Fernández Rueda. Utopías

Utopías

Introducción

El vocablo griego “utopía” fue utilizado por vez primera por Tomás Moro (1478-1535), Lord Canciller de Enrique VIII, como título de un libro dedicado a exponer la organización de una comunidad política perfecta que habitaba en una isla imaginaria del mismo nombre. El libro no proponía que se caminara realmente hacia Utopía. Su misión consistió más bien en denunciar las injusticias y miserias de la sociedad inglesa del momento y explicar sus causas. Desde entonces se utiliza su título para dar nombre a un grupo amplio de escritos y movimientos sociales que habían empezado a aparecer mucho tiempo antes y siguieron apareciendo en la posteridad, hasta nuestros días.

Todas las sociedades humanas disponen de imágenes que representan realidades no vistas ni oídas, de símbolos que los sujetos utilizan ocasionalmente para encontrar alivio ante una realidad adversa, para criticarla o para evadirse de ella. Normalmente son de origen y contenido religiosos. El creyente siente una esperanza resignada cuando imagina que un familiar ya fallecido vive otra vida junto a Dios o que hay un mundo de ultratumba donde impera la justicia . Esa esperanza no cambia las cosas, pero con ella enfrenta con más ánimo la vida cotidiana.

A veces ocurre, no obstante, que los símbolos adquieren carácter social y político por ser utilizados por los grupos humanos para un fin u otro, según sea su posición en la sociedad. Los que detentan el poder político o económico tenderán a aprovecharlos para legitimarlo. Los desfavorecidos de la fortuna tenderán, por el contrario a utilizarlos como un medio para expresar su queja y su desgracia. Incluso podrán combinarlos en la construcción de una utopía contraria al estado social del que se creen excluidos y verlos a continuación como un modelo realizable en este mundo. La esperanza crecerá entonces hasta el límite de creer estar tocando ya con los dedos una vida nueva y cobrará cuerpo una fuerza subversiva real. Un movimiento revolucionario se habrá puesto en marcha hacia “ninguna parte” (utopía), causando trastornos mayores o menores, según sea la fuerza de la esperanza que le anima. Así es como muchos individuos que hasta entonces habían concebido los símbolos como realización de sus deseos en un mundo de más allá ven en un momento dado que pueden realizarse de inmediato en el de más acá.

1. Utopías bíblicas

a) Utopías escatológicas del Antiguo Testamento

El modelo original de estas conductas fue la doctrina de los profetas del Antiguo Testamento, que abandonaron la idea de combatir el mal mediante rituales tales como sacrificios, rezos, ceremonias, procesiones, etc., y proclamaron la necesidad de que todos creyeran que son responsables de él y deben evitarlo. La salvación empezó a depender de las obras y el judaísmo se convirtió en una religión generadora de normas para intentar realizar la justicia en este mundo.

Las profecías del Antiguo Testamento fueron útiles para la resistencia de la comunidad de los creyentes frente a la opresión. A diferencia de otros pueblos de la Antigüedad, los judíos tenían una visión del papel que a todas las naciones corresponde desempeñar en la historia. Su religión comprendía la idea de que Jehová era no solamente el Dios de Israel, sino el Dios único de todos los hombres. Señor todopoderoso de la historia, a Él toca exclusivamente guiar a todos los pueblos hacia un fin común.

Esta creencia obliga a los creyentes a ser justos con todos y a extender la salvación de Dios hasta el último confín del mundo. Pero, junto a esta inclinación ética, algunas tendencias de la religión de Israel prometieron un reino perfecto de paz y felicidad a los que hubieran seguido el camino de la rectitud, un reino de mil años que no vendría antes de que pasara una época de desdicha. El pueblo ha abandonado a Jehová, por lo que debe ser castigado y purificado con el fuego y el hambre. Después de la purificación amanecerá el día de la ira, el día en que Jehová habrá de juzgar y castigar a los incrédulos e injustos de todas las naciones. Los que sobrevivan a ese juicio terrible vivirán en una Palestina regenerada y santa y Jehová reinará entre ellos. El mundo será justo, los pobres no pasarán hambre, las fieras serán mansas, el Sol tendrá más brillo, los desiertos serán fértiles, no habrá dolor ni enfermedad y todo será vivir alegres y confiados.

