La clase política

Gaetano Mosca [1]

Predominio de una clase dirigente sobre toda la sociedad

Entre las tendencias y hechos constantes que se encuentran en todos los organismos políticos, uno es tan obvio que es obvio a toda manifestación: en todas las sociedades, comenzando desde aquellas mediocremente desarrolladas y que apenas han arribado a lo primordial de la civilización, terminando por las más numerosas y más cultas, existen dos clases de personas, una de los gobernantes y la otra de los gobernados. La primera, que es siempre la menos numerosa, realiza todas las funciones políticas, monopoliza el poder y goza de las ventajas que ello trae consigo; mientras que la segunda, más numerosa, es dirigida y regulada por la primera, de un modo más o menos legal, ya más o menos arbitrario y violento, y ella la provee, al menos aparentemente, de los medios materiales de subsistencia y de aquellos que para la vitalidad del organismo político son necesarios.

En la vida práctica todos reconocemos la existencia de esta clase dirigente o clase política como en otra parte decidimos definirla[2]. Sabemos que en nuestro país[3] la dirección de la cosa pública está en manos de una minoría de personas influyentes, a la cual la mayoría concede, voluntaria o involuntariamente la dirección, y que lo mismo sucede en los países vecinos; y no sabemos de un mundo organizado en forma diferente, en el cual todos, igualmente y sin alguna jerarquía, estén sujetos a uno solo o todos en igualdad dirigiendo la cosa política. Si en teoría razonamos diferentemente, es en parte debido a los hábitos arraigados en nuestro pensamiento y en parte a la exagerada importancia que damos a dos fenómenos sociales, cuya apariencia es superior a la realidad.

El primero de estos fenómenos consiste en el hecho que en cada organismo político hay siempre una persona que es la cabeza de la jerarquía de toda clase política y que dirige aquello que se llama el timón del Estado. Esta persona no siempre es aquella que empuña legalmente el poder supremo; a veces, junto de el rey o del emperador hereditarios, hay un primer ministro o mayordomo más poderoso; otras veces, en lugar del presidente electo, gobernará el hombre político más influyente que procuró su elección. Bajo circunstancias especiales, puede haber, en lugar de una sola persona, dos o tres que desempeñan las funciones de suprema dirección.

El segundo fenómeno se explica con un hecho que es de fácil percepción: cualquiera que sea el tipo de organización social, las presiones provenientes del descontento de las masas que son gobernadas, de las pasiones con las que son agitadas, ejercen una cierta influencia sobre la acción de la clase política.

Pero el hombre que está a la cabeza del Estado ciertamente no podrá gobernar sin el apoyo de una clase numerosa para que sus órdenes sean seguidas y respetadas, y si él puede hacer sentir el peso de su potencia en uno o, al parecer, varios individuos de esa clase, no puede en verdad desplazarlo por completo o destruir otra clase, sin la cual su acción estada completamente paralizada.

Por otra parte, aceptando que el descontento de las masas lograra deponer a la clase dirigente, deberá necesariamente formarse, como más tarde mostraremos, en el seno de las masas mismas, otra minoría organizada que desempeñe el oficio de clase dirigente. Por el contrario, cualquier organización o cualquier estructura social, será destruida.

Lo que puede constituir la verdadera superioridad de la clase política, como objeto de investigación científica, es la importancia preponderante que su constitución variable tiene al determinar el tipo político y el grado de civilización de los diferentes pueblos. Estando de acuerdo con la manera de clasificar formas de gobierno, que aún está en boga, Turquía y Rusia son del todo monarquías absolutas. Inglaterra e Italia monarquías constitucionales y Francia y Estados Unidos, se encuentran en la categoría de repúblicas. Esta clasificación está basada sobre el hecho que, en los dos primeros países mencionados, la cabeza del Estado es hereditaria y nominalmente omnipotente, mientras que en los dos segundos, siendo hereditario, tiene facultades y atribuciones limitadas; en los dos últimos es elegido. La clasificación es obviamente superficial. Hay poco de común en las formas como Rusia y Turquía son políticamente controlados así como de diferencia en el grado de civilización y organización de las clases políticas de ambos países. Siguiendo este criterio, encontramos que el régimen de Italia monárquica es más análogo al de la Francia republicana, que al de Inglaterra, igualmente monárquica. Y hay diferencias importantes entre las organizaciones políticas de los Estados Unidos y Francia, aunque ambos países son repúblicas.

Como antes hemos sugerido, las formas habituadas de pensar están opuestas, y siguen oponiéndose en este punto, al progreso científico. La clasificación ya mencionada, que divide a los gobiernos en monarquías absolutas, monarquías limitadas y repúblicas, fue establecida por Montesquieu al intentar reemplazar las categorías clásicas de Aristóteles, quien dividió a los gobiernos en monarquías, aristocracias y democracias. Lo que Aristóteles llamó una democracia era sencillamente una aristocracia más amplia, y el mismo Aristóteles pudo observar en que cada Estado griego, fuera aristocrático o democrático, había siempre una o pocas personas que tenían una influencia preponderante. De Polibio a Montesquieu muchos autores han perfeccionado la clasificación aristotélica desarrollando la teoría de los gobiernos mezclados. Más tarde, la corriente democrática moderna, que tuvo su inicio en Rousseau, declara que la mayoría de los ciudadanos en un Estado puede y debe participar en su vida política; la teoría de soberanía popular, a pesar de que la ciencia moderna nos ha demostrado la coexistencia en cada organismo político de los principios democráticos, monárquicos y aristocráticos, sigue prevaleciendo en muchas mentes. No nos detendremos a refutar esta teoría, puesto que es el trabajo presente lo que pretende demostrar en su totalidad. Además, sería difícil destruir en unas cuantas páginas todo un sistema de ideas que se han arraigado firmemente en la mente humana; como acertadamente escribió Las Casas en La Vida de Cristóbal Colón: es mucho más difícil
no aprender que aprender.

