Interpretación mahdísta de ʿAlī Khamenei y su función político-escatológica

A partir de los testimonios procedentes de las fuentes públicas más recientes, puede afirmarse que la concepción de ʿAlī Khamenei, cabeza del clero que dirige Irán y Jefe del Estado y marŷaʿ, o “fuente de emulación”, acerca del Mahdī se inscribe formalmente dentro de la doctrina duodecimana clásica, aunque incorpora determinados acentos que responden tanto a una elaboración teológica específica como a una clara función política en el marco ideológico de la República Islámica de Irán.

Khamenei insiste, en primer lugar, en que la expectativa del Mahdī no constituye una creencia exclusiva del chiismo, sino que pertenece al patrimonio espiritual común de la humanidad religiosa. La presenta como una esperanza escatológica transversal, compartida, según afirma, por todas las religiones, en cuanto horizonte último de salvación y garantía de un futuro de justicia. Esta tesis aparece formulada de manera explícita en diversos textos de su sitio oficial, donde se sostiene que todas las tradiciones religiosas aguardan la venida de un salvador final.

Ahora bien, en su interpretación, la espera del Mahdī no se identifica en modo alguno con una actitud de pasividad ni con una forma de quietismo espiritual. Por el contrario, Khamenei la define como un deber ético y político. Esperar al Mahdī significa, en su discurso, cultivar activamente la esperanza, trabajar por la instauración progresiva de la justicia, fortalecer la sociedad islámica y preparar deliberadamente las condiciones históricas que harán posible la reaparición.

La expectativa mesiánica se convierte así en una fuerza movilizadora, destinada a traducirse en acción social y compromiso político, y no en refugio interior o evasión espiritual. La espera deja de ser mera disposición contemplativa y se transforma en principio dinámico de organización histórica.

De modo coherente con esta perspectiva, Khamenei subraya reiteradamente que la fe en el Mahdī implica una concepción esencialmente optimista de la historia. El tiempo no es un proceso caótico ni un simple encadenamiento de acontecimientos, sino una trayectoria dotada de orientación y sentido, cuyo término necesario es la instauración de la justicia universal. En uno de sus discursos, el aniversario del nacimiento del Mahdī es presentado como “una manifestación de optimismo sobre el futuro” y como una “esperanza inviolable” que ninguna adversidad histórica puede extinguir.

Los análisis académicos contemporáneos coinciden en señalar que esta doctrina es integrada por Khamenei en una auténtica narrativa político-escatológica, en la cual la República Islámica aparece investida de una misión histórica singular. El Estado iraní es presentado como la comunidad que mantiene viva la espera, como la instancia institucional encargada de preparar el advenimiento de la justicia final y como el bastión que debe resistir frente a las fuerzas de la opresión hasta el momento de la manifestación del Imam oculto.

En este contexto, la figura del Mahdī cumple una función explícita de legitimación histórica y geopolítica. La misión del régimen se presenta no solo como defensa de un orden político, sino como participación directa en el drama escatológico de la historia.

En diversos discursos, Khamenei describe al Mahdī como fuente de alivio para la humanidad entera, no únicamente para los musulmanes. Su reaparición es interpretada como la culminación de la lucha universal contra la injusticia y como la eliminación definitiva de toda forma de opresión. El horizonte mesiánico adquiere así una dimensión explícitamente universalista.

Desde el punto de vista estrictamente doctrinal, nada en esta construcción contradice la teología chiita duodecimana en su formulación clásica; el Mahdī es el duodécimo Imam, Muḥammad ibn al-Ḥasan, que se halla en estado de Ocultación (ġayba), su retorno instaurará la justicia perfecta y la comunidad tiene el deber de mantenerse fiel y vigilante.

Sin embargo, precisamente en esta fidelidad formal se inserta un desplazamiento de consecuencias considerables. Pues a partir de estas convicciones queda implícitamente justificada toda violencia que se estime necesaria contra una población que parezca renegar de la misión redentora atribuida a Irán y, por extensión, a todos los pueblos.

Nos hallamos así ante una forma contemporánea de creencia milenarista y mesiánica, propia de las postrimerías del siglo XX y de los albores del XXI, ante una estructura espiritual que en su lógica profunda se revela sorprendentemente afín a otros mesianismos políticos modernos, el marxista o el nacionalsocialista, como trataré de mostrar con mayor detenimiento en un artículo ulterior.

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