Sobre la tolerancia

El problema

Suele pensarse que la tolerancia es la virtud democrática por excelencia. Se conecta con la libertad de opinión y se entiende como respeto a la opinión, independientemente de quién sea el opinante. Pero esto es indefendible si se expresa como algo general, como teoría, porque equivale a admitir que todos los individuos se hallan en pleno uso de la razón y, por ende, que todos tienen derecho a expresar su opinión y a que sea tenida en cuenta. Existen muchas personas a las que no se puede conceder al mismo crédito que a otras: el paciente no puede pretender que su diagnóstico sobre la enfermedad que padece sea aceptado en pie de igualdad con el del médico. También es indefendible en la práctica, porque en cualquier diálogo, que por necesidad habrá de contar con un número restringido de personas, tiene que haber turnos, incluso cuando se trata la más sencilla conversación, y no puede haber espacio ilimitado en la prensa, en una editorial, etc., para todo lo que quiera decir cualquiera. Hay siempre factores externos que limitan las posibilidades de manifestar opiniones, factores como la falta de tiempo, la ausencia de público, de lectores, la carencia de espacio en un periódico, en un libro, etc. La libertad de opinión no puede, pues, ser ilimitada en la realidad. Pero es que además hay circunstancias en que el respeto a una persona, que no a sus opiniones, es lo que puede hacer que alguien sienta la obligación de pedirle que se calle, de no permitir que siga exponiendo razones estúpidas o delirantes, como tampoco debería tolerarse seguramente que alguien manifieste sus opiniones, aunque sean verdaderas, sobre mi cojera, mi joroba o cualquier otro defecto físico o intelectual. Por esto no parece que sea absolutamente aceptable tampoco cuando se la liga a la verdad. Sigue leyendo

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Acerca de la autoridad

El que hoy se esfuerce por hablar objetivamente sobre la autoridad está nadando contra la corriente. Pocos conceptos hay tan denostados como éste. Se la hace equivaler a imposición, coerción, despotismo, etc., lo cual no debe extrañar a nadie, pues nuestro presente es deudor en gran medida de las ideas de filósofos como Rousseau, Marx, Lenin, Nietzsche, Freud, etc.

Atendamos a Marx y a Lenin, cuyas doctrinas se pusieron en práctica en Rusia, dando lugar a la restauración por vía despótica del imperio de los zares. En la Enciclopedia filosófica, editada en Moscú el año 1964, la autoridad se entiende lisa y llanamente como poder y el poder como la aplicación de diversas formas de fuerza, llegando a la intervención militar para conseguir o mantener un dominio económico o político, o para conquistar cualquier otro derecho o privilegio[1]

El poder se entiende únicamente como fuerza física directa aplicada al dominio de unos hombres sobre otros. ¿Quién habrá de negar la necesidad moral de su extinción? Los seguidores de Marx y Lenin no, desde luego. Ellos no deben dejar pasar una sola oportunidad de destruirlo. Puesto que, según creen, la historia de la humanidad enseña que el uso del poder está ligado al dominio de unas clases sociales sobre otras, aquel se esfumará por sí solo cuando desaparezca la fractura o división de la sociedad en clases y todos los hombres pasen a formar parte de una sola totalidad social. Dicha fractura se debe al “poder y el robo, la astucia y el engaño”, añade la mencionada Enciclopedia filosófica, a un manto oscuro de patrañas que oculta la igualdad esencial entre los hombres.

Esta concepción superficial del poder se sustenta sobre una visión utópica y beatífica de la igualdad humana, sobre una visión que a fin de cuentas hunde sus raíces en el cristianismo. No es extraño que, habiéndolo comprendido como una fuerza del mal, los revolucionarios hayan hecho un uso consecuente del mismo cada vez que lo han tenido en sus manos. Engels fue quien dejó sentada la doctrina. El proletariado, dijo, no busca el poder ni se apoya en él para lograr sus fines. Si se ve obligado a hacerlo es porque no tiene otra opción que enfrentarse a las fuerzas opresoras que bloquean la revolución. Son esas clases las que cogen las armas porque ven aproximarse su final y no se resignan a desaparecer. ¿Qué otra cosa puede hacer el proletariado que utilizar la dictadura contra ellas? Sigue leyendo

