La metafísica clásica reconoce en el ente una serie de propiedades que no se añaden a él como accidentes, sino que lo expresan bajo diversos aspectos formales. Tales propiedades (res, aliquid, unum, verum y bonum) no multiplican el ser, sino que lo despliegan según distintas perspectivas del entendimiento. Por eso reciben el nombre de trascendentales: porque, siendo realmente idénticas al ente, se extienden a todo cuanto es, sin restricción de género, especie o grado (cf. González Álvarez).
Estas determinaciones no introducen diversidad real en las cosas, sino diversidad conceptual en nuestro modo de conocerlas. Así, cuando el entendimiento considera el ente en sí mismo, lo designa como res en cuanto posee una esencia determinada; como aliquid, en cuanto se distingue de los demás; y como unum, en cuanto es indiviso en sí. En cambio, cuando el ente se contempla en relación, surge como verum, en cuanto es inteligible para un entendimiento, y como bonum, en cuanto es apetecible para una voluntad. La verdad y la bondad, por tanto, no añaden algo al ente, sino que expresan su apertura constitutiva a la inteligencia y al apetito.
Entre estas propiedades, la unidad ocupa un lugar central, pues expresa la indivisión interna del ente. Ser uno no significa carecer de partes, sino no estar dividido en sí mismo. De ahí que la unidad trascendental sea compatible con la composición real: un organismo, aun compuesto de múltiples elementos, es uno en cuanto constituye una totalidad no fragmentada en seres del mismo orden. La unidad, en este sentido, no excluye la complejidad, sino la dispersión.
Conviene, sin embargo, distinguir diversos sentidos de la unidad. En primer lugar, la unidad trascendental, que coincide con el ente mismo en cuanto indiviso en sí. En segundo lugar, la unidad numérica, por la cual un ente se distingue de otros individuos de su misma especie. Y, en tercer lugar, la unidad cuantitativa, que remite a la posibilidad de constituir número, es decir, de ser contado entre otros.
A su vez, la unidad puede considerarse bajo dos formas fundamentales: la unidad de simplicidad y la unidad de composición. La primera implica la exclusión de toda división, tanto interna como externa, y sólo conviene al ser absolutamente simple, esto es, a Dios. La segunda, propia de los entes creados, admite la distinción real de partes, sin que por ello se destruya la unidad del conjunto. Así, la unidad de composición puede ser metafísica, cuando las partes son inseparables, como esencia y existencia, física, cuando las partes son separables, como alma y cuerpo, o moral, cuando la unidad se establece por ordenación, como en una sociedad o un ejército. A estas se añade la unidad lógica, que no pertenece a las cosas mismas, sino al modo en que el entendimiento las agrupa bajo conceptos universales.
También es preciso distinguir entre unidad per se y unidad per accidens. La primera corresponde a la sustancia en cuanto tal, es decir, a aquello que posee una esencia completa en su género; la segunda se da cuando una sustancia es considerada junto con accidentes que no pertenecen a su esencia, sino que la modifican extrínsecamente. En este último caso, la unidad no es originaria, sino derivada.
De la consideración de la unidad se sigue necesariamente el problema de la unidad numérica, es decir, del principio por el cual un ente es este ente y no otro. Aquí emerge la doctrina clásica del principio de individuación. En las sustancias materiales, dicho principio no reside en la forma, que es común a todos los individuos de la especie, sino en la materia en cuanto determinada por la cantidad. Así, aunque Sócrates y Platón comparten la misma naturaleza humana, se distinguen por la materia singularizada que cada uno posee, esto es, por su concreta delimitación espacial y cuantitativa.
Esta materia determinada, materia signata quantitate, es la que introduce la diferencia numérica entre los individuos. No se trata de la materia prima en abstracto, sino de la materia en cuanto afectada por dimensiones concretas. Gracias a esta determinación, la esencia común se contrae en individuos irrepetibles.
En el caso de las sustancias inmateriales, como las inteligencias separadas, la individuación no puede explicarse por la materia. De ahí que la tradición sostenga que cada una de ellas constituye una especie única: la forma, al no ser recibida en materia, no se multiplica numéricamente, sino que se identifica con la individualidad misma. Por eso no hay varios individuos de una misma especie angélica, sino tantas especies como individuos.
De este modo, la doctrina de los trascendentales culmina en la comprensión de la unidad como raíz de la identidad y de la distinción. El ente es uno en sí, distinto de los otros y abierto a la inteligencia y al apetito. Y es precisamente en la articulación entre forma y materia, entre esencia común y determinación singular, donde se hace posible la multiplicidad ordenada de lo real sin disolución de su unidad (cf. González Álvarez).