Expulsión de los judíos

1492.

Edicto de 31 de marzo expulsando de los dominios españoles todos los judíos no bautizados.—Plazo y condiciones para su ejecución.—Salida general de familias hebreas.—Países y naciones en donde se derramaron.—Cuadros horribles de las miserias, penalidades y desastres que sufrieron.—Cálculo numérico de los judíos que salieron de España.—Juicio crítico del famoso edicto de expulsion: bajo el punto económico: bajo el de la justicia y la legalidad.—Examínase la verdadera causa del ruidoso decreto.—Júzgase la conducta de los reyes al sancionarle.—Efectos que produjo.

downloadResonaban todavía en las calles de Granada y en las bóvedas de los templos nuevamente consagrados al cristianismo los cantos de gloria con que se celebraba el triunfo de la religión, cuando la mano misma que había firmado la capitulación de Santa Fe, tan amplia y generosa para los vencidos musulmanes, firmaba un edicto que condenaba a la expatriación, a la miseria, a la desesperación y a la muerte muchos millares de familias que habían nacido y vivido en España. Hablamos del famoso edicto expedido en 31 de marzo, mandando que todos los judíos no bautizados saliesen de sus reinos y dominios en el preciso término de cuatro meses, en cuyo plazo se les permitía vender, trocar o enajenar todos sus bienes muebles y raíces, pero prohibíaseles sacar del reino y llevar consigo oro, plata, ni ninguna especie de moneda.

Esta dura y cruel medida contra los israelitas, tan contraria al carácter compasivo y humano de la bondadosa Isabel, y tan en contradicción con las generosas concesiones que el mismo Fernando acababa de hacer en su capitulación a los mahometanos, había de ser sin remisión ejecutada y cumplida, bajo la pena de confiscación de todos sus bienes, y con expreso mandamiento a todos los súbditos de no acoger, pasado dicho término, en sus casas, ni socorrer ni auxiliar de manera alguna a ningún judío. En su virtud, los desgraciados hebreos se prepararon a hacer el forzoso sacrificio de desamparar la patria en que ellos y sus hijos habían nacido, la tierra que cubría los huesos de sus padres y de sus abuelos, los hogares en que habían vivido bajo el amparo de la ley, y el suelo a que por espacio de muchos siglos habían estado adheridos ellos y sus más remotos primogenitores, para ir a buscar a la aventura en naciones extrañas una hospitalidad que no solía concederse a los de su raza, un rincón en que poder ocultar la ignominia con que eran arrojados de los dominios españoles. Vanas eran cualesquiera tentativas de los proscritos para conjurar la tormenta que sobre sus cabezas rugía. El terrible inquisidor Torquemada esgrimía sobre ellos las armas espirituales de que se hallaba provisto, y por otro edicto de abril prohibía a todos los fieles tener trato ni roce, ni aún dar mantenimiento a los descendientes de Judá, pasados los cuatro meses. No había compasión para la raza judaica: el clero predicaba contra ella en templos y plazas, y los doctores rabinos apelaban también a la predicación para exhortar a los suyos a mantenerse firmes en la fe de Moisés, y a sufrir con ánimo grande la prueba terrible a que ponía sus creencias el Dios de sus mayores. Así lo comprendió ese pueblo indómito y tenaz, pues casi todos prefirieron la expatriación al bautismo. Antes de cumplir el edicto, iban, como sucedió en Segovia, a los hosarios o cementerios en que descansaban las cenizas de sus padres, y allí estaban días enteros llorando sobre las tumbas y deshaciéndose en tiernos lamentos.

Natural era que decididos a abandonar para siempre sus hogares, aprovecharan la facultad que el edicto les daba para salvar los restos de su opulencia y enajenar sus fincas y bienes. Pero la perentoriedad del plazo les obligaba a malvender sus heredades, puesto que nadie quería comprar sino a menos precio, como en tales casos acontece siempre, y el cronista Bernáldez nos dice que él mismo vio dar «una casa por un asno, y una viña por un poco de paño o lienzo.». Por otra parte, como les estaba prohibido sacar oro, plata y moneda acuñada, y sólo se les permitía trasladar sus haberes en letras de cambio, crecían las dificultades para el trasporte de sus riquezas, y así iban padeciendo una mengua enorme. En tal conflicto, cuando llegó el plazo de la partida, muchos recurrieron al arbitrio de coser monedas en los vestidos, en los aparejos y jalmas de las caballerías, otros las tragaban por la boca, y las mujeres las escondían donde no se puede nombrar.

