Escribir en la red

El sentimiento de temor por la técnica, dice Heusch (1), se halla ya en el hombre prehistórico, un cazador-recolector que no puede menos que mirar con cierta inquietud el humo, los ruidos y todos los objetos nuevos que salen del taller del primer herrero. Es la inquietud por el secreto que Prometeo había robado a los dioses, el uso del fuego, primer brote y origen de las artes de la civilización. No obstante, el cazador usó las herramientas y armas del herrero, trocando con ello la Edad de la Piedra en la Edad de los Metales. Dejó de ser cazador y se hizo habitante de la ciudad, súbdito del Estado, agricultor y pastor.

Heredero de aquel temor antiguo, Platón actuó exactamente igual. La escritura le indujo el mismo temor. Creía que la escritura, aun estando pensada para escapar del olvido conducirá fatalmente a él, porque los hombres que la practiquen aprenderán a recordar desde fuera y no desde dentro. Puesto que conocer es recordar y escribir es poco más que distraerse en el olvido, el hombre serio no debe escribir. Las letras son dibujos en el agua, concluyó(2).

La ambigüedad de Platón es extrema: rechaza la escritura escribiendo, un arte en que sobresalió como pocos. Y, para abundar en la ambigüedad, todo Occidente se ha tomado siempre muy en serio sus escritos, pese a algunas voces que parecen querer denunciar la impostura, como la de Colli, para quien el arte de Platón refleja la vocación por la mentira (3).

Menos inclinado al enigma o la paradoja, Aristóteles, que no quiso entender el movimiento de los seres naturales por una confusa participación en las Ideas ni por las interacciones mecánicas de la materia, lo asimiló a la actividad del artesano. En rigor, la naturaleza es esa actividad semejante en todo a la del alfarero que modela en barro una vasija. Pero no hay en ella alma o demiurgo inteligentes que produzcan su obra con designio. La naturaleza no delibera, dice, pero eso no le impide llevar a cabo un plan. Tampoco delibera el artificio, pero sus objetos son inconcebibles sin referencia a un fin. La diferencia entre naturaleza y artificio reside en que la materia preexiste en la primera y el segundo tiene que producirla según su función. Ejemplo de lo primero es la vara con que se arrea a los bueyes; de lo segundo, los ladrillos con que se hace la casa. Pero esta diferencia no basta para separarlos, pues lo que cuenta es la forma, y en la forma son coincidentes. De ahí que, según Aristóteles, los seres naturales serían como los de ahora si los fabricara el arte, y, simétricamente, los objetos artificiales serían asimismo como los que conocemos si nacieran de la naturaleza. Ésta haría nacer casas del suelo como las que hacen los arquitectos si se propusiera producir habitáculos adecuados a los hombres. La causa de que sólo haya madrigueras para roedores o cuevas para osos es, pues, que no se lo propone. Y, si la técnica se propusiera fabricar artilugios para ver, produciría ojos como los que ahora tenemos por naturaleza. Una llega a donde la otra no alcanza. Son, en verdad, lo mismo (4).

Dicho sea de paso: la técnica humana no fabrica instrumentos iguales que los ojos, sino mucho más potentes. Baste un ejemplo: las galaxias fotografiadas por el telescopio Hubble durante el mes de Diciembre de 1.995 se hallan a una distancia tal que son 4.000 millones de veces más imperceptibles que el objeto más pequeño que pueda detectarse a simple vista en el cielo nocturno. Si la luz de la estrella Polaris tarda más de 400 años en llegar a la Tierra, ¿cuántos años habrán empleado hasta ser detectados por el Hubble unos rayos de luz que proceden de galaxias que son, como mínimo, 4.000 millones de veces más imperceptibles que la Polaris? Una cosa es evidente en cualquier caso: que las fotografías de Diciembre de 1.995 no corresponden a esa fecha, sino a muchos millones de años atrás. Tal vez esas galaxias ni siquiera existen ya y, si existen, no están donde estaban. Las imágenes fotográficas corresponden a un pasado ya extinguido y la astronomía no se diferencia en lo fundamental de la arqueología. Luego los ojos que fabrica la técnica no solamente ven más, sino que, por escudriñar un pasado ya extinguido obligan a la construcción de un objeto de reflexión, el universo, al que no podríamos acceder con nuestros ojos naturales. Los ojos que fabrica la técnica ven en el espacio y en el tiempo.

Aristóteles no despreció menos que su maestro el oficio del artesano. Como él, llegó a decir que una ciudad bien ordenada no debe permitir que los ciudadanos se dediquen a tareas manuales, que carecen de nobleza y son contrarias a la virtud (5), lo que no le impidió concebir lo natural según el modelo de lo artificial. No sólo pensó la técnica como algo natural, según el decir de García Bacca (6), sino la naturaleza como algo técnico.

De nuevo lo que en un registro se niega en el otro se ejecuta. Son ambigüedades no inusuales, pues rara vez han ido parejas las prácticas y las convicciones. El discurso de los dos filósofos rechaza la técnica, pero Platón hace filosofía escribiendo y Aristóteles transfigura la actividad artesanal en una sistema teleológico casi perfecto. Un caso contrario, que no habría incurrido en contradicción por rechazar de plano lo artificial, tanto en la práctica como en las ideas, habría sido el de Diógenes el Cínico, pero cabe conjeturar que su biografía, compuesta de hechos de renuncia a lo artificial, es más mítica que real. La reconstrucción de ésta, hecha 500 años más tarde por Diógenes Laercio con noticias de muy diversas fuentes, ha permitido a un erudito decir que es “una antología del humor griego” y no la vida de un hombre real (7).