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Tiranicidio

Llegamos al famoso libro de Rege et Regis Institutione, quemado en París por la mano del verdugo de orden del parlamento; preciso es confesar que esta corporación no se alarmó sin motivo; un país donde habían sido asesinados en pocos años dos reyes, debía naturalmente temblar a la lectura de algunos capítulos de dicha obra. Estremecimiento causan las páginas, donde resuelve la cuestión, de si es lícito matar al tirano; en la manera con que habla de Jacobo Clement, bien se echa de ver que no miraba en el asesino, aquel monstruo de que nos habla Carlos de Valois, cuando refiriéndonos que le habia encontrado al dirigirse al palacio del rey para ejecutar su formidable proyecto, dice que la naturaleza le habia hecho de tan mala catadura, que su rostro parecía mas bien de un demonio que de hombre. A los ojos de Mariana se presentaba como un héroe, que da la muerte y la recibe para libertar su patria. ¿Qué pensaremos de Mariana? La respuesta no es difícil; hay épocas de vértigo que trastornan las caberas; y aquella lo era. Por cierto que el autor no está solo en el negocio. Cuando se supo en París la nueva de la muerte del rey, madama de Montpensier, en coche con su madre madama de Nemours, andaba de calle en calle, gritando: «buena noticia, amigos mios, buena noticia; el tirano es muerto; ya no hay en Francia Enrique de Valois.» Nadie ignora lo que enseguida se practicó en París; el término fue digno del principio. Las simpatías de España estaban en contra de Enrique III; por consiguiente, nada extraño es que el espíritu del escritor se resintiese de la atmósfera que le rodeaba. No quiero decir por esto que sus doctrinas sean el fruto de un momento de arrebato; al contrario, basta leerla obra para advertir que sus máximas están ligadas con su teoría sobre el poder, y que las defiende con profunda convicción. Verdad es que al abordar de frente la terrible dificultad se exalta su ánimo, como si quisiera tomar aliento para salvarla; pero no es la exaltación lo que le sugiere las doctrinas, antes bien son estas lo que le enardece y exalta. Es lamentable por cierto que Mariana no haya tratado la cuestión con mas tino, y que haya sacado tan formidables consecuencias de sus principios sobre el poder; sin la doctrina del tiranicidio su libro fuera en verdad muy democrático; pero a lo menos no espantaría al lector con el siniestro reflejo de un puñal que hiere. En dicha obra se encuentran lecciones de que puedan aprovecharse los reyes y los demás gobernantes. Feliz el autor si no hubiese dado a su enseñanza una sanción tan terrible. Sigue leyendo

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Totemismo y ciencia

I. Presentación de la teoría: mito y razón en la Grecia Antigua [1]

Un símbolo es un cierto tipo de signo que se esfuerza por hacer que lo inefable encarne en seres concretos. De ahí que los mitos, rituales, poesía, iconografías, el arte en general…. sean agrupaciones de símbolos, pues procuran mostrar lo que no puede ser mostrado. Todos ellos conjuntamente conforman un orden de conocimiento que, pese a haber sido incesantemente fustigado por la objetividad científica y filosófica, ha logrado sobrevivir transmutándose en una paradoja: la de ser fuente inagotable de inspiración filosófica y científica.

El ataque de la iconoclastia contra el simbolismo ha sido especialmente demoledor en dos frentes. El primero es sociológico. Tiene que ver con la ruptura del mundo humano que por todas partes han ocasionado las grandes religiones. Ellas definen y separan —y así crean— al pagano, al sacrílego, al hereje… De este modo producen una escisión capaz de multiplicarse interminablemente. Las grandes religiones suelen ser efecto de alguna revolucionaria libertad de inspiración, pero, una vez trocadas en instituciones sociales sólidas, tienden a negarla, si bien, por las mismas causas que, según se dice, algunos libros se han salvado del paso del tiempo —el haber sido condenados a la hoguera—, los desviacionismos y herejías brotan siempre y permanecen en el seno de las religiones, no a pesar de las persecuciones, sino gracias a ellas. El segundo frente es el del concepto, la claridad y la cordura, de donde siempre han surgido clamores escandalizados contra la insurgencia de la inspiración simbólica. El adalid más destacado en este frente tal vez sea Descartes, quien guiado por su afán de distinguir nítidamente lo mental de lo mecánico, se opuso a que la conciencia pudiera ser afectada por la imagen, que es una acción del cerebro del hombre, un ser confuso de utilidad más confusa todavía: alertar las ideas innatas. Sigue leyendo

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La unión del alma y el cuerpo

Algunos niegan la unidad sustancial del individuo humano, si bien no de la especie, porque dicen que la unión del cuerpo y el alma es accidental. (Así sucede necesariamente en el reencarnacionismo, que puede servir de ejemplo para nuestra clase) Puede admitirse que el individuo tiene una sola alma, pero se cree que su unión al cuerpo no es esencial. (Sea esto dicho porque ha habido filósofos, como Platón, que han creído en la existencia de varias almas o principios de actividad) Así sucede en los sistemas filosóficos que no siguen la corriente aristotélica, entre las que se cuentan Platón y Descartes.