Prevalencia de la minoría organizada sobre la mayoría

Pensamos que puede ser útil, sin embargo, responder a una objeción, la cual parece muy fácil desde nuestro punto de vista: Si es fácil comprender que un solo individuo no puede mandar a una masa, sin tener una minoría que lo sostenga, es mucho más difícil negar, como un hecho constante y natural, que las minorías gobiernan a las mayorías y no éstas a aquellas. Pero este es uno de los puntos, como tantos que se dan en todas las otras ciencias, en el cual la primera impresión de las cosas es contraria a lo que son en realidad. De hecho es fatal la prevalencia de una minoría organizada, que obedece a un único impulso, sobre la mayoría desorganizada, que se encuentra en una situación que llamaremos pasiva. La fuerza de esta minoría es irresistible frente a cada individuo de la mayoría, el cual se encuentra aislado ante la totalidad de la minoría organizada; al mismo tiempo se puede decir que ella se encuentra organizada por la razón de ser minoría. Cien hombres actuando uniformemente en concierto y entendiéndose unos con otros, triunfarán sobre mil que no estén de acuerdo y que, por tanto, pueden ser tratados de uno en uno; al mismo tiempo, será más fácil para los primeros actuar en concierto y tener una comprensión mutua, porque son cien y no mil. De este hecho se recaba fácilmente la consecuencia que, cuanto más grande es una comunidad política, menor será la proporción de la minoría gobernante respecto a la mayoría gobernada y tanto más difícil para esta mayoría será organizarse por reacción contra aquella.

Pero, además de la gran ventaja, que proviene de la organización, las minorías gobernantes generalmente están constituidas de manera que los individuos, que las forman, se distinguen de la masa de los gobernados por ciertas cualidades, que les dan superioridad material, intelectual y hasta moral; son también herederos de los individuos que poseyeron tales cualidades. En otras palabras, deben tener cualquier atributo, verdadero o aparente, que sea fuertemente apreciado y de mucho valor en la sociedad en la que viven.

Las fuerzas políticas y el valor militar

En la sociedad primitiva, que está en el primer estado de su organización, el valor militar es la cualidad que más fácilmente abre el acceso a la clase política dirigente. La guerra, que en las sociedades de civilización avanzada es un estado excepcional, puede ser considerada como normal en aquellas que están en el inicio de su desarrollo y en las cuales los individuos que muestran las mejores aptitudes en la guerra con facilidad obtienen supremacía sobre sus compañeros: los más valientes se convierten en jefes. El hecho es constante, pero las formas que puede asumir, en cada caso, son muy diversas.

Normalmente el dominio de la clase guerrera sobre una multitud pacífica se suele atribuir a una superposición de razas, a la conquista que un pueblo belicoso hace de otro relativamente no belicoso. En ocasiones, tal es realmente el caso: tenemos ejemplos en India después de las invasiones, en el Imperio Romano después de las invasiones germánicas, y en México después de la conquista azteca; pero más frecuentemente, en ciertas condiciones sociales, advertimos formarse una clase guerrera dominante donde no hay traza alguna de una conquista extranjera. Mientras que una horda viva exclusivamente de la cacería, todos los individuos pueden fácilmente convertirse en guerreros y se alzarán los líderes que tendrán naturalmente el predominio de la tribu, más no habrá la formación de una clase belicosa que explote y tutele, al mismo tiempo, a otra clase que está dedicada a labores pacíficas. Pero a medida que va rebasando el estado de cacería y entra al agrícola y pastoril, luego junto con un enorme incremento de población y una mayor estabilidad de la costumbre, puede nacer la división más o menos definitivamente en dos clases: una consagrada exclusivamente a la labor agrícola, la otra a la guerra. En este caso, es inevitable que la última adquiera poco a poco tal preponderancia sobre la primera, para poderla impunemente oprimir.

Polonia ofrece un ejemplo característico de la transformación gradual de la clase guerrera en clase absolutamente dominante. Originalmente los polacos tenían la misma organización de comunas rurales, como prevalecía entre los pueblos esclavos donde no había distinción alguna entre guerrero y agricultores, o sea, entre nobles y campesinos. Pero, después de que los polacos se establecieron en las extensas planicies donde fluyen el Vístula y el Niemen, comenzando a desarrollarse la agricultura y al mismo tiempo continuando la necesidad de guerrear contra vecinos belicosos, los jefes de las tribus o waiewodes se circundaron de un cierto número de individuos selectos, cuya ocupación especial era la de las armas. Estos guerreros estaban distribuidos entre las varias comunidades rurales y estaban exentos de deberes del campo, pero recibían su porción de los productos de la tierra, a los cuales, como los otros miembros de la comunidad, tenían derecho. En esos primeros tiempos su posición no era considerada muy deseable y los moradores del campo algunas veces renunciaban a la exención del trabajo agrícola, a fin de evitar ir a la guerra; pero, gradualmente, como este orden de cosas se hace estable, una clase se habituó al manejo de las armas y a la organización militar, mientras la otra se afanaba en el uso del arado y de la pala; los guerreros devinieron en nobles y patrones, mientras que los campesinos, otrora compañeros y hermanos, se convirtieron en villanos y siervos. Pronto los belicosos señores multiplicaron sus exigencias al punto que la parte que tomaban como miembros de la comunidad, se alargó hasta comprender todo el producto de la comunidad misma, menos lo que era absolutamente necesario para la subsistencia de los cultivadores; y cuando estos trataron de escapar a tales abusos, fueron constreñidos por fuerza a quedar atados a la tierra, asumiendo su situación todas las características de una verdadera y real servidumbre de la gleba.