En estas profecías sobre el fin de los tiempos se fragua el modelo de la actividad mesiánica y utópica posterior. El fin de la historia pertenece a los santos, que antes han tenido que sufrir dolores sin cuento en este mundo sometido a tiranía y opresión. Cuando éstas lleguen al dolor más agudo, cuando la desgracia padecida por los santos no pueda ser mayor, ellos se levantarán por fin, destruirán la maldad y la injusticia y heredarán la tierra, estableciendo un reino milenario que no tendrá sucesor, el reino último hacia donde conducen todos los caminos y todos los tiempos.

b) Utopías escatológicas del Nuevo Testamento

Las luchas mesiánicas de los judíos finalizaron el año 131 d. C., cuando el emperador Adriano aplastó un levantamiento encabezado por Simón bar Kochba, que había sido seguido por la multitud como un Mesías que habría de aniquilar el poder de Roma y dar comienzo al Reino de los Santos. En adelante los cristianos tomaron el relevo. Pese a que su religión hablaba de un reino puramente espiritual, muchos tomaron al pie de la letra la profecía de Mateo: “Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces recompensará a cada cual según sus obras. En verdad os digo que hay algunos entre vosotros que no probarán la muerte antes de haber visto al Hijo del hombre venir en su reino”. Interpretadas según la escatología anterior, estas palabras predecían el cataclismo de las naciones y el posterior reino feliz, en el que el propio Cristo estaría presente entre sus santos.

La religión cristiana encerraba en su seno dos interpretaciones del mensaje de Cristo, una que invitaba a la pasividad consolando al alma de las miserias del más acá con la esperanza del más allá, y otra que promovía la actividad exhortando a los fieles a hacer realidad el más allá en el más acá. La conjunción en una sola de ambas tendencias, la espiritual y la terrenal, fue siempre una fuerza sin igual, una fuerza revolucionaria que en muchas ocasiones a lo largo de la Edad Media sacudió los cimientos de la sociedad.

Un clérigo medieval, Joaquín de Fiore (1135-1202), fundió las dos tendencias, dando lugar a una visión general de la historia humana en clave mesiánica, milenarista y utópica. Tres etapas, relacionadas cada una con una de las Personas de la Trinidad, jalonan el avance progresivo de la humanidad hacia su fin último. La primera fue la del Padre y el Antiguo Testamento, etapa de la carne, durante la cual imperó el derecho, la esclavitud y la sujeción. La segunda es la del Hijo y el Nuevo Testamento, una etapa intermedia entre la carne y el espíritu, durante la cual imperan los clérigos. La tercera, la definitiva, porque detrás de ella vendrá el fin del mundo, será la del Espíritu Santo y el Último Testamento, etapa de los varones espirituales, entre los que se contarán los santos de los primeros días, que resucitarán para reinar con ellos. Después se consumará la historia y dará comienzo la eternidad.

2. Utopías filosóficas

a) La República de Platón

Platón dio comienzo al género utópico filosófico con la República. Una sociedad perfecta, dice allí, no puede existir, pero basta que sea pensable y pueda “construirse con palabras” para aplicarse a la realidad en la medida en que ésta lo permita o al menos para servirle de guía. Aplicarla en su totalidad requeriría actuar como el pintor, que limpia el lienzo de toda impureza antes de plasmar en él su idea. Del mismo modo, la realización de la sociedad perfecta requeriría deportar a toda la población adulta para, comenzando desde el principio, educando a los niños en una estricta pedagogía, fabricar una utopía real.