1. Primer grupo de teorías: Platón y Descartes

Platón dice expresamente que el alma es como el músico en relación a su instrumento y el piloto en relación a la nave. El hombre es sólo un alma que se vale de un cuerpo. Descartes, que parte del principio “pienso, luego soy”, afirma que es un ser que piensa y que en eso consiste todo su ser, siendo el cuerpo algo de lo que no tendría necesidad para ese cometido: “una sustancia cuya esencia o naturaleza completa no es más que pensar, y que para existir no necesita de ningún lugar, ni depende de ninguna cosa material”. También para él el hombre es su alma, actividad de pensar entendida en sentido amplio, y el cuerpo no es otra cosa que un ser extenso, espacial, que actúa sobre ella a través de la glándula pineal. En esta concepción hay influencia recíproca del cuerpo y el alma, pero no explica cómo puede darse. Más: por haberlos separado de modo tan radical el cuerpo y el alma, el pensar y la extensión, no parece que sea posible, por lo que Descartes deja abierto el grave problema de la comunicación de las sustancias, que sus sucesores tratarán de remediar. Lo cual conduce a un segundo grupo de teorías sobre la unión del cuerpo y el alma en el hombre. Sigue leyendo

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La libertad

¿Dependen de un hombre sus propias acciones o más bien le van llegando sin mandar él sobre ellas y siendo zarandeado de acá para allá por el azar? Si es lo primero, si cada uno puede hacer lo que el buen escultor con la piedra, que “saca todo lo superfluo y reduce el material a la forma que existe dentro de la mente del artista”[1], entonces es posible lograr con los talentos propios una personalidad bien trabada, capaz de afrontar todos los sucesos, y puede cada uno ser obra de sus propias acciones. Pero si lo cierto es lo segundo, si cada decisión depende de una necesidad impuesta, entonces la vida sin rumbo es obra de los vientos y las corrientes y uno mismo es siervo de todo y dueño de nada; podrá parece que lo hecho por cada cual es obra de cada cual, pero eso será una apariencia, porque el hombre, un ser más entre los seres, estará sujeto a las causas que rigen el conjunto y la ilusión de la libertad no será distinta de la que pudiera sentir la hoja llevada por el viento que pensara que está volando por propio impulso.

Dos son, pues, las opciones: ser libre y ser dueño de sí o ser esclavo de todo por estar siempre obligado en todo cuanto se hace. Sobre uno de estos dos presupuestos se sustentan cosas tales como la moral, la religión, la ciencia o la administración de justicia: si no hay libertad entonces ha de suprimirse la moral, la religión, al menos la católica, etc., y sin no hay determinismo causal entonces es imposible que exista ciencia alguna. Libertad y determinismo parecen, pues, contrarios entre sí. Es preciso examinar ambos aparentes opuestos. Sigue leyendo

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Esencia y realidad de la técnica

Capítulo primero. Naturaleza y técnica.

(& 1.º) Historia de la técnica.

1) Se puede hacer historia de escala menor e historia de escala mayor. La primera no abarca más allá de 5.000 ó 6.000 años. Solamente desde el siglo pasado se hace historia de escala mayor, contando con que el mundo tiene varios miles de millones de años y el hombre varios millones.

2) Han sucedido estas dos formas de hacer historia para la técnica. Aristóteles hizo historia de escala menor. La naturaleza, decía, llega las más de las veces a su perfección por sí misma. El pino llega a pino, el niño a hombre, el potro a caballo, etc. El hombre llegaría a su perfección si fuera filósofo, decía también. Cuando una cosa llega a su fin llega también a su final, pese a que alguno llega a lo segundo antes que a lo primero.

(& 2.º) Qué es naturaleza.

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Filosofía, Internet, AAF…

1.- IDEOLOGÍA Y TÉCNICA.

El sentimiento de temor por la técnica, dice Heusch (1), se halla ya en el hombre prehistórico, un cazador-recolector que no puede menos que mirar con cierta inquietud el humo, los ruidos, los objetos nuevos… que salen del taller del primer herrero. Es la inquietud por el secreto que Prometeo había robado a los dioses, el uso del fuego, primer brote y origen de las artes de la civilización… No obstante, el cazador usó las herramientas y armas del herrero, trocando con ello la Edad de la Piedra en la Edad de los Metales. Dejó de ser cazador y se hizo habitante de la ciudad, súbdito del Estado, agricultor, pastor… Sigue leyendo

