Nietzsche: la razón en la filosofía

En este texto, extraído de El Crepúsculo de los Idolos, Nietzsche destaca como uno de los rasgos más señalados del discurso filosófico occidental, desde los albores del pensamiento griego hasta el siglo XIX, el afán de comprender el mundo por el procedimiento analítico de reducción de los problemas a sus componentes últimos. Esos componentes son los llamados primeros principios o “conceptos supremos”, tal es la expresión utilizada en el texto, los cuales, por razón de su universalidad y generalidad, se convierten en los más vacíos, “el último humo -dice Nietzsche- de una realidad que se evapora”.

Detrás de esa pretensión secular de la filosofía se halla la convicción de que el variable y abigarrado mundo que se nos ofrece a los sentidos no representa la auténtica realidad, que ésta se encuentra oculta y es inaccesible para aquéllos, pero no así para la razón. El entendimiento humano está ciertamente provisto de un sistema de conceptos que permiten a aquél descubrir la verdad que  encierran todas las cosas. La realidad es, por tanto, como dirá Hegel, de orden racional, lo cual es tanto como decir que lo real reside en los conceptos, que no son sino abstracciones y por ello serían “lo último”, según Nietzsche, lo más alejado del hombre concreto, pero para la filosofía son “lo primero”.

En efecto, son lo primero en el orden ontológico, es decir, son lo más real, lo auténticamente real. Así, si decimos, como afirmaba Demócrito, que todo está compuesto de átomos, el concepto “átomo” constituye la verdadera realidad de lo que existe, es lo primero en el orden del ser: puesto que todo lo que existe se reduce a los átomos, por mucho que las cosas tal como las vemos dejen de existir, siempre quedará esa materia que son los átomos.

Todos estos conceptos, como el Ser de Parménides, las Ideas de Platón, los átomos de Demócrito o el concepto de Dios del pensamiento cristiano son considerados supremos porque no pueden provenir de otra cosa, no devienen, son causa de sí mismos, causa sui. ¿Qué puede haber detrás de Dios, por ejemplo? El mundo es un efecto, una consecuencia de ese ens realissimum, pero Dios no es efecto de causa anterior alguna. El es la primera causa. Y lo mismo debe decirse de los restantes conceptos supremos.

Nietzsche no se limita a exponer sin más lo que ha sido la historia de la filosofía. Tampoco intenta desmontar los diferentes sistemas filosóficos con las armas de la pura razón. Su propósito va más allá, pues, adoptando la posición del psicólogo, se propone desenmarscarar las intenciones ocultas de “esos enfermos tejedores de telarañas” que son los filósofos. Lo que hay detrás de esa actividad intelectual no es otra cosa que el miedo a la vida y lo que ésta entraña, a saber, dolor, lucha, destrucción, crueldad e incertidumbre. El ejemplo primero y más depurado es Sócrates, un ser extraordinariamente enfermo de su lado instintivo y extraordinariamente hipertrofiado de su lado racional. Sócrates concibe la muerte del hombre como una liberación del alma racional e inmortal, del pesado lastre que supone el cuerpo, cárcel y prisión para aquélla, que sólo a partir de la muerte podrá dedicarse enteramente a filosofar.

Nietzsche arremete sin miramientos contra el racionalismo omnipresente de la historia de la filosofía, origen del nihilismo en el que se halla sumida Europa, y propugna contra la razón la defensa de la vida, que pasa a ser la realidad primera, lo único real. La vida es para Nietzsche la expresión de una pluralidad de pulsiones, de un conjunto de fuerzas en lucha incesante por prevalecer. La vida así concebida por este filósofo representa lo primitivo, la bestia que hay en todos nosotros. Por eso su filosofía ha sido calificada de vitalista e irracional. La expresión que Nietzsche utiliza para referirse a ese despliegue de fuerzas que es la vida se conoce con el nombre de voluntad de poder.


‘La “razón” en la filosofía’

