Sobre hechos y teorías a propósito del dolmen de Alberite

1.-Hechos científicos.

La primera parte de este libro consta de una exposición exhaustiva de datos que constituyen, en conjunto, un hecho: la excavación del dolmen de Alberite. La mirada inexperta del profano podrá tal vez verlos como una colección de rasgos inconexos surgidos por azar y no percibir que no se habrían producido sin la intervención y supervisión efectivas del científico (me refiero, claro está, a losdirectores de la investigación: Francisco Giles y José Ramos) Su función, sin embargo, no acaba ahí. Más bien empieza, pues es precisamente a partir de ahí cuando debe dar la interpretación del hecho, como queda de manifiesto por los capítulos que siguen al presente.

Con todo, éste no es más que el proceder corriente en una investigación científica. Pero hay investigadores para quienes la ciencia brota espontáneamente de los hechos. Es una convicción que halló una defensa no exenta de cierta solidez en el positivismo del siglo pasado y en las varias epistemologías que lo han sucedido. La defensa de esa idea ha solido usarse como un baluarte frente a las oleadas de la especulación. Su mención más explícita y de más amplia repercusión de dicha postura se halla en el Curso de filosofía positiva de Comte. En la página 38 de la edición española de Aguilar se lee que, desde Bacon, todos los espíritus serios admiten “no haber más conocimiento real que aquel que se basa en los hechos observados” (COMTE, A. 1973). También que la madurez de juicio necesaria para acceder a tal conocimiento se ha visto siempre impedida por una cierta suerte de primitivismo que ha obligado mucho tiempo a los humanos a postular seres imaginarios o principios inobservables con los que coordinar entre sí las observaciones sensibles.

La doctrina es conocida: la humanidad, como cada hombre particular, ha pasado por un largo período infantil durante el que acudía de manera recurrente a las fantasías de la imaginación para superar las limitaciones del conocimiento sensible. Pero este período se dejó atrás una vez que se llegó al tiempo del hombre adulto, que es un ser realista, desdeñoso hacia la pretensión del conocimiento absoluto y satisfecho con el relativo, logrado a través de las observaciones y de las teorías extraídas con el casi exclusivo fin de limpiarlas de incoherencias.

Pero, en contra de lo que cree Comte, la confusión no deriva de una supuesta humanidad infantil. Antes al contrario, es la arbitraria negación de objetos teóricos no directamente contrastables el error que lo conduce a él a la falsa suposición de la infancia de la humanidad. No es que la confusión en el conocimiento proceda de un estadio infantil, sino que la confusión en que Comte incurre le lleva a postular un estadio que sólo existe en su imaginación. La prueba es que la ciencia del XIX y el XX no ha seguido la senda que él quiso señalarle. De hecho, la biología y la física no podrían entenderse hoy sin la presencia de objetos inobservables, como los genes y los átomos. Y los ejemplos podrían multiplicarse, pero no es preciso hacerlo.

Podría parecer que no es del todo justo despachar a Comte con estas escuetas palabras. En su escrito hay una matiz menos extremoso, pues expresa la obligación de aceptar la existencia de entidades teóricas cuando se ajusten rigurosamente a la experiencia. Luego no parecen tan rotundas la negación de lo inobservable y la afirmación de los hechos sobre cualquier otra consideración. Pero es precisamente esto lo que debe conbatirse con más empeño. Las categorías del positivismo, que giran en torno a esta doctrina, no resisten el parangón de la ciencia constituida. Lo advierte con claridad W. O. Quine cuando la compara con una figura geométrica cuyos ángulos se hundieran en la experiencia, quedando todo el resto alejado de ella. El sistema en su conjunto, exceptuando las partes ancladas en los hechos, no sólo no guarda relación directa con ellos, sino que establece ciertas prioridades frente a ellos: cuanto más fundamental sea un principio para la estabilidad del conjunto, tanto menos dispuestos estarán los científicos a modificarlo, incluso en el caso de que los embates de la experiencia parezcan contradecirlo (QUINE, W. O., 1.969, págs. 19-23). Esta actitud no es más que un sano procedimiento de sentido común, toda vez que no es sensato destruir un edificio de conceptos, que pone al científico al abrigo de la ignorancia o la duda, a causa de una o dos experiencias que no tengan cabida en él. La demolición es a sus ojos una catástrofe de tal magnitud que siempre pensará que es preferible hacer lo que se pueda por evitarla. Con ese fin suele procurar, y lograr, que las oposiciones procedentes de la experiencia se integren en la explicación teórica y sirvan para confirmarla más que para refutarla.

Dentro de ciertos límites, la ciencia hace cuanto puede para mantenerse indemne frente a los mentís de la experiencia. No avanza a través de ellos, sino a pesar de ellos, haciendo lo posible por integrarlos en su esquema previo. De ahí la obviedad de que un cuadro teórico es tanto más resistente cuantas más pruebas empíricas soporte en su contra.

No quiere esto decir que deban abrirse las puertas de par en par a la actividad vacuamente especulativa. La fuerza del conservadurismo, traída aquí a colación únicamente con el fin de poner lo fáctico en su lugar, que no es el de juez que quiso darle el positivismo, no es la única que rige el desenvolvimiento de la ciencia. Hay otra, que es su contraria, en virtud de la cual una modificación en el núcleo del sistema de conceptos puede servir para simplificarlo y para dar cabida en él a nuevas interpretaciones de hechos que hasta entonces habían sido díscolos. Baste esta constatación sobre esta otra tendencia, que debería ser tenida por elemental.

Viene todo esto a colación porque me he propuesto colaborar con mis parcas fuerzas a poner en evidencia la inanidad del positivismo en Arqueología, el cual, so capa y nombre de Reformismo Pragmático, Positivismo Modificado, o simplemente la genérica y multivalente designación de cientificismo, entiende que la realidad consta exclusivamente de una sucesión lineal de hechos pertenecientes a un único nivel, razón que le conduce a predicar la necesidad de que el registro arqueológico los vaya descubriendo hasta conseguir la totalidad de ellos, en la creencia de que cuando ese fin se logre brotará de ellos por sí sólo el conocimiento científico, sin necesidad de lectura o interpretación que le den sentido. Es la máxima de esta posición: ¡Los hechos desnudos, sin teoría: eso es la ciencia! (MARTÍNEZ NAVARRETE, Mª Isabel, 1.989, págs. 20 y ss).

