Sustancialismo y accidentalismo

Tanto en san Agustín como en santo Tomás, el saber humano se orienta al conocimiento de esencias de valor universal. En el primero, fiel en este punto a la inspiración platónica, dicho conocimiento se explica por la iluminación; en el segundo, heredero de Aristóteles, se alcanza mediante la abstracción. En ambos casos, sin embargo, queda problematizado el acceso cognoscitivo al individuo singular en cuanto tal. Guillermo de Occam reaccionó contra esta perspectiva sosteniendo que no podemos conocer esencias universales, puesto que éstas no poseen existencia real ni presencia efectiva en ningún lugar. Por ello afirmó que la intuición constituye el conocimiento inmediato y, en rigor, el único verdaderamente disponible para nosotros.

La doctrina occamista de la intuición abrió una orientación metafísica cuyas consecuencias aún se dejan sentir. Las grandes composiciones clásicas —esencia y existencia, materia y forma, sustancia y accidentes, entre otras— quedaron profundamente debilitadas desde entonces. Con el tiempo, tales distinciones acabaron escindiéndose: unas corrientes afirmaron uno de sus términos a costa de negar el otro. Así se desembocó, por un lado, en una suerte de sustancialismo, donde el accidente quedaba prácticamente suprimido; y, por otro, en un accidentalismo, en el que era la sustancia la que terminaba perdiendo consistencia ontológica.

Cuando la intuición fue entendida como acto racional, se abrió el camino del racionalismo, que se extiende desde Descartes hasta Wolff. Cuando, en cambio, se la concibió como intuición sensible, nació la línea empirista que conduce de Locke a Hume. En el primer itinerario se debilitó el valor cognoscitivo de la experiencia sensible, conservándose la sustancia como realidad fundamental; en el segundo, se terminó por disolver la sustancia y por retener únicamente el plano de los accidentes. Sigue leyendo

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El ente móvil

Todo ente perteneciente al orden natural se halla siempre abierto al tránsito de una situación a otra. La piedra puede encontrarse quieta, pero tal reposo no constituye una condición inmutable. El hombre puede estar leyendo, pero no permanece indefinidamente en ese acto. En el ámbito de la naturaleza, todo está expuesto a mutación y nada posee estabilidad absoluta. Ninguna realidad natural llega a existir sino como término de transformaciones previas, y, una vez constituida, se convierte también en principio de ulteriores modificaciones.

Los primeros pensadores advirtieron ya que la naturaleza debía entenderse como el conjunto de realidades sometidas al movimiento y a la alteración. Por eso, al intentar explicarla, dirigieron su atención al problema del cambio. Esta perspectiva se distancia notablemente de la mirada ordinaria, para la cual las cosas aparecen simplemente como lo que son, mientras que la mutación parece añadirse a ellas desde fuera.

Para la conciencia común, ser joven y ser viejo son determinaciones distintas; por ello, cada individuo sería joven o viejo. Resulta evidente, desde esa perspectiva, que la juventud difiere radicalmente de la vejez, e incluso que ambas se excluyen, pues nadie puede ser joven y viejo al mismo tiempo y bajo el mismo respecto. Pero esto ocurre porque el hombre común no se interroga acerca de qué significa envejecer. Si lo hiciera, advertiría que envejecer consiste precisamente en no ser todavía viejo y, simultáneamente, en dejar de ser joven. Comprendería entonces que el envejecimiento no es la posesión separada de uno u otro estado, sino un tránsito en el que el sujeto no se encuentra plenamente instalado en ninguno de los dos extremos. Tal vez concluiría, además, que lo que es —lo joven— debe contener de algún modo aquello que aún no es —lo viejo—. Y si esa posibilidad le causara extrañeza, estaría ya entrando en el terreno de la filosofía, pues, como enseña Aristóteles, el filosofar nace del asombro ante aquello que, siendo ordinario, resulta profundamente admirable. Sigue leyendo

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Índole de la composición hilemórfica

Para esclarecer en qué consiste la trabazón interna entre materia y forma, conviene determinar previamente la función que cada una desempeña dentro de la esencia. Procede, por ello, considerar primero la forma, atendiendo a su papel constitutivo, y examinar después la materia en cuanto principio correlativo.