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Francisco Suárez

Nacido en 1548 y fallecido en 1617, Francisco Suárez, llamado el Doctor Eximio, guarda una gran semejanza con santo Tomás en cuanto que tiene ante sí una inmensa cantidad de fuentes cada vez que pone su pluma sobre el papel. Conoce a fondo a Platón, Aristóteles, a los comentadores de ambos, a los neoplatónicos (Plotino, Plutarco, Proclo), a los escolásticos, sean dominicos, franciscanos o jesuitas, a los nominalistas, los árabes, los renacentistas, los averroístas latinos, etc. A todos cita profusamente y los trata con respeto, de todos acepta ideas después de hacerlas pasar por el tamiz de su propio pensamiento. Su sistema filosófico, bien trabado, es un compendio o resumen de todo cuanto había llegado hasta él. Sigue leyendo

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Edad Contemporánea

1. Tiempo de revoluciones

Los nuevos tiempos, que son los nuestros, tuvieron en Hegel su heraldo, porque, según él, los motivos centrales de la Revolución Francesa y su expansión a toda Europa por los ejércitos y la obra jurídica de Napoleón anunciaban la realización de la razón en la historia. Más tarde, ya vencido Napoleón y deshecha aparentemente su obra, Hegel fijó su mirada en Prusia, una de las potencias vencedoras. Estaba convencido de que su filosofía unificaba el mundo por el pensamiento mientras las fuerzas políticas y militares lo unificaban por la acción. No era la primera vez que sucedía algo parecido. Aristóteles, con quien tanto gustaba Hegel compararse, también se había esforzado por integrar en un sistema coherente todo el saber anterior con el fin de comprender el mundo mientras su discípulo Alejandro lo conquistaba por los armas y las leyes y extendía a todos sus confines la cultura helénica. Como Aristóteles también, Hegel cierra un ciclo histórico y abre otro. Él mismo creyó que era así. Sigue leyendo

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Domingo de Soto

Nació el año 1492 en Segovia. Estuvo en el Concilio de Trento, donde brilló con intensidad su saber. Fue confesor de Carlos V, enseñó teología en Salamanca y fue prior del Convento de San Esteban. Murió el año 1560.

Discípulo predilecto de Vitoria, continuó y en gran medida completó la obra del maestro. Fueron bien recibidos y muy alabados sus comentarios sobre la psicología, la dialéctica y la física de Aristóteles, escritos cuando era aún muy joven. Pero su importancia se debe más a sus obras teológicas, éticas y jurídicas. Entre ellas sobresale su De iustitia et iure, un estudio exhaustivo de moral, derecho natural, derecho de gentes y derecho público. En ocasiones, dependiendo del tema tratado, como al hablar de la esclavitud, su voz se exalta, pero, pese a ello, conserva la objetividad propia de la Escolástica. Nunca se dejó vencer de la ira o la compasió, como sucedió, por ejemplo, al Padre las Casas, el cual, procurando también seguir las doctrinas de Vitoria, llegó a desfigurarlas por causa de la pasión que había temblar su pluma. Dio respuesta adecuada a problemas importantes y difíciles con buen discernimiento, tales como los derechos y deberes de los ejércitos, de las naciones entre sí, de la ley natural, la esclavitud y el respeto absoluto que debe atribuirse a la libertad del hombre. Sigue leyendo

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Francisco de Vitoria

A Francisco de Vitoria, nacido entre los años 1483 y 1483 y fallecido el 1546, se debe el impulso principal por la restauración de la Escolástica. Mientras vivió no publicó una sola obra. Las que hoy conocemos son apuntes que sus alumnos tomaban en clase. Se llaman “relecciones”, un nombre que equivale a “relecturas”. Destacan las denominadas De indis, sobre la conquista de las Indias, De potestate civili, sobre el derecho público, y De potestate Papae et Concilii, sobre la relación entre el Papa y los Concilios. A estas tres principales relecciones se debe el que la fama de Vitoria fuera más allá de nuestras fronteras. Sigue leyendo

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Clarín sobre los Episodios Nacionales

Voy a hablar a los lectores del acontecimiento literario más importante de todo el año; de la conclusión de los Episodios Nacionales. Pérez Galdós había escrito sobre la bandera española veinte empresas, que suponían otras tantas novelas prometidas por el autor al público; de ningún modo podía quedar el honor más obligado que prometiendo sobre los colores nacionales. Otro ingenio menos poderoso se hubiera declarado en quiebra antes de llegar al fin; Pérez Galdós, sin dinero en caja, es decir, sin más trabajo hecho que el exigido para el día por los editores, no temía la bancarrota y anunciaba sin miedo novelas, de cuyo plan apenas había formado idea; es más, sobrábale tiempo para escribir obras de otra colección y aun para no saber en qué matar el tiempo mismo.