En el curso de esta evolución, alrededor del año 1333, el Rey Casimiro el Grande trató en vano de detener la insolencia insoportable de los guerreros y, cuando los campesinos venían a quejarse de los nobles, se limitaba a preguntarles si no tenían piedras y palos. Más tarde, en 1537, la nobleza forzó a todos los burgueses de las ciudades a vender sus tierras, de manera que las propiedades de éstos no podían pertenecer sino a los nobles; al mismo tiempo, ejerció presión sobre el Rey para abrir negociaciones con Roma, con el fin de que en adelante solamente los nobles fueran admitidos al sacerdocio en Polonia, valiéndose de ello para excluir absolutamente de los cargos honoríficos y el status social a burgueses y campesinos[4].

Evolución análoga encontramos en Rusia. Los guerreros, que formaban la droujina o sea el séquito de los antiguos Kniaz o príncipes descendientes de Rurik, obtendrán para vivir una parte del producto del mir o comunidades rurales de las campesinas rurales. Poco a poco esta parte creció y, puesto que la tierra abundaba y los trabajadores escaseaban porque los campesinos preferían emigrar, el zar Boris Godounov, a fines del siglo XVI, dio el derecho a los nobles a retener por la fuerza a los campesinos en sus tierras, dando así origen a la servidumbre de la gleba. Sin embargo, las fuerzas armadas en Rusia nunca estuvieron compuestas exclusivamente de nobles: los moujiks o siervos iban a la guerra como soldados rasos de los miembros de la droujina y después, a fines del siglo XVI, Iván el Terrible constituyó, mediante los strelitzes, un cuerpo de tropa profesional, que sobrevivió hasta que Pedro el Grande lo sustituyó con regimientos organizados de acuerdo con el tipo europeo‐occidental, en los cuales los antiguos miembros de la droujina mezclados con extranjeros formaron el cuerpo de oficiales, mientras que los moujiks integraron por entero en contingente de soldados rasos[5].

En general, en todos los pueblos que han entrado recientemente al estadio agrícola y relativamente civilizado, encontramos constante el hecho que la clase por excelencia militar corresponde a la política dominante.

En ocasiones el uso de las armas está reservado exclusivamente a esta clase, como sucedió en la India y en Polonia. Más comúnmente sucede que los miembros de la clase gobernada pueden ser eventualmente enrolados, pero siempre como soldados rasos y en cuerpos de menor respeto; así, en Grecia, en la época de las guerras médicas, los ciudadanos pertenecientes a las clases más ricas e influyentes constituyeron el cuerpo selecto de caballería y de los hospitales y los menos ricos combatían como operadores de catapultas o como honderos, en tanto que los esclavos, o sea las masas de los trabajadores, fueron casi completamente exentados del manejo de las armas. Organización perfectamente análoga encontramos en la Roma republicana al final de la época de las guerras púnicas, inclusive a fines del gobierno de Mario, en la Galia en tiempos de Julio César, en la Europa latina y germánica en la Edad Media, en Rusia, conforme acabamos de explicar y entre otros muchos pueblos. César señala repetidamente que la columna vertical de los ejércitos Galos estaba constituida por caballeros reclutados de entre la nobleza. Sus Edui, por ejemplo, no pudieron resistir más a Ariovisto, después de que la mayor parte de su caballería había sido aniquilada en batalla.

La riqueza

Como en Rusia y en Polonia, como en la India y en la Europa medieval, en todas partes, la clase guerrera dominante adquiere casi en exclusividad la propiedad de la tierra, que en los países no muy civilizados es la principal fuente de la producción y la riqueza. A medida que la civilización va progresando, el valor de las tierras va aumentando. Con el crecimiento de la población suele crecer, al menos en cierta época, la rentabilidad en el sentido ricardiano, en gran parte porque se crean grandes centros de consumo que son o fueron constituidos en las capitales y otras grandes ciudades antiguas y modernas. Eventualmente, si otras circunstancias concuerdan, puede devenir una transformación social muy importante; la cualidad más característica de la clase dominante, más que el valor militar, viene a ser la riqueza: los gobernantes son los ricos, no los fuertes.

La principal condición necesaria para que esta transformación se produzca, es la siguiente: ocurre que la organización social se perfecciona y se concentra, de modo que la protección de la fuerza pública es considerablemente más eficaz que aquella de la fuerza privada. En otras palabras, que la propiedad privada sea suficientemente tutelada por la fuerza práctica y real de las leyes, de modo que resulte superflua la del propietario mismo. Esto se obtiene mediante una serie de graduales mutaciones en la estructura social que tiene por efecto cambiar el tipo de organización política, que nosotros conocemos por Estado Feudal, en otro tipo esencialmente diferente, que para nosotros será dominado Estado Burocrático. Por ahora podemos decir que la evolución a la cual hemos hecho referencia normalmente se facilita mucho por el progreso de costumbres pacíficas, por ciertos hábitos morales que la sociedad humana contrae a medida que avanza la civilización.

