El tiempo redimido: Beda el Venerable y la cristianización de la historia

El sentido profundo de la adopción del calendario de Dionisio el Exiguo por parte de Beda el Venerable es, al mismo tiempo, histórico, intelectual y espiritual.
Podría decirse que Beda no solo corrigió un modo de contar el tiempo, sino que reveló su sentido. Hay que verlo con los ojos de su siglo, no con los nuestros.

Dionisio había concebido su cómputo, el Anno Domini, con una intención litúrgica y teológica; él se propuso fijar las fechas de la Pascua y liberar el calendario de la “era de Diocleciano”, que recordaba a un perseguidor de cristianos. No buscaba reescribir la historia universal, sino purificar la medida del tiempo: hacer que los años ya no nacieran de la violencia, sino del nacimiento del Redentor.

Sin embargo, el alcance de su propuesta quedó limitado, pues durante casi dos siglos fue un instrumento de cálculo eclesiástico, un recurso técnico en monasterios y círculos eruditos.

Beda, monje inglés del siglo VIII, historiador y teólogo, vio en esa modesta innovación la semilla de una nueva conciencia histórica. En su Historia ecclesiastica gentis Anglorum, no solo usa por primera vez el cómputo de Dionisio de modo sistemático, sino que lo convierten en lenguaje narrativo. Ya no es una herramienta de computistas, sino la estructura temporal de la historia cristiana

Beda fue el primero en emplear de forma explícita la expresión “ante incarnationem Domini”, “antes de la Encarnación del Señor”. Con ello, trazó algo que nunca antes se había formulado con tanta claridad: una línea temporal única con un eje axial. El nacimiento de Cristo se volvió punto cero del mundo, el instante que divide el devenir en un antes y un después.

Esa innovación es más que un sistema cronológico: es una revolución conceptual. Antes de Beda, el tiempo era plural, fragmentario, local; después de él, adquiere sentido universal y redentor. El pasado ya no es una suma de reinados o consulares, sino el camino que prepara la Encarnación; el futuro, la espera de su plenitud.

Por eso puede decirse que Beda historizó la fe: le dio al cristianismo una cronología coherente, una memoria ordenada, una conciencia del progreso de la salvación en el tiempo.

En Beda, el calendario se vuelve teología aplicada. Al adoptar el cómputo de Dionisio, unió dos dimensiones del espíritu cristiano: la exactitud monástica, que mide los días para el culto, y la visión providencial, que ve en el tiempo la huella de Dios.

De esa unión nace la historia medieval como disciplina moral: narrar el tiempo es mostrar cómo la gracia actúa en la duración.

Así, el Anno Domini deja de ser una cifra y se convierte en una interpretación simbólica del tiempo humano. Contar los años desde Cristo significa reconocer que toda historia, sus imperios, guerras, fundaciones y catástrofes, acontece dentro de la historia de la Redención.

La adopción de Dionisio por Beda no fue un simple acto de erudición, sino un gesto espiritual de unidad. Unificó los tiempos dispersos de Europa bajo un mismo latido, dio al calendario un corazón y transformó el cálculo en contemplación.

En adelante, cada fecha se volvió una confesión discreta: “vivimos después de Cristo”. El tiempo ya no es un río ciego, sino una peregrinación hacia un fin. Beda, el monje de Northumbria, entendió que Dionisio había puesto una lámpara en el calendario, y él la alzó para que iluminara toda la historia.

En conclusión, Dionisio cristianizó el calendario, Beda cristianizó la historia. Uno midió el tiempo; el otro le dio sentido.

Todo esto es la raíz de la idea de progreso y, con ella, la de racismo y tantos otros delirios que hemos padecido y seguimos padeciendo. Son ideas secularizadas que se han trocado en patologías religiosas.

Share
Esta entrada fue publicada en Filosofías de (genitivas), Historia. Guarda el enlace permanente.