Nota sobre filosofía de la historia: Kant y Hegel

Admitimos que el hombre es una sustancia compuesta. Consta, por un lado, de una materia biológica –su organismo- y psicológica –sus impulsos interiores-, y, por otro, de una forma cultural. Esta distinción en partes es meramente intelectual o metafísica, pues en la realidad no hay partes separables.

Ahora bien, su materia es globalmente idéntica y carece de todo interés científico o filosófico tratar de establecer diferencias físicas entre los humanos, ya sean raciales o de cualquier otro tipo, pues no existen o no son relevantes. Tal materia idéntica se manifiesta en contextos culturales que en general no han hecho otra cosa que diferenciarse desde que existe el homo sapiens actual. Se diría que el ser del hombre está inconcluso por esta causa, pues aquello en lo que básicamente consiste, su ser cultural, no cesa de sufrir transformaciones.

Siempre ha sucedido que cada grupo humano ha encontrado su verdad en sus propias organizaciones sociales, políticas, económicas, en sus ritos y creencias, en su lengua, etc. El resultado es que la humanidad ha estado siempre fragmentada en una gran variedad de culturas, de modo que para cada uno de los miembros de cada sociedad lo humano acaba en los límites de su sociedad misma. La humanidad, por tanto, nunca ha podido comprender la totalidad de los humanos, excepto en algo que carece de sentido cuando se toma aisladamente: el organismo biológico.

Al final podrá sin duda constituirse la cadena en su integridad, pero cada vez que pienso uno de sus momentos comprendo que se basta a sí mismo y excluye a los otros que le han precedido o que le habrán de suceder: del mundo griego a la visión cristiana de la historia no hay un paso directo; la India, Grecia, Roma, el Medievo, la Edad de las Luces, son otros tantos mundos cuya riqueza y originalidad me es forzoso reconocer. Pero no es posible formular una afirmación lapidaria válida para la totalidad de las sociedades que me permita remontar su heterogeneidad. Los conceptos de libertad, naturaleza, voluntad, son productos de una cierta etapa del desarrollo del Espíritu; y no puedo en ningún caso aceptarlos como evidentes por sí cuando mi pensamiento se encuentra enfrentado a esta inmensa materia que constituye la historia universal. (Sebag, L., Marxisme et structuralisme, p. 16, trad. propia)

Hay demasiadas muestras empíricas de este hecho como para detenerse a enumerarlas. Para poder hablar con sentido del universal humano sería preciso que se identificara previamente algún elemento fundamental común a todas las culturas, elemento que, dada la movilidad a que éstas se hallan sujetas, solamente puede manifestarse en el propio desarrollo de éstas.

Esta es la tesis principal de dos destacadas filosofías de la historia, la de Kant y la de Hegel.

A) Immanuel Kant

Kant (1724-1804) pensó que la suma de crueldades y guerras en que parece consistir la historia, el “fluir idiota de las cosas humanas”, debe tener, pese a todo, un sentido. Debería ser posible escribir una historia universal que tuviera en cuenta todas las épocas y todas las sociedades de tal manera que se demostrara la existencia de una razón global para todas ellas. Si así fuera, si una obra así pudiera ser escrita, se habría probado que todo ha progresado en busca de la realización de la libertad humana. Éste habría sido el verdadero sentido del devenir de todas las sociedades.

Convencido de esta verdad, Kant se esforzó en probar que el motor de la historia desde sus comienzos no habría sido, pese a todo, la razón abstracta, sino su contrario, el egoísmo, que, según él, resulta de una propiedad fundamental del hombre, su sociabilidad asocial. Por su carácter antisocial el hombre es capaz de generar la guerra de todos contra todos y por su necesidad de vivir en sociedad no tiene otra opción que vencer su otra inclinación y fundar sociedades civiles que, sin hacerse violencia, admitan la competencia y la vanidad de los hombres, el deseo de mando y de dominio, fuente única de su creatividad.