Una vez efectuada esta transformación, es cierto que, como el poder político ha producido la riqueza, también la riqueza produce el poder. En una sociedad ya un tanto madura, en la cual la fuerza individual es tenida bajo freno por la de la colectividad si los poderosos son ordinariamente los ricos, de otra parte, basta ser rico para convertirse en poderoso. Y en verdad, es inevitable que, cuando está prohibida la lucha a mano armada, mientras es permitido hacerlo con libras y peniques, los mejores puestos son inevitablemente conquistados por quienes están mejor provistos de libras y peniques.

Hay en verdad Estados de una civilización muy avanzada que están organizados sobre la base de principios morales de una índole tal, que parece excluir esta preponderancia de riqueza a la que hemos aludido. Pero este es uno de tantos casos en los cuales los principios teóricos no tienen sino una aplicación limitada en la realidad de las cosas. En los Estados Unidos de América, por ejemplo, todos los poderes influyen directa o indirectamente en las elecciones populares y, el sufragio es, en casi todos los Estados, universal; aún más, la democracia prevalece no sólo en las instituciones, sino hasta cierto punto también en las costumbres, y hay una cierta repugnancia de los ricos a entregarse ordinariamente a la vida pública y una cierta repugnancia de los pobres a escoger a los ricos para los cargos electivos. Pero esto no evita que el rico sea siempre más influyente que el pobre, puesto que puede utilizar la presión sobre los políticos que controlan la administración pública; no evita que las elecciones se hagan al campas de los dólares; que legislaturas locales completas y numerosas fracciones del Congreso no resista la influencia de las poderosas corporaciones ferroviarias y de los grandes valores de las finanzas[6].

Aunque en la China el gobierno no había aceptado el principio de elecciones populares, estaba fundado sobre una base esencialmente igualitaria; los grados académicos abrieron el acceso a los cargos públicos y estos grados se confirieron por exámenes, implicando un aparente resguardo contra la familia o la riqueza. De acuerdo con algunos autores, sólo peluqueros y ciertas clases de marinos incluyendo a sus hijos, fueron impedidos del derecho de competencia a los diversos grados del mandarinato[7]. Pero, aunque la clase adinerada de China era menos numerosa, menos rica, menos poderosa que la de Estados Unidos de América del presente, no es menos cierto que ha sabido notablemente modificar la escrupulosa aplicación de este sistema. No sólo fue la indulgencia de los examinadores, con frecuencia comprada con dinero, sino el gobierno mismo que en ocasiones vendía los grados académicos y permitía a las personas ignorantes, con frecuencia del estrato social más bajo, ocupar puestos públicos[8].

En relación con este argumento, debemos afirmar que, en todos países del mundo, otros medios de influencia social, como la notoriedad, gran cultura, conocimiento especializado, alto rango en la jerarquía eclesiástica, administrativa y militar, se adquieren siempre mucho más fácilmente por los ricos que por los pobres. Los primeros, invariablemente, tienen un camino más corto que recorrer, una vía notablemente más breve que la de los segundos, sin considerar que el trecho del camino, que el rico tiene dispensado, es frecuentemente el más áspero y difícil.

Las creencias religiosas y la cultura científica

En las sociedades en las cuales las creencias religiosas son muy fuertes y los ministros del culto forman una clase especial, se constituye casi siempre una aristocracia sacerdotal, que obtiene casi siempre una parte más o menos grande de la riqueza y del poder político. Tenemos ejemplos conspicuos de este hecho en cierta época del antiguo Egipto, en la India brahmánica y la Europa medieval. Con frecuencia los sacerdotes, que no sólo desempeñan oficios religiosos, poseen el conocimiento legal y científico, y representan la clase intelectual más elevada. Consciente o inconscientemente, las jerarquías sacerdotales con frecuencia manifiestan una tendencia a monopolizar el conocimiento y obstaculizan la difusión de los métodos y los procedimientos que hacen posible y fácil el aprendizaje. Se puede en verdad sospechar que a esta tendencia se debe, al menos en parte, la muy lenta difusión del alfabeto demótico en el antiguo Egipto, infinitamente más simple y fácil que la escritura jeroglífica. Los druidas en Galia conocían el alfabeto griego, pero no permitían que el copioso caudal de su literatura fuera escrito, obligando a sus alumnos al aprendizaje de memoria. Al mismo punto de vista puede ser atribuido el tenaz y frecuente uso de las lenguas muertas, que encontramos en la antigua Caldea, en la India y en la Europa medieval. Algunas veces, en fin, como era el caso en la India, las clases más bajas han sido explícitamente prohibidas de adquirir los conocimientos de los libros sagrados.

La noción sagrada y la cultura verdaderamente científica, exentas de cualquier aureola sagrada o religiosa se convierten en fuerzas políticas importantes sólo en un estado muy avanzado de civilización y, sólo entonces se abre el acceso a la clase gobernante para aquellos que lo poseen. Pero en este caso, hay que tener presente que no es tanto el conocimiento en sí el que tiene valor político, como las aplicaciones prácticas que se pueden hacer del mismo para provecho del público o del Estado. Algunas veces no se requiere sino poseer los procesos mecánicos indispensables para la adquisición de una cultura superior porque es más fácil constatar y mesurar la pericia que un candidato ha podido adquirir. Así, en ciertas épocas del antiguo Egipto, la profesión de escriba conducía a los cargos públicos y al poder, tal vez porque aprender la escritura jeroglífica requería largo y paciente estudio; en la China moderna, el conocimiento de los numerosos caracteres en la escritura china a formado la base de la cultura del mandarín[9].