Una sociedad perfecta es una sociedad dividida en clases, asegura Platón. La razón y la fuerza deben reunirse en la persona del filósofo-rey, que encarna la virtud de la prudencia. La clase de los guerreros, que habrán de vivir en perfecta comunidad de bienes e hijos, la de la fortaleza, y la de los obreros e industriales, a quienes se han de entregar las propiedades y las riquezas, la de la templanza. Una sociedad así es perfecta, aunque irrealizable, porque en ella reina la justicia, o armonía entre las tres virtudes antedichas, como es perfecto el hombre individual que logra la misma armonía entre las partes racional, irascible y concupiscible de su personalidad.

b) Utopías renacentistas

Los símbolos utópicos tuvieron origen religioso durante el largo periodo que llega hasta el siglo XVI, cuando, por intervención de filósofos como Tomás Moro, Giordano Bruno o Tomás Campanella, resurgieron como crítica filosófico-política de la sociedad renacentista que consistía en mostrar un reflejo negativo de las injusticias y defectos que percibían en ella. Constituyeron teorías especulativas, sin influjo alguno sobre la realidad social. Pero entretanto la utopía era también la esperanza real de movimientos subversivos muy activos, como los niveladores (levellers) de Inglaterra, la revolución husita en Checoeslovaquia, los seguidores de Thomas Münzer en Alemania, la jacquerie en Francia, etc.

Las utopías filosófico-políticas renacentistas eran cuadros ideales de una sociedad perfecta que continuaron la estela platónica. Nacieron al calor del descubrimiento de América, una verdadera sacudida para las ideas políticas de Europa porque había que legislar para sociedades tribales recientemente conocidas y porque el conocimiento de su especial organización resucitaba controversias e ideales utópicos antiguos. Fue la época en que unos creyeron descubrir la vida del salvaje como la de un ser naturalmente bueno, noble y vital y otros la de un ser brutal y violento. El salvaje excitó en todos la imaginación política y despertó en algunos los sueños de una vida mejor que la vivida entonces por quienes padecían en su carne las transformaciones sociales, económicas y políticas de la época.

  1. a) La Utopía de Tomás Moro (1478-1535).- El nervio que recorre la Utopía de Moro es que no debe existir la propiedad privada para que la conspiración de los ricos, en la cual consiste el Estado, ceda su lugar a la comunidad de los hombres. En cambio, sí debe haber libertad religiosa, para que no existan facciones opuestas e impere la unidad.

Libertad de creencia e igualdad de riquezas. Este es el doble ideal que Moro opone a la reforma eclesiástica de Enrique VIII, seguida de cerca por el deseo depredador de la nobleza y el alto clero, y al fanatismo religioso de la época, fanatismo que había empezado a teñir de sangre primero el suelo alemán y después el de todos los países de Europa, excepto España.

  1. b) La ciudad del Sol de Tomás Campanella (1568-1639).- Igual que Moro, Campanella creyó que una sociedad perfecta tiene que ser universal y estar organizada en régimen de comunidad de bienes. Por esto ha parecido a algunos que si la Utopía de Moro había sido ya una expresión y defensa del imperialismo, con más razón todavía lo era la de Campanella, pues no en vano propugna abiertamente un universalismo regido por el rey de España y legitimado por el Papa: “Así España descubrió el Nuevo Mundo para que todas las naciones estuvieran bajo una sola ley. No sabemos nosotros lo que hacemos, pero Dios sí, cuyo instrumento somos. Los españoles buscaron nuevos países por el deseo de oro y de riquezas, pero Dios trabaja para más altos fines”. Los fines individuales de los conquistadores españoles estarían siendo el hilo con que Dios cose el tejido de la historia universal. Una cosa es el fin de los agentes y otra el de la obra traída por ellos a la realidad.

Campanella también coincide con Moro en la defensa de la religión natural y la necesidad de erradicar los abusos de la cristiana para que pueda extenderse al mundo entero.