B) Jorge Guillermo Federico Hegel

La filosofía de Hegel (1770-1831) es más compleja. Para empezar, advierte de que no debe esperarse que la historia sea el lugar de realización de las ilusiones y los ideales. Mirada desde esa perspectiva es el dolor es el dolor sin cuento, el teatro de los incontables muertos sin memoria, del envilecimiento de los más nobles ideales por culpa de las pasiones humanas. Mirada desde el sentimiento del alma bella la historia es una sucesión de catástrofes. Es inútil buscar consuelos en ella.

Pero no nadie debería sentirse frustrado por este hecho cierto, porque lo corriente no es realizar grandes fines desinteresados, sino tratar de satisfacer la propia pasión particular. De hecho, los fines altruistas no tienen peso real en el devenir de la historia. Son flores del camino que ella pisa. Cuando nace algo que es universal, es porque alguien ha buscado su interés particular y, al satisfacerlo, ha engendrado algo que le trasciende y es ignorado por él. Nada grande se ha hecho sin pasión, dice Hegel.

Se puede también tomar la felicidad como punto de vista en la consideración de la historia; pero la historia no es el terreno para la felicidad. Las épocas de felicidad son en ella hojas vacías. En la historia universal hay, sin duda, también satisfacción; pero esta no es lo que se llama felicidad, pues es la satisfacción de aquellos fines que están sobre los intereses particulares. Los fines que tienen importancia, en la historia universal, tienen que ser fijados con energía, mediante la voluntad abstracta. Los individuos de importancia en la historia universal que han perseguido tales fines se han satisfecho, sin duda, pero no han querido ser felices. (Hegel, J. F. G., Lecciones, etc., p. 88)

Lo que los hombres hacen en la historia no se mide por lo que quieren o piensan, sino por lo que ocasionan, lo cual está siempre lejos de lo que quieren y piensan. La ambición de César o Alejandro no explica lo que se realizó a través de ellos. La historia es una tela de araña que se teje por encima de las cabezas de los individuos, aunque utiliza a los individuos para la realización de sus fines. Lo mismo debe decirse de los pueblos. Unos como otros son medios para la realización de lo universal. Lo universal se realiza a través de su contrario, del interés y el sentimiento individual.

Se comprende que los verdaderos protagonistas de la historia no son entonces los grandes hombres, las masas o la humanidad, abstracción ésta carente de contenido que nada puede protagonizar, sino esas otras realidades espirituales –los pueblos- que sirven de depositarios de un sistema orgánico de costumbres, derecho, arte, religión y filosofía. Dichas realidades son producidas por la acción inconsciente de generaciones enteras de individuos que obran como si fueran uno solo. Ellas son los verdaderos individuos de la historia, y como a tales los sacrifica también cuando es preciso sin dudarlo un punto, pues son los medios que usa para realizarse.

Ahora vivimos por fin, dice Hegel, “en tiempos de gestación y de transición a una nueva época”. El hombre moderno ha asistido a la sucesión de figuras sociales incompletas, como Grecia, Roma, el Medievo, etc., figuras que se han engendrado y destruido mutuamente, pero ahora se muestra clara la significación profunda de este proceso que comprende a todos los hombres que han existido. El hombre moderno es el hombre universal que integra todos los momentos anteriores en uno solo.

El tiempo presente sería, pues, el tiempo de superación definitiva de la diversidad, de la comprensión final de la historia de todas las culturas como un camino que ha conducido por fin hasta un estado de cosas que muestra el sentido del todo. En este tiempo se comprende que, como el sol, la historia ha caminado desde Oriente hacia Occidente y aquí ha llegado a su ser. Desde los antiguos imperios orientales –China, la India, Mesopotamia, Egipto, etc.-, el río de las sociedades ha pasado por el periodo griego, el romano y el medieval, hasta desembocar en el mar del presente. Todo lo sucedido en la tierra y en el cielo ha tenido este fin.