En la Europa del presente y en América, la clase que aplica los avances de la ciencia moderna a la guerra, a la administración pública, a las obras y a la sanidad pública, ocupa una posición políticamente relevante y, en nuestro mundo occidental, como en la antigua Roma, absolutamente privilegiada es la condición de los abogados que conocen la legislación complicada, común a todos los pueblos de la antigüedad civilizada, máxime aquellas nociones jurídicas que acopian aquel género de elocuencia que más encuentra el gusto de los propios contemporáneos.

No faltan ejemplos en los cuales vemos que, a la fracción más encumbrada de la clase política, la larga práctica de regir el organismo civil y militar de la comunidad hace nacer y desarrollar un verdadero arte de gobierno, superior al tosco empirismo y a todo aquello que sugiere la mera experiencia individual. En tales circunstancias se constituyen aristocracias de funcionarios, como el Senado romano, el veneciano y, hasta cierto punto, la aristocracia Inglesa, misma que han inspirado la admiración a John Stuart Mill, y que ciertamente han desarrollado gobiernos que se distinguieron por políticas cuidadosamente consideradas y por la gran firmeza y sagacidad en su ejecución. Este arte ciertamente no es la Ciencia Política, pero ha precursado sin duda la aplicación de algunos de sus postulados: sin embargo, en relación con esto, sobre alguna afirmación de que cierta clase de personas han estado durante largo tiempo en posesión de las funciones políticas, creemos que su conocimiento no había servido más como criterio ordinario para abrir el acceso a las mismas, cuando su posición social no omitiera la exclusividad de los cargos públicos.

El grado de dominio del arte de gobernar que un individuo ostenta es, salvo casos excepcionales, una cualidad muy difícil de constatar, si la persona no ha dada una demostración práctica de poseerlo.

La influencia de la herencia en la clase política

En ciertos países encontramos castas hereditarias; la clase gobernante está definitivamente restringida a un cierto número de familias y el nacimiento es el único criterio que determina la entrada a la clase o la exclusión de la misma. Los ejemplos de estas castas hereditarias son muy comunes y no hay prácticamente ningún país de antigua civilización que, en una época determinada de su historia, no las haya tenido. Encontramos noblezas hereditarias durante ciertos periodos en la China, en el antiguo Egipto, en la India, en la Grecia anterior a las guerras médicas, en la Roma antigua, entre los esclavos, entre los latinos y los germanos de la Edad Media, en México en la época de la conquista de América y en Japón hasta hace pocos años atrás.

A este propósito debemos considerar dos observaciones: la primera es que todas las clases políticas tienden a convertirse de hecho en hereditarias: Todas las fuerzas políticas poseen como cualidad, lo que en física se llama la fuerza de inercia, la tendencia a permanecer en un punto y en el estado en el cual se encuentran. El valor militar y la riqueza fácilmente, por tradición moral y material, se mantienen en ciertas familias; la práctica de los grandes cargos, los hábitos y la aptitud al tratar los asuntos de importancia se adquieren más fácilmente cuando desde pequeño se tiene con ello familiaridad. Aún cuando los grados académicos, la cultura científica, las aptitudes especiales probadas por medio de exámenes y de concursos, abren al camino a los cargos públicos, no se destruye la ventaja especial a favor de algunos, a quienes los franceses definen como la ventaja de positions déjà prises, y en realidad, aunque los exámenes y concursos sean teóricamente abiertos a todos, la mayoría nunca tiene los recursos para poder sufragar los gastos de una larga preparación y otros muchos se encuentran sin las relaciones y los parentescos por los cuales un individuo es puesto de súbito en la via buona y se evita los titubeos y los tropiezos que son inevitables cuando se entra a un ambiente desconocido, en el cual no se tiene guía ni apoyo.

El principio democrático de elección por un sufragio de bases amplias parecería a primera vista estar en contradicción con la tendencia hacia la estabilidad de la clase política, tal como lo habemos asentado. Pero cabe observar que los candidatos tienen éxito en las elecciones democráticas casi siempre son aquellos que las fuerzas políticas que hemos ya enunciado y que con mucha frecuencia son hereditarias. En los parlamentos inglés, francés e italiano, vemos frecuentemente a los hijos, los nietos, los hermanos, los sobrinos, los yernos y los parientes de diputados y ex‐diputados.

La segunda observación consiste en esto: que, cuando vemos en un país establecerse una casta hereditaria que monopoliza el poder político, se puede estar seguro que un status de jure fue precedido por un status de facto. Antes de proclamar su derecho exclusivo y hereditario al poder, las familias o castas poderosas debieron tener bien sólido en sus manos el bastón del mando, debiendo monopolizar absolutamente todas las fuerzas políticas de la época y del pueblo en el cual se afirmaron; de otra forma una pretensión de éste género hubiera suscitado protestas y luchas sangrientas.

De acuerdo con esto, diremos que las aristocracias hereditarias con frecuencia han argumentado orígenes sobrenaturales o por lo menos diferentes y superiores a aquellos de las clases gobernadas. Tales pretensiones se explican como un hecho social muy importante, es decir, que toda clase gobernante tiende a justificar su poder de hecho apoyándolo en un principio moral de orden general. Recientemente la misma clase de pretensión se ha presentado con el apoyo de un investimento científico. Algunos escritores, desarrollando y amplificando la teoría de Darwin, creen que las clases superiores representan un grado más elevado, la evolución social y que esas clases son por constitución orgánica mejor que las inferiores; Gumplowicz, ya citado, va más allá y sostiene netamente el concepto de las divisiones de los pueblos en clases profesionales, fundado en los países de moderna civilización sobre una heterogeneidad[10].

