La socialdemocracia

A este género de izquierda pertenecen, a partir de los últimos años del siglo XIX y durante todo el XX, los partidos socialistas y socialdemócratas a partir de la Segunda Internacional y de la Internacional de Amsterdam, llamada Internacional Dos y Media, frente a la rama extrema de Lenin, de la que resultó la III Internacional (1919), orientada al KOMINTERN, es decir, al comunismo internacional.

Recuérdese que el SPD (Socialdemokratische Partie Deuschland’s) se fundó en 1875 por fusión entre la Asociación General de los Trabajadores Alemanes, de Lasalle, y el Partido Obrero Democrático, de Bebel y Liebknecht. En el Congreso de Erfurt de 1891 tomó, a impulso de Kautsky, una dirección llamada “marxista ortodoxa”, pero que más tarde, por el influjo de Berstein, habría de abandonar toda perspectiva revolucionaria en aras del gradualismo. También que el Partido Socialista Francés resultó de la fusión de otros dos en 1901. Que el Partido Socialista Austriaco, fundado en 1879, con influjos lasallianos, bakuninistas y terroristas, cambió de orientación al llegar al poder en 1919, adhiriéndose a la Internacional Dos y Media. Y que el Partido Socialista de España se organizó en 1875, aunque procedía de antes. Este partido tenía una revista, La emancipación, que dirigían Mesa, Iglesias y Lafargue, el yerno de Marx. Fue legalizado por Sagasta. Obsérvese que todos ellos llevan el nombre de su nación. No en vano habrían de ser llamados “socialfascistas” por los comunistas, debido al empeño de unir socialismo y nacionalismo. Hay quien piensa que habría que unir a estos partidos el Nationalsocialistische Deutsche Arbeiterpartei, el  NSDAP, llevado por Hitler al poder en Alemania el año 1933, que también conjugaba la ideología nacionalista y socialista.

Esta cuarta clase de izquierda se construyó bajo principalmente bajo la inspiración marxista, pese a los continuos revisionismos que la llevaron a distanciarse del leninismo e incluso del marxismo, como se vio en la refundación del PSOE con Felipe González, cuando se buscó anclaje en la Ilustración del XVIII, de donde se siguió la fundación de la Universidad Carlos III, con reverencia a los Borbones, presidida ab aeterno por Peces Barba, etc. Todos esos revisionismos de índole económica, fiscal, religiosa, familiar, moral, etc., pueden ser importantes, pero lo decisivo en este conglomerado de izquierdas es su posición ante el Estado alumbrado por la Revolución Francesa.

La inspiración marxista y lasalliana lleva a los socialdemócratas y socialistas, a diferencia de las izquierdas liberales y anarquistas, que circularon solamente por la vía política, a las preocupaciones sociales, una línea que ha conducido hasta el “Estado social de derecho”, según definición de la Constitución de 1978. Muy lejos está esta generación, pues, del anarquismo, pues el socialismo declara expresamente que su revolución social ha de servirse necesariamente del Estado.

Este género de izquierda se apoya en una idea central del materialismo histórico, según la cual la emancipación proletaria pasa ineludiblemente por la formación de grandes estados nacionales. De ahí el desprecio de Marx por los pueblos sin historia, como el vasco. Es así porque el modo de producción capitalista, eslabón necesario de la historia, exige para su expansión la creación de fronteras nacionales bien definidas. Solamente en el interior de los estados así constituidos se desarrollará el proletariado, elemento imprescindible de la revolución.

Si el estado burgués, el surgido de la Revolución Francesa, se toma como peldaño insustituible para la transformación hacia el socialismo, entonces habrá que aceptar dos principios fundamentales. El primero es el de la vía revolucionaria intraestatal, vía pacífica tanto si es gradualista como si es mutacionista. El segundo es que este primer principio podrá cohonestarse con la colaboración interestatal con partidos hermanos, pero dejando a salvo la no injerencia de unos estados en otros. Podrá haber por esto una Internacional Socialista.

Durante el siglo XX, época de consolidación de los estados nacionales, de la Sociedad de Naciones, de la ONU, etc., estos principios concordaban bien con la situación. En este siglo XXI la situación está variando por el proceso de globalización y por el de continentalización, patente en la Federación Rusa, los Estados Unidos, la Unión Europea, etc.

El estado nacional es, en fin, el terreno propio de las socialdemocracias. La corriente empezó con Bebel y Kautsky en la II Internacional, siguió con Lasalle, que colaboró con Bismarck, como en España colaboró el PSOE con Primo de Rivera, etc. Esto exasperaba a Lenin, que lo veía como un chauvinismo grosero, especialmente el de Otto Bauer, etc.

En el interior de cada nación el socialismo tomó una deriva diferente: fabianismo en el Reino Unido, monroísmo en los Estados Unidos, liberalismo socialista en Europa, sobre todo después del hundimiento de la URSS; tendencias éticas, en fin, por las que apenas se diferencia ya de la derecha.

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Acerca de Emiliano Fernández Rueda

Doctor en Filosofía por la Universidad complutense de Madrid. Profesor de filosofía en varios centros de Bachillerato y Universidad. Autor de libros de la misma materia y numerosos artículos.
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