C) Aproximaciones reales al universal humano

Mas vengamos a los hechos, al lugar donde las teorías se ponen a prueba. Es obvio que ninguna lengua, sistema jurídico, creencia religiosa, costumbre, etc., ningún componente de cultura alguna, ha sido ni es universal. También es cierto que han existido varias ocasiones en que alguna de ellas se ha extendido a una porción considerable de los seres humanos reales y que, prestándoles atención tal vez pueda formularse algún juicio sobre las ideas de Kant y Hegel.

Queda sentado que nada hay universal en la práctica humana, excepto la animalidad del primate. La humanidad es hoy por hoy solamente una abstracción sin contenido. En unas pocas ocasiones se ha mostrado como aspiración de algunas religiones e ideologías políticas, pero en cuanto tal aspiración es utópica, se refiere a un ser inexistente. Es una idea filosófica genuina.

El estoicismo fue el primero en alumbrarla. Zenón de Citio (¿? – principios del III a.C.), el fundador de la escuela, dejó dicho que los hombres no deberían estar gobernados por estados o naciones particulares y que todos deberían formar una sola unidad regida por un solo orden. Todos los hombres, decía Epicteto (55-135), tienen en común la razón y la palabra, que les ordena lo bueno y les prohíbe lo malo. Deberían por esto pertenecer todos ellos a un solo Estado mundial, regido por la eterna ley de la naturaleza, la única digna de seguirse, la única acorde con la esencia humana. Así no habría distinción entre hombres y mujeres, libres y esclavos, emperadores y mendigos y todos poseerían una naturaleza igual. Las cosas estarían ordenadas a los hombres y los hombres a sí mismos. Y Marco Aurelio (121-180) que en cuanto Antonino su ciudad y su patria era Roma, pero en cuanto hombre era el mundo.

Eran ideas bellas, sin duda alguna, pero irreales mientras les faltó una fuerza en acción capaz de darles alguna realidad.

a) Primera aproximación: el Imperio Alejandrino

Dicha fuerza fue por primera vez la empresa imperial de Alejandro Magno ( -313 a. C.), según advirtió el mismo Zenón de Citio, para quien lo importante de las conquistas de aquél fue que quiso ser un juez y no un déspota para las naciones sometidas, lo que equivalía a poner por delante la ley y el derecho y a presentarse como el ejecutor de las tendencias más profundas de la filosofía política griega, las de Platón y Aristóteles, que crearon la noción de Estado justo como Estado sometido a la ley, a la “razón desprovista de pasión”. La idea de una ley común a todos, ya fueran griegos, macedonios o persas, convertía a los individuos en ciudadanos del mundo y miembros de una comunidad universal, en hombres desligados de grupos particulares cerrados y libres para construir los cimientos de su propia autarquía individual.

Alejandro quiso que el Imperio fuera un tránsito de la pólis griega al Estado mundial. Su promotor creía que en cada hombre habita un dios escondido capaz de despertar el amor por la humanidad y desarraigar a su portador del suelo de la raza, de los ancestros y del grupo de pertenencia, de aquella “estupidez que huele a rebaño”, y llevarlo a conquistar su individualidad libre y universal.

Alejandro logró unificar el sistema monetario, favoreciendo la aparición de una enorme área comercial, fundar unas setenta ciudades para albergar guarniciones y extender la civilización griega, construir carreteras y obras de riego, extender a griegos y persas los mismos derechos, imponer el griego, enriquecido por la adquisición de palabras orientales, como lengua común (koiné), etc.

Sus herederos, los diadocos, continuaron, con mayor o menor fortuna, la empresa civilizatoria. Crearon organismos públicos docentes, reunieron a los sabios en las Bibliotecas de Alejandría y Pérgamo, favorecieron el arte, la poesía, la elocuencia, la filosofía y la ciencia. En torno a las instituciones creadas y mantenidas por ellos aparecieron hombres como Eratóstenes (280–200 a. d. J.), que calculó correctamente el diámetro terrestre, Euclides (200 aprox.–?), que sistematizó las matemáticas griegas, Arquímedes (280–212), que determinó el peso específico de los cuerpos, Aristarco de Samos (320–250), que propuso el heliocentrismo y los movimientos de rotación y traslación de la Tierra, Hiparco de Nicea (190–120), que creó la trigonometría, etc.

b) Segunda aproximación: el Imperio Romano

Pero el periodo helenístico transcurrió sin que el esfuerzo civilizatorio emprendido por Alejandro penetrara en la masa de la población, por lo que cada vez que las castas gobernantes se debilitaban crecía la amenaza de retornar al localismo étnico.