1

Me pregunta usted qué cosas son idiosincrasia en los filósofos?… Por ejemplo, su falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir, su egipticismo. Ellos creen otorgar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, sub specie aeterni [desde la perspectiva de lo eterno], cuando hacen de ella una momia. Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales; de sus manos no salió vivo nada real. Matan, rellenan de paja, esos señores idólatras de los conceptos, cuando adoran, ‑ se vuelven mortalmente peligrosos para todo, cuando adoran. La muerte, el cambio, la vejez, así como la procreación y el crecimiento son para ellos objeciones, ‑ incluso refutaciones. Lo que es no deviene; lo que deviene no es… Ahora bien, todos ellos creen, incluso con desesperación, en lo que es. Mas como no pueden apoderarse de ello, buscan razones de por qué se les retiene. “Tiene que haber una ilusión, un engaño en el hecho de que no percibamos lo que es: ¿dónde se esconde el engañador? ‑ “Lo tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensibilidad! Estos sentidos, que también en otros aspectos son tan inmorales, nos engañan acerca del mundo verdadero. Moraleja: deshacerse del engaño de los sentidos, del devenir, de la historia [Historie], de la mentira, ‑ la historia no es más que fe en los sentidos, fe en la mentira. Moraleja: decir no a todo lo que otorga fe a los sentidos, a todo el resto de la humanidad: todo él es “pueblo”. ¡Ser filósofo, ser momia, representar el monótono‑teísmo con una mímica de sepulturero! ‑ ¡Y, sobre todo, fuera el cuerpo, esa lamentable idée fixe [idea fija] de los sentidos!, ¡sujeto a todos los errores de la lógica que existen, refutado, incluso imposible, aun cuando es lo bastante insolente para comportarse como si fuera real! … “

2

Pongo a un lado, con gran reverencia, el nombre de Heráclito. Mientras que el resto del pueblo de los filósofos rechazaba el testimonio de los sentidos porque éstos mostraban pluralidad y modificación, él rechazó su testimonio porque mostraban las cosas como si tuviesen duración y unidad. También Heráclito fue injusto con los sentidos. Estos no mienten ni del modo como creen los eléatas ni del modo como creía él, ‑ no mienten de ninguna manera. Lo que nosotros hacemos. de su testimonio, eso es lo que introduce la mentira, por ejemplo la mentira de la unidad, la mentira de la coseidad, de la sustancia, de la duración… La “razón” es la causa de que nosotros falseemos el testimonio de los sentidos. Mostrando el devenir, el perecer, el cambio, los sentidos no mienten… Pero Heráclito tendrá eternamente razón al decir que el ser es una ficción vacía. El mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero” no es más que un añadido mentiroso…

3

‑¡Y qué sutiles instrumentos de observación tenemos en nuestros sentidos! Esa nariz, por ejemplo de la que ningún filósofo ha hablado todavía con veneración y gratitud, es hasta este momento incluso el más delicado de los instrumentos que están a nuestra disposición: es capaz de registrar incluso diferencias mínimas de movimiento que ni siquiera el espectroscopio registra. Hoy nosotros poseemos ciencia exactamente en la medida en que nos hemos decidido a  aceptar el testimonio de los sentidos, ‑ en que hemos aprendido a seguir aguzándolos, armándolos, pensándolos hasta el final. El resto es un aborto y todavía‑no‑ciencia: quiero decir, metafísica, teología, psicología, teoría del conocimiento. 0 ciencia formal, teoría de los signos: como la lógica, y esa lógica aplicada, la matemática. En ellas la realidad no llega a aparecer, ni siquiera como problema; y tampoco como la cuestión de qué valor tiene en general ese convencionalismo de signos que es la lógica.‑

4

La otra idiosincrasia de los filósofos no es menos peligrosa: consiste en confundir lo último y lo primero. Ponen al comienzo, como comienzo, lo que viene al final ‑¡por desgracia!, ¡pues no debería siquiera venir!‑ los “conceptos supremos”, es decir, los conceptos más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora. Esto es, una vez más, sólo expresión de su modo de venerar: a lo superior no le es lícito provenir de lo inferior, no le es lícito provenir de nada… Moraleja: todo lo que es de primer rango tiene que ser causa sui [causa de sí mismo]. El proceder de algo distinto es considerado como una objeción, como algo que pone en entredicho el valor. Todos los valores supremos son de primer rango, ninguno de los conceptos supremos, lo existente, lo incondicionado, lo bueno, lo verdadero, lo perfecto ‑ ninguno de ellos puede haber devenido, por consiguiente tiene que ser causa sui. Mas ninguna de esas cosas puede ser tampoco desigual una de otra, no puede estar en contradicción consigo misma… Con esto tienen los filósofos su estupendo concepto “Dios”… Lo último, lo más tenue, lo más vacío es puesto como lo primero, como causa en sí, como ens realissimum [ente realísimo]… ¡Que la humanidad haya tenido que tomar en serio las dolencias cerebrales de unos enfermos tejedores de telarañas! ‑ ¡Y lo ha pagado caro! …

