Una revolución tiene que ser heroica. Ríos de sangre derramada por el valeroso pueblo, que se levanta espontáneo contra el tirano. Si no es heroica no es revolución. El mito lo exige. Por eso existieron David, pintando la lucha contra la tiranía en Francia y Eisenstein, contra la de los zares en Rusia.
Es penoso que los hechos reales no se adapten al mito. ¿Peor para ellos? La realidad es demasiado prosaica y el mito tiene que ser retrospectivo, es decir, inventado. La Revolución Francesa, que tuvo su momento inaugural con la Toma de la Bastilla, es un caso paradigmático. La proclamación de la Segunda República Española es otro. Vayan unas pocas palabras sobre la primera y luego unas cuantas más sobre la segunda
La Toma de la Bastilla fue un acto del pueblo de París, se dice, para liberar a los presos de los Borbones que había en aquella fortaleza. Después de que se le franqueara la entrada desde dentro, resultó que sólo había siete presos, cuatro falsificadores que estaban esperando juicio y aprovecharon la ocasión para escaparse, y, de los otros tres, dos eran dementes que hubo que encerrar en el manicomio de Charenton. El último estaba preso por delito de incesto. No había un solo prisionero presentable como héroe de la resistencia a la opresión. Pero eso no fue un inconveniente. Se inventó un octavo preso, un supuesto conde que había estado en la cárcel durante 32 años. Las gacetas y panfletos ocuparon sus portadas con su retrato y así la revolución resultó que comenzaba con un admirable acto de heroísmo.
¿Y la proclamación de la Segunda República Española? ¿No estuvo acaso envuelta en un aura de grandeza y heroísmo? Respondo transcribiendo un texto extraído de los Dietarios de Madrid, de Josep Pla:
“Intento llegar al domicilio de don Miguel Maura, pero, al ir a cruzar la puerta, los porteros me cierran el paso. De todos cuantos elementos componen el Gobierno republicano (pacto de San Sebastián), a quien creo llamado a actuar de un modo más eficiente es al señor Maura. Es un hombre muy bien vestido (americana cruzada que contrasta con la dejadez en el vestir del resto de los elementos del Gobierno provisional), muy bien peinado, pero de mentalidad extremadamente alocada. En la calle de Alcalá vi pasar a Maura en un taxi que se abría paso con dificultades por entre la muchedumbre, acompañado de don Manuel Azaña. Conozco a ambos personalmente; a Azaña, de algún que otro café literario, frecuentado siempre por don Ramón del Valle-Inclán y su cuñado Rivas Cherif, un chico muy agitado que siempre daba la impresión de estar bailando. A don Miguel lo conocí en alguna casa de la alta sociedad —quizá en casa del financiero Bamberg, presentado por Vidal i Guardiola, que sabía el alemán y tenía amistad con los Bamberg.
Así, no tuve más remedio que dirigirme, por entre la multitud, a la Puerta del Sol hasta alcanzar el gran portalón del Ministerio de Gobernación, del que Maura acababa de apoderarse. Los porteros, como es natural, me cerraron el paso del Ministerio. Esperé, pues, largo rato, en medio de un gentío vociferante, a que saliera alguien que pudiera contarme lo ocurrido. La espera fue positiva y, en un momento dado, vi que salía el señor Ayuso, de Soria, político, hombre pequeño y agudo, que me dio una versión de lo que acababa de ocurrir.
A las tres de la tarde —me dijo el señor Ayuso— nos encontramos en el domicilio del señor Maura varios amigos y un miembro del Gobierno provisional: don Manuel Azaña. Maura telefoneó a todas partes: a Palacio, a Gobernación, al domicilio del doctor Marañón, donde se estaba celebrando la negociación Romanones-Alcalá-Zamora que garantizó la salida pacífica de la familia real. No pudo sacar nada en claro. Empezó a impacientarse. A las tres y media volvió a telefonear. Ninguna respuesta. A las cuatro, ansioso, enervado, volvió a insistir. Mismo resultado. A las cuatro y media, a las cinco, a las cinco y media, no sabía aún si el paso de la República era franco. Por fin, cansado de abrocharse y desabrocharse la americana, con los ojos enrojecidos saliéndole de las órbitas, dijo Maura:
—Ha llegado la hora de echarse a la calle. Vámonos, Azaña…
En la calle alquilaron un taxi y Maura ordenó, contundente:
—¡A Gobernación!
Azaña lo miró, asustado. A medida que el taxi se fue acercando al centro de Madrid, la inquietud de Azaña fue creciendo. Por fin, dijo:
—¡Pero, Maura, es usted un insensato! Nos van a ametrallar. Nos van a ametrallar. Nos acribillarán a balazos. Esto es una locura…
—No se preocupe —dijo Maura, impávido, aunque trastornado por dentro—. Pronto habremos salido de dudas.
—Pero, Maura…
—Si nos ametrallan, nos ametrallan…
Llegaron, así, a la Puerta del Sol. Cuando la multitud reconoció a Maura, le ovacionó. Bajaron del coche frente al portal del Ministerio. La gente les abrió paso. Ante la puerta, solicitaron entrar. Apareció en el portal un oficial de la Guardia Civil.
—¿Desean los señores…?—preguntó.
—Somos el Gobierno provisional de la República —contestó Maura, rígido, estirado.
El oficial soltó un grito y la guardia formó. El primer paso estaba dado. Azaña, pálido como un muerto, se secó el sudor de la frente.
Maura subió los peldaños de la escalera del primer piso de tres en tres. Llegaron así a la puerta del despacho del subsecretario. Maura se abalanzó sobre la manilla de la cerradura. Entró como una exhalación en el despacho y se encontró ante don Mariano Marfil, a quien conocía perfectamente, pues había trabajado con su padre, don Antonio Maura. Don Miguel dice, con su voz enérgica:
—¡Señor subsecretario! Soy el ministro de Gobernación del Gobierno provisional de la República. Deseo que se ausente usted en el acto.
Marfil, pálido como un personaje del Greco, se pasó la mano por la barba y dijo con una voz cobarde:
—Me doy por enterado…
Marfil salió por una puerta falsa.
Maura pasó enseguida al despacho del ministro y cogió el teléfono, exaltado, mientras Azaña, sentado enfrente, iba tranquilizándose de forma visible.
—¿Es usted el gobernador de Sevilla?—dice Maura—. Aquí el ministro de Gobernación de la República…
—¿Qué? ¿Cómo dice usted?—responde el gobernador de Sevilla.
—Aquí Miguel Maura, ministro de Gobernación de la República, de la Re-pú-bli-ca… ¿Me oye usted? Entregue usted el mando al presidente de la Audiencia en el acto…
—Bien, señor ministro —dice la voz de Sevilla, temblando y quizá indignada.
Maura habló así, uno por uno, con todos los gobernadores de la Península. A las seis y media de la tarde, el régimen republicano fue instaurado oficialmente en toda España. A medida que Maura fue telefoneando, don Manuel Azaña se fue quitando la angustia de encima y acabó en un estado de fatiga tranquilizada…”.
Y así, por obra de un personaje bastante atrabiliario y otro bastante cobarde que le secundó, fue proclamada la Segunda República Española.