Técnica y tecnología

A) Ciencia y precisión de las máquinas

Durante la Revolución Industrial, que había empezado a gestarse en el siglo XVI y continuó hasta finales del XIX, el carbón fue la principal fuente de energía, el hierro el material universal y la máquina el agente productor más importante. A diferencia del caballo que la Edad Media había uncido a los arados o había adosado a las máquinas entonces existentes, el trabajador humano fue un apéndice de los nuevos agentes productores.

Las máquinas, que, a diferencia de los caballos o los bueyes, podían estar funcionando todo el tiempo, impusieron su ritmo. Justamente cuando Kant proponía que todo ser humano fuera tratado como un fin y no como un medio, la industria trataba la mano de obra como un medio y no como un fin, como una energía que debe explotarse, igual que el carbón de una mina, hasta agotarla y finalmente abandonarla.

Convertido en parte del engranaje mecánico, su habilidad perdió todo interés. Había que entrenarse para acoplar la actividad propia al automatismo de la producción. Cuanta más destreza e inventiva se tuviera, menos probabilidades había de ejercer una tarea útil para el conjunto. Adam Smith (1723-1790) supo expresarlo con total precisión en su famoso ejemplo de la producción de alfileres. Trabajando intensamente toda la jornada, escribió en La riqueza de las naciones, un obrero difícilmente puede hacer más de un alfiler al día y desde luego no llegará de ninguna manera a hacer 20. Pero si se descompone el trabajo necesario para hacer un alfiler en una serie de pequeñas acciones aparentemente aisladas resulta que cada diez obreros pueden hacer unos 48.000 alfileres diarios. Uno saca el alambre, otro lo estira, un tercero lo corta en trozos iguales, un cuarto lo afila, un quinto lo esmerila, tres especialistas hacen la cabeza, otro la une, otro lo pule y así hasta que el último lo envuelve en papel. En total son 18 actividades diferentes.

Las máquinas mandaron sobre los obreros, éstos se convirtieron en máquinas y la productividad aumentó asombrosamente. La presión social y política se ejercía sobre las máquinas mecánicas y también sobre las humanas, pero la sufrían solamente estás últimas. Para que esta modalidad de producción irrumpiera con tanta fuerza en Europa era imprescindible no solamente que se utilizaran nuevas fuentes de energía, sino, sobre todo, que la ciencia se aplicara a la creación de máquinas precisas, lo cual sólo pudo suceder en la Edad Moderna.

En la Antigüedad no fue posible porque la ciencia griega era incapaz de hacer una tecnología por carecer de una física y carecía de una física porque no creyó que fuera posible tenerla. La física es la aplicación a lo real de las nociones exactas y precisas de la matemática, lo que era impensable entonces, bien porque los objetos sensibles no pueden en absoluto tratarse como seres matemáticos, como creía Platón, o bien porque las matemáticas son una ciencia abstracta sin relación alguna con la naturaleza física, como creía Aristóteles. Por una razón u otra el pensamiento griego sostuvo obstinadamente la convicción de que la exactitud no es cosa de este mundo infralunar, sino del supralunar, de los ciclos eternamente perfectos de los astros en el firmamento. Pero los astros son distintos de la tierra. La astronomía puede, por tanto, ser matemática, pero no la física, según un griego antiguo.

El dualismo radical del cielo y la tierra se manifiesta con fuerza particular en la noción griega del tiempo, que contenía la idea de que los órgana jrónou (órganos del tiempo) de arriba son perfectamente regulares, pero los de aquí abajo se dividen en días y noches de duración nunca igual. Mas la noción del tiempo es inseparable de la del movimiento, lo que explica que la revolución intelectual que originó la ciencia del XVII no fue otra cosa que el éxito en hacer descender de los cielos las nociones de tiempo y de movimiento y que, cuando esto se logró, se iniciara la tecnología moderna impulsada por la ciencia física exacta y confundiéndose con ella, pues, pese a quienes opinaron que la especulación teórica es fútil en tanto que la práctica es fecunda, lo que entonces tuvo lugar fue la penetración de la teoría en la acción, o, mejor, la posibilidad de una física y una tecnología.

Fue la conversión de la epistéme en téjne, de la ciencia especulativa, teórica, en tecnología, lo que distinguió nítidamente la nueva producción de artefactos y objetos desde el siglo XVII. El proceso fue tal vez lento, porque los hombres no sabían todavía calcular. Habían aprendido a medir y contar las cosas por aproximación, seguían usando las notaciones romanas y, aunque algunos astrólogos y médicos conocían las cifras Gobar árabes, traídas de España, las finanzas, el comercio y la artesanía hacían estas cosas tan mal que no era posible una operación aritmética elemental. Pero tenían motivos para resistirse. Con todo, tenían razón para resistirse, pues ¿qué importa un poco más o un poco menos? A ojo de buen cubero se sabe que este color rojo es más oscuro que aquel, este sonido más grave que el de más allá, una hoguera más viva que otra, un objeto más pesado, etc. ¿No basta con esto? A nadie podía interesar que puede determinarse con exactitud la temperatura del fuego, medir con rigor las vibraciones que llamamos sonido o calcular con precisión la diferente longitud de onda de lo que llamamos color. Si hubieran tenido herramientas exactas no las habrían usado.