Es muy notorio en la historia, cómo las cualidades, lo mismo que los defectos especiales, unos y los otros muy acentuados, han mostrado que las aristocracias han permanecido perfectamente cerradas y normalmente han tenido, por tanto, un espíritu muy exclusivo. El antiguo patriarcado romano y las modernas noblezas inglesa y alemana, dan una pronta idea del tipo a que nos referimos. Pero al tratar este hecho, con las teorías que tienden a exagerar su significado, siempre se puede obtener la misma objeción: que los individuos que pertenecen a estas aristocracias deben sus cualidades especiales no tanto a la sangre que fluye en sus venas, cuanto por la muy particular educación que han recibido y que ha desarrollado en ellos ciertas tendencias intelectuales y morales, a preferencia de otras.

Entre todos los factores que figuran en la jerarquización social, la superioridad intelectual es la que menos relación tiene con la herencia. Los hijos de hombres con gran inteligencia frecuentemente tienen mediocres talentos. Esa es la razón por la cual las aristocracias hereditarias nunca han defendido su gobierno solamente sobre la base de una superioridad intelectual, sino más bien cimentadas en las superioridades de carácter y riqueza.

Se dice que puede ser suficiente explicar la peculiaridad de las aptitudes meramente intelectuales, más no aquellas de carácter moral, como fuente de la fuerza de voluntad, el valor, el orgullo y la energía de carácter. Pero la verdad es que la posición social, la tradición de familia, los hábitos de la clase en la cual vivimos, contribuyen al mayor o menor desarrollo de las cualidades mencionadas, más de lo que comúnmente se cree, Así, observando atentamente a las individuos que han cambiado de posición social, sea para bien o para mal, y que se encuentran en consecuencia en un ambiente diferente de aquel al que estaban acostumbrados, podemos fácilmente afirmar que sus aptitudes intelectuales se han modificado mucho menos sensiblemente que las morales. Independientemente de la mayor amplitud de visión que el estudio y el conocimiento aportan a cualquiera que no sea absolutamente un estúpido, todo individuo, sea un simple secretario o se convierta en ministro, que alcance el rango de sargento o el de general, sea millonario o pordiosero, se mantiene inevitablemente en el nivel intelectual que la naturaleza le ha dado. Aún más, con los cambios de la posición social y de la riqueza, podemos fácilmente ver al orgulloso devenir en humilde y la servidumbre cambiarse en arrogancia; un carácter franco y enérgico, constreñido por la necesidad, aprende a mentir o por lo menos a disimular; y quien se arraiga largamente en simular y mentir, puede adoptar una franqueza sedicente e inflexibilidad de carácter. Es pura verdad que quien de lo alto viene a lo bajo, frecuentemente adquiere fuerza de resignación, de sacrificio y de iniciativa; como es verdad también, en quien de lo bajo se alza a lo alto se conserva el sentimiento de la justicia y de la equidad. En suma, si se muta, para bien o para mal, debe ser excepcionalmente temperado aquel individuo que, cambiando notablemente de posición social, conserve inalterable el propio carácter. Decía Mirabeau que para cualquier hombre, una gran elevación en la escala social produce una crisis que cura los males que tiene y le crea algunos que antes no tenía[11].

El valor guerrero, la energía en el ataque, la capacidad de resistencia, son cualidades que, normal y extensamente, son condiciones creídas como monopolio de las clases superiores. Ciertamente grande puede ser la diferencia natural y, lo diremos así, innata, entre un individuo y otro; pero, más que nada, son las tradiciones y el habituamiento a los ambientes lo que mantienen en lo alto, en lo bajo o en medio, a cualquier categoría numerosa de seres humanos. Cuando generalmente nos familiarizamos con el peligro o mejor, entonces con cierto peligro, las personas con las cuales convivimos hablan de él con indiferencia y permanecen calmadas e imperturbables delante del mismo. De hecho muchos alpinistas y marineros, que son por naturaleza tímidos, afrontan impávidos los peligros de los abismos y los relativos al mar, y así las poblaciones y las clases acostumbradas a la guerra mantienen las virtudes militares en su más alto nivel.

Tan verídico es que aun las poblaciones y clases sociales ordinariamente ajenas a las armas, adquieren rápidamente las virtudes militares porque los individuos que las integran son incorporados a ciertos núcleos donde el valor y el atrevimiento son tradicionales; porque son, si cabe la metáfora, fundidos en crisoles humanos fuertemente empapados de aquellos sentimientos de modo que es posible transmitírselos. Mahoma II reclutó sus terribles jenízaros principalmente entre niños que habían robado a los degenerados griegos de Bizancio; el tan despreciado labriego egipcio, desacostumbrado por largos siglos a la guerra y habituado a permanecer humilde e inútil bajo el bastón de los opresores, llegó a ser buen soldado cuando Nehemet‐Ali lo mezcló con los regimientos turcos y albaneses. La nobleza francesa siempre ha gozado de reputación por su brillante valor, pero a fines del siglo dieciocho esta cualidad no era igualmente atribuida a la burguesía del mismo país: Sin embargo, las guerras de la República y del Imperio demostraron ampliamente que la naturaleza había sido igualmente pródiga de valor para todos los habitantes de Francia y que tanto la plebe como la burguesía suministraron buenos soldados, que hasta entonces se creían privilegio exclusivo de los nobles como excelentes oficiales. Del resto de las afirmaciones de Gumplowicz acerca de la diferenciación de las clases sociales que dependen máximamente de la variedad étnica, merecen por lo menos ser probadas: en contra de estas afirmaciones muchos hechos se pueden aducir fácilmente; son tan obvios: frecuentemente las ramas de una misma familia pertenecen a clases sociales muy diferentes.