A esta opinión cabe oponer otra de Ortega, más lúcida y certera:

“Es posible que en la historia no llegue nunca el núcleo a priori, la pura analítica, a dominar el resto de su anatomía como ciencia, según acontece en física; pero lo que parece evidente es que sin él no cabe la posibilidad de una ciencia histórica. Querer reducir ésta a su elemento inferior, a la descripción de meros hechos y acumulación de simples datos, por tanto, a lo que aislado y por sí no es ciencia en la ciencia, empieza ya a parecer un error demasiado grave para no reclamar correctivo. El mero acto de llamar “histórico” a cierto hecho y a tal dato introduce ya, dese o no cuenta el historiador, todo el a priori historiológico en la masa de lo puramente facticio y fenoménico. “Todo hecho es ya teoría”, dice Goethe”(ORTEGA Y GASSET, J., 1.983, pág. 73)

Aceptar que la realidad consta de hechos no obliga a aceptar que el conocimiento riguroso es una mera representación de su devenir. La tarea, por otro lado, sería imposible, además de inútil. Una historia verdaderamente tal, una historia cuyo único fin fuera reconstruir “desde dentro” los sucesos vividos, debería considerar todas las perspectivas posibles. Una guerra civil, suceso que es una multitud innumerable de sucesos, se tendría que contar según las experiencias de cada bando, y, dentro de cada bando, según fue vivida por cada uno de su sectores, y, dentro de cada sector, por cada individuo… ¿Dónde detener el análisis? Y, si se detiene en algún sitio, ¿qué lo hace privilegiado frente a los demás? Una historia así conduce al caos. Rememora el deseo de aquel emperador que quiso un mapa exacto de su imperio. Tan exigente era que sus cartógrafos hubieron de confeccionar un mapa tan grande como el imperio, sólo para que comprendiera que era totalmente inservible.

El fin de la teoría no es reproducir la realidad punto por punto. Pero algunas tendencias historiográficas, como las que bebieron sus ideas en el neokantismo de la escuela de Marburgo, parecen olvidar esta sentencia elemental. Esa escuela clasificó las ciencias en nomotéticas e ideográficas y atribuyó a las primeras un método generalizador, que aplica la ley y desdeñando lo irrepetible y lo vivido, y un método comprensivo a las segundas, por el cual se puede penetrar en las vivencias tenidas por los partícipes de un suceso dado. Binford ha continuado esta división en Arqueología. Ha declarado irrelevante, por no humanística, la perspectiva “desde fuera”, y ha definido como propia del historiador la perspectiva “desde dentro”. El objetivo de éste, según él, no es otro que presentar los sucesos como si hubiese estado allí y los hubiese vivido él también.

Pero de este modo la historia se transforma en mito, no sólo porque los conocimientos se vuelven narraciones, sino porque las narraciones no pasan de ser un mecanismo para suministrar categorías susceptibles de volverse sobre el presente para inspirar la acción. No otra cosa es la historia ideológica. Puede privilegiarse el período de la Guerra Civil Española para que una persona de nuestro tiempo clasifique todo el territorio político y social y obre en consecuencia, o puede destacarse por encima de él el de la Revolución Francesa, con el mismo fin, y, antes aún, si el mito agota su potencia, el Renacimiento… Esa clase de historia sólo alcanza a revelar verdades de situación, contingentes en su totalidad, que, por estar inscritas en el orden del tiempo, están llamadas inexorablemente a desaparecer (V. entre otros MARTÍNEZ NAVARRETE, Mª Isabel , o. C., págs. 44-48, REMOTTI, F., 1.972, págs. 163-171, LÉVI-STRAUSS, C., 1962, cap. IX).

El centro de este debate lo ocupa la noción de hecho científico, a cuyo respecto se debe empezar por admitir que no será posible salir de él hasta que no se deje de confundir entre observación y experimentación. Se olvida lo fundamental cuando se está en la creencia de que los hechos de la ciencia gozan de espontaneidad y que lo propio del investigador es examinarlos con el fin de comprobar sus causas, efectos, fenómenos concomitantes… Así no actúa ningún científico, por más que él mismo esté seguro de lo contrario. Se haría entonces acreedor de la crítica que Binford hace a la cientificidad de la Prehistoria: no es posible, dice, observar directamente los hechos del pasado, por lo que los historiadores han de estudiar datos contemporáneos producidos por su propia actividad de investigadores (MARTÍNEZ NAVARRETE, o. c., pág. 44). De estas dos proposiciones es cierta la primera y falsa la última. Es falsa también la conexión causal que se establece entre ellas:

            Es verdad que no se pueden ver los sucesos de la Prehistoria.

            Es verdad que los únicos datos con que cuenta el arqueólogo son los producidos por sus técnicas y procedimientos de investigación.

No es verdad que 1. sea causa de 2., pues no se trata de sustituir una objetividad real por otra adulterada.

El error reside en la noción de objetividad y en la de hecho científico que de ella se infiere. Binford parece pensar que una explicación es objetiva sólo cuando representa una realidad previa, estructurada y sensible. No piensa que la ciencia pueda ser responsable de lo que dicen los datos tanto como de la producción de los datos mismos. Cuando Mendel, después de haber procedido, según una idea previa, a una selección de semillas, pólenes, condiciones de humedad y aislamiento…, y después de haberse propuesto ciertas expectativas, resultantes también de conjeturas previas, planta o recolecta guisantes en el huerto de su convento, asiste ciertamente a un hecho o a una serie de ellos. Pero no guardan parecido alguno, a no ser el meramente externo, con otros a los que simultáneamente asiste otro hortelano. La mente de Mendel va de lo que ella supone a priori que son efectos a lo que ha supuesto a priori que son causas, con el fin de obtener una explicación coherente de la producción de aquéllos. Pero este especial proceder no puede verse como una demostración directa, por contraste con la realidad fáctica, ni como una reproducción en paralelo, en la inteligencia de Mendel, de un curso supuestamente natural de los sucesos. Y sus ideas no guardan una conexión directa con sus impresiones sensibles. Antes al contrario, siguen su propio cauce, obedecen su propia ley y después se aplican a los fenómenos. Tras haber deslindado por un proceso de análisis el objeto de su atención, el hecho científico, el hombre de ciencia abre una brecha entre la experiencia vivida y la que es propia de la ciencia constituida. Y, pese a las apariencias, ya no se trata de los mismos datos en uno y otro caso. La brecha no puede volver a cerrarse. En otras palabras: la ciencia no se dedica en ningún caso a recolectar y estudiar los hechos que encuentra, como si éstos brotasen por sí solos del suelo fértil de la realidad, sino que los produce ella misma de acuerdo con procedimientos que le son propios (SEBAG, L., 1.964, pág. 237).