La edad del hierro y el carbón es, en conclusión, la edad de la precisión de las máquinas, la edad de la aplicación de la ciencia a la industria en igual o mayor medida que la aplicación de nuevas fuentes de energía.

B ) Técnica y tecnología

Este hecho merece una consideración más detallada, pues con él aparece una clase de individuos cuya actividad es crucial en nuestra forma actual de vida.

Según Ortega y Gasset, la técnica del tercer estadio, propiciada, como acaba de verse, por causas religiosas, económicas, filosóficas y científicas, es la disociación del artesano en sus dos ingredientes, el técnico y el obrero, o, lo que es lo mismo, la separación del plan o método de la actividad y la ejecución del mismo. En el mundo moderno el técnico aparece como figura independiente de cualquier otro oficio. Su misión es inventar. No inventar esto o aquello, objetos predeterminados, como el sastre cosía prendas fijadas por la costumbre, sino inventar cosas que no existen todavía. Esta puesta en práctica de una capacidad ilimitada de producir nuevos seres, dice Ortega, vacía la vida del hombre, porque ser técnico y sólo técnico es ser todo potencialmente y no ser nada de hecho. El tiempo del técnico, nuestro tiempo, es el más vacío de la historia humana.

Al disociar el técnico del obrero, aquel aparece como tecnólogo. La técnica no es otra cosa que la habilidad para transformar una realidad natural en otra artificial. Es un conjunto de recetas operatorias cuyo programa se ha seleccionado específicamente en función de sus resultados. Como el conjunto requiere reglas específicas, hay una técnica de la casa, otra de la navegación, otra del gobierno y así sucesivamente.

De las técnicas específicas han surgido las ciencias universales y cuando éstas han retornado sobre los procesos de transformación técnica, la técnica misma ha sido potenciada y convertida en tecnología. La tecnología es, según Mario Bunge (1919- ), “un cuerpo de conocimientos compatibles con la ciencia coetánea y controlables por el método científico, que se emplean para controlar, transformar o crear cosas o procesos naturales o sociales.” La tecnología, pues, es técnica en sentido estricto, pero en tanto se ha vinculado al sistema de producción industrial y al desarrollo y aplicación de la ciencia.

Lo que el tecnólogo pone de manifiesto es que el ser, o naturaleza de las cosas, no puede ya entenderse como algo sustancial, fijo y estable. En las anteriores concepciones no causaba sorpresa que algo fuera siempre lo mismo. Ni siquiera causaba sorpresa que cambiara de naturaleza. No, por ejemplo, que el carpintero transformara el árbol en mueble. Lo verdaderamente sorprendente es inventar, producir naturalezas nuevas, como si lo existente careciera de ser definido y el hombre hubiera cargado con la misión de dárselo.

Volver a la naturaleza, como aconsejaba el cínico, es hoy para nosotros volver al caos, porque todo cuanto constituye al hombre, al animal y a la planta, su base y sustrato profundo y real, es activo. La materia es en el siglo XX un escenario de actividad tal que habría asombrado a Heráclito, para quien todo fluye y nada permanece. Los pocos individuos que en muchos siglos han sido capaces de conocer esto se han servido de contadores Geiger o cámaras Wilson en lugar de experimentar con sus sentidos “naturales”, con los ojos, los oídos o los dedos, y porque han concebido ciclotrones y han pensado en forma de ecuaciones diferenciales o probabilidades y lo han hecho en términos de los lenguajes artificiales, no de los “naturales”, como el italiano, el inglés o el español. Por estos motivos puede afirmarse que la tecnología afecta de lleno a la ontología.

La presencia de los artefactos con que la tecnología ha inundado nuestra vida es una prueba de que la naturaleza ha llegado a un límite que no puede rebasar. Incluso ella misma es un límite, un obstáculo. Contando solamente con ella se está en la situación del alpinista que, una vez que ha llegado a la cima de la montaña, no puede subir más. Pero la situación real es que la actual tecnología empieza justo donde la naturaleza acaba y ésta es el trampolín desde el que aquélla salta en el vacío.

En estas circunstancias cabe preguntarse si el hombre actual tiene alguna finalidad. Una cosa parece clara: su finalidad no es la felicidad ni el bienestar. Estos son fines naturales que la tecnología puede rebasar en cuanto se lo proponga. Ella tiene sus fines propios, que parecen estar más allá del hombre. Incluso puede utilizar al hombre para alcanzarlos.

 Bibliografía:

García Bacca, Juan David, Elogio de la técnica, Barcelona, Anthropos, 1987.
Mumford, Lewis, Técnica y civilización, Madrid, Alianza, 1998.
Ortega y Gasset, José, Meditación de la técnica, Madrid : Santillana, 1997.
Smith, Adam, La riqueza de las naciones, Madrid : Pirámide, 1996.

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