3. La arquitectura moral de la comunidad política

Si en el artículo anterior se mostró que la comunidad política es una realidad moral ordenada a un fin para el realismo filosófico, resulta ahora necesario precisar cómo se articula normativamente ese orden. En la doctrina del Aquinate, esta articulación se realiza mediante tres nociones estrechamente vinculadas: ley, bien común y virtud política. Sin una comprensión rigurosa de estas categorías, la reflexión sobre la inmigración corre el riesgo de oscilar entre el legalismo formal y el moralismo abstracto.

Tres principios han de tenerse en cuenta:
1) la ley no es en santo Tomás un instrumento neutral, sino una ordenación racional al bien común,
2) el bien común posee una primacía normativa real y
3) la acción política, lejos de reducirse a técnica de poder, es un ejercicio de prudencia moral.

Estas tres tesis permiten comprender por qué la regulación del extranjero no es una concesión arbitraria, sino una exigencia de justicia.

La definición tomista de la ley constituye uno de los momentos culminantes de la filosofía jurídica clásica. En la Summa Theologiae (I–II, q. 90, a. 4), santo Tomás define la ley como “ordinatio rationis ad bonum commune, ab eo qui curam communitatis habet, promulgata”: una ordenación de la razón al bien común promulgada por quien tiene el cuidado de la comunidad. Cada término de esta definición es decisivo.

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2. La patria interior y el extranjero

Toda reflexión verdadera sobre la inmigración comienza en un punto más hondo que la estadística o la compasión momentánea; comienza en la pregunta por la comunidad humana. ¿Qué es una nación, sino una forma visible de la vida compartida? ¿Y qué es esa vida, sino el intento de los hombres por encontrar juntos un sentido, una justicia, un modo digno de habitar la tierra?

La filosofía política clásica, que va de Aristóteles a santo Tomás y sigue viva y fecunda hasta hoy, supo ver en la comunidad política algo más que un contrato o un artificio. La entendió como una realidad moral, ordenada al bien humano. Y en ello hay una enseñanza de perenne actualidad, pues solo donde existe un nosotros auténtico, puede comprenderse de verdad quién es el otro.

Hoy, sin embargo, nuestra mirada sobre la política se ha adelgazado. Hablamos de derechos y de intereses, de fronteras y de cuotas, pero ya no sabemos nombrar el bien común, la argamasa de la comunidad política. La comunidad se ha convertido en un escenario neutro donde los individuos actúan sin escucharse, y la inmigración se reduce a un conflicto de cifras o a una abstracción sentimental. En este clima de dispersión, conviene volver a las fuentes antiguas, donde las palabras ciudad, ley y virtud no se oponían, sino que respiraban juntas.

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1. La inmigración y la comunidad política

Continuidad doctrinal y renovación moral desde el pensamiento de Tomás de Aquino

El fenómeno de la inmigración, que a primera vista parece asunto de demografía o de fronteras, constituye en realidad una de las más hondas interpelaciones a la conciencia política y moral de nuestro tiempo. En él se entrecruzan, como hilos de un mismo tejido, los factores económicos, jurídicos y culturales, pero el nudo decisivo se halla en otra parte: en la pregunta por el modo de entender al hombre y la comunidad, por el sentido mismo de la convivencia humana bajo el signo de la justicia. No basta administrar flujos ni levantar muros, como tampoco basta con invocar genéricamente la hospitalidad; lo que está en juego es la medida moral de la política, la capacidad de las sociedades para armonizar el derecho de buscar un bien mejor con el deber de custodiar un bien común.

Cuando el discurso público oscila entre la abstracción humanitaria y el miedo identitario, se revela un mismo vacío: la pérdida de una noción viva de comunidad como realidad ética. El moralismo sentimental que predica una acogida sin límites olvida que toda virtud es prudencial, que el amor político exige orden y que el bien común no se improvisa sin dañar a quienes lo sostienen. Pero, de igual modo, el repliegue defensivo que mira al extranjero como amenaza desconoce que la justicia sin caridad degenera en violencia, y que la comunidad que no se abre al otro acaba por empobrecerse en su propia clausura. Así, ambos extremos, bajo distintas máscaras, niegan el alma moral de la política, sustituyendo la deliberación racional por el reflejo ideológico.