Admitir que la expresión “hecho científico” remite a un foco fijo en el cielo del entendimiento, en torno al cual tienen que girar los conceptos con la única finalidad de expresarlos adecuadamente, no pasa de ser una ingenua adscripción al realismo ingenuo y un desconocimiento consecuente de una discusión que, como mínimo, se remonta al siglo XVI, a los comienzos de la conversión de la teoría del conocimiento en el núcleo de la filosofía. Ya entonces defendía Zabarella que esta cuestión debe resolverse desde los recursos y condiciones de la lógica pura, y no de la metafísica, pues nada tiene que ver con la realidad de las cosas. Que todo conocimiento científico parte del intelecto y al intelecto mira, no a la naturaleza:

“Utraque demonstratio a nobis et propter nos ipsos fit, non propter naturam” (Citado en CASSIRER, E., 1.986, pág. 168).

Excepto en la contundencia de los términos, el contenido y validez de la tesis no han variado gran cosa desde que fue formulada.

2.-Sistemas de ideas.

Luego no se dan los hechos sin mezcla de conceptos. Pero la relación entre unos y otros no es siempre la misma. Atendiendo a la amplitud que le es propia, un sistema de conceptos cuya finalidad sea contribuir al conocimiento puede adquirir la forma de una filosofía, una teoría científica o una ley experimental. Una generalización empírica del sentido común, como la de que la lluvia es beneficiosa para la germinación del trigo, puede tener una universalidad más reconocida que la de cualquier principio de la ciencia. Se, con mucho, más importante desde un punto de vista práctico, vital. Pero no pertenece a un sistema: no está, junto con otras proposiciones, inscrita en una jerarquía lógica, de modo que pueda deducirse de alguna, servir para la deducción de otras, ser compatible con las demás… Éste es el motivo de que se la excluya de la presente lista. Como también se excluyen las nociones religiosas u otras creencias que, pese a ser tal vez sistemáticas, no están orientadas al conocimiento.

Creo que esta simple catalogación, hecha según el criterio de la mayor o menor proximidad entre ideas y hechos, es completa. Por tanto, perfecta. La lejanía entre filosofía y fenómenos es, desde Kant, incuestionable. Pero eso no la hace sin más irrelevante, como dentro de poco procuraré mostrar. La de las teorías científicas (NAGEL, E., 1.978, 84 y ss) debería ser también evidente, puesto que las relaciones que ellas postulan no son directamente observables en los objetos. Entre otros, el principio de inercia es una prueba palpable de esa separación entre concepto y empiría. Einstein dice de él que es “una interpretación teórica, hasta cierto punto arbitraria, de lo observado”, “un experimento ideal que jamás podrá verificarse, ya que es imposible eliminar toda influencia externa” (EINSTEIN, A., E INFELD, L., 1.969, págs. 14-15). Las leyes experimentales, por último, son directamente falsables. Que los hijos de padres de ojos azules tienen también ojos azules, que el peso del oxígeno que entra con el hidrógeno en la formación de agua es aproximadamente ocho veces superior al de éste, o que en los períodos de crisis ecológica los humanos hacen un uso mayor de métodos anticonceptivos, son proposiciones de esta índole, pues son susceptibles de contrastarse en la experiencia.

3.-Antropología filosófica.

La crítica ejercida por la filosofía contra sí misma, que ha sido demoledora en los últimos siglos, ha enseñado a muchos que no es posible satisfacer la ambición de hallar fuera de la experiencia una posición desde la que sea posible dominarla en su totalidad. Como Arquímedes, la especulación filosófica del pasado quiso un punto de apoyo para mover el mundo. Ahora se acepta que ese objetivo es inalcanzable. Pero de ello no se infiere que sólo tengan valor para el conocimiento los enunciados que hablen de hechos. Como otras veces se ha dicho, es preciso también elucidar los supuestos del pensamiento científico. Y no solamente eso. En el asunto que nos atañe, faltaría aún lo más importante: construir la imagen de sí que puede razonablemente formarse el hombre, imagen que habrá de servir no solamente para dar coherencia a enunciados teóricos o fácticos, sino para inspirar hipótesis o sugerencias que puedan ser útiles para el control empírico.

El caso humano es seguramente el mayor foco de atracción para categorizaciones de toda índole. En el extremo, ha sido corriente oponer la opción que lo presenta como hijo de Dios, hecho a su imagen y semejanza, con la que ve en él un primate  que ha triunfado. Esta contraposición no es otra cosa que una de las múltiples formas adoptadas por el dualismo. Descartes, su iniciador, pensó que el hombre consta de naturaleza y libertad y aceptó en él dos series de actos que discurren en paralelo, una interior y otra exterior. De ahí no podían surgir, como así fue, más que disquisiciones estériles. Para no sumirse nuevamente en ellas debería adoptarse una concepción capaz de evitar a la vez los sinsentidos del dualismo y los excesos de los dos reduccionismos en que inevitablemente incurrieron sus sucesores.

La equivocación residen en la pretensión de definir al hombre, limitarlo de una vez por todas en conceptos rígidos. Así sucede cuando se dice de él que procede de un primate o que es una semblanza divina: se le remite a un animal o a un dios, no a sí mismo. Con ningún otro ser se procede de manera semejante, no se echa mano de cosas que no son él para entenderlo. Con el hombre se mantiene esta actitud porque al enfrentarlo directamente no se halla nada concreto, universalmente válido, que lo delimite. Puesto que se siente que el hombre es el animal no fijado, se mira para otro lado cuando se le quiere comprender.( GEHLEN, A., 1.987, pág. 10).

