II.II. Dos planteamientos insuficientes: materialismo y espiritualismo
Artículo II. Materialismo y espiritualismo
Según González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología, (II. Dos planteamientos insuficientes: materialismo y espiritualismo. Artículo II. Materialismo y espiritualismo) la reflexión filosófica sobre la materia y la forma ha originado, de modo análogo a lo sucedido con la esencia y la existencia, dos orientaciones extremas: el materialismo y el espiritualismo. Ambas posiciones parecen responder a una tendencia propia de la razón humana: reducir la pluralidad de lo real a un principio único desde el cual pueda explicarse la totalidad. Sin embargo, cuando una doctrina pretende absorber todo lo existente en uno solo de sus componentes constitutivos, termina encontrándose con aquello mismo que había querido excluir. Así, el materialismo se ve forzado a dar razón de los fenómenos atribuidos al espíritu, aunque sea para degradarlos a simples efectos secundarios de la materia; y el espiritualismo, por su parte, no puede evitar pronunciarse sobre la materia, aunque la interprete como una carga inferior que obstaculiza la elevación del alma. En otros sistemas, como el de Espinosa, esta tensión desemboca en la identificación de pensamiento y extensión dentro de una única sustancia.
Según González Álvarez, el materialismo sostiene que la materia constituye el principio originario del universo, una realidad primaria que no procede de nada anterior ni se resuelve finalmente en algo distinto. Desde esta perspectiva, todo cuanto existe tendría en la materia su fundamento, su consistencia y su explicación última. El ser quedaría identificado con lo material, de modo que nada surgiría propiamente de la nada ni retornaría a ella, sino que todo estaría sometido a procesos de transformación interna.
Como expone González Álvarez, no todo materialismo adopta necesariamente una forma ontológica radical. Existe también un materialismo de carácter metódico, ejemplificado por Comte, que no niega de manera absoluta la existencia de realidades supramateriales, pero procura explicarlas a partir de condiciones materiales. En este sentido limitado, dicha orientación ha resultado fecunda para diversas ciencias, pues acierta al advertir que muchas operaciones superiores dependen de presupuestos corporales o se hallan vinculadas a ellos. Esta intuición ya estaba presente en Santo Tomás de Aquino, para quien el pensamiento abstracto humano no se ejerce al margen de la actividad corporal. Karl Rahner concedió gran relevancia a esta tesis y la desarrolló en su obra Espíritu en el mundo. Por ello, rechazar sin matices el materialismo metódico sería una posición filosóficamente imprudente. El error aparece cuando este método se transforma en materialismo ontológico y concluye indebidamente que, porque algunas realidades superiores requieren condiciones inferiores, todas ellas se reducen por completo a tales condiciones.
El materialismo ontológico tiene uno de sus primeros modelos en Demócrito y Leucipo, durante el siglo V antes de Cristo. Su doctrina afirmaba que la realidad se componía exclusivamente de átomos indivisibles y vacío. Posteriormente, esta orientación fue prolongada por Epicuro y Lucrecio, y también puede reconocerse una inclinación materialista en el estoicismo. Durante la Edad Media, en cambio, apenas encontró representantes significativos, aunque pueden señalarse ciertos rasgos próximos al materialismo, mezclados con tendencias panteístas, en autores como David de Dinant y en algunos averroístas latinos.
l materialismo reaparece con mayor fuerza en la Edad Moderna, especialmente a partir de Hobbes, y alcanza una expresión destacada en la Ilustración francesa con autores como Diderot, La Mettrie, Holbach y Helvecio. Entre ellos, Diderot ocupa un lugar especialmente influyente. Su pensamiento concibe la naturaEleza sobre una base material atravesada por múltiples fuerzas mecánicas, psíquicas y espirituales, las cuales se combinan progresivamente en un despliegue indefinido dentro de un tiempo ilimitado.
El materialismo de Diderot se enlaza posteriormente con el evolucionismo del siglo XIX. A la antigua reducción materialista se añade entonces la idea de una variación constante de todas las realidades, en una línea que parece recuperar ciertos motivos heraclíteos. Ningún ente conservaría una identidad plenamente estable; las diferencias entre mineral, vegetal, animal y hombre quedarían interpretadas como grados móviles dentro de una misma continuidad natural. La naturaleza, entendida como totalidad, no tendría comienzo ni término, pero en su interior no habría individuos firmemente constituidos, sino agrupaciones y separaciones de moléculas, procesos de cambio y formas transitorias de organización. La sensación sería explicada como efecto mecánico, y la inteligencia como derivación de la sensibilidad. Nada existiría fuera de la naturaleza material.