El Imperio romano apareció entonces como fiador de la civilización, unificando de nuevo el mundo bajo un solo dueño. Según Polibio (203–120 a.C.), la organización política de Roma era perfecta y su técnica militar inigualable, lo que hacía de ella una nación privilegiada, la única capaz de incluir las historias de las demás en una sola. Roma era la auténtica heredera de Alejandro, la única que podía aspirar a la universalidad.

Tal universalismo no se produjo, sin embargo, sin grandes conflictos internos, porque los romanos antiguos despreciaban a los extranjeros, incluso cuando ya se habían romanizado, los griegos se tenían por superiores a los asiáticos y muchos pueblos sometidos odiaban a Roma. Pero hubo una clase social, fuertemente penetrada del estoicismo, étnicamente diferente, pero culturalmente homogénea, que se extendió por todo el territorio, asegurando su unidad y la universalidad de sus gentes. La justicia, el orden y la paz asegurada por la lex romana constituyeron la base imprescindible sobre la que desarrolló sus actividades. El civismo cosmopolita, reforzado posteriormente por la religión cristiana, perpetuó durante siglos la creencia en la unidad del género humano, hasta que el patriotismo étnico vino a fragmentarlo nuevamente.

La recta razón es verdadera ley conforme con la naturaleza, inmutable, eterna, etc.,  No necesita intérprete que la explique; no habrá una en Roma, otra en Atenas, una hoy y otra pasado un siglo, sino que una misma ley, eterna e inalterable, rige a la vez todos los pueblos en todos los tiempos; el universo entero está sometido a un solo señor, a un solo rey supremo, al Dios omnipotente que ha concebido, meditado y sancionado esta ley; el que no la obedece huye de sí mismo, desprecia la naturaleza del hombre, etc.,  (Cicerón, La República, XXX, XXII)

La grandeza de Roma consistió en que para cumplir sus objetivos, entre los que no faltó la captura y explotación de esclavos, hubo de construir vías de comunicación a lo largo de un inmenso territorio, edificar por todas partes ciudades que eran una fiel réplica de la propia ciudad de Roma e imponer una sola ley, hecha ciertamente a medida de los dueños del Imperio, pero que sirvió de racionalización de la justicia y de superación de los particularismos tribales para las gentes que habitaban las tierras sometidas.

Estos tres factores convirtieron pronto a las colonias en provincias, que fueron en poco tiempo el punto de partida de movimientos políticos que afluían hacia el centro, lo que explica, por ejemplo, que un hispánico de Itálica, Marco Ulpio Trajano, fuera primero gobernador de la Alta Germania y luego emperador, entre los años 98 y 117, o que Adriano, también oriundo de la Bética, le sucediera entre el 117 y el 138, después de haber sido gobernador de Siria. El derecho de ciudadanía concedido por Caracalla en el año 212 a todos los provinciales libres consagró una situación de hecho que venía de más atrás.

Las iglesias cristianas, una vez convertidas en sólidas instituciones del Imperio, se propusieron llegar a todos los hombres del planeta, una tarea que no habrían podido ni siquiera pensar en poner en práctica si no hubieran contado con las vías de comunicación del Imperio y la protección jurídica que su poder les otorgaba. Eusebio (260–337), obispo de Cesárea, se encargó de proporcionar las ideas políticas y teológicas que la situación requería. El Dios del Universo, decía, impone a la historia del mundo la racionalidad universal a través de su Hijo, el Verbo, Lógos o Razón, que ejerce su reinado a través del Emperador. El Imperio es, pues, reflejo del universo entero y no ya un mero habitáculo que circunda el Mediterráneo, y en manos de la Iglesia, es el instrumento eficaz de una pedagogía universalista.


 

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