  1. c) La nueva Atlántida de Francis Bacon (1561-1626).- La utopía de Bacon, aparecida bajo un título de resonancia platónica, dicen algunos que no debería clasificarse como obra de pensamiento utópico, debido a que no se trata en ella la comunidad, sino la técnica, que tantos temores y esperanzas ha despertado desde el Renacimiento hasta el día de hoy. En Bacon, sin embargo, sólo cabía la esperanza. Su obra soñaba con la transmutación de los metales, la generación instantánea, un vino tan fino que podía atravesar la palma de la mano, el submarino, el avión y toda una serie de adelantos que traerían la felicidad a los hombres. Su sociedad utópica no es una comunidad bien ordenada, sino una tecnocracia de la que el orden y la justicia habrían de brotar espontáneamente. Es el dominio científico de la naturaleza el que ha de traer por sí solo la organización humana feliz y justa de las sociedades humanas.
  2. d) Otras utopías.- The Commonwealth of Oceana de James Harrington (1611-1677) situó su comunidad perfecta en una isla del Océano Pacífico. El mundo se había hecho más grande que en tiempos de sus antecesores Tomás Moro y Francis Bacon, que habían situado las suyas en el Atlántico. También debe mencionarse el Viaje a Icaria de Etienne Cabet (1788-1856). Hubo asimismo una mitología floreciente sobre el mismo tema: la leyenda española de la Isla de Jauja, Eldorado, a cuya búsqueda se entregó Lope de Aguirre, etc.

c) El socialismo utópico

La tendencia utópica aún tenía que producir vástagos importantes en los siglos XVIII y XIX, plasmándose en las ideas políticas de algunos filósofos y hombres de acción que Engels agruparía más tarde bajo el despectivo rótulo de “socialismo utópico”.

Los socialistas utópicos presenciaron la invasión del mundo social por el capitalismo, la máquina y la industria y contra todo ello dirigieron sus baterías. Los más importantes son los siguientes.

  1. a) El conde de Saint-Simon (1760-1825) ideó una tecnocracia que combinaba las soluciones de Moro y Bacon a los problemas del industrialismo de la época que le tocó vivir. Predicó la necesidad de sustituir el egoísmo y el afán de lucro por la fraternidad cristiana como motor de la actividad social, para lo que era preciso socializar la propiedad privada, suprimir el derecho de herencia e introducir la máxima según la cual cada uno debe producir según su capacidad y ser pagado según su necesidad, evitando por todos los medios que haya exceso de riqueza o de pobreza. El gobierno, por último, debe ser encomendado a los científicos, porque solamente ellos están capacitados para resolver convenientemente los conflictos sociales.
  2. b) Charles Fourier (1772-1837) propuso también la abolición de la propiedad privada. En su lugar debía existir un sistema de falanges cooperativas, a las que debían afiliarse todos los individuos. Las falanges, o falansterios, como se las ha denominado posteriormente, tienen la misión de asignar a cada hombre su necesario sustento. Lo demás será repartido equitativamente entre todos. Las ocupaciones de filósofos, soldados, notarios, registradores, intermediarios, etc., son ociosas y deben ser suprimidas. La gente trabajará principalmente en la producción agrícola, distribuyéndose las actividades de tal manera que cada cual se dedique a la que más le atraiga. Convertido en placer, el trabajo será mucho más productivo y habrá abundancia de bienes para todos.
  3. c) Albert Brisbane (1809-1890) logró poner en práctica las ideas de Fourier en Norteamérica, fundando algunos falansterios que no tardaron mucho tiempo en fracasar.
  4. d) Robert Owen (1771- 1858) fue un rico hacendado que organizó con sus propios medios una comunidad denominada New Lanark con el fin de demostrar que las condiciones sociales influyen decisivamente en la producción económica. En su comunidad artificial construyó viviendas, comedores, lugares de recreo, etc., para los obreros, y escuelas para sus hijos, proporcionando a todos un bienestar razonable. El resultado fue que la productividad aumentó. De su experimento extrajo propuestas prácticas para la protección de los trabajadores: reducción a 12 horas de la jornada de trabajo, prohibición del trabajo infantil, universalidad de la educación, organización de cooperativas, etc. Por estas y otras propuestas del mismo tipo Owen es hoy considerado un precursor de la legislación del trabajo.