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Gustavo Petro

“Y si habla mal de España, es español”. No falla. Pocas verdades hay tan seguras como ésta desde hace varios siglos, desde que España fue un Imperio Generador. La profieren de vez en vez ciertos individuos cuyos antepasados biológicos de hace cinco siglos marcharon a las Américas y las civilizaron, dándoles lengua, religión (la religión verdadera), arte, derecho, arquitectura, universidades y moral. Individuos cuyos antepasados biológicos de hace dos siglos decidieron que era conveniente separarse de la Madre Patria y fundar sus predios propios y exclusivos, unas veces para no tener que aceptar la Constitución liberal de Cádiz, como fue el caso de Méjico, otras para entregarse al Imperio Inglés, como fue el de Colombia y los demás.

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Vientres de alquiler

Leni Riefenstahl hizo el año 1934 el mejor documental de la historia del cine, un trabajo de una fascinación perturbadora, como dijo Fernández Santos, “de nazis, para nazis, sobre nazis”, como dijo Hitler. Su título es: El triunfo de la voluntad.

Era un título nietzscheano, lo que no quiere decir que las ideas de Nietzsche, cuya inteligencia se había oscurecido 45 años antes, apuntaran a algo como el movimiento nacional-socialista. Las ideas de un filósofo pueden encontrarse tiempo después en un movimiento social o político posterior porque dicho movimiento así lo haya decidido, no porque él tuviera nada que ver. En la historia son las hijas las que engendran a las madres, dijo Hegel con razón.

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Ratzinger

Cada hombre es la vida que ha vivido. Cada hombre se completa el día último. Vivir ha sido, para Ratzinger, llevar adelante su tarea, tallar su persona a fuerza de perseverancia y lucidez. Es una de esas personalidades que se cuentan entre las mejor talladas de las sociedades. En el clero católico no escasean. Brillan y se conocen mejor las que han tenido cargos de obispo, cardenal o papa, pero es porque lo que está en algo se ve a lo lejos, en tanto que lo que está más abajo suele pasar desapercibido.

Los individuos de esta clase han logrado una vigorosa excelencia y una atractiva nobleza. Su rostro y sus ademanes reflejan el poder que ejercen sobre su ser y su acción. Su trato es amable. Escuchan a otros con atención y hablan lo preciso. A veces son incluso bondadosos, lo que oculta un carácter firme y una mente enérgica. Pueden sufrir titubeos y vacilaciones, pero a la larga delinean una biografía recta, enderezada a un fin que han logrado no perder de vista, haciendo de ella una obra perfecta. No de otro modo extrae el escultor su estatua del duro mármol, a golpe de martillo y escoplo, limando las asperezas con esmero y sosiego.

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Madres que matan a sus hijos

Frederick Sandys: Medea

Podría yo empeñarme en la tarea de desarticular los innumerables argumentos que no cesan de exhalar los credos de nuestros días. Pero me faltan vigor y capacidad. Es tan extensa la progenie de ideas nacidas de ese lugar que tendría yo que ser un Alcides, que, enfrentado a la Hidra de Lerna, de cien cabezas, veía que, cada vez que él cortaba una, brotaba otra. Además, muchos de esos credos son ininteligibles para mí. Simone de Beauvoir, por ejemplo, asegura que no se nace mujer, sino que se hace mujer. Y esto no lo entiendo. Más bien pienso que una mujer, o un varón, una vez nacidos y, después de entrar en la edad de la razón y la libertad, pueden hacer de sí un santo, un poeta, un vagabundo, un asesino, etc. Si Beauvoir quiere decir que una mujer se puede hacer madre y luego asesina de su prole, entonces sí lo comprendo, pero sé que no es eso lo que ella piensa.

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Pedofilia

Uno se extraña siempre al comprobar que algunas ideas, por grotescas y atrabiliarias que sean, se hacen reales. Hoy sigo el hilo de una de ellas, la que conduce a la pedofilia. El hilo empieza en una sesión de la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados. La ministra del ramo dijo allí con voz un tanto destemplada que es un derecho de los niños tener relaciones sexuales con quien les dé la gana, “basadas, eso sí, en el consentimiento”. No sé si debo suponer que es el propio Gobierno de la Nación quien habló por boca de la señora ministra, puesto que se trataba de un acto oficial. Pero dejemos eso, que es otra cosa lo que hoy me trae aquí.

