Socialdemocracia corrupta

En 1918 afirmó Rosa Luxemburgo que la socialdemocracia estaba podrida. Este sistema político había visto la luz en 1875, a partir del Programa de Gotha, que fue una solución de compromiso entre las ideas de Marx, partidario de la violencia revolucionaria para lograr el hombre nuevo socialista, y las de Lasalle, que prefirió la vía pacífica y el progreso lento.

Extendida como una mancha de aceite por medio mundo y aceptada hoy casi por todos los partidos socialistas, esta ideología lo justifica todo en aras del progreso. Cualquier cosa, por delirante que sea, se acepta como buena si se presente como cosa del mañana. Todo lo que sea progreso es bueno. En esta clase de justificaciones han incurrido también con frecuencia muchos liberales y conservadores.

En España es preciso recordar que todavía durante la Segunda República de 1931 y la Guerra Civil de 1936 el Partido Socialista Obrero Español era un partido marxista que defendía la revolución violenta. El partido dejó de existir tras la victoria del general Franco y hubo de ser refundado en los años de la Transición. En mayo de 1979 celebró su XXVIII Congreso, en que Felipe González, entonces secretario general del partido, propuso abandonar el marxismo como ideología oficial del PSOE. Su propuesta no fue aceptada, él dimitió, se nombró una comisión gestora y, después de unos meses de tensión, se celebró en septiembre un congreso extraordinario durante el cual se renunció definitivamente al marxismo y se volvió a elegir a Felipe González como secretario general. A partir de entonces el PSOE socialdemócrata.

El modelo original de este y otros partidos semejantes es la socialdemocracia sueca, que llegó al poder en 1932, el año sagrado desde entonces para sus seguidores. Un modelo que despertó gran admiración incluso entre muchos clérigos católicos, que lo vieron nada menos que como la realización de la justicia social contenida, según ellos, en la doctrina cristiana.

Lo más característico del modelo sueco consistió en suprimir la violencia y poner en su lugar la burocracia para alcanzar el objetivo de transformar la naturaleza humana. Al socialdemócrata le interesa ante todo dirigir y orientar los medios de comunicación de masas y las instituciones educativas porque sigue a ciegas la escuela psicológica conductista y cree que alterando las condiciones ambientales logrará cambiar las conciencias. Por estos medios promueve un tipo humano semejante al de las utopías de Orwell (1984) y Huxley (Un mundo feliz)

Este tipo humano salido del laboratorio socialdemócrata entiende la libertad como liberación sexual, algo que gusta mucho a las masas, ama el trabajo en grupo y la ayuda social, está predispuesto a la futurología, el ambientalismo y el naturalismo, amplía su cariño a los animales, cree que existen demasiado hombres sobre el planeta, vive la política como una nueva religión y la religión como un producto del sentimiento personal, gusta de los cambios lingüísticos para denominar las cosas, una costumbre que nació con los bolcheviques y continuó con los nacionalsocialistas alemanes, etc.

No es difícil comprender que en el experimento sueco se gestaron las ideas con que hoy comulga la mayoría. 

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