No debe identificarse la forma con la esencia, aunque algunos pensadores hayan sostenido tal equivalencia. Si así fuera, la esencia del hombre quedaría reducida al alma racional; y, puesto que dicha esencia habría de ser común a todos los individuos humanos, habría que admitir, al modo averroísta, una pluralidad de hombres acompañada de una única razón. Pero lo que especifica al hombre no es el alma racional considerada aisladamente. El alma, en cuanto forma sustancial, no se entiende naturalmente al margen del cuerpo. Lo específicamente humano resulta de la unidad del viviente animado y racional. En el individuo concreto, ambas dimensiones se encuentran intrínsecamente unidas. Incluso si se admite, por acción divina, la posibilidad del alma separada, habrá de reconocerse que en tal estado permanece como sustancia incompleta. Su ordenación al cuerpo pertenece a su propio modo de ser, de tal suerte que sólo con él constituye naturalmente una unidad.

La materia, tomada sin forma, no es una realidad determinada ni un sujeto ya configurado como esto o aquello. La determinación le adviene por la forma. Ahora bien, la forma, aunque actúa como principio especificante, no comunica determinación sin recibir a su vez individuación. Sócrates es hombre por la racionalidad que lo especifica, pero es este hombre singular por la materia que lo individualiza dentro de la naturaleza animal. Sigue leyendo

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Dos planteamientos insuficientes: materialismo y espiritualismo

Según González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología, (II. Dos planteamientos insuficientes: materialismo y espiritualismo. Artículo II. Materialismo y espiritualismo) la reflexión filosófica sobre la materia y la forma ha originado, de modo análogo a lo sucedido con la esencia y la existencia, dos orientaciones extremas: el materialismo y el espiritualismo. Ambas posiciones parecen responder a una tendencia propia de la razón humana: reducir la pluralidad de lo real a un principio único desde el cual pueda explicarse la totalidad. Sin embargo, cuando una doctrina pretende absorber todo lo existente en uno solo de sus componentes constitutivos, termina encontrándose con aquello mismo que había querido excluir. Así, el materialismo se ve forzado a dar razón de los fenómenos atribuidos al espíritu, aunque sea para degradarlos a simples efectos secundarios de la materia; y el espiritualismo, por su parte, no puede evitar pronunciarse sobre la materia, aunque la interprete como una carga inferior que obstaculiza la elevación del alma. En otros sistemas, como el de Espinosa, esta tensión desemboca en la identificación de pensamiento y extensión dentro de una única sustancia.

Según González Álvarez, el materialismo sostiene que la materia constituye el principio originario del universo, una realidad primaria que no procede de nada anterior ni se resuelve finalmente en algo distinto. Desde esta perspectiva, todo cuanto existe tendría en la materia su fundamento, su consistencia y su explicación última. El ser quedaría identificado con lo material, de modo que nada surgiría propiamente de la nada ni retornaría a ella, sino que todo estaría sometido a procesos de transformación interna.

Como expone González Álvarez, no todo materialismo adopta necesariamente una forma ontológica radical. Existe también un materialismo de carácter metódico, ejemplificado por Comte, que no niega de manera absoluta la existencia de realidades supramateriales, pero procura explicarlas a partir de condiciones materiales. En este sentido limitado, dicha orientación ha resultado fecunda para diversas ciencias, pues acierta al advertir que muchas operaciones superiores dependen de presupuestos corporales o se hallan vinculadas a ellos. Esta intuición ya estaba presente en Santo Tomás de Aquino, para quien el pensamiento abstracto humano no se ejerce al margen de la actividad corporal. Karl Rahner concedió gran relevancia a esta tesis y la desarrolló en su obra Espíritu en el mundo. Por ello, rechazar sin matices el materialismo metódico sería una posición filosóficamente imprudente. El error aparece cuando este método se transforma en materialismo ontológico y concluye indebidamente que, porque algunas realidades superiores requieren condiciones inferiores, todas ellas se reducen por completo a tales condiciones. Sigue leyendo

