispo de Zaragoza don Alfonso de Aragón, hijo natural del rey su marido, sujeto que no carecía de talento, pero cuya conducta y costumbres no le recomendaban para el ministerio que ejercía, cuanto más para la silla primada a que su padre se empeñaba en elevarle. Resistió pues la reina con tan mañosa dulzura como entereza a todas las recomendaciones, y solicitó secretamente las bulas en favor de Cisneros (1495). Cuando éstas llegaron, llamó a su confesor y se las dio a leer. Grandemente turbado se quedó el religioso cuando llamándole la atención la reina hacia el sobrescrito, leyó: A nuestro venerable hermano Fr. Francisco Jiménez de Cisneros, electo arzobispo de Toledo. Demudósele el color, y exclamando: Señora, estas bulas no se dirigen a mi, entregó el pliego, y se salió rápida y bruscamente de la regia cámara. Al menos, padre mío, repuso dulcemente la reina, me permitiréis que yo vea lo que el papa os escribe; y le dejó salir de palacio, disimulandole y tal vez complaciéndose en aquel arranque de dura abnegación.

No era esta abnegación simulada, sino muy sincera. Cisneros se apresuró a salir de Madrid donde esto acontecía, y los caballeros de la corte que la reina despachó en su seguimiento le encontraron ya a tres leguas de esta población, caminando a pie con dos religiosos de su orden. Todas las exhortaciones y todas las instancias que aquellos le hicieron para que regresara a la corte y aceptara la dignidad a que la reina y el pontífice le habían ensalzado, fueron inútiles. A todas sus reflexiones contestaba el humilde religioso: «que no se consideraba digno de tan alto ministerio, ni con fuerzas para sobrellevar tan grave carga; que la reina y el papa no le conocían bastante, y se habían equivocado en cuanto a sus luces y su mérito; que su vocación era la pobreza, la austeridad y el retiro, y que creía hacer un servicio a la religión y a los hombres en no aceptar una elección que debería recaer en sujeto más digno.» Expuso todo esto con tanta decisión y energía, que los enviados de la reina hubieron de volverse a Madrid con el desconsuelo de no haber logrado su objeto. Por más de seis meses se mantuvo inflexible en su resolución el franciscano, hasta que la reina obtuvo segunda bula del papa, en la cual Su Santidad ya no sólo le exhortaba, sino que le mandaba con toda su autoridad que aceptara sin dilación ni escusa su nombramiento, hecho en toda forma y por ambas potestades, temporal y eclesiástica. A tan explícito mandamiento, hubo Cisneros de resignarse, mas no sin la condición de que las rentas de la iglesia vinculadas al sustento de los pobres no se habían de distraer a otros usos y objetos, condición que los reyes aceptaron sin contradicción alguna. En su virtud se consagró el nuevo arzobispo de Toledo en Tarazona (11 de octubre, 1495) a presencia de sus monarcas, a quienes besó respetuosamente las manos, y ellos a su vez quisieron también besar con humilde devoción las del prelado.

Jamás se vio llevado a más alto punto por parte de un sujeto el Nolo episcopari, y nunca por parte de un soberano y de un pontífice se cumplió mejor y con más provecho de la iglesia el Nolentibus datur. Pronto se vio también la noble independencia con que Cisneros se proponía ejercer su autoridad. El arzobispo de Toledo tenía anexos a la dignidad desde el tiempo de San Fernando ciertos empleos y gobiernos civiles y militares como el de gran canciller de Castilla y otros. Acaso el más pingüe de todos era el adelantamiento de Cazorla, que por nombramiento del último arzobispo, el cardenal Mendoza, poseía don Pedro Hurtado de Mendoza su hermano. Este caballero, temeroso de que peligrara su destino en las reformas que el nuevo arzobispo comenzaba a hacer en el personal, obtuvo una recomendación de la reina, e hizo que sus parientes y amigos hablaran en su favor al prelado. Hicieronlo estos así, ensalzando los merecimientos de su pariente, exponiendo el interés que por él tomaba la reina, y recordandole las consideraciones que siempre había debido al cardenal su antecesor. Cisneros, después de haberlos escuchado, «el arzobispo de Toledo, les dijo, debe disponer libremente, y no por recomendaciones, de los empleos que le pertenecen: los reyes, mis señores, a quienes respeto, podrán enviarme a la celda de donde me han sacado, pero no obligarme a hacer cosa alguna contra mi conciencia y contra los derechos de la Iglesia.» Incomodados los pretendientes con esta respuesta, la llevaron a la reina quejándose de la arrogancia del prelado, y procurando irritarla contra él. Isabel calló, y no dio muestras de disgustarse de la entereza del arzobispo.