La Mettrie incorpora a la extensión cartesiana y a la gravitación newtoniana el elemento de la sensibilidad, prolongando así el horizonte del materialismo moderno, cuyo origen remoto puede vincularse con Descartes por su concepción de la sustancia extensa. Holbach, en cambio, formula una versión más rigurosa y excluyente: únicamente existirían la materia, el movimiento y las diversas combinaciones resultantes de ambos. Voltaire reaccionó críticamente ante esta reducción, pues advirtió que tal planteamiento no solo expulsaba de la naturaleza la dimensión religiosa, sino también la moral, la estética y otras dimensiones irreductibles de la experiencia humana.
Según González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología, el materialismo contiene una verdad parcial cuando afirma que los seres naturales están constituidos por materia. Sin embargo, de esa afirmación no se sigue que todo lo existente sea material ni que no pueda haber realidades no naturales. Su equivocación fundamental consiste en universalizar indebidamente una tesis válida solo dentro de cierto ámbito. Las leyes gramaticales, las obras artísticas, las normas morales, los números y los objetos matemáticos, aunque no aparezcan en la experiencia humana sin algún soporte material, no se identifican por ello con la materia ni pueden ser explicados adecuadamente mediante categorías puramente materiales.
El espiritualismo incurre en el extremo opuesto al negar la auténtica realidad de la materia. Su formulación más acabada se encuentra en George Berkeley, quien denominó a su doctrina inmaterialismo. En ella solo se admiten dos tipos de existencia: la de las mentes y la de Dios. Los cuerpos materiales, entendidos como realidades independientes de la percepción, quedan excluidos. Partiendo del empirismo de Locke, según el cual todo conocimiento procede de la experiencia, Berkeley concluye que resulta injustificado afirmar la existencia de un mundo corpóreo separado de la mente que lo percibe.
Berkeley considera que aquello que llamamos objeto no es una cosa situada fuera de la percepción, sino precisamente lo percibido en cuanto tal. Suponer una realidad material distinta de la percepción implicaría duplicar indebidamente lo dado: por una parte, la percepción; por otra, una cosa independiente que nunca comparece de modo directo. El origen de esta confusión estaría en la doctrina de las ideas abstractas, que separa artificialmente lo que en la conciencia aparece unido. Por ello, Berkeley sostiene que el universo entero existe solo en cuanto es percibido, de modo que el ser de las cosas sensibles queda reducido a su presencia ante una mente.
Desde la perspectiva berkeleyana pierden sentido los problemas clásicos acerca de la certeza del mundo externo, de la existencia de las sustancias corpóreas o de la comunicación entre sustancias. Ya no habría que resolver cómo conocemos los cuerpos, como pretendía Descartes; ni cómo se sostiene el ser de las sustancias, como en Locke; ni cómo se relacionan unas con otras, como en Leibniz. Tales cuestiones quedarían anuladas porque se referirían a una realidad material que Berkeley niega. Con ello, este autor creyó haber eliminado uno de los apoyos del ateísmo, al sustituir la explicación materialista del mundo por la dependencia de todo lo percibido respecto de Dios y de las mentes.
El espiritualismo ontológico resulta tan insuficiente como el materialismo ontológico. Ambos sistemas fracasan porque absolutizan unilateralmente uno de los principios que intervienen en la constitución del ente finito. Además, el desarrollo de las ciencias modernas ofrece una objeción significativa contra tales reduccionismos, pues su investigación de la realidad natural no necesita negar ni la materia ni el espíritu de manera absoluta. El error central del materialismo consiste en suprimir el espíritu; el del espiritualismo, en disolver la materia.
La respuesta adecuada no consiste en regresar sin más al dualismo cartesiano, como si materia y espíritu fueran dos sustancias cerradas y separadas. El problema decisivo no es defender aisladamente la realidad del espíritu ni reivindicar por separado la consistencia de la materia. Lo fundamental es mostrar cómo materia y forma, o materia y espíritu en sentido amplio, se integran estructuralmente en la esencia del ente finito. Solo desde esta composición interna puede evitarse tanto la reducción materialista como la disolución espiritualista de lo real.