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Duración del ente finito

Según González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología, para explicar por qué la realidad individual se halla circunscrita temporalmente, debe atenderse ante todo a su esencia. Todo ente, en cuanto existe, queda integrado en el orden total de lo real; pero, en cuanto posee una determinada constitución quiditativa, se inserta además en órdenes más restringidos. Así, si se toma como referencia la taxonomía biológica, un individuo humano pertenece sucesivamente al ámbito animal, a los cordados, a los vertebrados, a los mamíferos, a los primates, a los homínidos, al género homo y a la especie sapiens. Entre estas categorías, la especie adquiere particular importancia, pues en ella se advierte con claridad que una misma determinación esencial puede encontrarse realizada en múltiples sujetos. Esta pluralidad de especies y de individuos dentro de cada una obliga a reconocer que también en el plano de la esencia existe una cierta composición de principios.

La dificultad consiste ahora en advertir que la existencia de numerosos individuos dentro de una misma especie no elimina la unidad que todos poseen en virtud de su común pertenencia específica. De este modo reaparece, en un nivel más concreto de la realidad, la cuestión metafísica de cómo pueden coexistir la unidad y la pluralidad.

El criterio que manifiesta la pertenencia de diversos individuos a una especie común es su modo propio de obrar. En el caso del ser humano concurren operaciones físico-químicas, funciones vegetativas, dinamismos sensitivos y actividad racional, todas integradas en la unidad sustancial del individuo personal. Un examen más detallado de tales operaciones conduciría finalmente a la misma conclusión: todo sujeto capaz de ejercerlas pertenece a la especie humana. La capacidad de unión sexual entre individuos de distinto sexo y la producción de descendencia fértil y viable puede bastar al biólogo para delimitar una clase de vivientes llamada especie; sin embargo, esa noción empírica no coincide plenamente con el sentido ontológico de la especie. Sigue leyendo

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Esencia y unidad del ente en Aristóteles

En la ontología aristotélica, el ente sensible no se ofrece de entrada como una unidad pacífica, sino como una realidad internamente tensada por el devenir. Aquello que es, en cuanto sujeto al cambio, aparece siempre como capaz de ser y de no ser, esto es, como potencia abierta a diversas determinaciones. Por ello, Aristóteles sitúa en cada ente un principio de indeterminación, la materia, que lo hace susceptible de alteración, de tal modo que puede afirmarse que cada cosa es, en cierto sentido, capaz de no ser. Esta potencialidad, que el Estagirita identifica explícitamente con la materia (Metafísica, Ζ, 7, 1032 a 19), introduce en el ente sensible una suerte de fractura originaria: lo que es en acto se halla siempre expuesto a lo que puede llegar a ser. La unidad del ente no puede, por tanto, darse por supuesta en el plano inmediato de la experiencia.

Es precisamente esta dificultad la que explica el desplazamiento metodológico que Aristóteles realiza en el libro Ζ de la Metafísica, al reconducir la investigación del ser hacia la esencia. Sin embargo, esta decisión no está exenta de tensiones. El ente sensible no se reduce a su esencia, pues incluye también la materia y el compuesto de ambas. ¿Por qué, entonces, comenzar por la esencia? Aristóteles aduce tres motivos principales: la esencia es lo primero en el orden de las categorías; es aquello que puede existir separadamente; y constituye el núcleo de la definición, de modo que no hay conocimiento verdadero sin conocimiento de la esencia. No obstante, estas razones oscilan entre dos nociones próximas pero no idénticas: la esencia (tò tí ên eînai) y la sustancia (ousía). La subsistencia separada parece corresponder a la sustancia, mientras que la inteligibilidad definitoria remite a la esencia. Esta oscilación no es accidental, sino indicio de una dificultad más profunda: la de determinar con precisión el estatuto de aquello que, siendo principio de inteligibilidad, no coincide plenamente con el ente sensible en su concreción.

