Esencia y unidad del ente en Aristóteles

En la ontología aristotélica, el ente sensible no se ofrece de entrada como una unidad pacífica, sino como una realidad internamente tensada por el devenir. Aquello que es, en cuanto sujeto al cambio, aparece siempre como capaz de ser y de no ser, esto es, como potencia abierta a diversas determinaciones. Por ello, Aristóteles sitúa en cada ente un principio de indeterminación, la materia, que lo hace susceptible de alteración, de tal modo que puede afirmarse que cada cosa es, en cierto sentido, capaz de no ser. Esta potencialidad, que el Estagirita identifica explícitamente con la materia (Metafísica, Ζ, 7, 1032 a 19), introduce en el ente sensible una suerte de fractura originaria: lo que es en acto se halla siempre expuesto a lo que puede llegar a ser. La unidad del ente no puede, por tanto, darse por supuesta en el plano inmediato de la experiencia.

Es precisamente esta dificultad la que explica el desplazamiento metodológico que Aristóteles realiza en el libro Ζ de la Metafísica, al reconducir la investigación del ser hacia la esencia. Sin embargo, esta decisión no está exenta de tensiones. El ente sensible no se reduce a su esencia, pues incluye también la materia y el compuesto de ambas. ¿Por qué, entonces, comenzar por la esencia? Aristóteles aduce tres motivos principales: la esencia es lo primero en el orden de las categorías; es aquello que puede existir separadamente; y constituye el núcleo de la definición, de modo que no hay conocimiento verdadero sin conocimiento de la esencia. No obstante, estas razones oscilan entre dos nociones próximas pero no idénticas: la esencia (tò tí ên eînai) y la sustancia (ousía). La subsistencia separada parece corresponder a la sustancia, mientras que la inteligibilidad definitoria remite a la esencia. Esta oscilación no es accidental, sino indicio de una dificultad más profunda: la de determinar con precisión el estatuto de aquello que, siendo principio de inteligibilidad, no coincide plenamente con el ente sensible en su concreción.

La esencia, entendida como tò tí ên eînai, designa la quididad, aquello por lo cual una cosa es lo que es. Pero esta noción plantea dos problemas fundamentales: si todos los entes poseen quididad y, en caso afirmativo, si dicha quididad se identifica con el ente concreto. La respuesta aristotélica no es unívoca, pues depende de la estructura interna de cada tipo de ente, en particular de la relación entre forma y materia.

El análisis de la ousía en el libro Ζ revela, en efecto, su carácter multívoco. Puede decirse como universal, como género, como sujeto (hypokeímenon) y como quididad. El concepto de sujeto introduce aquí una ambigüedad decisiva: puede designar tanto la materia, en cuanto sustrato indeterminado, como la forma o el compuesto. Ahora bien, dado que la materia, por sí sola, carece de subsistencia, parecería que la sustancia se identifica más propiamente con el compuesto. Sin embargo, el análisis filosófico, al descomponer dicho compuesto, conduce a privilegiar la forma como principio inteligible y, en último término, como aquello que merece el nombre de sustancia en sentido pleno. Así, aunque Aristóteles reconozca como sustancias a los entes sensibles (Metafísica, Δ), lo hace en la medida en que en ellos puede aislarse conceptualmente el principio formal que los constituye.

Por lo que respecta a los otros sentidos de la ousía, el universal y el género, su estatuto ontológico resulta insuficiente. Ambos existen únicamente en el discurso y carecen de subsistencia real. De ahí que la investigación ontológica deba concentrarse en la forma y en la quididad, que, aunque estrechamente vinculadas, no son estrictamente idénticas.

Si se atiende al sentido originario del término eîdos, éste remite a lo que se muestra, a aquello que se ofrece a la visión. Pero mientras que en Platón esta visión es de carácter inmediato e intelectual, en Aristóteles la forma no se da sin mediación: es aquello que exige el trabajo del concepto, lo más arduo de alcanzar. Con todo, Aristóteles no abandona el sentido originario del término: la forma es aquello que puede expresarse en el lógos, en la definición que dice lo que la cosa es.

En este horizonte adquiere su plena densidad la noción de tò tí ên eînai, que Aristóteles define como “lo que se dice que cada cosa es por sí”. No se trata de un mero contenido conceptual, sino del principio mismo que funda la inteligibilidad del ente. La esencia no es un añadido externo ni una abstracción subjetiva, sino la verdad interna del ser, aquello que permanece como razón de identidad a través de la multiplicidad de accidentes y del cambio.

Así entendida, la ontología aristotélica no elimina la tensión constitutiva del ente sensible, sino que la ordena. La materia introduce la posibilidad y la apertura; la forma, en cuanto esencia, introduce la determinación y la inteligibilidad. La unidad del ente no es, por tanto, la de lo simple, sino la de una composición estructurada en la que la forma actúa como principio de cohesión y de conocimiento. Sólo por ella el ente deja de ser una dispersión de posibilidades para constituirse como algo que es, en sentido propio, lo que es (cf. González Álvarez).

Share
Esta entrada ha sido publicada en Filosofía teórica, Ontología, Metafísica y etiquetada como , , . Guarda el enlace permanente.