El derecho a las relaciones sexuales de los niños defendido por la ministra se entiende que se aplica a las relaciones entre niños y entre niños y adultos. Y esto último es pedofilia. Ella, tratando quizá de evitar esta acusación, añadió la necesidad del consentimiento. Y aquí hay una clave importante del asunto. Dejo de lado lo que dice el Código Penal Español y sigo solamente la deriva de las ideas hasta la realidad.

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La eutanasia en tres películas y una derivada española

La primera película es alemana: Ich klage an (Yo acuso), que se estrenó el año 1941. Algunas universidades norteamericanas habían promovido antes la eutanasia. En 1939 Hitler firmó el decreto de autorización para que el jefe de su Cancillería y Karl Bradt, su médico personal, llevaran adelante el plan Aktion T4. El obispo católico de Münster, seguido de otros miembros del clero, promovieron una serie de protestas por toda Alemania durante el verano de 1941. A finales de ese año, Hitler se vio obligado a suspender el programa.

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Eugenesia o la cría de los mejores

Dijo Nietzsche que el hombre de ahora es el del nihilismo pasivo, un ser de cultura amplia que se preocupa de su salud, el último hombre.

Tanto la idea de cultura como la de salud tiene muy distintos sentidos. Habrá ocasión de tratar los de la primera, pero ahora hablaré de algunos de la segunda. Seguramente Nietzsche no habría adivinado bajo qué aspecto se habría de presentar la preocupación por la salud en el siglo XX, pese a que en alguna medida hundía sus raíces en su sistema filosófico.

La salud se dice en varios sentidos, tantos que no es fácil tenerlos todos en cuenta. Se dice, por ejemplo, que un hombre está sano y que un cierto clima es también sano, pero el vocablo no tiene el mismo significado en ambos casos. Al segundo se le aplica por analogía con el primero, siendo éste el analogado principal porque es el sujeto del que con toda propiedad se predica la salud o la enfermedad y del otro solamente en referencia al primero. Se habla también de salud reproductiva, salud del planeta (¿se llegará a hablar de salud del sistema solar?) o de salud digital. Durante una gran parte del siglo pasado se habló de salud del grupo biológico, salud mental, salud de la sociedad, salud de la especie, salud de la nación o salud de la raza.

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Amor a la vida y virtud

Quiero referirme a la conexión de la idea de suicidio con la ontología y la ética, lo que me obliga a deshacer previamente algunos equívocos presentes en las palabras y los conceptos que acompañan a esta idea.

Para empezar, digo que el suicidio es en realidad lo contrario de lo que aparenta ser.  No es odio a la vida, sino amor por ella, amor incluso desesperado y violento. Si al que se quiere matar se le quitara la causa de su desesperación, si se le evitara todo sufrimiento, él mismo se precipitaría con ansiedad en el gozo de vivir. Lo que él odia es la forma dolorosa y mísera con que se le presenta, pero él quiere la vida de modo más firme y consciente que la mayoría.

Éste es un hecho incontestable. Se diría que ha arraigado en nosotros un misterioso y potente instinto de cuyo influjo no es posible evadirse. Más que ocultarlo, el infortunio lo muestra en toda su fuerza y vigor. Cuando una cierta forma de vida se convierte en un tormento se desea acabar con esa forma, pero no con la vida misma, aunque en ocasiones parezca que hay que acabar con la segunda para liquidar la primera.

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Eutanasia. Aclaración léxica

De lo que muchos llaman derecho a la vida querría yo hoy hablarles aquí, porque estimo que hay mucha confusión y enredo en esa manera de hablar, por si pudiera yo contribuir a aclarar las cosas y poder así razonar con más propiedad y acierto.

Comienzo recordando cómo en su De anima dice Aristóteles que hay cuerpos con vida, o alma, y cuerpos sin vida, pero que lo que no hay y nadie hallará es vida sin cuerpo en el que estar, porque entonces ¿qué sería lo que viviría? Mejor es entender los vocablos “vida” y “alma” como unívocos. No en vano seguimos usando en la lengua castellana el término latino anima con el fin de distinguir los seres en animados e inanimados, dando así por descontado que en un ser vivo no es una cosa el cuerpo y otra la vida.

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Ética de Aristóteles

Tres son los temas principales de la ética aristotélica: el bien, la felicidad y la virtud, que conviene precisar en cuanto sea posible para evitar equívocos, pues se trata de tres nombres tan comunes que, como suele suceder, creamos saber todo y en realidad no sepamos nada. 1. El bien El primero, el bien, es … Leer más

Sobre el socialismo

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