Algún tiempo después, al entrar Cisneros en su palacio, divisó a don Pedro Hurtado de Mendoza, que parecía huir de encontrarse con él, resentido del anterior desaire. El arzobispo le señaló llamándole Adelantado de Cazarla. Como el Mendoza se quedase un tanto sobrecogido, «sí, (le dijo acercándose el prelado), adelantado de Cazorla, ahora que estoy en plena libertad os confirmo en este cargo, que no he querido dar a ningún otro, por seros debido de justicia; y espero que en adelante serviréis al rey, al estado y al arzobispo como antes lo hicisteis.» Mendoza se mostró altamente reconocido, y sirvió fielmente a Cisneros toda la vida. Desde este ejemplar nadie se atrevió a molestar al arzobispo con recomendaciones para empleos.

Estos rasgos de inflexible independencia resaltaban más en un hombre que después de haber empuñado el báculo del apóstol y posesionadose de los cuantiosos bienes de la primera mitra de España, continuaba haciendo la vida humilde y austera del franciscano observante. El arzobispo Cisneros no había dejado de llevar sobre sus carnes el tosco sayal de San Francisco; el primado de España seguía viajando a pie con el bastón del peregrino: el opulento prelado comía parca y frugalmente, y reposaba sobre una tarima miserable: ni decoraban tapices las habitaciones de su palacio, ni se veían ricas vajillas en su mesa, ni cubrían su lecho telas de seda, ni aún de lino: las rentas del arzobispado se repartían la mayor parte entre los pobres, y el arzobispo de Toledo no había dejado de ser Fr. Francisco Jiménez. Acostumbradas las gentes al boato y ostentación de los anteriores prelados toledanos, y no pudiendo comprender tanta virtud y humildad en medio de tanto poder y opulencia, murmurabanle los envidiosos llamando hipocresía a la virtud, bajeza a la humildad, y desdoro de la dignidad apostólica lo que era austeridad evangélica. Menester fue también que el jefe de la iglesia universal le advirtiera y exhortara a que en su porte exterior y en el orden económico de su casa y mesa guardara formas y maneras más correspondientes a su elevada posición, para que ni su dignidad ni su persona se rebajaran en la estimación del pueblo. Desde entonces, obsecuente siempre Cisneros a los mandatos de la Santa Sede, desplegó toda la magnificencia que acostumbraban sus antecesores. Admitió en su palacio familiares de ilustres casas y aumentó el número de sirvientes; pero los educaba en ejercicios de piedad y les hacía observar una rigurosa disciplina: decoró su casa e hizo mejorar el servicio de su mesa; pero los manjares de más gusto y delicadeza y que ya con más abundancia se presentaban, estaban de perspectiva para el arzobispo, que no salió nunca de su frugal alimento: ostentábase en la cámara arzobispal un lecho adornado con ricas telas y colgaduras, pero el prelado seguía durmiendo sobre un pobre jergón de paja: sobre las vestiduras arzobispales se veían ricas pieles de armiño, pero nunca llegó a sus carnes la camisa de lienzo, ni dejó nunca de llevar sobre ellas la túnica de lana prescrita por el fundador de su orden, que él solía coser con sus propias manos. Los que antes le criticaban de bajo y humilde, le censuraban después de espléndido y ostentoso. Cisneros menospreciaba unos y otros juicios, y muchas veces los murmuradores tuvieron que rendir homenaje a la virtud, abochornados de la ligereza de sus calificaciones.

El gran poder que a este hombre singular y extraordinario le daba su nueva dignidad, le alentó a proseguir con más vigor la obra difícil de la reforma de las órdenes y comunidades religiosas de ambos sexos, que tanto ansiaban llevar a cabo los Reyes Católicos. Pero la reina y el arzobispo emplearon para ello distintos medios, según su diverso carácter y el diferente temple de su alma. Isabel visitaba en persona los conventos de monjas, llevaba la rueca o la costura, juntaba las hermanas y las invitaba a tomar parte en aquellas labores, las trataba y hablaba con dulzura y agrado, las exhortaba a dejar la vida frívola y desarreglada que hacían, y a guardar la clausura y las reglas monásticas, y de tal modo les captaba los corazones, que fue raro el convento que visitó en que más o menos no recogiera el fruto de su piadoso trabajo y deseo.

