La metafísica clásica reconoce en el ente una serie de propiedades que no se añaden a él como accidentes, sino que lo expresan bajo diversos aspectos formales. Tales propiedades (res, aliquid, unum, verum y bonum) no multiplican el ser, sino que lo despliegan según distintas perspectivas del entendimiento. Por eso reciben el nombre de trascendentales: porque, siendo realmente idénticas al ente, se extienden a todo cuanto es, sin restricción de género, especie o grado (cf. González Álvarez).
Estas determinaciones no introducen diversidad real en las cosas, sino diversidad conceptual en nuestro modo de conocerlas. Así, cuando el entendimiento considera el ente en sí mismo, lo designa como res en cuanto posee una esencia determinada; como aliquid, en cuanto se distingue de los demás; y como unum, en cuanto es indiviso en sí. En cambio, cuando el ente se contempla en relación, surge como verum, en cuanto es inteligible para un entendimiento, y como bonum, en cuanto es apetecible para una voluntad. La verdad y la bondad, por tanto, no añaden algo al ente, sino que expresan su apertura constitutiva a la inteligencia y al apetito.
Entre estas propiedades, la unidad ocupa un lugar central, pues expresa la indivisión interna del ente. Ser uno no significa carecer de partes, sino no estar dividido en sí mismo. De ahí que la unidad trascendental sea compatible con la composición real: un organismo, aun compuesto de múltiples elementos, es uno en cuanto constituye una totalidad no fragmentada en seres del mismo orden. La unidad, en este sentido, no excluye la complejidad, sino la dispersión. Sigue leyendo