Nadie, pues, ha sido natural. Y menos nosotros, los desmemoriados de Platón. Diógenes, dice el mito, arrojó su vaso cuando vio a un niño beber agua con la mano. ¿Cuál sería nuestro vaso si hubiéramos de hacer lo mismo, ahora que nuestra existencia se devana necesariamente en una madeja interminable de artilugios?

Ellul especifica (8): la técnica dominante del siglo XX se concentra en cinco elementos: el átomo, la ingeniería genética, el láser, la exploración del espacio y la informática. Para observar las variaciones habidas en el discurso que la acompaña, basta mencionar el primero y el último. El átomo suscitó terrores durante la guerra fría: centrales nucleares, bombas atómicas, bombas de neutrones y guerra de las galaxias fueron, entre otros, los dioses del mal durante más de veinte años. La informática, por el contrario, es un valor en sí mismo desde hace poco más de quince. Nadie pregunta ya para qué sirve un ordenador. Lo compra. Quien hace preguntas queda anticuado. Y con la informática ha llegado la ideología justificadora de la técnica en general. La victoria sobre la miseria del tercer mundo, la curación de la enfermedad, la supresión de la contaminación, la prolongación de la juventud, etc., todo parece a punto de lograrse artificialmente. Los dioses se han vuelto benefactores. La técnica es también un proyector de imágenes que dan sentido y color a la realidad, promoviendo ilusiones de índole social, económica, personal y política. Los mitos mantienen intacto su poder.

La peculiaridad de la informática reside en que, frente a casi todas las demás técnicas, es improductiva. Las otras producen objetos materiales. Ella no produce nada. Ha nacido para almacenar información y transmitirla de un lado a otro del globo, sin más fronteras que las impuestas por la diversidad de idiomas, y aun ésas no son infranqueables. Aunque exige desarrollar algunas habilidades, la facilidad con que después se obtienen los datos más variados no tiene antecedentes. Una nebulosa de unos y ceros llamada Internet lo ha facilitado.

Muchas parecen ser las posibilidades ofrecidas por esta red de comunicaciones. Muchos esperan de ella grandes bienes. Demasiados a veces. Así, en una tertulia electrónica sobre ética y política organizada por Le monde diplomatique y la UNESCO hace años se hablaba de que tal vez furea factible una teledemocracia efectiva, pues los ciudadanos podrían sustituir a los parlamentarios para votar. También de que el mundo entero es ya de hecho una aldea global, de que se aproxima el final de la información vertical, emitida hasta ahora por empresas de medios de comunicación y por el Estado, que reducen a los individuos a meros receptores. Ilusiones de alma juvenil.

Lo que sí sabemos ahora es que los temores de Platón no eran infundados y que la escritura es el límite entre un antes y un después. Pero sabemos también que el propio Platón es el primero de la nueva era, no el último de la anterior, como ya había sucedido a Homero en otro ámbito, y que la escritura no ha sido igualada por ninguna otra técnica del intelecto. La imprenta y la informática no habrían existido sin ella. En consecuencia, no parece que deba esperarse de ésta última una revolución tan profunda como la de aquélla, que cambió los hábitos de pensamiento de las escuelas de filosofía al transmitir sus secretos a todo aquel que quisiera saber. Desvelamiento de un conocimiento que hasta entonces se había transmitido de maestro a discípulo en el interior de grupos selectos de pensadores, la escritura los puso al alcance de todos los habitantes de la pólis, como el mercader, contemporáneo suyo, exponía también sus mercancías a todo aquel que quisiera comprar. El libro impreso amplió los lectores más allá de las murallas de la ciudad. La informática y su corolario, la red, o internet, amplía los límites casi hasta el máximo, lo que es la continuación de un proceso antiguo que debe aprovecharse.


(1) V. Heusch, Luc de, Pourquoi l’épouser? et autres essais, Gallimard, Paris, 1971.
(2) V. Platón, Fedro, 274 B – 277 C.
(3) Colli, G., Filosofía de la expresión, trad. de M. Morey, Ediciones Siruela, Madrid, 1996, página 244.
(4) V. Aristóteles, Física, II, 199 a, 199 b.
(5) Muchos textos pueden atestiguar esto, pero sea suficiente mencionar: Aristóteles, Política, 1329, a, IV, y Platón: Leyes, 846 d – 847 b.
(6) V. García Bacca, J. D., Elogio de la técnica, Anthropos, Barcelona, 1987. Esto que yo digo no es una crítica, sino, como mucho, una matización a las opiniones de G. Bacca sobre Aristóteles.
(7) D. R. Dudly, en Garcia Gual, C., y Diógenes Laercio, La secta del perro / Vidas de los filósofos cínicos (respect.), Alianza Editorial, Madrid, 1987, página 45.

(8) Ellul, J., Le bluff technologique, Hachette, Paris, 1988, página 15.


 

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