Leroi-Gourhan propone una simple caracterización física:

“Posición de pie, cara corta, manos libres durante la locomoción y posesión de útiles son verdaderamente los criterios fundamentales de la humanidad” (LEROI-GOURHAN, A., 1.971, pág. 23).

Incluso la posesión de un cerebro muy capaz se considera aquí algo secundario, un mero efecto del bipedismo. Todo se reduce a verticalidad y útiles, que no son dos rasgos inconexos. ¿No debería decirse que la verticalidad es verticalidad para la técnica, incluso ya en un estrato biológico, universal a todos los seres humanos?

Esto se aviene bien con la idea de que el hombre no es estable. Ontológicamente es el ser que no tiene ser, el que no está dado de una vez por todas. Es cierto que tiene sus propias cualidades distintivas, las dos antedichas, como tienen las suyas el cocodrilo y el caballo. Como ellos, es un ser natural. Y no se distingue de ellos porque se haya instalado en su interior un universo de ideas, propósitos, expectativas… En realidad no tiene interior. El llamado espíritu no es algo alojado en su materia y enfrentado a lo externo. Es su propia actividad corporal. Cuerpo y espíritu no son contrarios. Ni siquiera son distintos. Espíritu corporal, materia activa… deberían ser lo términos que reflejaran esta idea. Pero es aconsejable eludirlos para no volver a caer en las ambigüedades propiciadas por una larga cadena de equívocos.

Que el hombre no tiene ser significa que, a diferencia de los otros animales, su existencia consiste en conseguirlo. Es también lo que se indica cuando se dice que es activo. En la medida en que hace cosas, se hace también a sí mismo y, por esa razón, si nos atenemos a la tradición instaurada por Rousseau, Hegel y Marx, en ese proceso puede forjarse o corromperse.

Para no dar cabida en este concepto a conjeturar románticas extravagantes, procuraré explicitarlo un tanto más. La diferencia entre el hombre y otros animales no tan desguarnecidos como él procede del hecho de que la naturaleza da a éstos sus productos acabados, que ellos toman y consumen tal cual los reciben. Y, lo que es también importante para nuestro propósito, ellos mismos son productos acabados de la naturaleza. Quiero decir que sus deseos, necesidades, pautas de conducta… están dados de antemano. Pero en el hombre casi nada se da previamente. Los objetos con los que satisface necesidades y deseos, así como estas mismas necesidades y deseos, todo es para él algo que tiene que lograrse, con lo que no se cuenta desde el principio. Esto no es accidental, una característica que podría ser de otro modo o que pudiera dejarle indiferente. El hombre es en sí mismo un ser de doma y adiestramiento. Si se prefiere, es artificial, siempre que bajo este vocablo se incluya que el mundo que habita es producto de su acción en la misma medida en que también lo es el conjunto de sus necesidades y deseos, de sus aspiraciones y proyectos, todo cuanto es.

Podría objetarse que este cuadro no tiene en cuenta el pensar. Nada más erróneo, sin embargo. Se deja de lado, ciertamente, la racionalidad, el lenguaje o capacidad de formar conceptos que tanto impresionó a los antiguos, pero sólo en cuanto algo separado de la acción de los seres humanos. Un animal y un niño se confunden con la situación a la que pertenecen. A sus propios ojos no son nada que ella no sea. El hombre constituido, por el contrario, es aquél que aprende a distanciarse de su ambiente, incluso a no tener nada que ver con él. Es como si diera unos pasos atrás para calibrar lo que tiene ante sí. El herbívoro no se cuestiona la hierba que come. No se cuestiona nada en realidad. La encuentra, la come…, ¿qué más hay para él?. El hombre, por el contrario, pone en marcha una acción en la que por vez primera se le presenta algo que, no siendo él, está ante él, incluyendo su propia individualidad, sus temores, necesidades, inclinaciones… Antes de ser racional es consciente de sí. De este modo lo definió Hegel. Así es el nacimiento de la humanidad en el animal y así existe por primera vez un ser vivo que no se limita a desear o aborrecer. Ahora es además capaz, por esa idea de sí y de lo otro que ha nacido en su distanciamiento, de querer lo que aborrece y de no buscar lo que desea.

La Arqueología ha debido de tener siempre presente, aunque haya sido de modo implícito, esta noción. No en vano atribuyó al primero de los restos humanos que diferenció del trasfondo animal el rasgo habilis. Ha de entenderse por ella que el hombre es hacedor en un sentido en que ningún animal lo es, en cuanto es instrumento y fin de sí. Los humanos satisfacen sus necesidades organizándose, colaborando unos con otros. Al hacerlo desarrollan cualidades que dormitaban en ellos y adquieren nuevos deseos y nuevas necesidades. Las ideas que se hacen, de sí y de lo que les rodea, al tiempo que forman parte de los elementos activos en ese proceso de satisfacción de necesidades y deseos, van siendo, igual que ellos, profundamente afectadas (PLAMENATZ, J., 1.986, págs. 109 y ss.) Luego no son anteriores ni posteriores a las actividades, sino inherentes a ellas. Por ser hombres sus portadores constituyen una parte necesaria de ellas, ya se trate de las actividades propias del intercambio de bienes materiales, las de la existencia social, las de la producción, las de la superestructura… Esto hace que, aparte de inútil, sea casi imposible separar la idea de la cosa, la teoría de la práctica. Son dos aspectos de la acción humana que se afectan recíprocamente de una forma harto intrincada y sutil. Ni siquiera Marx intentó nunca establecer una distinción clara entre ambos, como tampoco Hegel lo hizo. Esto hace que sea poco verosímil cualquier teoría que introduzca relaciones causales entre ellos.

En conclusión, más que un sujeto pasivo de deseos y necesidades, el hombre es un sujeto activo, hacedor de sí y de su mundo gracias a que tiene voluntad, a que puede forjarse propósitos conscientes en virtud de las ideas que tiene sobre sí como individuo social.

4.-El materialismo histórico.

Hasta aquí la antropología filosófica. Lo que resta es ofrecer una interpretación del materialismo histórico que podría ser no solamente una lectura correcta de lo que Marx mismo propuso bajo esa designación, sino además una teoría correcta de la historia. Para empezar, hay varias razones que permiten denominarlo como teoría. Expondré primero éstas para analizar a continuación sus componentes y las relaciones que guardan entre sí.