Periodos de estabilidad y renovación de la clase política

Finalmente, estando adheridos a la idea de aquellos que sostienen la fuerza exclusiva del principio hereditario en la formación de la clase política, deberíamos ser llevados a una conclusión similar a la que habíamos anotado en la primera parte de nuestro trabajo: la historia política de la humanidad debería ser mucho más simple de lo que es. Si verdaderamente la clase política perteneciera a una raza diferente o si sus cualidades de dominación se transmitieran principalmente por medio de la herencia orgánica, no se entenderla por qué, una vez formada esta clase, ella podría decaer o perder el poder. Las cualidades peculiares de la raza son sumamente tenaces y, adhiriéndonos a la teoría de la evolución, las aptitudes adquiridas por los padres son innatas en sus hijos y con la sucesión de generaciones se va siempre afinando. Por tanto, los descendientes de los dominadores debieron convertirse siempre en más aptos para el dominio y las otras clases debieron más y más ver remotas sus posibilidades de medirse con ellos y sustituirlos. Ahora la más común experiencia basta para estar seguros que las cosas no van precisamente así.

Nosotros vemos que apenas se desajustan las fuerzas políticas, si nuevas fuerzas nacen, si las antiguas pierden importancia o si se produce un cambio en su distribución, cambia también la manera como la clase política está formada. Si una nueva fuente de la riqueza se desarrolla en una sociedad, si la importancia práctica de los conocimientos crece, si la antigua religión decae o nace una nueva, si una nueva corriente de ideas se difunde, simultáneamente ocurren fuertes dislocaciones en la clase gobernante. Se puede decir así, que toda la humanidad civilizada se resume en la lucha entre la tendencia que tienen los elementos dominantes que monopolizan el poder político y transmiten hereditariamente la posesión a sus sucesores, y la tendencia que existe contra la dislocación de estas fuerzas y la afirmación de fuerzas nuevas que producen un continuo fermento de endósmosis entre las clases altas y algunas fracciones de las clases bajas. Las clases políticas decaen inevitablemente cuando no pueden más ejercer la cualidad por la cual arribaron al poder o éste perdió su importancia en los ambientes en los cuales viven: así decayó la aristocracia romana cuando ya no fue más la fuente exclusiva de los altos oficiales del ejército, de los administradores de la república, de los gobernadores de las provincias; así decayó la veneciana cuando sus patricios no comandaron más las galeras y ya no pasaron más la mayor parte de sus vidas navegando, comerciando y combatiendo.

En la naturaleza inorgánica tenemos el ejemplo del aire, en el cual la tendencia hacia la inmovilidad, producida por la fuerza de inercia, está continuamente combatida por la tendencia al cambio, consecuencia de la desigualdad en la distribución del calor. Las dos tendencias, prevaleciendo por turnos en las diversas regiones de nuestro planeta, van produciendo ahora la calma, ahora el viento, ahora la tormenta. Sin pretender encontrar alguna analogía sustancial entre este ejemplo y los fenómenos sociales, sólo citándose como fácil parangón formal, observamos que, en la sociedad humana, prevalece ahora la tendencia que produce la clausura, la inmovilidad, la cristalización, por así decirlo, de la clase política, aquello que tiene por consecuencia su más o menos rápida renovación.

Las sociedades del Oriente, que nosotros consideramos estacionarias, en realidad no lo han siempre estado, porque de otra forma, como ya lo hemos señalado, no habrían podido hacer los progresos de los cuales nos han dejado irrefutables testimonios. Es mucha más exacto decir que llegamos a conocerlos cuando estaban en un periodo de cristalización de sus fuerzas y clases políticas. Lo mismo ocurre en aquella sociedad que comúnmente llamamos decrépita, en la cual las creencias religiosas, la cultura científica, los métodos de producción y distribución de la riqueza no han tenido por siglos algún cambio radical, y que no han sido perturbados en su curso cotidiano por infiltraciones materiales e intelectuales de elementos extranjeros. En esta sociedad, las fuerzas políticas son siempre las mismas, la clase que las posee mantiene el poder indisputado, se perpetúa en ciertas familias y la inclinación a la inmovilidad se generaliza hacia todos sus estratos sociales.

Es así que en la India vemos el régimen de las castas estabilizarse rigurosamente después de que fue sofocado el Budismo. Así vemos que en el antiguo Egipto los griegos encontraron castas hereditarias, pero sabemos que en los periodos de esplendor y renovación de la civilización egipcia la herencia de los oficios y las condiciones sociales no existía. Poseemos un documento egipcio que resume la vida de un alto oficial del ejército que vivió durante el periodo de la expulsión de los Hicsos y que había empezado su carrera como un simple soldado. Otros documentos muestran casos en los cuales el mismo individuo servía sucesivamente en el ejército, en la administración civil y en el sacerdocio[12].

Pero el ejemplo más conocido y quizá más importante de una sociedad que tiende a cristalizarse, la tenemos en el periodo de la historia romana que por costumbre es llamado el Bajo Imperio y en el cual, después de algunos siglos de inmovilidad social casi completa, observamos la más neta separación entre dos clases: una de grandes propietarios e importantes funcionarios, la otra de siervos, colonos, plebeyos; y lo que es más notable, la estabilidad fluía más de la costumbre que de la ley y la herencia de los oficios y de las condiciones sociales fue en aquella época rápidamente generalizada[13].

