Recuerdo de Heráclito

Estas palabras no aspiran siquiera a añadir alguna idea nueva a una vieja cuestión. Sería demasiado presuntuoso intentarlo. Tampoco confían añadir claridad. Puede que el resultado no pase de invocar un sencillo desorden que habría emanado de la relación seguramente inusitada en que el azar de una lecturas y el abandono de mi mente han situado a unos cuantos autores, cuyas ideas he querido organizar hasta componer la estructura de un dilema. La materia de que se construye esta argumentación procede de la literatura, la teología, la física, la filosofía… Ello justificaría tal vez que puedan aceptarse estas líneas como una ofrenda, o quizá una provocación, al improbable y malsonante dios de la interdisciplinariedad.

Las razones que aquí se traen a colación, diseminadas por todo ese vasto territorio, se agrupan en dos apartados. Son los dos cuernos del dilema. Las del primero, que se presenta bajo el rótulo del subjetivismo, conducen inevitablemente al nihilismo, y las del segundo, que se apoyan en las orgullosa ciencia clásica, conducen con no menos rigor al mismo punto.

1.- El subjetivismo.

Si me fío de mis solas fuerzas, no alcanzo a discernir si es preferible, tanto racional como sentimentalmente, la alternativa de que exista el tiempo o la de que no exista. Puede que sea una fabricación de nuestra fantasía, no más que un alivio a nuestro desamparo y nuestro destino. O una amenaza en vez de un consuelo. El reloj prendido en la muñeca no cesa de reiterar que mide algo, un ser real, que se mueve sin fin y a cuyo término aguarda la muerte. Pero, aunque confiadamente nos dejemos guiar de su engaño, sabemos que esa pequeña esfera con sus frágiles agujas y su sutil artificio oculto gira sólo en torno de sí, mas no regula un flujo auténtico. No cuida de nada ajeno a ella. Rueda y rueda sin parar, pero no sabe ni entiende de movimiento alguno. Si ni tú ni yo existiéramos, ni tampoco hubiera paisajes ni estrellas, ni toda la ingente maquinaria de este universo, ¿cómo podría pensarse en un tiempo objetivo y existente por sí en circunstancias tales?

San Agustín piensa algo huidizo cuando dice saber lo que es a condición de que no se le pregunte. Pero, contraviniendo esa recatada ignorancia, adujo una respuesta en la que expresó de manera admirable la intimidad del tiempo. Podrían hallarse antecesores de ella en las Enéadas de Plotino, la Física de Aristóteles y el Timeo platónico, pero no es imprescindible pormenorizar los detalles que nos revelarían esas obras. Baste indicar que San Agustín considera al tiempo como un remedo de la Trinidad y un trasunto del alma. Lo explica revisando las tres partes en que se divide: pasado, presente y porvenir. El primero no existe ya y el último no existe todavía, en tanto que el ahora no puede serlo de modo continuo, pues sería permanencia y no transcurso. Nuestros cuidados cotidianos van empujando el futuro hacia el pasado, logrando de manera fatal que aquél se hunda paulatinamente en la tiniebla de la nada. “El tiempo es precisamente tiempo porque tiende al no ser”, cita Bloch a S. Agustín (1). Obsérvese cómo este río no fluye desde el pasado hacia el porvenir, sino a la inversa. Pero no es esto lo más notorio, sino el comprobar cómo ambos se reducen a vivencias subjetivas: el pasado a la memoria, el “presente de las cosas pretéritas”  y el porvenir a la esperanza, el “presente de las cosas futuras”. En cuanto a los ahoras del presente mismo, que el autor convierte en atención del alma, no son, como mucho, más que el hilo delgado que se tiende entre dos inexistencias, el agua que escapa de la vasija sin fondo que las Danaidas del infierno latino tenían que llenar. Como ellas, quisiéramos retener algo que no cesa de pasar. Vanamente lo creemos instante (in-stans), pero no es estable. En realidad es a nosotros a quienes desearíamos conservar, pues, como se infiere, no somos distintos de él. “Somos todo lo que en el tiempo ocurre. Somos sus víctimas”. Así versifica Quevedo la misma desazón:

“Ayer se fue, mañana no ha llegado,
Hoy se está yendo sin parar un punto:
Soy un fue, y un será, y un es cansado”.