d) El socialismo científico

En el siglo XIX apareció un nuevo y muy activo tipo de utopía, que en realidad era una vuelta al programa platónico, convertido en práctica revolucionaria para la conquista del poder, y al milenarismo judeo-cristiano convertido asimismo en promesa de salvación para los oprimidos: el socialismo científico, así denominado por Engels en oposición al socialismo utópico, tachado por él de erróneo por pretender reformar la sociedad según ideales abstractos. El procedimiento correcto no podía ser otro, decía, que el análisis científico de las leyes de la historia y las sociedades y la consiguiente descripción objetiva de las fuerzas que las rigen para conocer el camino hacia el que conducen y así anticiparse al futuro. El marxismo había descubierto científicamente, pensaban Marx (1828-1883) y Engels (1820-1895), que el futuro de la humanidad es la sociedad sin clases y el proletariado la clase encargada de realizarla. De ahí la identificación de los partidos socialistas con este grupo social que, a su juicio, representa el futuro en el presente.

El materialismo histórico, verdadero análisis científico de la sociedad industrial, según el marxismo, habría relegado por fin el pensamiento utópico al mundo de la fantasía. Si hasta el momento no ha podido existir un conocimiento verídico de lo social, dicen sus fundadores, ha sido porque las fuerzas productivas, auténtico motor de la historia humana, no habían llegado a un grado de desarrollo tal que permitieran al sabio conocer su verdadera importancia. Hasta que ese instante ha llegado no podía haber más que ensoñaciones y esperanzas utópicas sobre las reformas sociales.

Ya no habría que confiar en la buena intención y los sentimientos cristianos de caridad y amor al prójimo para combatir la miseria, porque, Carlos Marx habría demostrado en El capital, su obra magna, que la sociedad industrial capitalista se habrá de destruir por sí sola y tras su extinción vendrá la sociedad sin clases y sin Estado.

Así se pretendía haber refutado el socialismo utópico y haberlo sustituido por un programa efectivo de revolución social. Pero ¿era una refutación fundada? ¿No incurría el marxismo, pese a su teoría social pretendidamente científica, en el mismo utopismo que criticaba? Para contestar cabalmente estas preguntas es preciso considerar lo siguiente.

Los defensores clásicos del capitalismo habían pensado que en un sistema de mercado todo el mundo recibe a la larga tanto como aporta, razón por la cual el sistema es básicamente justo. Marx objeta que, por haber unos pocos propietarios de los medios de producción, es inevitable que los trabajadores aporten más de lo que reciben, razón por la cual el sistema es básicamente injusto.

Dada esta premisa fundamental, añade Marx, la propiedad industrial capitalista tiene que concentrarse cada vez más en menos manos. Estas pocas manos, que compiten entre sí por los mercados, causarán irremediablemente la pobreza creciente de los trabajadores. Los pequeños comerciantes, artesanos, agricultores y todas las otras profesiones medias se irán proletarizando necesariamente, ensanchándose más y más la zanja que separa a los propietarios de los proletarios. El proceso conducirá a una revolución en que los segundos expropien a los primeros, desaparezcan las diferencias entre clases y se extinga el Estado, pues su única razón de ser es la defensa de la propiedad privada. La sociedad del futuro, la que ponga por fin remedio a los males del presente, será, por tanto, una sociedad socialista, o comunista, pues todos los bienes serán comunes, y anarquista, pues el Estado no será necesario y habrá dejado de existir.

Si las predicciones de Marx sobre el mundo futuro hubieran sido deducciones correctas de una teoría sólida, si el socialismo marxista hubiera sido verdaderamente científico, entonces se habrían cumplido, lo que no ha sido el caso. Lejos de concentrarse en unas pocas manos, la propiedad se ha extendido más que nunca. Las grandes compañías y entidades financieras no pertenecen hoy a unos pocos hacendados, sino a cientos de miles de accionistas, y no son dirigidas por sus dueños, sino por consejos de administración. El nivel de vida de los trabajadores no ha descendido, sino aumentado. Las clases medias, lejos de ser absorbidas por el proletariado, han aumentado de tamaño y se han fortalecido. La confrontación entre clases económicas, en conclusión, no se ha agudizado, sino que prácticamente se ha extinguido.