Cuando yo tuve el gusto y el honor de hablarle por primera vez, llegaban los Episodios a Los cien mil hijos de San Luis; pregúntele por la suerte que en su calidad de providencia literaria reservaba a los personajes que yo conocía y amaba como si fueran amigos de carne y hueso—¿qué piensa usted hacer de Genara? ¿Dónde está ahora? ¿Y Monsalud, qué se hace? ¿Qué es de Pipaón? ¿Y Presentacioncita? ¿Y las de Parreño?. . . Galdós no recordaba dónde estaban muchos de estos señores y señoras, ni sabía dónde los había dejado, ni lo que sería de ellos en lo porvenir.—¡Si la Providencia de arriba hará lo mismo con los mortales! ¡Si después de darnos la vida y enredarnos en sus peripecias se olvidará a lo mejor de nosotros!—Indudablemente, regir la fábrica de la inmensa arquitectura, que dijo Lope, debe ser muy difícil cuando sólo un ingenio tan fecundo y fuerte como el de Pérez Galdós puede conducir el hilo de la existencia de unos poco ciudadanos, necesitando todos los recursos del arte para dar verosimilitud a sus aventuras.

Pero al fin la promesa está cumplida; los veinte Episodios, que llenan siete mil páginas, están publicados; Pérez Galdós ha distribuido, como la Providencia de arriba, bienes y males entre sus criaturas, y ha llevado a término feliz el más difícil y glorioso empeño de cuantos hoy honran las letras españolas.

Pero esto, que es verdad, parece mentira si sólo se atiende al poco ruido que en la anarquía de las letras ha causado tan importante suceso. Lo cual se explica por una multitud de razones: España sigue siendo aquella España, en la que, según Fígaro, escribir para el público es recitar un monólogo en la soledad. Aquí el escribir concienzudo es, en efecto, un maniaco que habla solo. Los españoles leemos los anuncios de los libros en los periódicos y oímos a veces los bombos porque suenan mucho; pero los libros, ¿quién los lee? Nótese ahora que los Episodios constan de 20 tomos. Y, es claro, no hay 20 españoles que hayan leído 20 tomos en su vida.

En Francia se va a levantar una estatua a Flaubert, un novelista; aquí a un novelista se le ofrece una cruz, o mejor una encomienda de Carlos III.

Un literato muy distinguido, erudito (en cuanto aquí se llama erudito al que lee un libro, basta con uno, que no suelen leer los demás), me decía no ha mucho: «Hombre, reconozco el mérito de los Episodios Nacionales; pero… no creo valgan tanto como usted dice.» Yo miré a los ojos a mi erudito fijamente, dispuesto a leer en ellos la respuesta a la pregunta que le hice.—¿Cuántos episodios ha leído usted?—He leído… Trafalgar, y… algo de Zaragoza y un poco del Gran Oriente.—¡Y hablaba de los Episodios y daba su fallo tan tranquilo! Otro literato, más erudito que el anterior, le decía al mismo Galdós:—¿Querrá usted creer que no he leído nada de usted?—Y otro literato, más erudito que los dos citados juntos, catedrático de Filosofía, estiradísimo, capaz de dividir los géneros literarios hasta que no quede casta de ellos, me decía después de publicarse Gloria:— Ese Galdós parece muchacho listo; ¡promete… promete! Yo no he leído nada suyo, pero veo que se habla de él en todas partes…

Ahora figúrese el lector piadoso, si los eruditos dicen esto, cuántos Episodios Nacionales habían leído los no eruditos, entre los cuales entran por muchos millones los que no saben leer.

Cuando se ha pensado un poco en las cualidades que suelen concurrir en las obras literarias que quedan, descúbrense, si la reflexión es imparcial y ajena a preocupaciones impuestas por la escuela, por la moda o por el vulgo (los tres enemigos del buen gusto), descúbrense, digo, como características las que en Pérez Galdós puede notar el lector atento.

Una obra frívola o que responde a intereses accidentales, pasajeros, no puede, por muchos primores que la adornen, ser obra maestra, de las que llevan el sello del genio y sobreviven a su tiempo. Esta verdad , que nos enseñan en la cátedra de retórica y que después suele olvidarse, porque se aprendió sin comprender toda su importancia, vuelve a verse en todo su esplendor cuando la experiencia de la lectura y de la misma vida sustrae el hastío de los libros malsanos que suelen ser la comidilla de la moda, y que a todos en alguna época de nuestra existencia nos seducen.

Esta esencial y primera cualidad de los libros buenos existe en los Episodios Nacionales. Sin el aparato, que hoy sería ridículo, de una introducción de poema épico, Galdós cuenta, ya que no canta, la historia de la patria en los azarosos tiempos en que tocamos al fondo del abismo de nuestra decadencia, y en los que siguieron más venturosos, porque fueron el comienzo de una regeneración gloriosa, lenta, intermitente, pero segura. El proyecto es grande, interesante, digno de los esfuerzos poderosos de un gran ingenio; hay en el asunto valor real y valor estético consiguiente. Pero es necesario que el escritor posea facultades proporcionadas a la gravedad y dignidad del objeto; de otro modo, es necesario que el propósito de tratar semejante asunto haya sido producto de inspiración poética, que la primera visión de tamaña empresa naciera al calor de la simpatía inefable que siente el poeta por la realidad que le sirve de fondo en su obra. Para que esta armonía entre el asunto y el artista exista, es evidente que por necesidad las facultades de éste han de ser proporcionadas al objeto.