Cisneros, por el contrario, acostumbrado a ser severo consigo mismo, no acertaba a ser indulgente con los demás. Horrorizado a la vista de la licencia y la relajación que contaminaba a los claustrales, creyó necesario refrenarla con mano fuerte y firme. Hizose pronto intolerable aquella severidad a hombres avezados a la soltura, y desconfiando de poder desacreditarle para con la reina, denunciaronle al general de la orden que residía en Roma, pintandole como un enemigo de la institución, que trataba a los de su hábito como esclavos, y que estaba desacreditando la orden en España. Apresuróse el general a venir a Castilla, habló con los enemigos del arzobispo, y guiado por sus informes solicitó una audiencia y se presentó a la reina Isabel. Expusole atrevidamente que se admiraba de que hubiera elegido para arzobispo de Toledo a un hombre sin cuna, sin ciencia y sin virtudes, cuya santidad no era sino hipocresía, que tan ligeramente pasaba de la extremada pobreza al más insultante fausto, cuyo carácter intratable y duro le hacía odioso a todos; concluyendo por aconsejar a Isabel que, si estimaba su reputación y el bien de la Iglesia y del estado, depusiera a un hombre tan inepto y perjudicial, o le obligara a hacer dimisión de un puesto que no le correspondía. La reina, reprimiendo su indignación, se limitó a decirle: «¿Habéis pensado bien, padre mío, lo que decís, y sabéis con quién habláis?—Sí, señora, contestó el osado interlocutor, lo he pensado bien, y sé que hablo con la reina doña Isabel de Castilla, que es polvo y ceniza como yo.» Y se salió enfurecido del aposento. La reina estuvo demasiado indulgente con el perpetrador del desacato, pero continuó honrando y estimando cada día más a Cisneros: éste tuvo la prudencia y la virtud de no mostrar desabrimiento hacia su calumniador y de no intentar justificarse con la reina, y ambos prosiguieron la obra de la reforma.

No halló el ilustre reformador menos oposición y resistencia en el cabildo de su Iglesia misma, cuyas costumbres tampoco eran nada edificantes. El solo anuncio del arzobispo de quererlos sujetar en lo posible a la antigua disciplina, fue una trompeta cuya voz alarmó a aquellos capitulares, en términos que inmediatamente enviaron a Roma al más hábil negociador de entre ellos, don Alfonso de Albornoz, para representar al papa contra el arzobispo. La salida y objeto del comisionado capitular no fueron tan secretos que no los trasluciera el prelado. En su virtud despachó por su parte a dos oficiales de justicia con mandamiento de prender al canónigo donde quiera que le alcanzasen, y con autorización, si aquel se hubiese ya embarcado, para que tomasen el buque más velero y procuraran llegar antes que él a Roma, provistos al propio tiempo de cartas de la reina para el embajador Garcilaso de la Vega, en que le ordenaba detuviese y entregase al canónigo en cuanto llegase. Esto último fue lo que aconteció. Al poner el pie el representante del cabildo en el puerto de Ostia, apoderaronse de su persona de orden del embajador Garcilaso, y entregado a los oficiales de justicia, trajeronle éstos a España como preso de Estado. Encerraronle primeramente en un castillo, y después fue trasladado a Alcalá, donde pasó diez y ocho meses en prisión o con centinelas de vista. Este rasgo de energía atemorizó a los demás capitulares, a los cuales sin embargo procuró tranquilizar el arzobispo, exponiendoles que su intención no era hacerlos vivir rigurosamente como regulares, sino corregir los desórdenes, moralizar las costumbres, y hacer que se practicasen y cumpliesen mejor los preceptos del Evangelio.