Ninguna de las predicciones del marxismo ha sido certera. La más importante de todas, a saber, que el capitalismo habría de desembocar en un gigantesco colapso y ser sustituido por el comunismo y la desaparición del Estado, para que el gobierno de las personas dejara paso a la administración de las cosas, como había preconizado Saint-Simon, reposaba sobre un sentimiento de repulsa contra las injusticias del capitalismo y resultó ser solamente eso, un sentimiento. Lo cual pone al marxismo al lado del socialismo utópico que decía haber superado.

e) El Tercer Reino nacionalsocialista

La última construcción utópica ha sido de momento la hitleriana, orientada por la teoría darwiniana de la selección natural lo mismo que la marxista se había orientado por las leyes de la historia. Su objetivo era conseguir el hombre racial y culturalmente perfecto al que había de pertenecer el mañana.

La expresión “Tercer Reino” (Tercer Reich) puesta en circulación por los nazis tiene una historia milenaria. Al principio pareció significar el Imperio que viene después del Medieval y el de la época de Bismarck, pero Moeller van den Bruck (1876-1925) se encargó de darle un contenido viejo y revolucionario, teológico incluso, el de un Imperio de mil años durante el cual reinarían los hombres selectos y superiores. Tales hombres no habrían de ser superiores a los demás por su santidad y pureza, como en las utopías fundadas en el Antiguo y Nuevo Testamento, ni por su capacidad para guiar al proletariado a la tierra prometida del comunismo, como en las teorías de Marx y Lenin, sino por la selección natural darwiniana, que Alfred Rosenberg (1893-1946) quiso convertir en un principio filosófico para la reinterpretación de la historia de la humanidad.

La selección darwiniana es el fundamento de la teoría racial que Hitler expone en Mi lucha. Según se dice en esta obra, todo avance social es resultado de una lucha en que los más aptos sobreviven y los menos son exterminados. Los individuos de la misma raza se hacen la guerra, como también las razas entre sí. Las minorías selectas que sobreviven son expresión de superioridad racial y cultural. Las mezclas raciales lo son de decadencia.

Las civilizaciones superiores han sido creadas por una raza superior, la de los arios. Otras, como las negroides del sur de Europa, no son capaces de crear cultura, sino de transmitirla. Y, por último, existe otra, la judía, que solamente sabe destruirla. Estas son las tres clases de razas existentes.

La cultura superior exige, en consecuencia, que la raza superior, depurada de impurezas mediante severos programas de eugenesia y eutanasia, dirija la sociedad, lo que según los arúspices del nazismo, llegaría con el Tercer Reino (Reich), que habría de durar mil años.

3. Estructura general de las utopías revolucionarias

Como ha podido verse, el género utópico abarca un número grande de movimientos sociales, religiosos y filosóficos, que unas veces están dirigidos a la acción política y otras no. Todos coinciden en negar el presente, pero los que desembocan en la acción política lo hacen en nombre de un futuro feliz y justo. Su plan de acción se encuadra, según ellos, en el curso de la historia general de la humanidad, que se divide en tres etapas, siguiendo la escatología judeo-cristiana:

  1. a) La primera fue el periodo feliz y ordenado de los comienzos de la vida humana. En la escatología judía y cristiana es el Paraíso Terrenal, en la utopía marxista el comunismo primitivo, cuyas huellas habría descubierto Morgan entre las sociedades tribales de Norteamérica, etc.
  2. b) La segunda es la pérdida del orden y la felicidad del comienzo de los tiempos. Según el judaísmo y el cristianismo, el primer pecado de Adán y las posteriores injusticias de todos los hombres son la causa de las desgracias del presente. Según el marxismo, la aparición de la propiedad privada, que ha conducido hasta el capitalismo actual, es el origen de la desigualdad y la injusticia actuales. Según el nazismo, la contaminación de las razas es la causa de la degeneración del momento.
  3. c) La tercera es la recuperación del mundo ordenado y feliz original. Según las utopías judeo-cristianas, el Mesías que ha de venir restablecerá el acuerdo con el Padre y colmará la esperanza de sus fieles en un nuevo reino que durará mil años. Según el marxismo, será el proletariado, la clase social que sufre la máxima injusticia bajo la explotación capitalista, el que abra las puertas del futuro comunismo, donde ya no habrá desigualdades.