Cumplido el plazo, viéronse los caminos de España cruzados por todas partes de judíos, viejos, jóvenes y niños, hombres y mujeres, huérfanos y enfermos, unos montados en asnos y mulas, muchos a pie, dando principio a su peregrinación, y excitando ya la lástima de los mismos españoles que los aborrecían. «La humanidad, dice un escritor español de nuestros días, no puede, en efecto, menos de resentirse al imaginarse aquel miserable rebaño errante y desvalido, llevando sus miradas hacia los sitios en donde dejaba sus más gratos recuerdos, en donde descansaban los huesos de sus mayores, lanzando profundos suspiros y lastimosas quejas contra sus perseguidores.». Embarcáronse en diversos puntos y para diversas partes. Los que pasaron a África y tierra de Fez, con la confianza de hallar buena acogida entre los muchos correligionarios que allí contaban , fueron los que experimentaron más desastrosa suerte. Acometidos por las tribus feroces del desierto, no sólo fueron despojados hasta de lo que llevaban más oculto, sino que aquellos bárbaros sin Dios y sin ley abrían el vientre a las mujeres que sospechaban, o tal vez sabían que habían tragado algún oro, y uniendo al latrocinio y a la crueldad la más brutal concupiscencia, violaban las esposas y las hijas a la presencia de los infelices e indefensos esposos y padres. Muchos de aquellos desgraciados pudieron volverse al puerto cristiano de Ercilla, que en la costa de África tenían los portugueses, donde consintieron en recibir el bautismo a trueque de que les dejaran regresar a su tierra natal. Otros tomaron el rumbo de Italia, y no puede decirse que fueron menores los trabajos y penalidades que pasaron. «Una gran parte perecieron de hambre, dice un historiador genovés, testigo de su arribo a Génova: las madres, que apenas tenían fuerzas para sostenerse, llevaban en brazos a sus hambrientos hijos, y morían juntamente.. No me detendré en pintar la crueldad y avaricia de los patrones de los barcos que los trasportaban de España, los cuales asesinaron a muchos para saciar su codicia, y obligaron a otros a vender sus hijos para pagar los gastos del pasaje. Llegaron a Génova en cuadrillas, pero no les permitieron permanecer allí por mucho tiempo.. Cualquiera podía haberlos tomado por espectros; ¡tan demacrados y cadavéricos iban sus rostros y tan hundidos sus ojos! no se diferenciaban de los muertos más que en la facultad de moverse, que apenas conservaban..». Los que fueron a Nápoles, de resultas de haber ido apiñados en pequeños y sucios barcos, llevaron una enfermedad maligna, que desarrollada produjo una epidemia que se extendió e hizo muchas víctimas en Nápoles y en toda Italia.

No se engañaron menos miserablemente los que prefirieron quedarse en Portugal, confiados en los informes que les habían dado sus exploradores. El rey don Juan II dio en efecto permiso para que entrasen en su reino hasta seiscientas familias, aunque pagando ocho escudos de oro por el hospedaje, y con apercibimiento de que trascurrido cierto plazo, habían de salir de sus dominios o quedar como esclavos. Mas luego, con pretexto de haber excedido los refugiados de aquel número, declaró esclavos a los que no pagasen la imposición, y envió a los demás a las islas desiertas, llamadas entonces de los Lagartos, donde contaba que de seguro habían de perecer. Su cuñado y sucesor don Manuel, no fue menos duro y cruel con los que quedaron, obligándoles a escoger entre la esclavitud y el bautismo, llevándolos por fuerza a los templos y arrojándoles el agua encima, lo cual hacía que muchos provocaran de intento las iras del monarca, hasta hacerse merecedores de la muerte, que recibían como un alivio a sus tribulaciones, o se la daban por sus propias manos, o se arrojaban a los pozos antes que someterse a una ley impuesta por la violencia.

Derramáronse otros por Grecia, Turquía y otras regiones de Levante, y otros se asentaron en Francia e Inglaterra. «Aún hoy día, dice un escritor inglés, recitan algunas de sus oraciones en lengua española en algunas sinagogas de Londres, y todavía los judíos modernos recuerdan con vivo interés a España, como tierra querida de sus padres e ilustrada con los más gloriosos recuerdos.»