Mientras el celoso arzobispo se ocupaba sin descanso en el arreglo de su diócesis, haciendo importantes y utilísimas novedades, la reforma de los regulares estaba causando grandes alborotos en el reino, siendo los más renitentes y díscolos los claustrales de San Francisco, apadrinandolos muchos grandes señores por una mal entendida piedad, pues suponían que reducidos los frailes al cumplimiento del voto de pobreza, y no pudiendo poseer las rentas que las fundaciones de sus mayores habían aplicado a los conventos, tampoco se cumplirían las obligaciones religiosas de memorias, misas y otras semejantes afectas a aquellas rentas. Cisneros, sin embargo, iba con su natural e inflexible energía venciendo estas dificultades en España. Los mayores obstáculos los encontraba en Roma, donde el general, a su regreso de Castilla, representó al pontífice que Cisneros estaba abriendo la puerta a disensiones escandalosas entre los frailes, y que destruía la orden en vez de reformarla, y así le persuadió a que le permitiera enviar a España dos comisarios suyos, que unidos a los nombrados por la corte de Castilla interviniesen en la reforma, y no consintiesen hacer innovación alguna sin su voluntad y consejo. Pero el arzobispo continuaba su obra como si tales comisarios no hubiesen venido. Entonces el general redobló sus quejas al papa, diciendo, entre otras cosas, que era tal el rigor con que Cisneros se conducía, que muchos, antes que someterle a tanta estrechez preferían abandonar los conventos y el país, y pasarse desesperados a tierras de infieles y apostatar de la fe. Guiado por estos informes el papa Alejandro, y oída la congregación de cardenales, expidió un breve (9 de noviembre, 1496) mandando a los reyes que se suspendiese la reforma hasta que se declarase más la verdad, y la Santa Sede pudiese dar providencia.

Comunicado por la reina el contenido de la bula al arzobispo, éste, que sentía crecer la fortaleza de su espíritu al compás que crecían las contrariedades, lejos de desmayar alentó a la reina a que perseverara con mayor ardimiento en su noble y religioso designio. Isabel, a quien tampoco hacían fácilmente desfallecer los obstáculos, le ofreció ayudarle con todas sus fuerzas, y emplear todos los oficios con Su Santidad a fin de hacerle conocer el verdadero objeto de una obra tan útil y santa a despecho de sus enemigos y calumniadores. Los agentes de la reina Isabel en Roma fueron tan diestros y tan eficaces, que al fin el papa, persuadido de la verdad que hasta entonces le habían ocultado, expidió nuevo decreto autorizando la prosecución de la reforma, y nombrando al mismo Cisneros comisario apostólico en unión con el nuncio de Su Santidad, el arzobispo de Catania (1497). Con esto el infatigable arzobispo pudo llevar a feliz término su empresa, a pesar de todas las oposiciones, «y quedaron, dice uno de sus biógrafos, pocos monasterios donde la observancia no se restableciese, con gran contento del arzobispo y edificación de los pueblos, que se hicieron muy devotos con los grandes ejemplos de penitencia y piedad que recibieron de este santo orden.»

Aunque la reforma no fuese tan completa como la reina y el arzobispo deseaban, ni tanto tal vez como la demandaba y requería la relajación que en las costumbres y en la disciplina monástica se había introducido, consiguieronse, no obstante, resultados admirables, atendida la resistencia que los reformadores encontraron, y que ciertamente sin la entereza y la constancia de una reina como Isabel, sin la insistencia imperturbable de un prelado como Cisneros, y sin el ejemplo de las virtudes de ambos no se hubieran obtenido. El clero regular español se puso por lo menos en situación de poder sufrir sin desventaja un paralelo con el de otras naciones en materia de costumbres, y se preparó el terreno para que pudiera producir los hombres eminentes en ciencia y en virtud que de su seno brotaron después.

Desembarazado Cisneros del espinoso asunto de la reforma de los regulares, emprendió con la propia energía y firmeza la del clero secular, especialmente en materia de privilegios, inmunidades y exenciones alcanzadas de la corte de Roma, continuo manantial de indisciplina y de rebeldías en el arzobispado. Provisto también para esto de una autorización de la Santa Sede, fortalecido ya con el doble apoyo de la reina y del papa, revocó todos aquellos privilegios, restableció en su plenitud la jurisdicción episcopal, resucitó la antigua severidad de costumbres, e hizo a sus diocesanos tan dóciles, obedientes y sumisos que parecían otros hombres.

Dejemosle aquí para verle obrar en el siguiente capítulo en otro bien diferente teatro.

(Lafuente, M., Historia general de España, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días,  TOMO III, PARTE II (Libro IV) [LOS REYES CATÓLICOS], capítulo XIII)

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