5

‑ Contrapongamos a esto, por fin, el modo tan distinto como nosotros (‑digo nosotros por cortesía … ) vemos el problema del error y de la apariencia. En otro tiempo se tomaba la modificación, el cambio, el devenir en general como prueba de apariencia, como signo de que ahí tiene que haber algo que nos induce a error. Hoy, a la inversa, en la exacta medida en que el prejuicio de la razón nos fuerza a asignar unidad, identidad, duración, sustancia, causa, coseidad, ser, nos vemos en cierto modo cogidos en el error, necesitados al error; aun cuando, basándonos en una verificación rigurosa, dentro de nosotros estemos muy seguros de que es ahí donde está el error. Ocurre con esto lo mismo que con los movimientos de una gran constelación: en éstos el error tiene como abogado permanente a nuestro ojo, allí a nuestro lenguaje. Por su génesis el lenguaje pertenece a la época de la forma más rudimentaria de psicología: penetramos en un fetichismo grosero cuando adquirimos consciencia de los presupuestos básicos de la metafísica del lenguaje, dicho con claridad: de la razón. Ese fetichismo ve en todas partes agentes y acciones: cree que la voluntad es la causa en general, cree en el “yo”, cree que el yo es un ser, que el yo es una sustancia, y proyecta sobre todas las cosas la creencia en la sustancia‑yo  ‑así es como crea el concepto “cosa”… El ser es añadido con el pensamiento, es introducido subrepticiamente en todas partes como causa; del concepto “yo” es del que se sigue, como derivado, el concepto “ser”… Al comienzo está ese grande y funesto error de que la voluntad es algo que produce efectos,‑ de que la voluntad es una facultad… Hoy sabemos que no es más que una palabra… Mucho más tarde, en un mundo mil veces más ilustrado, llegó a la consciencia de los filósofos, para su sorpresa, la seguridad, la certeza subjetiva en el manejo de las categorías de la razón: ellos sacaron la conclusión de que esas categorías no podían proceder de la empiria, ‑ la empiria entera, decían, está, en efecto, en contradicción con ellas. ¿De dónde proceden, pues? ‑  Y tanto en India como en Grecia se cometió el mismo error: “nosotros tenemos que haber habitado ya alguna vez en un mundo más alto (‑ en lugar de en un mundo mucho más bajo: ¡lo cual habría sido la verdad! ), nosotros tenemos que haber sido divinos, ¡pues poseemos la razón!”… De hecho, hasta ahora nada ha tenido una fuerza persuasiva más ingenua que el error acerca del ser, tal como fue formulado, por ejemplo, por los eléatas: ¡ese error tiene en favor suyo, en efecto, cada palabra, cada frase que nosotros pronunciamos! ‑También los adversarios de los eléatas sucumbieron a la seducción de su concepto de ser: entre otros Demócrito, cuando inventó su átomo… La “razón” en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora!  Temo que no vamos a desembarazarnos de Dios porque continuamos creyendo en la gramática…

6

Se me estará agradecido si condenso un conocimiento tan esencial, tan nuevo, en cuatro tesis: así facilito la comprensión, así provoco la contradicción.

Primera tesis. Las razones por las que “este” mundo ha sido calificado de aparente fundamentan,  antes bien, su realidad, ‑otra especie distinta de realidad es absolutamente indemostrable.

Segunda tesis. Los signos distintivos que han sido asignados al “ser verdadero” de las cosas son los signos distintivos del no‑ser, de la nada, ‑a base de ponerlo en contradicción con el mundo real es como se ha construido el “mundo verdadero”: un mundo aparente de hecho, en cuanto es meramente una ilusión óptico‑moral.

Tercera tesis. Inventar fábulas acerca de “otro” mundo distinto de éste no tiene sentido, presuponiendo que no domine en nosotros un instinto de calumnia, de empequeñecimiento, de recelo frente a la vida: en este último caso tomamos venganza de la vida con la fantasmagoría de “otra” vida distinta de ésta, “mejor” que ésta.

Cuarta tesis. Dividir el mundo en un mundo “verdadero” y en un mundo “aparente”, ya sea al modo del cristianismo, ya sea al modo de Kant (en última instancia, un cristiano alevoso), es únicamente una sugestión de la décadence, ‑un síntoma de vida descendente… El hecho de que el artista estime más la apariencia que la realidad no constituye una objeción contra esta tesis. Pues “la apariencia” significa aquí la realidad una vez más, sólo que seleccionada, reforzada, corregida… El artista trágico no es un pesimista, ‑dice precisamente sí incluso a todo lo problemático y terrible, es dionisíaco…

(Nietzsche, F., El Crepúsculo de los Ídolos, trad. de A. Sánchez Pascual, Alianza. Madrid. 1979, pp.45-50)

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