Aún no se ha fijado, ni será fácil ya fijar con exactitud el número de judíos no bautizados que a consecuencia del famoso decreto salieron aquel año de España. Hacenle algunos subir a 800.000.: a la mitad le reducen otros, y otros a mucho menos todavía. En esta diversidad de cálculos., parecenos que nada arriesgamos en adoptar el que le limita a menor cifra, y que bien podemos seguir el que nos dejó expresamente consignado el cronista Bernáldez, historiador contemporáneo, testigo y actor en aquella gran catástrofe del pueblo hebreo-hispano, el cual reduce a 35 o 36.000 las familias de judíos no conversos que había en España al tiempo de la expulsión, y que compondrían unos 170 a 180.000 individuos.

Mas de todos modos, no ha de juzgarse la conveniencia o el perjuicio de aquella terrible medida por el número de personas y por la mayor o menor despoblación que sufriera el reino, en verdad ya harto despoblado por las guerras y por el desgobierno de los reinados anteriores., sino por la calidad de los expulsados. En este sentido no puede menos de calificarse de perjudicial para los materiales intereses de España la salida violenta y repentina de una clase numerosa, que se distinguía por su actividad, por su destreza y por su inteligencia para el ejercicio de las artes, de la industria y del comercio. La expulsión de los judíos fue en este sentido un golpe mortal que obstruyó en España estas fuentes de la riqueza pública para que fuesen a fecundar otros climas y a engrandecer extrañas regiones. Así no nos maravilla que cuando se hicieron conocer en Turquía los judíos lanzados del suelo español, exclamara el emperador Bayaceto, que tenía formada una ventajosa idea del rey Fernando: «¿Éste me llamáis el rey político, que empobrece su tierra y enriquece la nuestra?». Era en verdad error muy común en aquel tiempo que el oro y la plata constituían la riqueza de las naciones, y sin duda participó de él Fernando creyendo que remediaba el mal con prohibirles la extracción de aquellos preciosos metales, sin mirar que llevaban consigo la verdadera riqueza, que era su industria y su actividad e inteligencia mercantil.

Ya que la expulsión de los judíos fuera económicamente perjudicial a los intereses del estado, ¿infringieron aquellos esclarecidos monarcas las leyes de la nación, y faltaron a las de la humanidad con aquella violenta medida? ¿Se había hecho acreedora a ella la raza judaica? ¿O qué causas impulsaron al político Fernando y a la piadosa Isabel a dictar tan fuerte providencia contra los desventurados descendientes de Israel?

Rechazamos desde luego como calumniosa la especie por algunos modernos escritores vertida, y en ningún fundamento apoyada, de atribuir la expulsión de los hebreos a codiciosas miras de los reyes y a deseo de apoderarse de sus riquezas y haberes. Semejante pensamiento, sobre ser indigno de tan grandes monarcas y opuesto a su índole y carácter, ni siquiera hallamos que pasara por la imaginación de los mismos judíos; y la única cláusula del edicto en que quisiera fundarse, que era la prohibición de exportar la plata y el oro, no era sino el cumplimiento de una ley general, por dos veces sancionada en las cortes del reino. Tal vez no fuera imposible descubrir en la medida algo de poca gratitud hacia unos hombres, que aunque odiados, menospreciados y perseguidos, y aunque impulsados por el móvil de la ganancia y de la usura, al fin habían hecho beneficios a los monarcas en la última guerra, habían contribuido a su triunfo abasteciendo los ejércitos de víveres y vituallas, a veces no dejando nada que desear a la viva solicitud de la reina Isabel.