Bien puede suceder que, a pesar de esta armonía en la concepción primera y general, resulte desgraciada la obra en el desempeño por accidental error o torpeza; pero siempre será cierto que, sin esa feliz conjunción de que hablaba, la producción de lo bello es imposible.

En los Episodios Nacionales, por fortuna, concurrieron todos los elementos necesarios para que la obra fuese digna del propósito. Las facultades de Galdós eran las más propias para tratar el asunto por inspiración escogido; y, generalmente, en el trabajo ulterior de la producción artística no faltó la habilidad conveniente, merced a la bondad de los medios preferidos. Hay en Pérez Galdós un corazón grande, un noble entusiasmo por las grandes cosas, un supremo amor a la justicia, una fe innominada, mas no por eso poco fuerte; y además, hay una ternura poética y pudorosa para todo lo delicado y débil, que hasta en la burla y en la sátira se transparenta. Estas son cualidades esenciales que en la obra de Galdós se reflejan y le sirven para colocarse a la altura del asunto que trata.

Pero es muy fácil que el lector distraído no eche de ver todo esto, porque Galdós, en su estilo como en su carácter, no es aparatoso ni bullanguero; huye la exageración, no amplifica, satiriza la forma asiática, desdeña la hipérbole, ama el eufemismo, escribe entre líneas y gusta de ser entendido en media palabra; si llora, llora por dentro; si se entusiasma, su entusiasmo es contenido, prudente; si ríe, no da carcajadas; cuando se burla, no desprecia; ama, y contempla y admira las ideas en las cosas que son, no su símbolo, sino su expresión más humilde, asequible y clara para el espíritu vidente; sus mayores enemigos son los tiranos y los charlatanes, porque son los azotes de la justicia y de la prudencia, virtudes cardinales en moral y en literatura.

La prudencia bien entendida, y entendida en todo lo que vale, se puede decir que es la musa de Galdós. Y esto me lleva a tratar un punto que ha tocado la crítica al hablar de los Episodios Nacionales. Se ha dicho que la epopeya de nuestra regeneración nacional no ha inspirado en Galdós el entusiasmo necesario para cantar la gloria de aquellos días; se ha dicho que Galdós ve con suficiente frialdad nuestros hechos de entonces para poder repartir elogios y censuras por igual; y esta justicia se cree extremada, porque la equidad, añaden, exigía un cristal de aumento para las hazañas de aquellos tiempos.

A esto respondo que Galdós no canta; cuenta, como dejo advertido, y cuenta la verdad, que, después de todo, es siempre lo que más conviene. Aparte de que es contrario al estilo del autor y a su carácter, según va también notado, lo que de él se exige: para el efecto de reflejar por manera artística la belleza de nuestra historia nacional, es preferible el procedimiento de Galdós, cuyo entusiasmo latente, pero profundo y activo, le inspiró tanto, que dio a su fantasía la fuerza necesaria para ver la copia fiel de aquellos días tal como fueron en realidad. Y es preferible este procedimiento, porque hoy la única forma que puede reemplazar al antiguo poema épico es la novela histórica, en el sentido lato de la palabra, que es una especie de realismo, como el realismo puede y debe admitirse. Dije antes que la prudencia inspira a Galdós, y la prudencia manda no ver más de lo que hay; no hacerse ilusiones. Si Galdós, en alas de un entusiasmo, digno de respeto, pero que no es como él lo siente, hubiera fantaseado una España homérica en los días de Carlos IV y Fernando VII, hubiera lisonjeado el patriotismo un tanto pueril de algunos, pero no hubiera escrito una novela histórica de tan subido mérito. ¿Novela histórica? Sí, por cierto; en el más estricto rigor de la palabra —Yo no he visto hasta ahora escrito en parte alguna, ni siquiera en la Revista de Ambos Mundos, que a la literatura pueda llevarse la división que en la realidad existe de lo ideal y lo histórico; yo juzgo que no habré visto nada escrito sobre el caso, no porque no se haya tratado tal asunto, sino por lo poco que leo. Lo que a mí (y a cualquiera, por consiguiente) me ocurre acerca del particular, es esto: el realismo o naturalismo, que tanto monta para el caso, peca de orgulloso exclusivismo al atribuirse semejante manera y anatematizar todo otro género de literatura. El realismo verdadero abarca la moderna escuela, que se cree única legítima, y el postergado idealismo, de glorioso abolengo.