Independientemente de que sea verdadero o falso, el materialismo histórico es una teoría científica por tres motivos (NAGEL, o. c. págs. 84-111):

1.- Una ley experimental o generalización empírica suele constar de un solo enunciado, mientras que el materialismo histórico se expresa en un sistema de enunciados vinculados entre sí. Esto hace que su poder explicativo sea más vasto y que, al poner de manifiesto las conexiones habidas entre sus enunciados, sirva de fuente de inspiración para nuevas generalizaciones.

2.- Los términos de que consta no se han establecido por ningún procedimiento experimental explícito, lo que impide que pueda ser sometida a falsación. Esto la diferencia de las conclusiones que el prehistoriador extrae de su trabajo de campo, que serán verdaderas o falsas según obedezcan o no a los hechos que le ha dictado su técnica de investigación.

3.- Por último, no es una generalización inductiva, pues no ha nacido de las relaciones observadas en los datos. Lo mismo que han dicho autores como Heisenberg y Einstein a propósito de otras parcelas del pensamiento científico, esta teoría es también una libre creación de la mente. Pero libertad no es aquí capricho o arbitrariedad, sino independencia de los hechos. Brinda contenidos propios a las generalizaciones científicas para explicar éstas por medio de aquéllas. Pero entiéndase bien: las generalizaciones son inteligibles por sí mismas y por su referencia a los hechos. El papel de una teoría no es explicar lo que se explica por sí mismo, sino explicarlo en relación consigo misma.

Antes de entrar en el contenido del materialismo histórico deben hacerse dos advertencias. La primera es que, según suelen admitir los estudiosos de Marx, sean o no marxistas, el texto donde se halla expuesta es el Prefacio de 1.859 a la Crítica de la Economía Política. Será el que aquí se habrá de someter a análisis. Ahora bien, ese escrito asigna a las fuerzas productivas el papel de motor del cambio social, no al aumento de la población ni a la lucha de clases, por lo que no me referiré a ninguno de estos dos factores. Es dudoso además que puedan introducirse en la teoría sin volverla incongruente. El mismo Marx contribuyó a esa confusión con las primeras palabras del Manifiesto Comunista (MARX, K., Y ENGELS, F., 1.977, pág. 23) y con su explicación del paso del feudalismo al capitalismo. En mi opinión, una teoría no gana nada señalando un mecanismo de producción de los sucesos y añadiendo luego otros según cada caso lo vaya requiriendo. La segunda es que el texto en cuestión es, pese a las apariencias, extraordinariamente denso, sugerente y oscuro, por lo que no deben atenderse los malentendidos en que han caido algunos autores. Sea ejemplo de esto lo que dice I. Moreno, quien, aparte de encontrar el texto sencillo, reprocha a L. White no haber coincidido con Marx al dividir la cultura en tres subsistemas (el tecnológico, el sociológico y el ideológico), lo cual está más cerca de Marx que la división hecha por el mismo I. Moreno en tres estructuras “regionales”: la económica, la jurídico-política y la ideológica, añadiendo a continuación que es la estructura económica la que determina, en última instancia, eso sí, el total. Y lo dice a pesar de citar in extenso el Prefacio de 1.859, donde la estructura económica aparece como determinada, no como determinante (MORENO, I., 1.979, págs. 182 y 225) En las líneas que siguen se analizarán de cerca esas páginas para desentrañar lo que ellas realmente dicen y aportar coherencia y claridad a la teoría. Con ese fin haré uso de un amplio apoyo en las explicaciones dadas por G. A. Cohen (COHEN, G. A., 1.986). El texto empieza así:

“En la producción social de su existencia, los hombres establecen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza un edificio jurídico y político, ya a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social” (MARX, 1.980, Prefacio).

Es útil representarse el contenido de estas líneas según la metáfora arquitectónica a que ellas mismas aluden:

 

Superestructura

 = Fundamentalmente el Estado y el derecho.

Estructura económica

 = Base real, relaciones de producción.

Infraestructura

 = Fuerzas productivas.

 

Los hombres se producen a sí mismos al producir los objetos que satisfacen sus deseos y necesidades. Y, al hacerlo, dan lugar a estos tres segmentos de que se compone la cultura, cada uno de los cuales goza de una cierta preeminencia sobre los demás. Las relaciones de producción dependen de las fuerzas productivas y son la base sobre la que descansa lo jurídico, lo político y “determinadas formas de conciencia social”. Las plantas del edificio parecen ser cuatro en lugar de tres, pero eso no obliga a modificar la figura. Bastará con examinar en qué consiste cada una de sus partes y comprobar después qué preeminencia tiene cada una sobre las demás.

i)Infraestructura.

Tomadas en conjunto, las fuerzas productivas son la capacidad de producción que tiene una sociedad particular, tanto si se le hace generar el máximo de bienes como si sus hombres se conforman con una mínima cantidad de ellos. Que no pertenecen a la estructura económica es claro, pues en sí mismas no son relaciones, sino cosas. Además, se dice que las relaciones corresponden a las fuerzas, lo cual, aparte de implicar una distinción entre ellas, atribuye a las segundas una primacía explicativa que no se reconoce a las primeras. En este sentido son fundamentales las fuerzas productivas. Sin embargo, no se deduce de ahí que sean primarias. Podría quizá objetarse que no es aceptable que algo sea fundamental en el orden de la explicación y no esté incluido en la estructura económica o base real. A ello hay que responder que el fundamento de un objeto puede o no formar parte de dicho objeto: las raíces de un árbol son también árbol, como las ramas o los frutos, pero el pedestal de la estatua no es estatua. Así, si se dijera solamente que la estructura económica sirve de base a lo político y a “determinadas formas de conciencia social”, seguiría siendo legítimo preguntarse cuál es la causa por la que la estructura económica tiene la forma que tiene. Ésta es precisamente la cuestión que el texto resuelve volviendo su atención a las fuerzas productivas. En consecuencia, éstas están debajo de la base económica, pero no forman parte de ella: la capacidad de producción de una sociedad es el soporte de todo lo demás, como sucede con el pedestal respecto de la estatua.

Las fuerzas productivas son un grupo limitado de elementos:

1.- Medios de producción, (que pueden ser instrumentos para la producción, tales como herramientas, máquinas, locales, materiales instrumentales) y

Materias primas.

