9. El comunitarismo y la comunidad política

El comunitarismo contemporáneo surge como una reacción crítica tanto al liberalismo procedimental como al cosmopolitismo abstracto. Frente a la primacía del individuo prepolítico y la neutralidad moral del Estado, los comunitaristas subrayan la inserción constitutiva del sujeto en tradiciones, prácticas y comunidades concretas. El hombre, afirman, no aparece nunca desnudo de vínculos, sino siempre ya situado en una historia compartida. Esta recuperación de la dimensión comunitaria acerca al comunitarismo al tomismo más que ninguna otra corriente política moderna.

Sin embargo, esta cercanía no es plena. Hay ciertamente convergencias reales entre el comunitarismo y la concepción tomista de la comunidad política, pero el comunitarismo presenta límites estructurales a la hora de fundamentar normativamente la inmigración y la integración desde el bien común.

La figura central del comunitarismo filosófico es Alasdair MacIntyre. Su crítica del liberalismo pone de relieve la imposibilidad de una ética desligada de tradiciones compartidas. El sujeto moral, sostiene, es siempre heredero de una narrativa histórica que confiere sentido a sus prácticas, virtudes y fines. No hay moralidad sin relato, ni virtud sin pertenencia.

Esta tesis converge notablemente con la concepción tomista del hombre como ser social por naturaleza. La virtud no se adquiere en abstracto, sino en comunidades concretas que encarnan bienes internos a prácticas compartidas. En el plano político, esta perspectiva permite comprender la inmigración no solo como desplazamiento de individuos, sino como encuentro, y posible fricción, entre tradiciones morales y formas de vida.

No obstante, MacIntyre rehúye una fundamentación metafísica del bien común. Su énfasis en la historicidad de las tradiciones dificulta la formulación de criterios normativos universales que permitan juzgar cuándo una práctica comunitaria es justa o injusta respecto del extranjero. El bien aparece así vinculado a la coherencia interna de una tradición más que a una medida objetiva de justicia.

Otros autores comunitaristas, como Charles Taylor y Michael Sandel, han desarrollado la crítica al liberalismo desde la noción de identidad y reconocimiento. Para ellos, la identidad personal se constituye de modo dialógico en el seno de comunidades culturales y políticas que preceden al individuo.

Este enfoque permite cuestionar con fuerza la idea liberal de un Estado neutral respecto de las concepciones del bien. La comunidad política, según dicen, no puede prescindir de ciertos valores compartidos sin desintegrarse. Aplicado a la inmigración, el comunitarismo subraya la importancia de la integración cultural y cívica frente a una mera inclusión jurídica formal.

Sin embargo, también aquí la noción de bien permanece ligada a procesos de reconocimiento histórico-cultural más que a una teleología objetiva. El riesgo es deslizarse hacia un pluralismo comunitario en el que cada tradición se legitima por sí misma, sin un criterio último que permita juzgarla desde la justicia.

Las afinidades entre comunitarismo y tomismo son reales y merecen ser explicitadas. Ambos rechazan el individualismo atomista; ambos afirman la centralidad constitutiva de la comunidad; ambos subrayan la importancia de la virtud y de los hábitos cívicos; y ambos reconocen que la inmigración no puede reducirse a un problema de derechos, sino que implica incorporación a una forma de vida. Estas convergencias explican por qué el comunitarismo ofrece un marco más prometedor que el liberalismo o el cosmopolitismo para pensar la inmigración de modo no reductivo.

A pesar de ello, el comunitarismo carece de un elemento decisivo presente en el tomismo: una metafísica del bien común. Para Santo Tomás de Aquino, el bien común no es una construcción narrativa ni un consenso histórico contingente, sino un bien real y objetivo, fundado en la naturaleza humana y ordenado a la virtud.

Sin esta referencia, el comunitarismo enfrenta una dificultad estructural: ¿con qué criterio juzgar las prácticas comunitarias cuando entran en conflicto con la dignidad del extranjero? ¿Cómo evitar que la legítima defensa de la identidad derive en exclusión o particularismo cerrado? El tomismo responde a estas preguntas mediante la ley natural, que limita moralmente a toda comunidad política. El comunitarismo, en cambio, oscila entre una defensa contextual de las tradiciones y una apelación implícita, no siempre fundamentada, a valores universales.

Aplicado a la inmigración, el comunitarismo ofrece herramientas valiosas para comprender la importancia de la identidad, la cohesión social y la integración. Pero, sin una referencia objetiva al bien común, corre el riesgo de absolutizar la identidad comunitaria, convirtiéndola en criterio último de legitimidad.

Desde el tomismo, la identidad política es real, pero no absoluta. La comunidad debe preservarse, pero siempre dentro de los límites de la justicia natural y de la dignidad humana. El comunitarismo, al no disponer de esta instancia normativa superior, puede llegar a justificar restricciones excesivas o arbitrarias en nombre de la tradición.

El comunitarismo representa, así, el interlocutor moderno más cercano al tomismo en la cuestión migratoria. Reconoce la necesidad de integración, la relevancia de las tradiciones y la insuficiencia del individualismo liberal. Sin embargo, su déficit metafísico le impide articular una síntesis estable entre universalidad moral y particularidad política.

El tomismo conserva lo mejor del comunitarismo, la centralidad de la comunidad, y lo supera al fundarlo en una antropología y una teleología objetivas. Se aproxima notablemente al tomismo al recuperar la dimensión comunitaria de la vida moral y política, pero su falta de una metafísica del bien común limita su capacidad para ofrecer criterios normativos firmes en materia de inmigración.

La propuesta tomista, al integrar tradición, virtud y ley natural, permite afirmar simultáneamente la identidad de la comunidad política y la dignidad del extranjero, sin caer ni en el particularismo cerrado ni en el universalismo abstracto.

Hay una corriente radicalmente distinta, la de Carl Schmitt, que absolutiza la soberanía y concibe al extranjero desde la lógica del conflicto, que abordaré en el próximo artículo sobre el trasfondo del presente.

Share
Esta entrada ha sido publicada en Filosofía práctica, Moral, Política y etiquetada como , , . Guarda el enlace permanente.