Mas puede suceder al contrario, y sucede algunas veces en la historia de las naciones, que el comercio con pueblos extranjeros, la necesidad de emigrar, los descubrimientos, las guerras, crean nueva pobreza y riqueza nueva, difundiendo conocimientos ya antes conocidos, produciendo infiltraciones de nuevas corrientes morales, intelectuales y religiosas. Puede acontecer que, por lenta elaboración interna o por efecto de esta infiltración o por ambas causas, surja una ciencia nueva o retorne en uso los resultados de la antigua que había estado olvidada, o que las nuevas ideas o las nuevas creencias alteren las costumbres sobre las cuales se fundaba la obediencia de la masa. La clase política puede también ser aniquilada y destruida en todo o en parte por invasiones extranjeras o, cuando se producen las circunstancias antes mencionadas, pueden entonces ser desalojadas por el impacto de nuevos estratos sociales fortalecidos por nuevas fuerzas políticas. Es natural entonces que advenga un periodo de renovación o, si se prefiere definirlo así, de revolución, durante el cual las energías individuales tienen un juego libre y algunos individuos más apasionados, más activos, más intrépidos y astutos, pueden desde la base de la escala social abrirse la vía hacia los grados más elevados.

Este movimiento, una vez iniciado, no se puede todo y de momento refrenar; el ejemplo de los individuos que, partiendo de nada han alcanzado posiciones prominentes, estimulan nuevas ambiciones, nuevas avaricias, nuevas energías, y el renovamiento molecular de la clase política se mantiene activo hasta que un largo periodo de estabilidad social vuelve a apaciguarlo. Casi no necesitamos citar ejemplos con tales periodos de renovación, porque en nuestra época seria superfluo. Recordaremos, por tanto, que en los países de reciente colonización el fenómeno de la rápida renovación de las clases políticas es muy frecuente y muy impresionante. Cuando la vida social comienza en tales países no hay una clase dirigente y, durante el periodo en el cual se constituye, es natural que el ingreso a la misma resulta más fácil. El monopolio de la tierra y de otros medios de producción viene a ser, si no del todo imposibles, en cierto modo difícil. Tal es el por qué, cuando menos durante cierta época, los griegos ofrecían un amplio escape para todas las energías y empresas de la Hélade; tal es el por qué en los Estados Unidos de América, donde la colonización de las nuevas tierras ha durado por todo el siglo diecinueve y las nuevas industrias estuvieron continuamente surgiendo, los self-made men eran entonces muy frecuentes, se ha contribuido a mantener la ilusión de que la democracia es una realidad.

Ahora, suponiendo que del estado febril una sociedad va pasando al de la calma, puesto que las tendencias psicológicas del hombre son siempre las mismas, aquellos que son parte de la clase política van adquiriendo un espíritu de cuerpo y, por tanto, el arte de monopolizar en su ventaja las cualidades y aptitudes necesarias para acceder al poder y para mantenerlo; al final, con el tiempo, se forma la fuerza conservadora por excelencia, la fuerza de la costumbre, por la cual los muchos se resignan a estar en la base y los miembros de cierta familia o clase privilegiada adquieren la convicción que para ellos es casi un derecho absoluto el estar en lo alto y en el mando.

Un filántropo estaría seguramente tentado a indagar si la humanidad es más feliz o menos infeliz, cuando se encuentra en un periodo de calma y cristalización social, en el que todo mundo debe casi fatalmente permanecer en el grado de la jerarquía social, en el cual nació, o cuando atraviesa el periodo perfectamente opuesto de renovación y revolución que permite a todos aspirar a los grados más excelsos y a algunos, incluso, ocuparlos. Una simple indagación sería difícil, y debiéramos tener con ella respuestas de muchas condiciones y excepciones y, necesariamente, éstas serían siempre influenciadas por el gusto individual del observador. Por ello nosotros nos guardamos bien de darla; mucho más, aunque pudiéramos obtener un resultado indiscutible y seguro. Aquello que los filósofos y los teólogos llaman libre albedrío, o sea la opción espontánea de los individuos, ha tenido hasta ahora, y tal vez para siempre, poco o casi nula influencia en apresurar el fin o el principio de uno de los periodos históricos mencionados.


[1] Este ensayo es la reproducción del cap. 11 de la obra Elementi di Scienza Politica de
Gaetano Mosca de su versión original del italiano de 1896.
[2] Mosca, Teorice del Governo Parlamentare, cap. 1.
[3] Mosca se refiere a Italia. (N. del E.)
[4] Micklewics Staves. cap. IV. p. 376-80 Histoire Populaire de Pologne, I-II.
[5] Leroy, Beaulieu, L’empire des Tzars et les Russes, vol. 1, p 338.
[6] Janes. Le instituzioni Politiche e Sociali degli Stati Uniti D’Americe. Parte 11, cap. X.
[7] Housset. A TRAVERS LA CHINE.
[8] Mas y Sans. La Chine et les Puissances chrétiennes. vol. II, pp. 332·334; Huc. L’Empire Chinois.
[9] Esto era verdad hasta hace unos cuantos años, cuando el examen de un mandarín versaba sobre disciplina literaria e histórica.
[10] Der Rassenkampf. Este concepto se recaba de todo el espíritu de la obra, pero está explícitamente formulado en el libro II, Cap. XXXIII.
[11] Correspondance entre le comte de Mirabeau et le comte de la Marck, vol. 11 p.228.[12] Lenormant, Maspero, Brugsh.
[13] Mommsen et Marquardt. Manuel des antiquités romaines; Fustel de Coulanges, Nouvelles Recherches Sur Quelques Problèmes D’Histoire.


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