Si no he entendido mal a S. Agustín, la busca desatinada de permanencia en el tiempo no es en el fondo más que amor oscuro de Dios: “Tú nos has hecho dirigidos hacia tí y nuestro corazón se halla sin reposo hasta que repose en tí”.

Similar es la concepción de Heráclito, que nos legó la metáfora del río que cambia de ser interminablemente. Idéntico pesimismo alienta en los dos, pero en el griego es más rotundo. En ambos casos se proyecta al mundo la misma ansiedad. En ambos se asimila el sujeto al tiempo y éste al no ser. Heráclito descubre que él es el río, nunca igual a sí mismo. No le es permitido bajar dos veces a las aguas de su alma y se resigna a que su ser sea un extraño fluir de algo que no es. Borges lo rememora paseando en la tarde a orillas del río de Éfeso, y pensando, “con el asombro de un horrror sagrado”, que aun los instantes más cercanos de la mañana están perdidos sin remedio.

Río Júcar (Rafa Esteve)

Estas nociones nos brindan el pesimismo y el subjetivismo. Se las suele encontrar fácilmente en la literatura. Lo insólito es hallarlas también en la teología, pero no debe olvidarse que el nihilismo cristiano no es el menos primigenio. El cristianismo no reposa en nada. Siempre ha defendido la disolución de todas las formas temporales. Nunca ha admitido que alguna sea estable: ni el estado, ni las organizaciones sociales, ni la familia, ni el amor humano… tienen valor real. No son más que humo y más que nada. Tal vez el nihilismo de S. Agustín es menos trágico en la Ciudad de Dios que en las Confesiones, debido a que aquella obra propone esperar, tras la disolución de todos los órdenes temporales, una reorganización definitiva según un modelo divino. Cabría, pues, alguna esperanza y algún aliento, pero al cabo no para esta tierra, pues ese mañana no le pertenece: se realizará después de que el mundo haya sido destruido. La única posible esperanza tiene que volverse hacia una divinidad ajena a esta vida, un dios todo presente, libre de los desvelos de la memoria y los tormentos de la espera.

Extraña es esta primera historia del tiempo, en que acabamos condenados a una falsedad. No en vano late Platón tras ella: “El tiempo es la imagen móvil de la eternidad inmóvil”. Lo permanente es lo verdadero, lo demás es sólo un fárrago de sombras sin cuerpo que se proyectan en el fondo de la caverna. La metáfora del teatro no se ajusta, pese a Calderón, a las conclusiones extremas que no hay más remedio que extraer de estas nociones. Les conviene más bien la del carnaval, que es a su vez más fiel a la de la caverna: si logras alzar una máscara, hallarás que nada hay tras ella, tan sólo un hueco destinado a ser cubierto por otra máscara. Formas sin contenido, los humanos superponemos unos disfraces sobre otros, no para ocultar algo, sino para ocultar que nada ocultamos, que detrás solamente hay vacío. Las máscaras no esconden nada tras de sí.

2. El objetivismo.

La otra parte de esta argumentación no es menos inesperada ni inquietante. Nació de la ciencia que dio a luz el siglo XVII y, según se acepta comúnmente, nuestro actual concepto de tiempo procede de ahí. Sin embargo, la aceptación de ese concepto comporta paradojas todavía no superadas.

Espacio y tiempo se crearon aquí conjuntamente. Son tan similares que acaban confundiéndose. Por ello procuraré aclarar las notas del segundo aludiendo a las del primero.

A pesar de que a la mayor parte de los antiguos griegos el vacío infinito les pareció una pesadilla inadmisible, la ciencia del XVII volvió a ese espantable ser irracional y propuso la necesidad de su existencia. Ese principio central del pensamiento científico prohibió el recoleto mundo medieval, finito y puesto por la divinidad al alcance de la mente de la criatura humana. Y de su corazón. Fue aquél un mundo acogedor que se sustituyó por un universo estéril interminable en el que, tanto si se intenta recorrerlo a la velocidad de la tortuga como si se pretende hacerlo a la de Aquiles, el resultado final será siempre el mismo, a saber, el de haber hollado suelos que jamás podrán volver. En efecto, si existe el vacío y el universo material tiene término -seguramente la opción más repetida-, entonces éste es una mancha inapreciable en el tejido del espacio infinito. Si nos fuera dado cruzar de un extremo a otro todo este mundo de que estamos hechos y deseáramos tocar los últimos confines, tal vez habría que emplear en esa desatinada tarea miles de millones de siglos, pero alguna vez acabaría lo tangible. El viajero imposible que arribase a tales riberas encontraría breve el lapso de tiempo empleado hasta entonces en caminar. Ante él se extendería aún el mar de lo inagotable. En el empeño de atravesarlo podría alguna vez recordar un corto paseo por lugares en los que había algo, pero sería un borroso recuerdo de sucesos tan remotos y olvidados que no sabría diferenciarlo de un sueño. Dos versos de Valéry se aplican a esta misma idea:

“Que l’univers n’est qu’un defaut
dans la puretè du Non-Etre” (9)

Algo parecido advirtió Pascal cuando su personaje decía tener pavor al silencio de los espacios infinitos. Repárese, sin embargo, en el matiz que le separa de Valéry: no piensa en la pureza cristalina del no ser, sino en la soledad que se ha de padecer siendo. El moderno universo murmura un eterno silencio.

Todo esto se refiere a la extensión, pero es igualmente aplicable a la duración: una vida, aun la de la especie entera, no es menos insignificante en comparación con un tiempo infinito que el mundo material en comparación con el vacío inacabable. Cualquier cosa que se coteje con el infinito roza la nada. Luego no es inoportuno tratar del espacio cuando se trata del tiempo. Son tan semejantes que dudo de que la economía de nuestra mente albergue en realidad dos conceptos distintos. Bien cierto es que el uno incluye el fluir y el otro no, y que entre sí parecen indiferentes, e incluso contrarios. Si sólo existieran el tiempo y el espacio, el primero jamás se detendría, en tanto que el segundo nunca se pondría en movimiento. Pero, al margen de esta aparente oposición, recuérdese que ambos no son más que un agujero, una oquedad. El pasar de uno no es afectado por las cambiante cosas, que se dan en él sin ser él. Podría haber tiempo sin cosas que se movieran, como podría haber espacio sin materia que lo rellenase. Suprimidos los seres, aún quedaría su hueco. ¿No es eso lo que quiere decir Newton?:

“El espacio absoluto, en su propia naturaleza, sin relación con nada externo, permanece siempre similar e inmóvil” (10)

“El tiempo absoluto, verdadero y matemático, por sí mismo y por su propia naturaleza, fluye uniformemente sin relación con nada externo, y se le llama asimismo duración” (11)

Aún deben aducirse (incompleto)


Citas

E. Bloch, Entremundos en la historia de la filosofía, trad. de Justo Pérez Corral, Taurus, Madrid, 1984, pág. 41.

E. Bloch, o. c., pág. 42.

E. Bloch, Ibidem.

E. Bloch, Ibidem.

F. de Quevedo, Obras completas, I. Ed. J. M. Blecua, Planeta, Barcelona, 1963, pág. 4.

S. Agustín, Confesiones, I, I, 1.

J. J. Borges, Antología poética, Alianza, Madrid, 1981, pág. 129.

Platón, Timeo.

Citado en Cäpek, M., El impacto filosófico de la física contemporánea, trad. de E. Gallardo Ruiz, Tecnos, Madrid, 1965, pág. 34. Cf. también págs. 27-70.

Ferrater Mora, J., Diccionario de filosofía, Alianza, Madrid, 1982, pág. 1001.

Ferrater Mora, J., o. c., pág. 3245.

Mann, Th., La montaña mágica, trad. de M. Verdaguer, Plaza y Janés, Barcelona, 1983, págs. 702-703.

Lucrecio Caro, T., De rerum natura, versos, 459-463.

Mann, Th., o. c., pág. 290.

Mann, Th., o. c., pág. 292.

Céline, L. F., Viaje al fin de la noche, trad. de C. Kurtz, Seix Barral, Barcelona, 1983, pág. 32.

Céline, L. F., o. c., pág. 259.

Versos de Carmina Burana.

Mann, Th., o. c., pág. 553.

Epicuro, Epístola a Meneceo, en García Gual, C., Epicuro, Alianza, Madrid, 1981, págs. 135 y ss.


 

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