Hubo, pues, una causa más fuerte que todas las consideraciones, que movió a nuestros monarcas a expedir aquel ruidoso decreto, y esta causa no fue otra que el exagerado espíritu religioso de los españoles de aquel tiempo, y que en muchos, bien puede decirse sin rebozo, era verdadero fanatismo: el mismo que produjo años después la expulsion de los judíos de varias naciones de Europa, con circunstancias más atroces aún que en la nuestra. En el capítulo III. de este libro hicimos una reseña de la historia de la raza hebrea en nuestra España, y demostramos la enemiga y el odio nacional que contra ella encontraron pronunciado Fernando e Isabel a su advenimiento al trono: odio y enemiga que se habían manifestado en las leyes de las cortes, en las pragmáticas de los reyes, en los tumultos populares; el encono no se había extinguido; manteníase vivo en la opinión pública, le alentaba el clero y le excitaban los inquisidores.; y una vez establecida directamente la Inquisición contra los judíos, veíase venir como una consecuencia casi natural, tan pronto como cesaran las atenciones de la guerra, una persecución general que había de estallar de un modo o de otro. Hízose estudio de persuadir a los reyes, y no era el inquisidor Torquemada el que con menos ahínco insistía en ello, que los judíos no bautizados subvertían a los conversos y los hacían judaizar, y que su comunicación con los cristianos era una causa perenne de perversión. Traíanles a la memoria el robo y profanación de la hostia sagrada en Segovia a principios del siglo, una conjuración que en 1445 se les atribuyó en Toledo para minar y llenar de pólvora las calles por donde había de pasar la procesión del Corpus, el robo y crucifixión de un niño cristiano en Valladolid en 1452, el caso igual acontecido en Sepúlveda en 1468, otro semejante en 1489 en la villa de la Guardia, provincia de la Mancha, y otras anécdotas de este género, juntamente con los casos de envenenamiento que se habían imputado a los médicos y boticarios judíos, y hacíase entender a los reyes que no habían renunciado a la perpetración de estos crímenes.

Así en el razonamiento o discurso que precedía al edicto se expresaban los monarcas de esta manera: «Sepades e saber debedes, que porque Nos fuimos informados que hay en nuestros reinos e avia algunos malos cristianos que judaizaban de nuestra santa fe católica, de lo qual era mucha culpa la comunicación de los judíos con los cristianos e otrosí ovímos procurado e dado orden como se ficiesc inquisición en los nuestros reinos e señoríos, lo qual como sabeis ha más de doce años que se ha fecho e face, é por ella se han fallado muchos culpantes, segunt es notorio e segunt somos informados de los inquisidores e de otras muchas personas religiosas, eclesiásticas e seglares, e consta e parece ser tanto el daño que a los cristianos se sigue e ha seguido de la participación, conversación e comunicación que han tenido e tienen con los judíos, los quales se precian que procuran siempre por quantas vias e maneras pueden de subvertir de nuestra santa fe católica a los fieles cristianos, etc.»

Siguieron, pues, los reyes, al sancionar tan dura providencia, o contemporizaron con el espíritu del pueblo, dieron crédito a las acusaciones, acogieron las excitaciones y consejos que los inquisidores y otras personas fanáticas les daban y hacían, y creyeron que no era grande abuso de autoridad desterrar a los que la opinión pública proscribía, y quitar de delante objetos que eran odiados. No nos atrevemos nosotros a asegurar que por parte de Fernando no se mezclase también alguna otra mira política, y que tal vez no le pesara de que le pusieran en aquella necesidad. Pero por lo menos de parte de Isabel tenemos la firme convicción de que en materias de esta especie, animada como en todas de la más recta intención y buen deseo, no hacía sino deferir y someter su juicio, con arreglo a las máximas piadosas en que había sido educada, a los directores de su conciencia, en quienes suponía ciencia y discreción para bien aconsejarla y dirigirla en negocios que tocaban a la religión y a la fe. De modo que si errores había en las resoluciones de Isabel como reina, los mismos errores nacían de virtud propia, y de la ignorancia, o del fanatismo, o de la intención de otros.

Tales fueron a nuestro juicio las causas del famoso decreto de proscripción y destierro de los judíos, que si dañoso en el orden económico, duro e inhumano, innecesario tal vez, y si se quiere no del todo justificado, demandábale el espíritu público; si algunos entonces le reprobaban, ninguno abiertamente le contradecía; era una consecuencia de antipatías seculares y de odios envejecidos; estaba en las ideas exageradas de la época, y vino a ser útil bajo el aspecto de la unidad religiosa tan necesaria para afianzar la unidad política.

Pero apartemos ya la vista de tan triste cuadro, y dirijamosla a otro más halagüeño, más brillante y más glorioso.

(Lafuente, M., Historia general de España, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días,  TOMO III, PARTE II (Libro IV) [LOS REYES CATÓLICOS], capítulo VIII)

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