La esencia, entendida como tò tí ên eînai, designa la quididad, aquello por lo cual una cosa es lo que es. Pero esta noción plantea dos problemas fundamentales: si todos los entes poseen quididad y, en caso afirmativo, si dicha quididad se identifica con el ente concreto. La respuesta aristotélica no es unívoca, pues depende de la estructura interna de cada tipo de ente, en particular de la relación entre forma y materia. Sigue leyendo

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Constitutivo formal del ente finito

El rasgo más radical del ente finito reside en su estructura interna de esencia y existencia. Frente a esta tesis, tanto el esencialismo como el existencialismo han pretendido disolver o unilateralizar dicha dualidad, mientras que otras corrientes han cuestionado su forma concreta. Examinadas ya estas objeciones, se impone ahora determinar con rigor si el ente natural y finito es, en efecto, una composición real de lo que es y de su acto de ser (cf. González Álvarez).

Conviene precisar desde el inicio que tal composición no debe entenderse como agregación de partes. El ente no resulta de la yuxtaposición de dos realidades —una esencia y una existencia— que, al unirse, produjeran una tercera. No se trata de una estructura aditiva, ni de una distribución espacial o funcional de componentes. La cosa no es parcialmente esencia y parcialmente existencia: es enteramente esencia y enteramente existente. Ambos principios se dan en ella de modo total, aunque no idéntico.

Por ello, esta composición no puede asimilarse ni al modelo orgánico —en el que las partes se suceden y se distinguen realmente— ni al de una estratificación en capas, como si la existencia recubriera externamente a la esencia. Tampoco es análoga a la relación entre el alma y sus facultades, donde, aun estando el alma presente en todas, no se manifiesta de igual modo en cada una. La estructura del ente finito es más radical: se trata de una correlación de potencia y acto, donde la esencia es principio determinable y la existencia principio determinante. Ambos no son cosas, sino co-principios de una única realidad. Sigue leyendo

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Esencia y existencia

Según González Álvarez, Á., en su Tratado de metafísica. Ontología, la esencia y la existencia no deben entenderse como dos realidades independientes que, al juntarse, formen una tercera cosa, porque eso implicaría que cada ente concreto estaría hecho de otras dos cosas previas. Tampoco cabe considerarlas como fragmentos separables de una misma realidad, ya que no es posible pensar un algo que no exista ni una existencia que no sea existencia de algo. Sin embargo, entre ambas media una distinción real: no son idénticas, aunque esa diferencia no equivale a la separación física de dos objetos. Precisamente esta articulación explica la condición finita del ente singular, y de esa finitud se sigue su carácter causado, puesto que todo lo compuesto remite a una causa. Solo lo absolutamente simple carece de causa; por ello, o es desde siempre, o no llega a ser de ningún modo.

Como sostiene el autor, la esencia desempeña el papel de potencia receptiva respecto del existir y opera como principio delimitador del ente. La existencia, en cambio, considerada en sí misma, no está restringida y cumple la función de actualizar las determinaciones formales. Cuando ambas se coimplican, la esencia contrae y determina aquello que la existencia actualiza. De ahí surge la impresión de que el ente finito, por componerse de esencia y existencia, reproduce también la estructura de potencia y acto. Esa irreductibilidad funcional obliga a admitir que no son lo mismo.