2.- Fuerza de trabajo de los individuos (que engloba sus habilidades, conocimientos, resistencia física y psíquica, capacidad de innovación…)

 

El catálogo no es exhaustivo, pero sí suficiente para dar luz a este asunto. Todos los elementos incluidos en él comparten una cualidad: la de poder ser usados con vistas a la producción. Se excluyen por ello los que no cumplen ese requisito. Un hombre armado que vigile las cercas de un poblado calcolítico para que otros trabajen sin riesgo de incursiones hostiles, es imprescindible para la producción, pero no es una fuerza productiva, pues su actividad no es un medio que se usa con el fin de producir. Si lo fuera, habría que incluir también las creencias religiosas, que pueden llevar a los individuos a construir un dolmen o infundir en ellos una cierta confianza y aceptación del estado de cosas capaces de servirles de estímulo para el trabajo productivo. Definir las fuerzas productivas por su uso aporta el beneficio inmediato de excluir de su dominio una pléyade numerosa de seres cuya presencia introduciría confusión en la teoría más que bienes en la realidad social. El propio Marx ironiza sobre este punto: ¿habrá que tener a los ladrones, dice, como agentes de producción por haber contribuido decisivamente a la fabricación y perfeccionamiento de las cerraduras? (COHEN, G. A., o. c., pág. 37)

Un examen superficial del catálogo basta para percatarse de que todos los seres de que consta son personas o cosas. No quiere decirse con ello que hayan de quedar fuera las relaciones entre personas o entre personas y cosas, siempre que se usen para la producción y no sean relaciones de propiedad, pues éstas pertenecen a la estructura económica. Por eso deben contarse en este género relaciones como la organización de los agricultores para la simienza, la cosecha, la domesticación de animales…

La capacidad para el trabajo que las personas tienen es una fuerza productiva porque se usa en la producción y porque es el factor que introduce intencionalidad en ella. Esto hace que sea la más importante de las fuerzas productivas. Adviértase bien, sin embargo, que es esta capacidad del hombre, no el hombre mismo, lo que se ha de tener aquí en consideración. La razón de esto es la ya aludida, a saber, que es el factor que dota de intencionalidad a la producción. Si se elimina ésta, el hombre deviene objeto físico, sea materia prima o sea medio de producción. Por citar un caso siniestro, esto describe lo que hicieron los nazis cuando usaron a los judíos para producir jabón.

Una vez aclarada la diferencia general que puede establecerse entre medios de producción y fuerza de trabajo, debe especificarse ahora en qué consiste cada una de ellos.

1.- Instrumentos de producción. Ya se trate de una herramienta lítica o de una plataforma petrolífera controlada por ordenador, un instrumento de producción es algo con lo que se trabaja, en tanto que una materia prima es algo en lo que se trabaja. A esto debe añadirse que el propósito de la producción es siempre modificar (aunque sea del menor modo posible, como sería elcaso de un cambio de lugar) una materia prima, pero no un instrumento. Un chopper olduvayense ha sido antes materia prima, objeto natural sobre el que ha venido a recaer una actividad humana, pero pasa a ser instrumento de producción cuando se usa para despedazar un animal que se ha cazado.

2.- Materias primas. Los escritos de Marx no eliminan toda confusión acerca de lo que debe entenderse bajo esta denominación. Según uno de ellos (MARX, K., 1.976, 240-242), una cosa sólo es materia prima cuando ya ha sufrido alguna transformación por el trabajo humano. Pero entonces habría que pensar que el mineral, el pez, los árboles, los animales…, no son materias primas para la minería, la pesca, la industria maderera o la caza, incluso después de haberlos trasladado de lugar. Una noción más precisa debe definir como tal todo lo que el proceso de trabajo haya tenido como objetivo transformar, por más que todavía no lo haya transformado de hecho. Según esto, el cobre fue materia prima en el Calcolítico, pero no en el Paleolítico Inferior, pues entonces nadie pudo proponerse extraerlo de la tierra y fabricar objetos con él. Así se identifica este factor por su relación con la intencionalidad de la fuerza de trabajo, con lo que la teoría gana en coherencia.

3.- Fuerza de trabajo. Es el centro neurálgico de las fuerzas productivas. Según indica el Prefacio de 1.959, éstas tienen una tendencia propia a desarrollarse, tendencia que no e explicaría si no fuera por la posibilidad de que aumente el conocimiento y el control de los productores sobre el funcionamiento y efectividad de los medios. La evolución de la fuerza de trabajo pasa, pues, por el pensamiento, si bien no por el pensamiento abstracto, separado de la acción. Más arriba se ha indicado que el animal actúa sobre las cosas, pero no sabe en qué consisten su acción ni las cosas debidas a su acción. El hombre, por el contrario, sabe todo esto. Es lo que hace que su acción sea distinta de la del animal y se llame trabajo. Mientras que un castor hace diques sin planificar sus actividades ni saber lo que es un dique, o una abeja construye colmenas hexagonales desconociendo los hexágonos y no proponiéndose los procedimientos propios para lograrlos, el hombre se conoce y conoce el mundo cuando actúa. Luego no tiene objeto pararse a diferenciar lo que hace de lo que piensa. Ésta es una idea de Marx que tiene un indudable trasfondo hegeliano: el hombre no es nada aparte de sus obras. Es lo que hace. Los demás animales están al principio; él está al final. Esta noción de práctica no debe olvidarse para no caer en las confusiones mencionadas al principio de este capítulo.

Supóngase que por los efectos de una barbarie devastadora se perdiera todo el conocimiento actual, pero permanecieran milagrosamente todos los artilugios que amueblan hoy nuestro mundo. Los hombres que quedaran serían afortunados si su productividad descendiera a los niveles del Paleolítico. Esto no sucedería si la catástrofe fuera la inversa, si la destrucción afectara a las máquinas y no al conocimiento de su fabricación y manejo. Si no faltaran las materias primas, el retorno a la situación anterior al cataclismo sería fácil. En consecuencia, el desarrollo de las fuerzas productivas es esencialmente desarrollo del conocimiento de los medios para transformar la naturaleza.