Cuando se copia (por modo artístico siempre, esto es claro) la realidad actual o pasada de la vida fenomenal, en la que todos los individuos existen determinadamente en infinita determinación, insustituible ya, la única real en tal caso, se escribe la novela histórica, propiamente dicha, y es necesario, so pena de falsedad, que a los caracteres y acción de la obra se les dé toda esa concreta determinación histórica que en la realidad tienen, y tal como es en la realidad, ni más ni menos, sin que el poetizar consista en rigor, en alterar, en falsificar personajes ni acción, sino en hallar el momento expresivo artístico de esa misma existencia individual histórica infinitamente finita de la realidad vivida que se copia; dispénsenme los lectores esta manera de decir lo que pienso, que puede hacer que algún malicioso me tome por un attaché; pero confieso con cierto rubor que yo no sé expresar de otro modo eso que tenía que decir,—Esta clase de novelas son con toda propiedad y exactitud y precisión históricas; son además realistas (cuando lo son, por supuesto, no siempre ya se lo llaman), pero este último adjetivo, si es propio no es preciso, pues que el realismo abraza mucho más. Así, la novela idealista, propiamente tal, es también realista, sin que haya aquí paradoja sino en la apariencia.

La historia en la novela no necesita coincidir, aunque bien puede, con la historia pragmática, y puede aventurarse que conviene que no coincida para que la época que se pinta aparezca con sus caracteres propios mejor y más conocida. En los acontecimientos políticos que suelen formar la materia de la historia pragmática hay siempre cierto aparato de una personalidad que les quita no poco de la aptitud necesaria para la obra artística del género histórico. Compréndenlo así Walter Scott, Manzoni y actualmente Freitag y Galdós entre nosotros; en sus novelas históricas no nace de las vicisitudes políticas la trama de la acción, sino que imaginan una particular, en la que influyen los acontecimientos de la historia pragmática, pero como un factor entre nosotros, siendo el principal el que resulta de los caracteres individuales que comentan y en los cuales expresan, como por modelo o mejor muestra, la vida real del tiempo que describen, vida que se manifiesta en las relaciones privadas más y mejor que en los grandes hechos políticos que suelen guardar los anales históricos.

Walter Scott, por ejemplo, para hacernos conocer el carácter de la época de Cronwell, imagina una acción que se desenvuelve en el castillo de un noble toda ella, y no es de carácter político sino en su desenlace; Manzoni, para mostrarnos el cuadro de la Italia del siglo XVII, se vale de los amores de Renzo y Lucía, dos aldeanos; Freitag, en su ya célebre serie de novelas históricas, Los Antepasados, sigue la suerte de una raza a través de los siglos, desde el de Juliano hasta el presente; Galdós enlaza hábilmente con los episodios de nuestra historia contemporánea las aventuras Gilblasianas de Araceli y Monsalud. Si en este punto su buen instinto le ha llevado por el camino más propio para su objeto, en todo lo demás no le ha abandonado la misma feliz inspiración.

Eso que llama una señora muy discreta en una notable crítica de los Episodios escepticismo de Galdós, no es tal escepticismo; es la copia fiel de la vida de nuestro siglo en España antes del reinado de Isabel II; parece escéptico Galdós en los Episodios porque la resultante de las fuerzas sociales en los días de que trata parecía tan desconsoladora en sus enseñanzas, que Monsalud, producto psicológico de esa azarosa existencia social, no podía menos de sacar el alma desengañada y sin ánimo de todas aquellas luchas. Porque es de advertir que la realidad histórica exigía de Galdós no hacer de Monsalud un héroe, sino el término medio del espíritu español de aquellos días; un héroe en su lugar no se hubiera desanimado, pero cualquiera español algo talentudo se desanimaba. En cambio., D. Benigno Cordero, D. Patricio Sarmiento, ¡véalos la señora Pardo Bazán, qué valientes se muestran hasta el último trance: para uno el trance de la horca, para otro el trance de las calabazas! D. Patricio estaba loco, y D. Benigno era un pobre hombre. Entre Araceli y Monsalud hay también diferencia, que refleja la de los tiempos. Araceli es testigo de los días gloriosos de nuestra guerra de la Independencia; en La batalla de los Arapiles, sus aventuras terminan logrando el premio glorioso de sus proezas. Pero Monsalud vivió en los tiempos de Riego y de Calomarde, de Martínez de la Rosa y el obispo de León, del conde de España y Fernando VII; vio esfuerzos generosos empleados sin conciencia y sin constancia; vio a la populachería cobarde y necia pasar plaza de liberalismo heroico; vio al despotismo brutal disfrazar el miedo con el terror impuesto; vio a la debilidad usurpar por vanas simpatías el puesto de la energía; vio al fanatismo llamar a la ignorancia religión; vio a la crueldad del salvaje pasar plaza de disciplina; vio al tigre ungido, y de tanta miseria sacó en consecuencia ese escepticismo, que nada tiene que ver con el autor de los Episodios , sino que debió ser y fue fruta del tiempo, que nos da ogaño la cosecha de políticos eclécticos que todos sufrimos y lamentamos.