La fantasía de la tercera etapa, reproducción sublimada de la primera, que no es menos fantástica que ella pese a que en ocasiones parezca haber sido confirmada por datos empíricos, es el modelo negativo de la actividad política de toda clase de movimientos utópicos, milenaristas, escatológicos, etc. Todos ellos coinciden en que cuando han logrado sus propósitos y construido un poder a su medida, han reproducido y aumentado, a veces hasta extremos inauditos, las injusticias y desigualdades de la segunda etapa. Han reconstruido el presente. ¿Qué otra cosa cabía esperar que hicieran?

Puesto que el final a que realmente conducen es justamente lo que pretendían destruir, ha de decirse que las utopías son, desde el punto de vista de la práctica política, una repetición de la realidad por otros medios, y, desde el filosófico, una expresión de lo que no se quiere. Pueden definirse, en consecuencia como pensamiento político abstracto y negativo. Abstracto por estar separadas de la realidad y negativo por no ofrecer soluciones efectivas a las injusticias denunciadas.

4. Crítica del pensamiento utópico

Reproducimos a continuación una crítica del utopismo que sigue en gran parte la que en su momento hizo Karl Popper, por parecer que es una crítica certera cuyos fundamentos son el reverso del idealismo de que adolece todo utopismo, lo que la convierte en una crítica materialista.

Según se dijo en una lección anterior, el mundo social está compuesto de grupos divergentes y es tarea de la política tratar de conseguir un grado de convergencia tal que la coexistencia entre ellos sea posible. La convergencia puede conseguirse por medio de la persuasión o la fuerza.

La persuasión puede lograrse a su vez únicamente si antes existe en los sujetos la voluntad de persuadir y dejarse persuadir y es en esa posibilidad de intercambio de razones entre iguales, que lo son justamente en tanto que mantienen esa disposición, en lo que consiste la racionalidad que debe reinar entre los grupos. Esta racionalidad, no obstante, tiene una limitación inevitable: de nadie puede esperarse que esté dispuesto a persuadir a quien está dispuesto a matarlo. La racionalidad choca contra este muro que no puede superar.

En otro sentido del concepto de racionalidad, se dice que una conducta es racional si hace un uso adecuado de los medios para alcanzar el fin propuesto y que en caso contrario es irracional. Cuando el fin es la justicia o la igualdad las conductas políticas encaminadas a él serán racionales en la medida en que, en primer lugar, fijen sus objetivos con la máxima precisión y, en segundo, delimiten los medios de que han de hacer uso en relación a dichos objetivos.

El utopismo sería racional en este último sentido si pudiera fijar con precisión la sociedad ideal que se ha propuesto alcanzar. Pero, dado que existen utopías distintas e incluso contrarias entre sí, habría que disponer de un método racional para inclinarse por una de ellas. Pero tal método no existe ni puede existir. Solamente es posible la elección racional entre medios, no entre fines. Puede construirse, por ejemplo, una central nuclear o una hidroeléctrica. La ciencia es capaz de ambas cosas y puede decidir cuál es más costosa, más fácil de hacer, etc. De lo que no es capaz es de decidir cuál es preferible. Esa es una decisión que debe haber sido tomada antes de que el científico ponga los medios para ejecutarla.

El partidario de una utopía se ha inclinado ya por una cierta sociedad ideal. Como su decisión es contraria a otras y no puede haber tolerancia entre ellas, tendrá que renunciar a sus propósitos, persuadir a sus adversarios o aplastarlos.

Si no renuncia a sus propósitos y opta por persuadir a sus adversarios se encontrará con que la tarea es prácticamente imposible. Tendrá que extirpar sus opiniones de tal manera que consiga incluso borrar toda memoria de las mismas, para que no pueda haber un nuevo brote. Ante la dificultad insuperable de este método, el utopista tendrá que recurrir a la violencia. Será, pues, irracional también en el primer sentido que se ha indicado más arriba.

