Singularidad de la sustancia primera

Proseguimos el examen de la sustancia finita deteniéndonos, una vez más, en la sustancia primera. Lo primero que de ella debe afirmarse es su carácter individual; pero esta afirmación, lejos de ser inmediata, exige esclarecimiento. Sabemos ya que sustancia es aquello a lo que compete existir en sí, esto es, aquello cuyo ser no es en otro ni por otro como en sujeto.

Desde el punto de vista de su esencia, la sustancia puede ser simple o compuesta. En este último caso, sus principios constitutivos son la materia y la forma; en el primero, se trata de sustancias separadas de la materia, como las inteligencias puras. La sustancia completa constituye un en-sí perfecto, mientras que la incompleta, en cuanto naturaleza, se halla ordenada a la materia para realizar su operación propia. Así ocurre, por ejemplo, con el alma humana, que, aun siendo en sí singular, no agota su realidad sino en unión con la materia.

Cuando la sustancia completa existe, recibe el nombre de sustancia primera: es aquello que es en sí y existe en sí. Por el contrario, considerada en razón de especie, puede aparecer como incompleta, en cuanto ordenada a su actualización en el compuesto. Ahora bien, toda sustancia completa, en cuanto tal, es necesariamente singular e individual: su modo de ser excluye no sólo el existir en otro, sino incluso el comunicarse como tal a otro. Esta incomunicabilidad del “en-sí” es lo que la tradición designa como suppositum.

Nos ceñimos aquí a la sustancia primera en cuanto finita, completa y compuesta, sin entrar en la problemática de las sustancias simples separadas, cuya existencia no es demostrable filosóficamente y pertenece al orden de la fe. En este marco, la cuestión se bifurca en dos problemas estrechamente ligados: el de la singularidad y el de la incomunicabilidad.

La singularidad constituye la nota propia de la sustancia primera frente a la sustancia segunda, que es universal. Podría pensarse que basta esta oposición para esclarecer su naturaleza; sin embargo, la dificultad persiste si no se determina con precisión el fundamento de dicha diferencia. No es la existencia el principio distintivo, pues ésta no pertenece a la definición de la sustancia. La existencia se predica de dos modos —posible y actual—, pero en ninguno de ellos puede explicar la singularidad. La existencia es acto de la sustancia, no su constitutivo esencial; es algo de la sustancia, pero no la sustancia misma. Por ello, no puede introducirse en su definición ni servir como criterio diferenciador entre lo universal y lo singular.

La diferencia ha de buscarse, por tanto, en la esencia misma. La sustancia universal posee una esencia específica, comunicable a múltiples individuos; la sustancia primera, en cambio, posee una esencia individual, cerrada sobre sí misma. La comunicabilidad de la esencia específica se funda en su relación con la materia: así, la humanidad puede multiplicarse en muchos hombres porque la forma humana es recibible en diversas materias. Por el contrario, las formas separadas —si existen— carecen de esta comunicabilidad, pues no pueden ser recibidas en la materia; de ahí que cada una constituya una especie única. De modo análogo, la esencia individual del compuesto es metafísicamente incomunicable: lo que es este compuesto de materia y forma no puede transmitirse a otro.

El problema de la singularidad se revela así como el problema del principio que hace incomunicable la esencia individual dentro de la especie. Debe existir, en la sustancia finita, un principio interno que la determine como este ente concreto y que permita, al mismo tiempo, la multiplicación de individuos en una misma especie. Este principio es lo que la tradición denomina principio de individuación; en el presente contexto, conviene llamarlo principio de singularización.

Conviene distinguir aquí entre el principio de especificación, que reside en la forma, y el principio de singularización, que ha de buscarse en la materia. Ambos operan de manera correlativa: la forma determina el qué es, la materia el que sea este. La singularización, en cuanto tal, es el “ser este” por el cual una esencia no sólo se distingue de otras especies, sino también de otros individuos de la misma especie. Gracias a ella hay unidad interna y distinción numérica, incomunicabilidad y multiplicidad.

No basta, sin embargo, identificar la singularidad con el individuo mismo, como hicieron algunos autores —nominalistas, Suárez o incluso Bacon—, para quienes la sustancia se individualiza por sí. Tal posición confunde el efecto con su causa. Es necesario admitir un principio real de singularización que dé razón de por qué todo ente existente es este ente y no otro, por qué esta materia es esta y esta forma es esta, y por qué la esencia queda clausurada respecto de los inferiores.

Este principio no puede residir en la materia prima tomada en su absoluta indeterminación, pues ésta es indiferente a toda determinación singular. Tampoco puede identificarse con la materia ya informada, puesto que en tal caso se supondría resuelto el problema. Debe entenderse, siguiendo a Santo Tomás, como materia signata, es decir, materia determinada en referencia a la forma sustancial (materia non quomodolibet accepta est principium individuationis, sed solum materia signata; De ente et essentia).

La materia signata no es una realidad empíricamente aislada, sino la materia en cuanto delimitada por la cantidad, esto es, por la dimensión que introduce división y posición. En este sentido, la doctrina tomista —tal como se expone en S. Th., III, q. 77, a. 2— muestra que la cantidad dimensiva actúa como principio de individuación de los accidentes y, por derivación, de las formas que inhiere en la materia. La materia, en cuanto sujeto primero, recibe las determinaciones mediante la cantidad, y es esta determinación la que impide que una misma forma esté en varios sujetos simultáneamente. La individuación se funda así en la imposibilidad de multiplicar numéricamente una misma realidad en un mismo lugar y bajo la misma dimensión.

De este modo, la materia signata cumple una doble función: por un lado, hace que la sustancia sea una y esta; por otro, explica la distinción numérica de los individuos dentro de la especie. La esencia específica, considerada en sí, es apta para multiplicarse; pero sólo en cuanto recibida en una materia determinada queda clausurada y se hace incomunicable. Ni la forma ni la materia en abstracto bastan para ello; sólo la materia en cuanto determinada por la forma —esto es, referida a ella bajo condiciones de cantidad— introduce la singularidad efectiva.

Así se comprende que el individuo, aun ordenado a la especie, no sea parte sustancial de ella ni de ninguna totalidad superior. Es una realidad subsistente, incomunicable en su ser propio, que puede integrarse en conjuntos, pero sin perder su irreductible unidad ontológica
(Cf. González Álvarez, Tratado de metafísica. Ontología).

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