Algunas objeciones, agrega G. Álvarez, no logran desmontar esta tesis. Si se afirmara que la esencia posee realidad por sí misma antes de existir, entonces la existencia dejaría de ser necesaria para dar cuenta de ella. Y si se replicara que la esencia limita a la existencia solo porque esta ya le es previa, tampoco se resolvería el problema: o bien se convierte la esencia en un principio superfluo, o bien se vacía de función a la existencia. En ambos casos se pierde el sentido de su composición. Por eso no se puede arrancar ni de una esencia situada en un supuesto ámbito previo de posibilidad, ni de una existencia indeterminada aún no referida a nada concreto, ni siquiera de una acción creadora pensada como producción separada de una y otra. El punto de partida legítimo es el ente singular efectivamente dado, que comparece ya como unidad de esencia y existencia, inseparables en su mutua referencia. No hay esencia al margen del existir, ni existir aislado del ente. Sigue leyendo

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Las propiedades trascendentales del ente y la unidad como principio de indivisión

La metafísica clásica reconoce en el ente una serie de propiedades que no se añaden a él como accidentes, sino que lo expresan bajo diversos aspectos formales. Tales propiedades (res, aliquid, unum, verum y bonum) no multiplican el ser, sino que lo despliegan según distintas perspectivas del entendimiento. Por eso reciben el nombre de trascendentales: porque, siendo realmente idénticas al ente, se extienden a todo cuanto es, sin restricción de género, especie o grado (cf. González Álvarez).

Estas determinaciones no introducen diversidad real en las cosas, sino diversidad conceptual en nuestro modo de conocerlas. Así, cuando el entendimiento considera el ente en sí mismo, lo designa como res en cuanto posee una esencia determinada; como aliquid, en cuanto se distingue de los demás; y como unum, en cuanto es indiviso en sí. En cambio, cuando el ente se contempla en relación, surge como verum, en cuanto es inteligible para un entendimiento, y como bonum, en cuanto es apetecible para una voluntad. La verdad y la bondad, por tanto, no añaden algo al ente, sino que expresan su apertura constitutiva a la inteligencia y al apetito.

Entre estas propiedades, la unidad ocupa un lugar central, pues expresa la indivisión interna del ente. Ser uno no significa carecer de partes, sino no estar dividido en sí mismo. De ahí que la unidad trascendental sea compatible con la composición real: un organismo, aun compuesto de múltiples elementos, es uno en cuanto constituye una totalidad no fragmentada en seres del mismo orden. La unidad, en este sentido, no excluye la complejidad, sino la dispersión. Sigue leyendo

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Singularidad de la sustancia primera

Proseguimos el examen de la sustancia finita deteniéndonos, una vez más, en la sustancia primera. Lo primero que de ella debe afirmarse es su carácter individual; pero esta afirmación, lejos de ser inmediata, exige esclarecimiento. Sabemos ya que sustancia es aquello a lo que compete existir en sí, esto es, aquello cuyo ser no es en otro ni por otro como en sujeto.

Desde el punto de vista de su esencia, la sustancia puede ser simple o compuesta. En este último caso, sus principios constitutivos son la materia y la forma; en el primero, se trata de sustancias separadas de la materia, como las inteligencias puras. La sustancia completa constituye un en-sí perfecto, mientras que la incompleta, en cuanto naturaleza, se halla ordenada a la materia para realizar su operación propia. Así ocurre, por ejemplo, con el alma humana, que, aun siendo en sí singular, no agota su realidad sino en unión con la materia.

Cuando la sustancia completa existe, recibe el nombre de sustancia primera: es aquello que es en sí y existe en sí. Por el contrario, considerada en razón de especie, puede aparecer como incompleta, en cuanto ordenada a su actualización en el compuesto. Ahora bien, toda sustancia completa, en cuanto tal, es necesariamente singular e individual: su modo de ser excluye no sólo el existir en otro, sino incluso el comunicarse como tal a otro. Esta incomunicabilidad del “en-sí” es lo que la tradición designa como suppositum. Sigue leyendo

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