Si Araceli y Monsalud, protagonistas de las dos series de episodios nacionales, representan tan perfectamente el tipo individualizado para la expresión de sus respectivos tiempos, los personajes que les acompañan, influyendo en su acto y carácter, no son menos dignos de elogio. Pero este artículo, que en las consideraciones generales se ha extendido tanto, no puede ya servir para tratar de este particular, ni de otros muchos que por culpa de mi impericia se quedan en el tintero. Nada digo, pues, de la propiedad y vigoroso colorido con que están pintados tipos, costumbres y hasta trajes, paisajes y espectáculos de la variable actualidad de nuestro siglo en sus comienzos y primer tercio. De todo eso, al tratar de cada uno de los episodios, ha dicho la crítica cuantas alabanzas merecía, o poco menos. Yo mismo tendría que repetirme si me detuviese ahora en tal asunto. Sin embargo, confieso que este artículo queda incompleto, y aunque he dicho algo de lo principal que me proponía, declaro que me falta no poco; y por si no tengo ocasión de decirlo otro día, conste que en resumen es esto: el Sr. Galdós ha escrito, en el género más difícil y más agradable para nuestros días, la novela mejor pensada, más inspirada y de forma más bella de cuantas se han publicado en España en todo el siglo; esta novela se llama: Episodios Nacionales.

(Leopoldo Alas (“Clarín”), Obras completas. Tomo primero. Galdós, Editorial Renacimiento, Madrid, 1912, páginas 307 á 319)

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Protágoras

Amigo de Péneles y Eurípides, el florecer de Protágoras de Abdera se sitúa en el 444 ó 440 a. C. y se sabe que murió a los 70 años. Fue acusado de impiedad por causa de una obra titulada Acerca de los dioses y tuvo que huir a Siracusa, pereciendo en el camino. Fue el primero en llamarse maestro de virtud y sofista a sí mismo. Enseñó en casi todas las ciudades griegas y estuvo en Atenas en repetidas ocasiones. Sigue leyendo

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El caso del totemismo

Haida Totem Poles

Las teorías fundamentales acerca del origen y naturaleza de la religión han sido quizá las primeras interpretaciones rigurosas con que la sociología se ha enfrentado a la psicología. Tachadas frecuentemente de sociologistas, lo que da idea de la línea que las guía, han solido coincidir en pensar la religión, no por lo que ésta tenga de verdadera o falsa, sino por la eficacia con que contribuye a mantener la cohesión y estabilidad sociales. Sabido es que los iniciadores principales de esta tendencia son Durkheim, Malinowski y Radcliffe-Brown. Del primero de ellos afirman los otros haber aprendido esa idea directriz. De hecho se la encuentra en las primeras páginas de la obra que éste dedicó al totemismo australiano. Esa convicción pudo suplir en los escritos funcionalistas la persistente e injustificada inclinación ilustrada por el desprecio de las creencias religiosas, y en particular las primitivas, bien por suponer que proceden de las confusiones mentales o las actitudes irracionales de los individuos o bien por la pretendida comprobación de que no poseen el tipo de eficacia que el nativo les atribuye. Ante un primitivo que practica un ritual con el que espera conseguir más alimento o lluvia, el librepensador ilustrado concluye que la religión engaña al primitivo o que éste tiene perturbadas sus facultades mentales. Sin embargo, esa esperanza que el nativo pone de manifiesto en su ritual no se diferencia de la actitud del creyente que, en nuestra época, reza por la salud de un ser querido.

El funcionalismo actúa con más sensatez. Insiste en que, al interpretar ambas acciones como de igual naturaleza, es inútil indagar el resultado visible obtenido, porque su efecto real no es sino la satisfacción de haber cumplido un deber religioso con el que el primitivo, y acaso también el civilizado, espera haber colaborado al mantenimiento de un orden universal del que tanto el hombre como la naturaleza forman parte. Esta es una opinión que sostiene Radcliffe-Brown[1] en particular. Las ideas de Malinowski pasan por ser más extremas, pero también, al igual que las de aquél, siguen en líneas generales las tesis que Durkheim había preconizado. Sin embargo, las aportaciones particulares de ambos al tema que nos ocupa merecen ser puestas de relieve, pues sirven de interlocutores con los que discutir la verdad del totemismo. (Seguir leyendo)

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