2. La patria interior y el extranjero

Toda reflexión verdadera sobre la inmigración comienza en un punto más hondo que la estadística o la compasión momentánea; comienza en la pregunta por la comunidad humana. ¿Qué es una nación, sino una forma visible de la vida compartida? ¿Y qué es esa vida, sino el intento de los hombres por encontrar juntos un sentido, una justicia, un modo digno de habitar la tierra?

La filosofía política clásica, que va de Aristóteles a santo Tomás y sigue viva y fecunda hasta hoy, supo ver en la comunidad política algo más que un contrato o un artificio. La entendió como una realidad moral, ordenada al bien humano. Y en ello hay una enseñanza de perenne actualidad, pues solo donde existe un nosotros auténtico, puede comprenderse de verdad quién es el otro.

Hoy, sin embargo, nuestra mirada sobre la política se ha adelgazado. Hablamos de derechos y de intereses, de fronteras y de cuotas, pero ya no sabemos nombrar el bien común, la argamasa de la comunidad política. La comunidad se ha convertido en un escenario neutro donde los individuos actúan sin escucharse, y la inmigración se reduce a un conflicto de cifras o a una abstracción sentimental. En este clima de dispersión, conviene volver a las fuentes antiguas, donde las palabras ciudad, ley y virtud no se oponían, sino que respiraban juntas.

Aristóteles llamó al hombre animal político. Con ello no quiso decir que el hombre sea propenso a formar partidos o a disputar gobiernos, ni que tenga inclinación psicológica o emocional a vivir con otros, sino que lleva inscrita en su naturaleza la vocación de la comunidad. El ser humano, decía, no puede realizarse aislado, porque su razón, su logos, exige deliberación, discurso contrastado y compartido. La pólis surge, pues, no de la desconfianza ni del miedo, sino del deseo de vivir bien. No sólo vivir, sino vivir bien, ese es el lema silencioso de toda ciudad verdadera.

Quien vive fuera de la comunidad, añade Aristóteles, es o una bestia o un dios. Esta sentencia, que podría parecer severa, encierra una gran hondura filosófica; recuerda que el individuo no es completo sin el tejido moral que lo sostiene, en lo cual consiste la comunidad. No hay dignidad humana sin comunidad, como no hay llama sin aire.

Santo Tomás de Aquino heredó esta visión y la elevó hasta darle la hondura de una metafísica. Para él, la comunidad política es una communitas perfecta, una forma de convivencia que posee en sí misma los medios necesarios para alcanzar su fin, que no es otro que el bien común. Este bien no es una simple suma de intereses ni un ideal etéreo, sino un orden de condiciones materiales, jurídicas, espirituales, legales, artísticas, etc., que permiten a los hombres vivir conforme a la virtud. La política, en este horizonte, deja de ser administración o cálculo, y se convierte en una rama de la ética. No es que la segunda absorba a la primera, sino que ésta no puede ir contra ella.

“La ley, dice Tomás, es orden de la razón dirigido al bien común.” No es el capricho del poder ni el eco de las mayorías, sino una arquitectura racional que orienta las acciones hacia la justicia. El bien común, en su sentido más puro, no se impone desde fuera ni se reparte como un botín, sino que se habita, se comparte, se construye como el aire que todos respiramos y que ninguno posee.

En tiempos de confusión moral, esta noción parece olvidada. Hemos aprendido a defender el bien privado con pasión y a sospechar del bien común como si fuera una amenaza. Pero el bien común, lejos de sofocar al individuo, lo hace posible; del mismo modo que la copa no destruye el vino, sino que le da forma y lo eleva.

De esta concepción se sigue una consecuencia decisiva para la cuestión de la inmigración. Si la comunidad política tiene un fin moral, tiene también el deber de cuidar las condiciones que lo hacen posible. Regular la entrada en la casa común no es un gesto de egoísmo, sino de prudencia; no se trata de cerrar por miedo, sino de mantener el orden que permite abrir con justicia.

La virtud política por excelencia es, en efecto, la prudencia: esa sabiduría práctica que mide el paso de las acciones según el ritmo del bien. No calcula intereses, sino que discierne tiempos, equilibrios, proporciones. La prudencia no ignora la necesidad de acoger al extranjero, pero tampoco olvida la fragilidad del hogar. En la inmigración, como en toda cuestión humana, la verdad no se encuentra en los extremos. No se encuentra en la apertura sin medida ni en la defensa sin alma, sino en el punto donde la justicia y la caridad se abrazan.

El pensamiento de Tomás se opone así al contractualismo moderno, donde la comunidad aparece como un pacto entre soledades. Si el individuo es anterior al todo, la política se reduce a una transacción y el bien común se disuelve en el interés. Desde esa mirada, la inmigración no puede ser sino una disputa de derechos contrapuestos, una geometría sin alma.

La filosofía clásica, en cambio, nos enseña a pensar en términos de plenitud y de justicia. La ciudad no es un refugio de conveniencia, sino una forma de amistad extendida. La inmigración, por tanto, no es ni una amenaza ni un derecho absoluto, sino una oportunidad para ejercer la prudencia y recordar que el bien común no tiene fronteras fijas, sino límites vivos, respirables, que se abren o se cierran según el pulso de la virtud.

Porque al final, más allá de leyes y tratados, toda política justa se mide por su capacidad de proteger la dignidad sin destruir la comunidad. Y toda comunidad digna de ese nombre debe saber mirar al extranjero sin olvidar quién es.

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