¿Hay en el ente finito una verdadera estructura de esencia y existencia, o se trata tan sólo de una distinción introducida por el entendimiento? A responder a esta cuestión se ordena el presente artículo; en otro habría que precisar en qué consiste dicha estructura, si es que en efecto se verifica.
La experiencia inmediata nos sitúa ante una pluralidad de entes particulares, cada uno de los cuales es lo que es —y en ello se distingue de los demás— y, al mismo tiempo, existe —y en ello conviene con todos. Un trozo de hierro, un manzano, un gato y un hombre se presentan ante nosotros como realidades diversas, pero hermanadas en el hecho mismo de existir. No hay en ellos una esencia que, por un lado, sea, y una existencia que, por otro, sobrevenga desde fuera; existen siendo lo que son, y son lo que son existiendo. Parece, en efecto, que no puede darse existir sin determinación alguna, ni determinación real sin existir. La esencia plena es, por ello, esencia existente; y en esta unidad viviente —no abstracta— consiste la perfección propia del ser.
Si dejamos de lado, por ahora, la consideración de especies y géneros, y atendemos únicamente al orden universal del existir, la dificultad se formula con mayor pureza: ¿por qué la perfección del existir se manifiesta en modos tan diversos? ¿De dónde procede esa pluralidad de formas en las que el ser se realiza? La respuesta, conocida en la tradición y aquí anticipada, afirma que el ente finito existente está compuesto de esencia y de existencia. Pero esta afirmación exige ser justificada; sólo si admitimos tal composición se hace inteligible que lo real sea a la vez uno en el existir y diverso en sus modos, finito en su realización y abierto en su posibilidad. Esta línea de pensamiento, que se remonta a Platón y Aristóteles, se afina en Plotino, se despliega en los comentaristas árabes y judíos, y llega, con variaciones, hasta la filosofía contemporánea.
Podría, sin embargo, proponerse una objeción de apariencia sugestiva. Si cada cosa se presenta como distinta, ¿no será, en el fondo, que toda diferencia es relativa y que sólo el todo es verdaderamente real? La hoja remite a la rama, la rama al árbol, el árbol al bosque, y así sucesivamente hasta una totalidad que, por su misma extensión, escapa a nuestra experiencia. ¿No habría entonces que afirmar que sólo el todo es individuo, y que en él se disuelve toda dualidad, incluida la de esencia y existencia, en una identidad absoluta sin fisuras? Tal concepción, que encuentra expresión en ciertos sistemas panteístas, elimina de raíz la posibilidad de trascendencia y, con ella, la estructura misma de lo finito.
La dificultad se resuelve si se atiende con rigor a la noción de individuo. Un individuo absoluto y universal, si existiera, no podría ser objeto de experiencia; a lo sumo, sería una idea regulativa de la razón. Lo que efectivamente se nos da es la totalidad concreta de cada ente particular. Pretender que la suma de los particulares constituye una unidad superior orgánica es una afirmación gratuita. Un conjunto no es, sin más, un organismo. Así como el censo de una nación reúne individuos sin convertirlos en un solo ser vivo, así también la multiplicidad de entes no se resuelve en una unidad real superior. De admitirse lo contrario, el conocimiento mismo se tornaría imposible, pues conocer una cosa exigiría conocer previamente la totalidad de lo real, en un círculo sin salida.
Resulta, por el contrario, más conforme a la experiencia y a la razón sostener que cada ente posee una esencia propia, que lo define desde sí y no por referencia constitutiva a otro. Su inserción en un orden universal no anula su individualidad. El individuo es irreductible: no se define por otro, sino por sí mismo. Su esencia es un principio interno de determinación; su existencia, en cambio, no parece pertenecerle con la misma necesidad, pues puede cesar sin que por ello deje de ser lo que es en cuanto esencia. Puede dejar de existir, pero no puede convertirse en otro.
Ahora bien, este mismo individuo, siendo él mismo, participa de una doble relación: conviene con los demás en cuanto existe, y difiere de ellos en cuanto es esto y no aquello. Y como no puede ser idéntico aquello en lo que conviene y aquello en lo que difiere, es preciso admitir en él una composición real de ambos principios. La semejanza y la diferencia no son accidentes superpuestos, sino dimensiones constitutivas de su entidad. El ente particular, por tanto, no es simple, sino estructurado.
Desde aquí se ilumina el sentido de la composición de esencia y existencia. Gracias a ella, el ente puede subsistir entre otros, sin confundirse con ellos, y puede ser finito sin dejar de participar del ser. Todos los entes —el hierro, el gato, el naranjo, el hombre— comparten la perfección de existir; pero cada uno la realiza según una medida propia, como una luz que, siendo la misma en su origen, se refracta diversamente al atravesar cristales distintos. Existir no es simplemente emerger fuera de la nada, sino realizar la perfección del ser según un modo determinado. La esencia es esa medida, ese límite que hace que el existir sea este existir y no otro. La existencia es acto de perfección; la esencia, principio de determinación. Por ello, la existencia no se da en los entes finitos en plenitud absoluta, sino contraída en la modalidad concreta de cada uno.
De aquí se sigue una inversión importante: no es el ente finito finito porque sea causado, sino causado porque es finito. Todo lo que es compuesto exige una causa, y el ente finito lo es en virtud de su composición. La cuestión radical no es, pues, por qué hay causalidad, sino por qué hay composición en el ser.
Considérese un árbol. El hecho de que exista significa que posee una perfección real frente a la nada. Pero esa perfección, siendo en sí misma absoluta, se da en el árbol de manera limitada, como si una fuente inagotable se dejara recibir en una vasija de capacidad determinada. El árbol no es dueño del existir: lo recibe según su modo. Y en esa recepción medida reside su carácter causado. No es finito porque dependa, sino que depende porque su modo de ser es finito.
Por eso se dice, con propiedad, que la existencia de los entes finitos es participada. La esencia es aquello en lo que y por lo que el ente tiene ser. Existir es signo de perfección; ser algo determinado es signo de limitación. En esta tensión —no contradictoria, sino constitutiva— se cifra la estructura del ente finito: potencia y acto, esencia y existencia, medida y plenitud recibida. Y es precisamente en esta articulación donde el ser, lejos de disolverse en una identidad indiferenciada, se despliega en la riqueza ordenada de lo real, conservando en cada individuo la firmeza de su identidad y la apertura de su acto.
(V. González Álvarez, Á., Tratado de metafísica. Ontología, Existencia de una estructura entitativa, Artículo III)