Esto es aceptar los conocimientos relevantes para la producción, sean los más antiguos que el hombre ha podido tener, como la talla de la piedra, o los más modernos, como los amplios dominios de la ciencia actual, entre las fuerzas productivas. No obstante, hay quienes afirman que no debería ser así. Argumentan que las fuerzas productivas son materiales y el conocimiento no lo es. Pero no es un argumento válido. ¿Habría que decir entonces que la ciencia pertenece a la ideología, por constar de ideas? No, pues el marxismo clásico dice que la ideología es acientífica.

La cuestión es importante, porque se relaciona directamente con lo que haya de entenderse por materialismo. Si “material” es lo mismo que “tangible” o “extenso”, entonces debería admitirse que solamente son materiales las personas y los objetos físicos, pero no las relaciones, de producción o de cualquier otra clase. Luego la base económica, que está constituida por relaciones de producción entre individuos, y no por los individuos mismos, no sería material. Y de las fuerzas productivas serían materiales las máquinas, herramientas, locales, materias primas…, pero no la fuerza de trabajo. Lo cual daría al traste con las tesis del desarrollo y primacía de las fuerzas productivas, debido a que, según acabo de decir, los medios de producción no pasan de ser objetos inútiles, así como tampoco pueden evolucionar, si no se sabe fabricarlos y usarlos.

Habrá que convenir en que el término “material” y su derivado, “materialismo”, no tienen el contenido vulgar que suele asignárseles. Que no se puede oponer lo material a lo espiritual como lo tangible a lo intangible o lo extenso a lo inextenso. Y que, si se hace, las habilidades y los conocimientos dejan de ser fuerzas productivas. Pero, en ese caso, ¿cómo podrían éstas cumplir el papel que les asigna la teoría?

Este problema, que nunca debería haberlo sido, se resuelve en cuanto se entiende que el antónimo de lo “material” es social”, lo que permite concebir que lo mental sea parte de lo material y evita las confusiones que ha provocado el haber llamado materialista a una teoría que tanto se diferencia de los materialismos de los siglos XIX y XX. Si se aplican estas distinciones al caso del hombre armado que protege los trabajos agrícolas de posibles ataques se obtiene lo siguiente. La actividad de ese individuo, probablemente dictada por su pertenencia a una organización militar, no es una fuerza productiva ni una relación de producción. Pertenece, pues, a la superestructura. Pero los conocimientos que los trabajadores ponen en práctica, aunque parecen ser menos materiales que las armas de nuestro personaje, sí son una fuerza productiva material. Así es la oposición entre lo material y lo social.

ii)Estructura económica.

Está formada por las relaciones de producción, que son de propiedad real y efectiva sobre la totalidad o parte de las fuerzas productivas. Debe entenderse que la propiedad es aquí ejercicio eficaz de dominio, esté o no reconocido legalmente, que éste se ejerce sobre personas o sobre cosas y que, en cuanto tal, lleva aparejados los derechos de usar, impedir que otros usen, destruir, donar, explotar… el medio de producción o fuerza productiva que son objeto suyo. Pero, puesto que las relaciones no son personas, por más necesarias que sean para su existencia, éstas no constituyen la estructura. No son, por tanto, lo primario, o no lo son desde el punto de vista de la explicación, que se sitúa a un nivel diferente al de las pulsiones y necesidades de los individuos. Éstos no pueden aducirse como causas para entender el mecanismo que rige la cultura en su conjunto. Puede aceptarse que todo existe en virtud de ellos o que sin ellos no habría nada que pudiera ser explicado, pero el materialismo histórico no parece extraer la consecuencia de que las estructuras que se construyen con las relaciones que ellos mantienen entre sí adquieran formas determinadas según las formas determinadas de ser y actuar de los individuos. Probablemente la teoría sea acertada en cuanto se refiere al papel desempeñado por los individuos, pero no quiero dejar pasar esto sin advertir que como mínimo es discutible. Según ella, las relaciones no son como son porque ellos tengan una u otra predisposición, sino que, una vez que las relaciones alcanzan una forma concreta, siempre habrá personas dispuestas a servirse de ellas del modo que mejor les cuadre. No existe el capitalismo porque existan personas dominadas por su ambición, su falta de escrúpulos, su capacidad de innovación o cualesquiera otros vicios o virtudes, sino que el capitalismo es un buen terreno para la acción de los individuos que se hallan adornados con esas cualidades y para el desarrollo de ellas.

El entramado de las relaciones de poder dirigidas a la producción será casi forzosamente relaciones de subordinación, de modo que la noción de clase social, más todo lo que la acompaña (fragmentación de la totalidad social, explotación de unos grupos por otros, dominio político…) debe estar ligada a esta otra. Esto no significa que el hecho de que existan relaciones de producción conduce necesariamente a la aparición de las clases sociales y al dominio de unas sobre otras. Puesto que no es posible que no haya relaciones entre hombres para producir, se deduciría de ahí que no es posible que no exista el dominio de unos sobre otros, lo que constituiría una seria incongruencia con la presentación de la utopía comunista como una sociedad sin clases y consecuentemente libre de la explotación de unas por otras y del dominio político. Lo que parece que debe defenderse a este respecto es que, dadas tales determinadas relaciones, que corresponde al historiador poner de relieve, se seguirán probablemente tales otras formas de división y de explotación. Lo cual no pasa de ser una sugerencia para el trabajo del investigador, pero no una verdad evidente por sí misma ni una consecuencia incontrovertible de la teoría general.

Debe señalarse, por último, que es la posición real y efectiva en que se halle un individuo por contraste con otros en esa estructura de relaciones para la producción, y no la idea que él se haga acerca de ello, lo que indicará su pertenencia a una u otra clase. Su idea puede ser falsa. Es posible que una convicción política, por ejemplo, le haga creer que él, además de independiente, es dueño de su capacidad de trabajo, y no ser en realidad ni una cosa ni la otra. Lo que uno es, su verdadero papel en el juego de las actividades sociales, puede ocultarse a sus ojos. No otra es la distinción de Marx entre la clase en sí y la clase para sí.

iii)Superestructura.