Pero esto es sólo el principio. Una utopía se fragua en un determinado momento histórico de cambio social, sufrimiento, fervor religioso, revolucionario, etc. Entonces se ofrece a los fieles un reino feliz concreto, hacia el cual echan todos a andar. Cuando el momento inicial ha pasado sucede a menudo que el reino feliz ya no lo es tanto, por lo que hay que diseñar uno nuevo y cambiar el sentido de la marcha. Si esto se repite varias veces más, como ha pasado frecuentemente en la historia, resultará que los fieles han hecho grandes sacrificios para encontrarse en el punto de partida o en otro mucho peor.

Si, pese a todo, el movimiento utópico sigue siendo vigoroso tendrá que utilizar a fondo la demagogia y la propaganda política para aniquilar al adversario y aplastar toda crítica. Pero entonces ya no será la sociedad ideal lo que se esté persiguiendo, sino las ideas que vayan saliendo de la cabeza de algún jefe convertido en un dios para sus seguidores y la utopía se habrá convertido en tiranía.

Se objetará, no obstante, que el ideal sigue siendo algo bueno en sí, independientemente de los abusos que se cometan en su nombre, pero es un error. Si es buena la idea de una humanidad feliz en el futuro, también es buena la de una humanidad feliz en el presente. ¿Por qué ésta ha de convertirse en un medio para un fin? ¿Por qué ha de ser sacrificada en aras de la otra?

Cuando el utopista responde que el presente es transitorio olvida que el futuro también lo es. Todas las edades y generaciones son en realidad transitorias y no hay una sola que sea definitiva, una a la que todas las demás debieran ser sacrificadas. Todas son iguales y ninguna es medio o fin para las demás. Luego la desdicha de una no puede ser compensada con la felicidad de otra.

Es, por tanto, un absurdo sacrificar el presente por el futuro, porque el futuro, cuando sea presente, también deberá ser sacrificado por otro futuro posterior, y así hasta el infinito. No hay, por tanto, un futuro detrás de todo futuro que esté aguardando a la humanidad, un reino definitivo de justicia a donde conducen los ríos de la historia. La humanidad no tiene más que presente. Su futuro lejano es, como el de todas las especies, la extinción.

¿Significa esto que debe renunciarse a los ideales? No, en absoluto; sólo que en lugar de dirigir la actividad hacia la consecución del bien, debe dirigirse hacia la eliminación del mal. Combatir la enfermedad, el analfabetismo, la pobreza, etc., es algo que puede hacerse por medios directos e inmediatos, sin necesidad de pergeñar una sociedad perfecta de imposible realización, que, además, tiene el efecto pernicioso de apartar a muchos hombres del trabajo concreto. Los males presentes son muy reales. La felicidad futura es irreal.

A quienes creen que la utopía es lo que da verdadero sentido a la actividad política, hay que responderles que o bien la utopía confiere sentido a la acción política en tanto que al menos algunos aspectos suyos determinan resultados prácticos políticos (“lo que es utópico hoy será algo real y efectivo mañana”), con lo que se querría decir que la utopía confiere sentido cuando no es utopía, o bien que da sentido a la vida de los hombres no en función de los resultados obtenidos, sino de su influencia tranquilizadora sobre ellos como algo que permite descargar tensiones, terrores o desesperanzas, y entonces la utopía sería el opio del pueblo, un autoengaño o una falsa conciencia. Si la vida tiene que tener sentido, este sentido debe ser racional y posible. Si se fijan objetivos irrealizables entonces los actos encaminados a alcanzar tales objetivos quedan privados de sentido.

Si es imposible fijar racionalmente un reino feliz para la humanidad, un estado de felicidad y paz perpetua para todos, no lo es determinar los males de nuestra sociedad y señalar lo que ha de hacerse para erradicarlos. Desconocemos el bien, pero conocemos el mal. Hemos de evitar y buscar aquél en la medida en que no ocasionemos un mal a nadie.

Fernández Rueda, Emiliano yGiménez Pérez, Felipe
Lecciones de filosofía: Bachillerato, cap. XVIII


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