Juan de Mariana

Eugène Delacroix: La libertad guiando al pueblo

Juan de Mariana es uno de los hombres más extraordinarios de un siglo en que abundaron los hombres extraordinarios. Gran teólogo, gran latinista, mejor político, eximio historiador –el primero en escribir una Historia general de España, compuesta para desautorizar la mala opinión que ya en su tiempo empezaba a fabricarse en contra de ella- y hombre de temple igual al de los viejos republicanos de Roma y Grecia, cuyo pecho era incapaz de soportar la tiranía y jamás tembló ante los grandes.

Su alma era grande pero a su cuerpo le bastaba una pequeña celda que los jesuitas, a cuya orden pertenecía, le habían asignado en Toledo. Su renombre no pudo proceder de su familia, pues la vida le había negado el don que a casi todos otorga: el poder nombrar a sus padres. La ternura de una madre no limpió sus lágrimas de niño. Tal vez fuera esto lo que cavó en su interior un hoyo de amargura contenida, un repliegue sobre sí que talló en su persona un carácter resistente, duro como el diamante.

Fue profesor en Roma, Sicilia y París. Estando en esta última universidad sucedió que un día llegó tarde a clase un estudiante y halló la puerta cerrada. Buscó una escalera y la arrimó a una ventana. Mariana le dirigió las palabras del Evangelio:

– Quien no entra por la puerta es un ladrón.

– Sí, señor, para robar vuestra doctrina –contestó el muchacho.

La anécdota da idea de su fama. Pero él no se esforzó en acrecentarla y medrar. En lugar de seguir en París, donde contaba con muchos alumnos, decidió regresar a Toledo. Tenía 37 años, unas pocas personas amigas de trato excelente y cultivado, muchos libros que leer y la soledad e independencia que su temperamento exigía. No pedía más.

En Toledo redactó su De Rege et Regis Institutione ad Philipum III, libri 3. Loaisa, el preceptor del heredero de la corona española e hijo de Felipe II, se lo había sugerido.

En esta obra condensó en unos pocos principios políticos lo que había aprendido sobre todo al escribir su Historia general de España. El más importante de tales principios era que el monarca no debe olvidar nunca que su poder no es suyo, sino que lo ha recibido del pueblo, por lo que debe mandar sobre él con la mayor templanza, tratando a sus súbditos como hombres libres y no como esclavos, y que si no conservara durante toda su vida la buena voluntad hacia ellos podría ser reo de tiranía y merecer que alguien del pueblo le diera muerte “mereciendo por ello alabanza” ( ut eum laude possit occidi)

El libro se publicó en Toledo en 1599. Consta en esa primera impresión el privilegio otorgado por el rey y la aprobación de Fray Pedro de Oña, provincial de los mercedarios de Madrid. Está dedicado al rey Felipe III, pues su padre había fallecido el año anterior.

Un monje dominico, Jacobo Clemente, había ejecutado la doctrina tiranicida en 1589 sobre la persona del rey de Francia, Enrique III. El relato se halla en el capítulo VI de De Rege et Regis Institutione (edición de 1880, prologada por Jaime Balmes):

Amaneció el 1.° de Agosto, dia de San Pedro Advincula, celebró el santo sacrificio y fué á ver al rey, que hubo de llamarle al dejar el lecho, cuando aún no estaba vestido. Trabadas algunas razones por entrambas partes, y habiéndose Jacobo allegado al rey á golpe de mano, simula acción de ir á entregalle otras cartas, y ábrele súbito honda herida en el vientre con un puñal enherbolado que llevaba en la misma mano encubierto. ¡Valor insigne! ¡Hazaña memorable! Traspasado de dolor el rey, hiere con el mismo puñal el pecho y un ojo de su agresor, clamando al mismo tiempo: ¡Al traidor! ¡Al Parricida! En esto entran los palaciegos, conmovidos por tan inesperado suceso, y se encarnizan con crueldad y fiereza en multiplicar las heridas del ya postrado y cuasi exánime Jacobo, el cual, sin proferir una palabra, mostraba, empero, en su faz lo alegre y satisfecho que estaba de haber llevado á cabo su intento de evitar penas, para las cuales acaso flacas hubieran sido sus fuerzas, y dejar á la postre redimida con su propia sangre la libertad de la patria y del pueblo.

La obra de Mariana fue quemada públicamente en la plaza de París por orden del sucesor del rey, Enrique IV, que también fue víctima de un puñal regicida. Ninguno de los dos ejecutores conocía el libro, pero no por ello dejó de asociarse con aquellas acciones. El nombre de Mariana, asociado en adelante al regicidio, fue proscrito.

Lo reivindicaron para sí dos siglos más tarde los revolucionarios parisinos de 1789 como símbolo de democracia y de resistencia del pueblo a la tiranía. Marianne llamaron de hecho a su musa revolucionaria. Tocada con un gorro frigio republicano, aparece guiando al pueblo hacia la libertad en el célebre cuadro que Eugène Delacroix pintó en 1830.

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