Pocos conceptos han sido motivo de tanta controversia como éste. Muchos seguidores de Marx entienden que se refiere en exclusiva a la ideología. También muchos antimarxistas están convencidos de que esto es verdaderamente lo que Marx dijo. Los primeros han creído defender el materialismo histórico afirmando que su contenido no es otro que la doctrina de la producción causal de lo ideológico por la estructura económica. Los segundos han creído refutarlo al dar pruebas de que esa doctrina es falsa. Unos y otros han logrado solamente fabricar una teoría a la medida de sus posibilidades de ataque o defensa. Además de éstos, hay quienes han pensado que todas las instituciones sociales de carácter no económico deben contarse como superestructurales y quienes han querido limitar esa pretensión aduciendo que únicamente hay que aceptar aquellas que, no siendo económicas, deben su forma a otras que sí lo son.

Es difícil reducir esta variedad semántica. El texto de 1.859 ayuda bien poco y en los escritos de Marx no se encuentra ningún otro que permita tomar una decisión terminante sobre esto. Por otro lado, no debería aceptarse una opción que es la peor de todas: definir como superestructurales todos los elementos citados y aun otros que pudieran presentarse en el futuro. No se adelanta nada retornando a las imprecisiones del sentido común, que es lo único que se logra al otorgar a un término una definición múltiple.

El Prefacio es claro en un punto: sobre la base real en que consiste la estructura de las relaciones de producción de la sociedad, dice, “se alza un edificio jurídico y político”. No se dice que lo jurídico y lo político sean los únicos componentes de este nivel, pero al menos parece indiscutible que éstos lo son de una manera preferente. La teoría gana coherencia si adoptamos esta interpretación, pues la utilización de términos como “propiedad”, “poder”, “control” o “dominio, en lo dicho sobre las relaciones de producción encaja a la perfección con el significado legal o político que puede en buena lógica darse a los mismos términos en la superestructura. Siempre es posible distinguir entre el poder real que se posee sobre una cosa y el poder que le ley otorgue sobre ella, además de que es también plausible la búsqueda de razones de lo segundo en lo primero. Un proletario actual es legalmente dueño de su fuerza de trabajo. Nadie puede obligarle a trabajar si él se niega. La ley protege su libertad en ese dominio. Un esclavo de la antigua Roma, por el contrario, no podía negarse a obedecer al amo si éste le ordenaba trabajar. La ley no le reconocía como dueño de su fuerza de trabajo. El amo podía, en consecuencia, llegar a matarlo si desobedecía. Esta confrontación entre proletario y esclavo es verdadera, pero solamente en un registro legal. En la realidad sólo queda de ella que, a diferencia del esclavo, el trabajador actual no depende de un dueño concreto, pero tiene que trabajar a las órdenes de algún empresario, desprovisto ya de poder legal sobre su vida, si no quiere morir de hambre. Una cosa es la formalidad legal y otra bien distinta la materialidad real.

iv)Primacía de las fuerzas productivas.

Todo lo expuesto hasta aquí puede no ser suficiente para situar sin lugar a dudas cada uno de los muchos rasgos de una cultura dada en alguno de los tres cortes efectuados por el materialismo histórico. Tampoco en este aspecto he procurado ser exhaustivo. Pero habré logrado mi propósito fundamental si estas páginas sirven para identificar con algo de claridad cada uno de los tres. En tal caso, sólo resta especificar de qué modo las relaciones de producción “corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas materiales”. Sería necesario también examinar cómo se alzan el derecho y el Estado sobre dichas relaciones de producción, pero aquí no es posible hacerlo. La investigación de Alberite, que está en sus comienzos, tampoco lo requiere por ahora: aún no puede tenerse una idea suficientemente justificada sobre las formas políticas y legales adoptadas por los constructores de ese dolmen, porque no hay todavía suficientes hallazgos capaces de permitir una lectura unívoca sobre su organización para la producción. Este asunto, más otros matices importantes de la teoría, habrán de esperar, en consecuencia, posteriores investigaciones.

Las tesis de la primacía y del desarrollo de la infraestructura material están indisolublemente ligadas, pero deben ser diferenciadas. La primera aparece en el texto con el verbo “corresponder”, que se presta a interpretaciones variadas y contrarias. Hay algo, sin embargo, que se desprende de él con una razonable seguridad: que no señala una causalidad directa y unilineal, que parte de las fuerzas hacia las relaciones. Esto es lo que usualmente se quiere denotar al decir que la relación entre ambos niveles es dialéctica. La segunda no puede consistir en que las fuerzas se desarrollan de hecho incesantemente, pues en ese caso sería una tesis falsa: hubieron de pasar varios centenares de miles de años desde la tosca fabricación de choppers olduvayenses hasta la del bifaz achelense (RENFREW C., y BAHN , P., 1.993, pág. 289), y varios milenios desde el inicio de la agricultura hasta el uso de la herradura del caballo, de un arnés efectivo para el mismo, del yugo múltiple para bueyes…, lo cual sólo sucedió en el siglo X (MUMFORD, L., 1.963, cap. 9). Lo que la tesis dice es que las fuerzas tienden a desarrollarse y que esa tendencia puede ser de hecho frenada, alterada, dirigida… por las relaciones. Lo cual no es negar la primacía de aquéllas, como afirmar dicha primacía tampoco es defender que todos los rasgos de las relaciones se originan en las fuerzas. El uso del molino a brazo pudo ocasionar la estructura económica feudal, como dice Marx, pero no la exigencia señorial de pagar tributos en forma de trabajo.

Las fuerzas productivas, que se hallan en un cierto momento de su desarrollo, exigen, para pasar a un momento superior, que en ese paso las relaciones adquieran un cierto carácter. El desarrollo de las fuerzas solamente se cumple cuando las relaciones son adecuadas, y éstas lo son solamente cuando adquieren ciertas formas y no otras. Lo cual no implica que pueda verse afectado el curso, pero sí el ritmo, del desarrollo de las fuerzas. Como también puede verse afectada su dirección. Lo mismo que el carácter del entorno afecta al carácter de una especie y explica, por ejemplo, que esté dotada para el camuflaje, pero no que los colores del camuflaje sean verdes o rojos, las fuerzas productivas condicionan la forma general que habrán de adoptar las relaciones de producción, pero no sus características particulares. Tampoco gana mucho una teoría cuando se pretende que todo, absolutamente todo, sea explicado por ella. Ésta es la tesis de la primacía.


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